Jesús Martínez Gordo reflexiona la nueva carta de Doctrina de la Fe

«Lo que también agrada a Dios”: a propósito de la Carta “Placuit Deo”

"Es propio del 'jesu-cristiano' percibir y reconocer la existencia y el mundo plagados de consolaciones, chispazos"

"Lo que también agrada a Dios”: a propósito de la Carta “Placuit Deo”

¡Ojalá que el próximo pronunciamiento de la Congregación deje explícitamente abiertas las ventanas de la legítima pluralidad, santo y seña de lo realmente católico! O, por lo menos, que recuerde su necesidad

(Jesús Martínez Gordo).- En la Carta «Placuit Deo» de la Congregación para la Doctrina de la Fe se puede leer que una de las tentaciones más fuertes del cristianismo actual es el neo-gnosticismo; un exceso, extrapolación o reduccionismo que, absolutizando la unión con Dios en lo más íntimo de uno mismo o la fusión con el cosmos, acaba descuidando, aparcando o negando la humanidad del Nazareno, su historia, su cercanía y su «carne».

Emergen, en consecuencia, teologías y espiritualidades «alérgicas» al sufrimiento humano y al compromiso con el mundo presente, muy ocupadas en los ritos y extrañas al contacto físico, a la cercanía, a la mirada y al acompañamiento.

Sin negar la relación con Dios en la intimidad de uno mismo y en el cosmos, quienes nos auto-comprendemos como «jesu-cristianos«, es decir, como seguidores del Jesús histórico y, a la vez, partícipes de la anticipación del final que es Cristo resucitado, echamos de menos en estas propuestas la debida atención al Nazareno y, más concretamente, a los Calvarios contemporáneos o a la «carne dolorida» en la que se sigue trasparentando y es perceptible el Crucificado. La salvación es, ciertamente, «en Dios» y «de Dios», pero también y, a la vez, lo es de «la carne» que, visitada por Dios se encuentra, desde entonces, «divinizada» y crucificada en nuestra historia de cada día.

Si es incuestionable que la apuesta neo-gnóstica cuenta con una importante acogida durante estos últimos años en algunos sectores de la Iglesia católica, no lo es menos que renuncia a sintonizar y relacionarse con el Dios encarnado en Jesús de Nazareth, crucificado en el Gólgota y martirizado en infinidad de Calvarios que siguen existiendo. Por eso, tal apuesta no es del «agrado de Dios».

 

 

He aquí la primera de las conclusiones que arroja la lectura de la Carta «Placuit Deo» que, firmada por el Prefecto Luis F. Ladaria, ha sido aprobada por el papa Francisco. Son muchas -y de notable peso- las razones que existen para estar de acuerdo con esta primera valoración.

Pero hay más. A la crítica del neo-gnosticismo sucede la denuncia del neo-pelagianismo, otra extrapolación, exceso o reduccionismo que, incuestionablemente presente en el punto de mira de los pontificados más recientes, persiste en nuestros días. Si bien es cierta, recuerda la Carta, la importancia de las obras y del compromiso, no lo es menos que la salvación es «de Dios». Ello no obsta para reconocer la importancia de dicho compromiso y de las obras en que se visualiza -en particular con los más desfavorecidos del mundo, según se recoge en la parábola del Juicio final (Mt 25, 31 y ss.)-, pero éstas se fundan en la generosidad, antecedente y sanante, de Dios, tal y como se aprecia en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32); nunca en el esfuerzo mediante el cual, supuestamente, nos ganaríamos («nos mereceríamos») la salvación y «obligaríamos» a que Dios fuera misericordioso con nosotros.

Frente a esta extrapolación, la Carta recuerda que, en Dios y por Jesús, ya tenemos la inmensa suerte (la gracia) de participar (y disfrutar) anticipadamente de ella en esta vida. Por ello, es propio del «jesu-cristiano» percibir y reconocer la existencia y el mundo plagados de consolaciones, chispazos, es decir, de «Tabores contemporáneos» en los que se anticipa la Verdad final cuando se alcanza una proposición particularmente clarificadora, sin dejar de ser parcial y provisional. O cuando se perciben en el espesor de la vida y de la realidad -que tienen la virtud, como la revelación de Dios, de atraernos y fascinarnos por sí mismos- destellos de la Belleza definitiva. También cuando se descubren y acogen la infinidad de gestos y comportamientos de comunión que, reflejos de la Unidad fundante y final, nos vinculan con Ella y entre nosotros, sin que dejemos, por ello, de seguir conservando, a la vez, la propia identidad personal. Y, por supuesto, cuando se aprecia y disfruta del encuentro con personas, instituciones y comportamientos altruistas y generosos que, anticipos de la Bondad primera y definitiva, nos invitan a entregarla a otros de manera libre y gratuita.

El descuido, aparcamiento, desprecio o minusvaloración neo-pelagiana de estas (y otras) anticipaciones, destellos, consolaciones y chispazos del final en el tiempo presente, son algo, se recuerda en la Carta, que tampoco «agrada a Dios». Y no le agrada porque lo propio de los «jesu-cristianos» es participar del amor de Dios en tantos y tantos «Tabores de nuestros días». Y, gracias a ellos, ayudar a descender a los crucificados contemporáneos de sus respectivas cruces y no sucumbir cuando toque afrontarlas personalmente.

En definitiva, Dios no quiere más cadáveres en los «Gólgotas actuales», sino «jesu-cristianos» pertrechados y prontos -por su participación en los «Tabores del tiempo presente»- a evitar ser devorados por la crudeza del reverso de la historia. El martirio es una libre decisión personal, imposible de universalizar. Ello no obsta para reconocer que Dios lo mira con particular cercanía y cariño. Y la Iglesia, con indudable admiración y agradecimiento. Pero la llamada universal es a la santidad, a mantener con Dios una relación, a la vez, de caricia y aguijón.

Creo, en tercer lugar, que hay algo que también «agrada a Dios» y que echo de menos en la Carta «Placuit Deo»: está bien señalar algunas de las extrapolaciones de quienes absolutizan la resurrección sin cruz y la cruz sin resurrección o a Jesús sin Cristo y a Cristo sin Jesús. Pero, una vez ofrecidas estas clarificaciones, sería deseable que la Congregación para la Doctrina de la fe recordara la enorme e inagotable riqueza (por tanto, pluralidad y diversidad) que brota del misterio de Dios, entregado en Jesús y reconocible gracias al Espíritu: entre el Calvario y el Tabor hay un circuito permanente que puede ser transitado de muchas y diferenciadas maneras.

 

 

De ahí la legitimidad y necesidad de que haya quienes opten por seguir al Crucificado en los «Calvarios actuales», visitando -aunque sea ocasionalmente- algunos de los «Tabores contemporáneos». Y también que haya quienes, enfatizando la importancia de las muchas anticipaciones y consolaciones del final que jalonan el tiempo presente, se comprometan -solidaria y fraternalmente- en la liberación con los parias de nuestros días. Ambas andaduras son «católicas» porque ninguna de ellas renuncia a la circularidad o al equilibrio, permanentemente inestable, que se da entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, aunque se decanten por primar un punto u otro de partida; sin incurrir, por ello, en neo-gnosticismo ni en neo-pelagianismo.

Un recordatorio de este estilo insuflaría oxígeno a un mundo que, como el de la teología y espiritualidad católicas, ha estado sometido, durante decenios, a la sospecha y recelosa mirada de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de las respectivas Comisiones de algunas Conferencias Episcopales; entre ellas, la española. Y lo ha estado, incluso, con propuestas partidarias de articular los diferenciados (y complementarios) puntos de partida de un discurso «católico» sobre la salvación cristiana: en unos casos, desde los Calvarios actuales y, en otros, desde los Tabores en los que, gratuitamente, «nos movemos, vivimos y existimos».

Entiendo que, por lo menos, tal mención facilitaría que se moderaran quienes -interiorizando un talante inquisitorial, extraño a la necesaria e imprescindible empatía crítica, todavía abundan entre nosotros, amparados, muchos de ellos, en teologías y espiritualidades proclives a incurrir, no se puede ignorar, en reduccionismos tales como el «neo-docetismo» (sin la debida atención a la «carne» de Jesús), el «neo-monofisismo» (absolutizando su divinidad, al precio de la humanidad) y el «neo-novacianismo» (defendiendo que lo que salva es únicamente el cumplimiento de la ley, no la misericordia).

¡Ojalá que el próximo pronunciamiento de la Congregación deje explícitamente abiertas las ventanas de la legítima pluralidad, santo y seña de lo realmente católico! O, por lo menos, que recuerde su necesidad.

 

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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