"El célibe es más 'yo' que nadie"

Dogma de fe y celibato sacerdotal

Por un Jesús más 'humanizado' que 'endiosado'

Dogma de fe y celibato sacerdotal
Celibato

El celibato elimina cualquier posibilidad de ser padre, madre, esposo, esposa y hasta ciudadano "normales"

(Antonio Aradillas).- De muchos temas eclesiásticos es posible hacer conjeturas, cábalas y aún cálculos serios acerca de la posibilidad de su remodelación, cambio, reforma y tal vez, desaparición, en un afán evangélico y evangelizador por atemperarse a los tiempos que anhelan angustiosamente ser iluminados con la palabra de Dios. Pero hay un tema concreto en el que están de más las elucubraciones, y lo único -casi lo único- que queda es resignarse a aceptar lo que algunos llaman «voluntad del Señor».y ya está.

Me refiero exactamente a la sexualidad en su rica diversidad de acepciones, leyes, preceptos, figuraciones ascético-místicos, así como a la gravedad, al menos, legal, de sus posibles infracciones, sin dejar de subrayar el cortejo de hipocresías que con infeliz y dolosa frecuencia les hacen compañía. Es precisamente en el entorno de la concepción y praxis de la sexualidad, religiosa y eclesiásticamente entendida donde el fariseísmo parece campear con dosis más generosas de pretextos y excusas

Respecto al celibato sacerdotal y a la negativa absoluta ni siquiera a su cuestionamiento, no están de más, entre otras, consideraciones y sugerencias como las que apunto a continuación, haciéndome eco de cuanto piensa, hace y cree que hace el pueblo de Dios, con soberana inclusión de los protagonistas que emitieron su voto de castidad al serles este exigido canónicamente para la recepción, ejercicio y ministerio sacerdotal o religioso.

 

 

Dogma de fe y celibato sacerdotal, jamás se matrimoniaron en la Iglesia desde sus principios. Su «conquista» no constituye de por sí, y en la realidad, una de las más fecundas y enaltecedoras prerrogativas del mensaje evangélico. Más aún, en la historia de la Iglesia, tanto personal como colectivamente, los testimonios de vida, con anuencia, permisión, silencios administrativos y cánones, no siempre, ni mucho menos, el celibato y su práctica fueron referencias exactas de veracidad, de salvación y de libertad religiosa.

Tanto en el proyecto de vida celibataria «por el «Reino de Dios», como en multitud de casos ejemplares por parte de hombres y mujeres, con votos o sin ellos, la fe, la esperanza y la caridad resplandecieron de manera inequívoca, como expresión auténtica y cabalmente religiosa. Negarlo, o ponerlo en duda, resultaría improcedente en unos, o avieso en los más.

Pero que conste que tal reconocimiento exigiría por sí mismo la seguridad de que el celibato y su práctica respondieran a una determinante actitud de «disponibilidad y exigencia por el Reino de Dios». Es esta una referencia inmarcesible en el planteamiento religioso – también eclesiástico-, en el que encontramos multitud de casos en los que, de cualquiera de sus miembros se dice ser, y es, célibe por no haberse casado sacramentalmente, y sin embargo, sus compromisos con el poder, el dinero, la «dignidad social» y familiar, sus jerigonzas y paramentos litúrgicos, o para litúrgicos, y el incienso, les tienen atados y comprometidos , con reducidas posibilidades de ejercer el misericordioso ministerio de la palabra como signo-sacramento precioso de redención y de vida.

El dato espurio de que «vivir el celibato equivale a potenciar al máximo el grado de disponibilidad personal al servicio del pueblo y de la Iglesia», es falso, no auténtico y adulterado. Cualquier profesional en su trabajo u oficio, está y vive en plena y aún gozosa disponibilidad de servir a los demás, que quién lo profesara con votos solemnes.

El celibato elimina cualquier posibilidad de ser padre, madre, esposo, esposa y hasta ciudadano «normales». Es decir, de crear y mantener una familia, como el resto de los mortales, todos hijos de Dios – «padre y madrea la vez-, con toda clase de argumentos bíblicos y humanos.

.Esta convicción explica en gran parte que el celibato sea manantial de comportamientos egoístas. El célibe es más «yo» que nadie. Jerárquicamente hasta es el «Nos», con mayúscula. No sabe vivir, es decir, con-vivir. Está sobre los otros. Se siente, y lo sienten, diferente, distinto, distante y hasta «distinguido». Si no se es, y se ejerce de padre, madre, esposo o esposa, de verdad y comprometidamente, se corre el riesgo infalible de deshumanizarse.

 

 

Sin tener que subscribir el aserto común de que «todo célibe es candidato seguro para el psiquiátrico», al menos hay que reconocer que es -o suele ser- una persona rara y extraña. Como de una naturaleza y condición diferente y, por tanto, difícil de integrarse en la colectividad, aún cuando esta sea la Iglesia. Tal vez por eso, celibato y laicado no se entiendan entre sí pastoral y teológicamente.

.Prescindir nada menos que «en virtud del voto celibatario», del conocimiento íntimo amoroso, de la mitad de la humanidad -hombre o mujer- y de sus aportaciones y limitaciones, es posible que no entre de lleno en el plan de Dios, al menos con la «alegría» y las justificaciones gloriosas con las que se suele hacer.

¡Por amor de Dios, señores teólogos -que no canonistas y administradores de los bienes de la Iglesia-, explíquennos cuales son algunas razones por las que todavía en la Iglesia católica se les cierra las puertas al celibato opcional de sus sacerdotes¡. Estamos a la espera. Lo están también los devotos del ecumenismo. Lo están, sobre todo, quienes prefieren un Jesús -y quienes dicen ser sus representantes- más «humanizado» que «endiosado».

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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