El editor de 'La Civiltà Cattolica' analiza el encuentro entre Trump y el Papa

Spadaro: «La geopolítica bergogliana consiste en no dar apoyos teológicos al poder para que pueda imponerse»

"Para Francisco, la misericordia se delinea a nivel político en una fluida libertad de movimiento"

Spadaro: "La geopolítica bergogliana consiste en no dar apoyos teológicos al poder para que pueda imponerse"
Encuentro entre Donald Trump y el Papa Francisco Agencias

Francisco, el Papa de los puentes, quiere hablar con cualquier jefe de Estado que se lo pida porque sabe que en las crisis no hay "buenos" y "malos" absolutos

(Antonio Spadaro, sj., en La Civiltà Cattolica).- El miércoles 24 de mayo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump,[1] acudió a visitar al Papa Francisco en el Vaticano. El encuentro duró cerca de treinta minutos y tuvo lugar a las 8:30 horas de la mañana con el fin de permitir que el pontífice se desplazara a la plaza de San Pedro para la audiencia general.

Por ese motivo, el presidente accedió al Vaticano por la puerta del Perugino, una entrada secundaria situada junto al edificio de la casa Santa Marta.

Se trataba de un encuentro organizado en el marco de un viaje que llevó a Donald Trump en primer lugar a Arabia Saudita, donde se encontró con los líderes del mundo islámico sunita y donde vendió armamento por valor de 110.000 millones de dólares. Después, su viaje prosiguió por Israel y Palestina. Se encontró con el primer ministro de Israel, Benyamín Netanyahu, y con el presidente palestino, Mahmud Abás.

Trump es el primer presidente estadounidense en ejercicio que ha visitado el Muro de los Lamentos: sus predecesores habían evitado hasta ahora esta etapa en razón de su significado político. En efecto, el muro se encuentra en la parte oriental de Jerusalén, ocupada por Israel en la Guerra de los Seis Días en 1967[2] y reivindicada por los palestinos como capital de su estado. A continuación, el presidente visitó el museo de Yad Vashem.

 

 

Por tanto, Roma fue la cuarta etapa de su itinerario, después de Riad, Jerusalén y Belén. El viaje prosiguió por Bruselas y, finalmente, por Taormina, para participar en el encuentro del G7, el foro político de los siete gobiernos más poderosos de la Tierra desde el punto de vista económico: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá (Rusia está suspendida en la actualidad).

 

La historia del mundo no es una película de Hollywood

El encuentro entre el Papa y el presidente fue un acontecimiento importante y, de alguna manera, necesario. La visita de Trump durante su viaje al G7 implicaba también, casi de forma natural, la reunión con Francisco. No obstante, era un encuentro bastante imprevisible en comparación con los inmediatos precedentes en el viaje del presidente: no comportaba intereses específicos ni intercambios comerciales de índole alguna que implicaran eventos formales concordados. Y esto lo convirtió, en efecto, en un momento muy franco.

La visita resultó significativa para el papel que Estados Unidos despliega en el tablero de ajedrez internacional. Lo había sido la de Barack Obama, y lo fue la de Donald Trump.

Frente a esta cita, el sentimiento predominante en algunos ambientes de los medios fue de interés, unido a una cierta curiosidad a causa de la «contraposición» entre el Papa y el presidente, dada a menudo por obvia sin más. Pero el pontífice no es un ideólogo ni piensa en blanco y negro. Al responder a una pregunta que le plantearon en la conferencia de prensa durante el viaje de regreso de Fátima el 13 de mayo, Francisco hizo referencia al encuentro con el presidente y dijo: «Yo no juzgo nunca a una persona sin haberla escuchado. Creo que no debo hacerlo. Cuando hablemos saldrán las cosas: yo diré lo que pienso, él dirá lo que piensa. Pero nunca, nunca he querido juzgar sin escuchar a la persona».

Francisco es también muy realista: sabe que la situación del mundo en este momento pasa por una seria crisis. Y los que a menudo están en peligro son los más débiles. Crecen los nacionalismos, los populismos, la pobreza, los «muros». Por tanto, Francisco, el Papa de los puentes, quiere hablar con cualquier jefe de Estado que se lo pida porque sabe que en las crisis no hay «buenos» y «malos» absolutos. Para él, la historia del mundo no es una película de Hollywood: no llegan los «nuestros» a salvarnos de «ellos». Sabe que siempre y de todas maneras hay en danza juegos de intereses. Por eso no entra en redes de alianzas ya constituidas y mantiene las debidas relaciones entre la dimensión política y los valores espirituales.

El Papa no se casa nunca con mecanismos interpretativos rígidos para encarar las situaciones y las crisis internacionales. Por lo tanto, en los años del pontificado de Francisco la acción de la Santa Sede en el mundo lleva la marca de un diálogo de 360 grados con los protagonistas de la escena internacional: desde Trump hasta Putin, desde Maduro hasta Rouhaní, desde Castro hasta los líderes colombianos, etc. Para Francisco, la misericordia se delinea a nivel político en una fluida libertad de movimiento. Todo esto desencadena lógicas imprevisibles, propias de una visión poliédrica, o sea, una visión que considera las cosas en su complejidad. Si acaso, encuentra socios justo en aquellos que representan una discontinuidad respecto del pensamiento único y en aquellos que están dispuestos a «jugar» el partido de la política fuera del campo y de las convenciones, como outsiders, hallando soluciones para el bien común.

En lo sustancial, la actitud del Papa consiste en no asumir posiciones a priori, sino en encontrarse con los jugadores más importantes en el campo mismo para razonar juntos, así como para proponer a todos un bien mayor y ejercitar el soft power, que es el rasgo específico de su política internacional. Y esto fue lo que ocurrió en la cita con el presidente estadounidense.

Las puertas abiertas pueden hallarse siempre, y en el diálogo Francisco tiende a partir de lo que se comparte con el interlocutor. Se trata de una actitud que forma parte asimismo de la tradición de los jesuitas: es el principio del denominado praesupponendum (Ejercicios espirituales, n.o 22), clave del pensamiento y de la actitud de Bergoglio desde siempre. Este principio afirma de manera sustancial que hay que estar más dispuesto a salvar una afirmación del interlocutor que a condenarla. Si no se la puede salvar, se procura saber en qué sentido la entiende el otro, permaneciendo en disposición de corregirla con delicadeza. Si ello no bastara, se deben intentar todas las vías posibles: diálogo a ultranza.

El Papa lo confirmó en sus declaraciones durante el vuelo de regreso de Fátima: «Siempre hay puertas que no están cerradas. Hay que buscar las puertas que al menos están un poco abiertas, para entrar y hablar sobre ideas comunes y avanzar. Paso a paso». Aun así, el encuentro no responde nunca a una estrategia o a una táctica simplemente. Al periodista que le preguntaba si esperaba que Trump fuese a suavizar sus decisiones, Francisco le respondió: «Este es un cálculo político que no me permito hacer».

 

Los valores y el intercambio de regalos

Durante el tradicional intercambio de presentes, el Papa le regaló al presidente un bajorrelieve en bronce que representa un olivo que con sus ramas mantiene unidas dos franjas de tierra separadas. «Hay una fractura», dijo, «que significa la división de la guerra. Esta imagen representa mi deseo de paz. Se lo regalo para que usted sea instrumento de paz«. El presidente Trump, por su parte, regaló al Papa una colección de escritos de Martin Luther King. ¿Por qué estas elecciones?

Sin duda, Estados Unidos es un país portador de grandes valores como la libertad, la identidad y la igualdad, vividos a lo largo del tiempo de manera muy tensa, tal vez también contradictoria. El Papa es consciente de los valores espirituales y éticos que han plasmado la historia del pueblo estadounidense, encarnados por personas como el célebre pastor de Atlanta, activista de los derechos humanos. Ello mismo se ha inferido muy bien durante su viaje a Estados Unidos cuando, dirigiéndose al Congreso, habló de «valores fundantes que vivirán para siempre en el espíritu del pueblo estadounidense». Estos valores han permitido «construir un futuro de libertad» que «exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad».

Sin duda, el tema que más le importa a Francisco es el de las graves crisis humanitarias, que exigen respuestas políticas con amplitud de miras. En esta visita el pontífice expresó una vez más y con franqueza la importancia de preservar esos grandes valores del pueblo estadounidense y, de una manera particular, la preocupación por la justicia, la atención específica a los pobres, excluidos y necesitados. Recordemos que ya lo había hecho en el telegrama de felicitación por la asunción del mando de Trump como 45.º presidente de la nación.[3] Pero en esta ocasión, el encuentro cara a cara tuvo un valor diferente, más profundo y también más franco.

El presidente Trump certificó con su propio regalo dicha acentuación. Y el Papa intercambió con él una edición especial de sus exhortaciones apostólicas Evangelii gaudium y Amoris laetitia, de su encíclica Laudato si’ y del Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2017. Con independencia del modo en que se quiera entender el regalo de estos textos oficiales, en ellos se cifran mensajes muy fuertes, coincidentes con el sentido profundo de este pontificado; dos en particular: la paz, tal como la entiende Francisco, fundada en la justicia social, y la protección de la creación, que implica toda una serie de compromisos que hoy corren el peligro de ser puestos en discusión, también por el gobierno estadounidense.

El mensaje del Papa Francisco sobre la paz es también un mensaje político. «Paz» significa actuar sobre los cuadrantes más delicados de la política internacional en nombre de los «descartados» y de los más débiles. Muchos conflictos armados tienen su raíz en los temas sociales. Para Francisco, exhortar a la paz significa continuar en el surco trazado por Juan XXIII en el radiomensaje del 25 de octubre de 1962: «Promover, favorecer y aceptar los diálogos a todos los niveles y en cualquier tiempo es una regla de sabiduría y de prudencia que atrae la bendición del Cielo y de la tierra».

Por tanto, en este caso se trata de una invitación dirigida al presidente Trump para que preste mucha atención al modo en que se mueve en el tablero de ajedrez internacional. Por ejemplo, una ingente venta de armas puede exhibirse como una medida para contribuir a la paz, pero es evidente que nos encontramos lejos de la intención del Papa. No es posible promover la paz declinándola solo con la «seguridad». En efecto, esta sería solo una acción disuasoria incapaz de resolver las fuentes de los conflictos. Por el contrario, siempre debe identificarse la raíz de la injusticia social que los hace surgir. «El desarrollo es el nuevo nombre de la paz», dijo Pablo VI,[4] frase que ha sido retomada a menudo por Francisco.

El comunicado final de la Oficina de Prensa, que resume el sentido del encuentro entre el Papa y el presidente, habla de promoción de la paz en el mundo y cita también las vías maestras para conseguirla, que son «la negociación política y el diálogo interreligioso».

En lo concreto, sin embargo, es muy difícil realizar diálogo y negociación en Oriente Próximo excluyendo por completo o demonizando a uno o más de los actores del conflicto. Sigue siendo, pues, un auténtico interrogante comprender la actitud de los Estados Unidos de Trump hacia el Irán del presidente Hasán Rouhaní, tal como se ha hecho explícito en las etapas precedentes del presidente estadounidense. Más aún: sigue resultando inquietante la idea de la exasperación de una lucha interna en el seno del islam entre sunitas y chiitas. Recordemos, entre otras cosas que, al igual que ocurrió con Trump, también el presidente iraní fue recibido por el Papa, el 26 de enero de 2016. La Oficina de Prensa vaticana comunicó que en aquella circunstancia «se puso de relieve el importante papel que Irán está llamado a desempeñar junto a los demás países de la región para promover soluciones políticas adecuadas a las problemáticas que afligen al Oriente Próximo, contrarrestando la difusión del terrorismo y el tráfico de armas».

Política y religión sin tentaciones

En el mencionado encuentro con Rouhaní se recordó «la importancia del diálogo interreligioso y la responsabilidad de las comunidades religiosas en la promoción de la reconciliación, de la tolerancia y de la paz». El elemento religioso no debe confundirse nunca con el político. Hay quienes creen que el presidente Trump, al visitar primero a los líderes políticos de Arabia Saudita, Israel y Palestina, habló también a los jefes de las otras dos grandes religiones monoteístas, el islam y el judaísmo. En realidad, ello es fruto de una simplificación que nivela lo religioso con lo político. Pero no: Trump se encontró con líderes políticos de diversos Estados. Confundir poder espiritual y poder temporal significa poner el primero al servicio del segundo.

Este es el trasfondo inmediato de la visita del presidente estadounidense al Papa, que escapa a toda lógica que pudiéramos denominar «constantiniana». Con Francisco va concluyendo el proceso iniciado precisamente en tiempos del emperador Constantino, en el que se establece una ligazón orgánica entre cultura, política, instituciones e Iglesia.[5] Un rasgo claro de la geopolítica bergogliana consiste en no dar apoyos teológicos al poder para que pueda imponerse o para encontrar un enemigo al que combatir. La espiritualidad no puede ligarse a gobiernos o pactos militares: está al servicio de todos los hombres. Las religiones no pueden ver a unos como enemigos jurados y a otros como amigos eternos.

La tentación de proyectar la divinidad sobre el poder político, que se reviste de ella para sus propios fines, es transversal. También en los pactos del mundo católico retorna a veces una tentación semejante. Pero la fe no tiene necesidad de un apoyo en el poder. Si se siguiera este camino, al final la religión se convertiría en la garantía de los grupos dominantes. Justo eso es lo que Francisco teme y no quiere. Es difícil que las alianzas políticas que piden legitimación a las religiones sepan respetarlas como pulmones espirituales de la humanidad. Por tanto, este ha sido otro asunto implícito en el encuentro ocurrido el 24 de mayo.

Francisco se ha enfrentado con dos presidencias estadounidenses: primero, la de Obama, y hoy, la de Trump. El Papa no escoge entre gobiernos elegidos de forma legítima ni pone muros: lo ha dicho varias veces. Por el contrario, confronta las opciones realizadas, sobre las que nunca ha faltado su juicio. Pero el encuentro fue el primer e indispensable paso de un diálogo abierto, sin puertas cerradas.

Y el diálogo parte de los temas comunes, de los pasos en los que se reconoce un posible camino ya iniciado en común. Este es el sentido del comunicado de prensa al final de la visita del presidente Trump, que puso de manifiesto «el común compromiso a favor de la vida y de la libertad religiosa y de conciencia». Al mismo tiempo, se ha identificado el vasto campo en el que, por el contrario, se desea «una serena colaboración entre el Estado y la Iglesia católica en Estados Unidos», es decir, «el servicio a las poblaciones en los ámbitos de la salud, de la educación y de la asistencia a los inmigrantes». El espacio para un camino positivo está abierto a la buena voluntad.

[1] A propósito del presidente Trump, véanse también T. J. Reese, «L’elezione di
Donald Trump», La Civiltà Cattolica I (2017), pp. 54-66; G. Sale, «El «Muslim Ban». Donald Trump y la Magistratura estadounidense», La Civiltà Cattolica Iberoamericana 3, abril de 2017, pp. 21-35; íd., «La politica estera di Donald Trump», La Civiltà Cattolica II (2017), pp. 158-171.

[2] Véase también G. Sale, «A cincuenta años de la Guerra de los Seis Días», La Civiltà Cattolica 6, julio de 2017, pp. 49-61.

[3] Escribió Francisco para esa ocasión: «Le envío mis cordiales augurios asegurándole que rezaré al Dios Altísimo para que le regale sabiduría y fuerza en el ejercicio de su elevada función». Y prosiguió: «En un tiempo en que nuestra familia humana está atormentada por graves crisis humanitarias que exigen respuestas políticas unidas y con amplitud de miras, ruego para que sus decisiones estén guiadas por los ricos valores espirituales y éticos que han plasmado la historia del pueblo estadounidense y el compromiso de la nación por el avance de la dignidad humana y de la libertad en todo el mundo. […] Que, bajo su conducción -continuaba el Papa-, la estatura de Estados Unidos pueda seguir midiéndose sobre todo por su preocupación por los pobres, los excluidos y los necesitados, que, como Lázaro, esperan frente a nuestra puerta». El mensaje del Papa a Donald Trump terminaba con la invocación a Dios para que «dé su bendición de paz, concordia y prosperidad material y espiritual» al nuevo presidente, a su familia y a todo el pueblo estadounidense.

[4] Pablo VI, Carta encíclica Populorum progressio, del 26 de marzo de 1967, n.o 87.

[5] En el año 590, bajo el pontificado de Gregorio Magno (ca. 540-604), la Iglesia comenzó a asumir el papel de custodia del Imperio romano de Occidente, con lo cual aquella se procuró un nuevo objetivo. León III (750-816) coronó a Carlomagno emperador.


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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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