Alfredo Barahona

¿Podrá la iglesia chilena salir de su postración?

"Las posibilidades de recuperación, inciertas e indudablemente difíciles"

¿Podrá la iglesia chilena salir de su postración?
Alfredo Barahona

Que la jerarquía vaya a ser el motor potente de un cambio profundo y a plazo razonable, está por verse

(Alfredo Barahona).- Entre dudas, confusión, asombros y encontradas reacciones, el pueblo cristiano de Chile comienza a rumiar la visita del segundo papa que ha pisado su tierra, en un maratónico desplazamiento de tres días por 2.500 kilómetros de su territorio que a pocos ha dejado indiferentes.

Porque si bien estaba claro de antemano que Francisco no lograría concitar en Chile el entusiasmo multitudinario que lo ha acogido en otros lugares de su América natal, su visita no fue tema previo sólo para los católicos. Amplios sectores de una sociedad progresivamente laicizada, migrada al agnosticismo y alejada de la Iglesia, había cuestionado por meses la visita del pontífice argentino.

Se criticó el monto en millones de dólares que le aportaría un Estado que se separó de la Iglesia hace casi un siglo; el contingente de 17.000 policías dispuesto para la seguridad papal, mientras preocupa el fuerte incremento de la delincuencia; y sobre todo, no concitaba grandes simpatías el líder de una iglesia que en pocas décadas ha visto desplomarse su autoridad moral por sus antitestimonios, en especial centenares de delitos abominables cometidos incluso por altos niveles de su jerarquía.

El ambiente previo al arribo de Francisco se vio salpicado así por ácidas críticas que se esparcieron incluso entre el pueblo sencillo, que 31 años atrás se volcó por millones para aclamar a Juan Pablo II a su paso por ocho ciudades, en seis días febriles por casi 3.500 kilómetros. Y hubo no sólo protestas; se sumaron bombazos a templos en algunas ciudades, y nuevas quemas de otros en la conflictiva zona de la Araucanía que visitaría Francisco, sede ancestral de la victimada etnia mapuche, que reclama incluso a la Iglesia la devolución de sus tierras.

La iglesia chilena de ayer

Juan Pablo II besó tierra chilena en 1987, en medio de una de las dictaduras militares más despiadadas que recuerde Latinoamérica. Aupado por las élites locales y el corrupto gobierno norteamericano de Richard Nixon, el régimen del general Augusto Pinochet había derrocado en 1973 al gobierno del socialista Salvador Allende; aplastó desde entonces por 17 años la democracia y las libertades públicas, y sumó miles de asesinados, torturados, exiliados y presos políticos.

Frente a tales crímenes y abusos la Iglesia chilena se alzó con un profetismo que elevó su prestigio a un alto nivel. Latinoamérica fue dominada casi en su totalidad por dictaduras del mismo corte y origen, pero frente a ellas las iglesias actuaron no pocas veces con tibieza o guantes de seda, cuando no con franco apoyo y hasta complicidad.

A la llegada del papa polaco a Chile, numerosos sacerdotes comprometidos con los sectores vejados y perseguidos habían sido torturados, algunos asesinados y otros expulsados del país. Pinochet, admirador acérrimo de la dictadura franquista, se encontró a diferencia de ella con una jerarquía eclesial «voz de los sin voz», que alzó la suya en el Vaticano, en foros internacionales, en medios de comunicación que el régimen no consiguió silenciar, y frente a los propios agente de la dictadura; una conducción eclesial que creó organismos de defensa jurídica, entre los que resalta la Vicaría de la Solidaridad; amparó a perseguidos, pobres y sufrientes; se jugó a fondo por la justicia y la dignidad de su pueblo.

Figuras prominentes de esa jerarquía fueron, entre otros: el hasta hoy venerado cardenal arzobispo de Santiago Raúl Silva Henríquez, y otros pastores que estrecharon filas con él, como los obispos Jorge Hourton, Enrique Alvear, Carlos Camus, Fernando Ariztía, Carlos González, Juan Luis Ysern y Tomás González.

Estos se destacaron por acciones de resonancia pública. Otros, como Sergio Contreras o Manuel Camilo Vial, mantuvieron con menos eco una defensa firme de derechos conculcados por la dictadura. Incluso José Manuel Santos, al frente del arzobispado de Concepción -uno de los principales del país-, no dudaba en confesar que, pese a sus posiciones generalmente conservadoras y afines a partidos de derecha, en nombre de la justicia no trepidó en alzarse férreamente contra grandes abusos cometidos por personeros y esbirros del régimen en su jurisdicción. Allí un padre desesperado llegó a quemarse a lo bonzo en las puertas de la catedral, clamando la liberación de sus hijos secuestrados por la «inteligencia» del régimen.

El cardenal Juan Francisco Fresno, que sucedió a Silva Henríquez, fue recibido por la dictadura como bendición del cielo. Sin embargo, pronto gestionó la reunificación de los movimientos políticos dispersos, los encauzó a las vías legales y presionó para que fueran escuchados, lo que llevó en pocos años a la derrota plebiscitada de la dictadura. Cercanos a Pinochet confidenciaban su repudio a Fresno con epítetos como «¡peor que Silva Henríquez!»

Junto a esos pastores destacaron sacerdotes como Pierre Dubois, Alfonso Baeza, Mariano Puga, Ronaldo Muñoz, Santiago Tapia y otros, venerados hasta hoy por haber arriesgado la vida, algunos incluso bajo torturas, en defensa de los abusados. Otros, como André Jarlán, Joan Alsina, Miguel Woodward, Antonio Llidó y Gerardo Poblete, fueron asesinados. Numerosos párrocos y directores de obras sociales religiosas vieron allanados sus templos y residencias en busca de «terroristas» o armamento hasta en los sagrarios; con las hostias consagradas esparcidas por el suelo, ellos mismos golpeados salvajemente o arrastrados a las cárceles secretas del régimen. Las comunidades eclesiales de base, tildadas como «nidos de comunistas», fueron perseguidas, y se impulsó sustituirlas por organizaciones piadosas controladas por clérigos «de confianza».

En medio de una alta pobreza, desempleo enorme y sufrimientos populares, Pinochet llegó a rebajar las míseras pensiones de los viejos para salvar al sistema bancario, que se derrumbó de golpe por especulaciones incontroladas. La Iglesia multiplicó ayudas a los más pobres, comedores populares, bolsas de trabajo, defensa jurídica, asistencias sanitarias…

Esta fue la iglesia chilena de antaño; tal fue su testimonio evangélico, y así se granjeó un respeto que trascendió las fronteras.

Lo que fue de ayer a hoy

Aquella iglesia testimonial conducida por pastores proféticos en consonancia con el entonces reciente Concilio Vaticano II, comenzó a perder vigor desde los primeros aires de la democracia recuperada.

Entre sus errores de entonces estuvo una declaración que resonó en los ámbitos políticos, sociales, académicos y de las organizaciones de base: «nosotros hicimos nuestra parte; fuimos voz cuando no había otras; suplimos a las organizaciones desmanteladas; ahora les toca a ustedes».

Había en ello una indudable buena intención: que el laicado asumiera el papel renovador de la sociedad que le asignaba el Concilio. Pero ello no ocurrió. Y junto con apagar su voz y hacerse a un lado, la jerarquía descuidó la formación y acompañamiento de las organizaciones sociales, laborales y políticas a las que correspondía liderar los nuevos tiempos.

Ello se debió en buena medida a la labor soterrada que poderosos agentes anticonciliares habían venido desarrollando durante la dictadura para sustituir por otros de signo mucho más suave si no abiertamente contrario, a los peones de una iglesia profética que había prodigado «sangre, sudor y lágrimas» por testimoniar su fidelidad a los ideales del Concilio.

Papel primordial en esta labor sibilina le cupo a Angelo Sodano, que se estrenó en 1978 como nuncio en Chile. Aquí hizo estrecha amistad con el dictador Pinochet, a cuyos planes de una presunta «refundación» histórica de todas las instituciones a partir de su dictadura, aportaría el novel emisario vaticano, durante 10 años de controvertida nunciatura, sus gestiones hacia una involución profunda de la iglesia chilena mediante una nueva jerarquía.

Clamaban por ello los sectores acomodados y religiosamente tradicionalistas que habían aplaudido el derrocamiento de Allende por el sangriento golpe de Pinochet, y luego se habían alejado hasta con saña de esa iglesia profética que se alzó frente a los crímenes y abusos de la dictadura. Sus obispos más relevantes fueron calificados de «procomunistas» o «tontos útiles».

Así, con los manejos del nuncio, los organismos eclesiales e instituciones religiosas de fuerte testimonio durante la dictadura fueron siendo apagados por institutos y congregaciones elitistas o tradicionalistas, mientras otros foráneos de perfiles hasta fundamentalistas llegaban a asentarse en el país.

Pero el blanco primordial de esa campaña fue asignado a un cambio profundo de la jerarquía eclesial.

Aquí fue donde encajó la función de Fernando Karadima, personaje funesto que cubriría con las peores lacras a la iglesia chilena. Afincado como párroco del Sagrado Corazón en Providencia, una de las zonas más exclusivas de la capital, se convirtió en hombre de confianza del nuncio y estrecho amigo o director espiritual de altos jefes militares, empresarios, ejecutivos financieros y familias acomodadas. Cimentó así firmes relaciones de poder y acumuló una ingente fortuna en bienes raíces, donaciones y otros recursos que canalizó hacia una antigua «Pía Unión Sacerdotal» bajo su mando. En ella agrupó a sacerdotes selectos, y proyectaba como semillero vocacional y de futuros obispos un virtual seminario propio, del «Sagrado Corazón».

Se rodeó así de grupos juveniles organizados en Acción Católica o como seminaristas. Estos últimos eran formados por miembros de la Unión, aunque desde hacía años acudían a clases al seminario arquidiocesano y a la facultad de Teología de la Universidad Católica, donde generaron suspicacias como grupos cerrados y elitistas. En su feudo, Karadima mantenía sobre su círculo un régimen de dominio y control personal hasta en detalles mínimos.

Los escándalos y la postración

Oportunidad de oro para los planes del nuncio y sus adláteres sobre la futura iglesia chilena se presentó cuando en 1988 Sodano fue trasferido al Vaticano, donde pronto fue honrado por Juan Pablo II con el cardenalato y designado secretario de Estado. La nueva jerarquía chilena y el semillero de obispos de Karadima comenzaban a ser realidad. A medida que desaparecían los obispos que prestigiaron a la iglesia chilena de avanzada, fueron siendo sustituidos por otros sin garra, alejados del Concilio y del profetismo eclesial. Mientras un neoliberalismo desenfrenado y cruel se globalizaba arrasando con derechos, justicia social, riquezas naturales, medioambiente, sistemas productivos, industrias y seres humanos, cada vez menos obispos alzaron la voz.

Ello no implica desconocer la valiosa labor educativa y la gran cantidad de obras solidarias, asistenciales y caritativas ejercidas antes y ahora por numerosas congregaciones religiosas y organismos eclesiales orientados por los obispos, muchos de ellos con activa participación del laicado.

No obstante, mientras la corrupción campeaba entre las instituciones antes más sólidas de la república, fueron estallando de bajo la alfombra eclesial decenas de escándalos sexuales que, como en innumerables otros países, remecieron los cimientos de la Iglesia. No eran, por cierto, epidemias nuevas, pero en un mundo de comunicaciones y accesos públicos como los actuales, emergieron incontenibles por sobre los silencios y encubrimientos ominosos con que se había pretendido silenciarlos por décadas.

Detonante fue el escándalo abrumador de un Karadima que había dominado los altos ambientes eclesiales asentando ya en la nueva jerarquía a cuatro obispos, entre ellos a Juan Barros, que sería hasta hoy piedra en el zapato no sólo de la iglesia chilena, sino incluso del Papa.

Cuatro denunciantes que dijeron haber sido víctimas de Karadima y habían logrado durante años sólo puertas cerradas y oídos sordos a sus denuncias, las sacaron a la luz pública tras el escándalo internacional de Marcial Maciel y sus legionarios de Cristo. Había, denunciaron, un Maciel chileno igualmente poderoso y depravado.

El escándalo copó los medios de comunicación y remeció a la Iglesia, sacando a flote detalles sórdidos de abusos sexuales, extorsiones, manejos financieros turbios y otros, imputados a Karadima y su círculo, con intentos de ocultamiento y protección en instancias jerárquicas locales y del Vaticano.

El caso no prosperó finalmente en la justicia civil, por prescripción. En la canónica, Karadima terminó sentenciado a recluirse en retiro de penitencia y oración de por vida, en un recinto religioso que fijaría el arzobispado. Pena igual a la impuesta a Maciel. Las réplicas de un terremoto tan devastador para la iglesia chilena continúan hasta hoy, resquebrajando incluso el viaje reciente del Papa a Chile.

Pero el caso Karadima no ha sido un hecho aislado o infrecuente. Como gran detonador sirvió talvez para que las pústulas de decenas de tumores similares reventaran esparciendo su podredumbre a los vientos.

Poco antes de la llegada del Papa se dio a conocer una lista de unos 80 sacerdotes y religiosos -entre condenados, encarcelados y sobreseídos- que en cosa de dos décadas han sido acusados de delitos sexuales. Algunos tenían alta connotación pública. A más de un obispo no se le comprobaron los cargos. Pero el caso más vergonzoso es el del arzobispo Francisco José Cox, organizador de la visita de Juan Pablo II al país en 1987. En 2002 fue acusado públicamente de haber abusado sexualmente de niños y jóvenes por más de diez años, pero eludió a la justicia civil. La jerarquía terminó informando que se recluía en oración y penitencia (¡parece ser la tónica para tamaños delitos!) en un monasterio alemán, por «conductas impropias». Tan impropias que había violado a niños cuidadosamente elegidos entre desamparados por los que nadie movería un dedo.

Diez años después explotó el escándalo del joven y promisorio obispo de Iquique Marco Antonio Órdenes, quien, acusado por un exacólito de reiterados abusos sexuales anteriores contra él y otras víctimas, presentó la renuncia al cargo, que le fue aceptada al día siguiente, y viajó al Perú. El caso sigue abierto en las justicias civil y eclesiástica. Caló hondo en la nortina Iquique visitada ahora por el papa Francisco, con una participación pública que se había proyectado en 400.000 personas y superó poco más de 100.000.

El impacto de tales hechos en la sociedad chilena ha sido incalculable. La iglesia que gozara de un gran prestigio ejemplarizador, ha visto caer en picada el número de sus adherentes. Su nivel de confianza pública es uno de los más bajos de Latinoamérica, en un país donde numerosas instituciones públicas y privadas de sólida significación se han desprestigiado por sonados escándalos de corrupción. La desconfianza y el desaliento públicos se han generalizado.

A los escándalos sexuales se suma en cuanto a la Iglesia el que se sienta a la jerarquía como ajena a las realidades y problemas de la gente; lejos de los ideales de pobreza en los que insiste el Papa; cerrada a la participación de los laicos en las grandes decisiones; presta a alzar la voz sólo frente a los asuntos que se entienden por morales («¡con qué autoridad moral!», señalan no pocos), y no ante las violaciones de derechos, injusticias sociales y económicas, en uno de los países de mayor desigualdad en el mundo.

El Papa, y la sombra de Karadima

Este era el panorama que aguardaba al Papa en Chile. Y por ello se anticipaba que su visita no sería fácil, cuando el agnosticismo y el distanciamiento de lo religioso han escalado alto en pocos años. Jugaba en contra, además, una arista del caso Karadima que terminaría por ensombrecer el paso de Francisco por las tres ciudades en su programa.

Tal fue el que podría llamarse «caso Barros», por el controvertido obispo de la diócesis sureña de Osorno ya famoso por la reiteración y formas como el Papa ha sostenido su presumible inocencia como encubridor de los abusos sexuales de su mentor, pese a que al menos uno de los principales denunciantes lo señala como espectador en algunos de ellos.

A los feligreses de Osorno que llevan tres años rechazándolo como pastor, el papa argentino los tildó tiempo atrás de «tontos» y manipulados por «zurdos» o izquierdistas. El rechazo que esto causó desde entonces se acrecentó en la visita papal, cuando Barros apareció concelebrando con los demás obispos las tres misas de Francisco: en Santiago, Temuco (sur) e Iquique. Cada vez el asedio periodístico a Barros superó por momentos al del Papa, por quien el obispo se declaró apoyado con aprecio y cariño.
Lo más impactante vendría cuando el propio Francisco, saliendo al encuentro de los periodistas en Iquique, dijo que no hay prueba alguna contra Barros; que mientras no le presenten una, «todo es calumnia».

Tan insólita expresión fue comentada por los denunciantes con un dolor que al día siguiente acogió como «comprensible» el asesor del Papa en los asuntos de abusos sexuales en la Iglesia, cardenal Sean O’Malley; porque dejaría la idea de que «si no puedes probar tus afirmaciones no serás creído».

Tras su regreso a Roma, Francisco -talvez habiendo conversado con O’Malley- pidió perdón por la forma en que sus expresiones hubieran ofendido a los denunciantes. Pero ahondó más bien en la diferencia entre «pruebas» y «evidencias» que en la imputación de «calumnias». Esto no dejó conformes a los ofendidos, y así el «tema Barros» continúa ensombreciendo el paso de Francisco por tierra chilena.

Incluso más allá de los católicos hay opinión abiertamente mayoritaria en que el «caso Barros» es el mayor daño que la iglesia local ha padecido en muchos años. Al punto que ha deteriorado la credibilidad del propio sumo pontífice. Cerrados aplausos arrancó Francisco cuando en su primer acto oficial, ante las principales autoridades del país, manifestó su «dolor y vergüenza» por los abusos sexuales de personeros eclesiales. Con igual énfasis lo reiteró en su encuentro con los obispos. Sin embargo, la tenaz aparición del obispo Barros en los actos masivos, las acogidas afectuosas y la forma insólita como le refrendó su apoyo, desvirtuaron hondamente los dichos de Francisco. «Imposible creerle a este papa» escribió la esposa, católica, de un expresidente de la República.

Hechos abiertamente positivos marcaron sin duda la visita de Francisco. Su visita a la cárcel de mujeres; sus apelaciones al reconocimiento y dignificación de los pueblos originarios desterrando la violencia; la acogida integradora de los migrantes; su remecedor llamado a los jóvenes a que asuman la conducción del futuro; sus exhortaciones a comprometerse como iglesia, en especial las élites culturales, en los problemas de quienes claman por mayor justicia y equidad, no resbalaron en un país donde más de un 30% de la población se declara «sin religión».

«Alenté el camino de la democracia chilena, como espacio de encuentro solidario y capaz de incluir la diversidad, con el método de la escucha, especialmente de los pobres, los jóvenes, los ancianos, los inmigrantes y la tierra», declaró posteriormente Francisco. Sin embargo, más de un 70% opinó en una encuesta posterior que la presencia del obispo Barros en sus actos fue muy negativa.

Y Francisco no lo desconoce. Preguntado por los periodistas en el vuelo de retorno a Roma sobre el poco entusiasmo y divisiones que habría encontrado en su visita, dijo haber percibido un pueblo entusiasta y fervoroso. «La responsabilidad del informador es ir a los hechos concretos. Hubo esto, y esto. Lo del pueblo dividido, no sé de dónde sale; es la primera vez que lo oigo. Quizá lo de Barros es causa de esto. Pero la impresión de Chile fue muy fuerte y gratificante».

Así han quedado las cosas tras un viaje que -con mirada objetiva- no concitó ni de lejos el fervor hasta las lágrimas que provocara a millones de chilenos el papa Wojtyla a su paso por el mismo país hace 31 años. Ambas situaciones fueron, ciertamente muy diferentes, entre el Chile bajo una dictadura sangrienta y el de hoy día con libertades que para algunos lindan en el libertinaje. Pero no puede desconocerse que tampoco son comparables la iglesia de entonces y la de ahora.

La crisis de la actual es inocultable. Las posibilidades de recuperación, inciertas e indudablemente difíciles. Que la jerarquía vaya a ser el motor potente de un cambio profundo y a plazo razonable, está por verse. No faltan quienes apuntan más bien al papel de un laicado que ha ido emergiendo del marasmo eclesial con una fuerza nueva, responsabilidad, independencia de criterios, sin temores reverenciales, con claridad de objetivos y, sobre todo, con convicción de que «otra iglesia es posible».

«Los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como «loros» lo que decimos», aleccionó Francisco en su encuentro con los obispos en Chile.

José Comblin, el profético teólogo belga que asentado por largos años en la América latina iluminó a obispos, clérigos y laicos con un pensamiento de avanzada, resaltaba la convicción de que el nuevo cristianismo, y por consiguiente el futuro de la Iglesia en estas latitudes, habría de nacer de la fe del pueblo mediante una acción primordial del laicado.

Como dicen por aquí las respuestas a las plegarias comunitarias en las misas, «¡escúchanos, Señor, te rogamos!».

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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