"Para 'cristianizar' la fiesta pagana del dios Mitreo, 'vencedor de las tinieblas'"

¿Por qué celebramos la Navidad el día 25 de diciembre?

"A nuestra Navidad les sobran eslóganes publicitarios, gastos y frivolidades"

¿Por qué celebramos la Navidad el día 25 de diciembre?
Natividad

A nuestras Navidades les faltan celebraciones auténticamente familiares: encuentros de padres, abuelos, hijos, nietos y hermanos alrededor de una mesa

(Antonio Aradillas).- Sí, siempre es Navidad. Y conste que no proclamo tal eslogan -aseveración al dictado de intereses comerciales, que en definitiva y mayoritariamente, son los que en la actualidad imponen el calendario festivo y sus compras, en calidad de regalos-obsequios.

Para el cristiano, siempre es Navidad, y como tal fiesta fue una de las principales, y ejes, del Año Litúrgico, por lo que se le reservan para ella sus correspondientes Vísperas, «octava», con «oficios divinos» -«Horas Canónicas»- propias e intransferibles.

Siempre es Navidad, porque el planteamiento primario de la catequesis demanda, y da por supuesto, que Jesús está sempiternamente naciendo en cada uno de los que creemos en Él, al igual que tal convencimiento es inherente al de que también siempre y por nosotros mismos, lo hacemos nacer en los demás. De no ser así, ni seríamos ni ejerceríamos de cristianos.

Pero la Navidad-Navidad, que como fiesta, dice relación con la fecha del nacimiento del Señor, tiene larga, misteriosa y procelosa historia. ¿En qué día nació Jesús?. Los Evangelios no lo refieren. Los más antiguos escritores, cristianos o no, tampoco lo testifican. De la imaginación, fantasiosa y devota, no es serio fiarse.

El mismo san Clemente Alejandrino (a. 215), aseverando que «algunos en Oriente fijaban el nacimiento el 20 de mayo, otros el 20 de abril y aún el 17 de noviembre», apuntaba no sin ironía «a aquellos que no se contentan con saber en qué año ha nacido, sino que con curiosidad demasiado atrevida, van a buscar también hasta el día». La cita, en latín, es literal y manifiesta el buen humor y la sensatez patrística de uno de los Santos Padres de la Iglesia primitiva.

San Hipólito (a.235), en sus comentarios sobre Daniel, fue el primero en fijar la fecha el 25 de diciembre, aunque los críticos aseguran que se trata de una interpolación posterior en su texto, con rechazo a las referencias apócrifas de que hubiera nacido el 28 de marzo, por el simple motivo de que «en ese día fue creado el sol». Por fin, y rechazada también la fecha del día e la Epifanía -6 de enero- , que ya se celebraba en Oriente, en la Roma «oficial» se fijó definitivamente la del día 25 de diciembre. La razón que prevaleció fue la de substituir a la fiesta pagana del dios Mitreo, «Vencedor de las tinieblas», y al que en el año 274 el emperador Aureliano le había erigido un templo suntuoso, con las correspondientes celebraciones de los juegos circenses.

La substitución de las fiestas, y de los lugares paganos, «recristianizándolos», habría de ser, con el tiempo, norma y costumbre absolutamente aceptada por la Iglesia romana. El «Sol, nuevo y visible» -«sol iustitiae»- que nace en el solsticio de invierno -25 de diciembre-, tiene de por sí proyección de crecimiento y renovación salvadora universal.

Otras teorías y explicaciones parejas, hicieron posible fijar en esta fecha la de la Navidad en Roma, introducida después en Milán por san Ambrosio, Turín, Rávena y el resto de las Iglesias, abriéndose paso también en algunas de Oriente.

El pesebre, la borriquita, la mula y el buey, la estrella, los Reyes Magos -«que ni fueron tres ni reyes ni magos»-, los Santos Inocentes, las tres misas -la primera a la hora de «ad galli cantum», el pesebre que inaugurara san Francisco de Asís en Greccio en 1223 y tantos otros signos, ceremonias e ideas, conformaron una fiesta de singular relevancia en el calendario litúrgico, con gozosas representaciones y repercusiones en la vida doméstica, familiar y social, a lo largo del tiempo y del espacio, con abundancia de villancicos y de tradiciones populares piadosas. «¡Christus natus est nobis, venite adoremos¡», fue, es y seguirá siendo, santo y seña de religiosidad eminentemente cristiana.

Pero esto no quiere decir que a la Navidad actual y a su idea primigenia, no le sobren, y a la vez, le falten elementos que pudieran contribuir a conservar sus más puras esencias cristianas de verdad. A nuestra Navidad les sobran eslóganes publicitarios, que dan la impresión de que la fiesta-fiesta lo es de modo especial para las firmas comerciales. Le sobran gastos y dispendios. Y frivolidades. Y préstamos y empeños con inclusión de los bancarios.

Les faltan celebraciones auténticamente familiares: encuentros de padres, abuelos, hijos, nietos y hermanos alrededor de una mesa. Le falta alguna que otra misa de Pascua, sin eliminar signos y motivaciones «navideñas de toda la vida», dentro y fuera del hogar. Es cívico y cristiano aprovechar estos días para comer o cenar con los colegas, compañeros y amigos.

Es aconsejable el intercambio de obsequios, si no se sobrepasan límites determinados por la sensatez y la cordura, y si por algunas de sus rendijas se puede colar la luz del recuerdo amoroso del gran regalo que se escribe con letras mayúsculas y que se denomina Cristo Redentor. Las de la teología, pedagogía y ecología del regalo, son asignaturas pendientes. La solidaridad es virtud substantivamente navideña, con práctica y efectiva recordación para los pobres, tanto los de espíritu como los del cuerpo. Lo es la alegría, la comprensión y la paz. Y, por encima de todo, el Amor, lo mismo a diestro que a siniestro.

Así, y solo así, ¡FELICES FIESTAS y FELIZ NAVIDAD¡

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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