Ni un sólo obispo se pronunció, hasta ahora, sobre la sentencia de La Manada

¡Señores obispos, rompan sus homilías y solidarícense con las mujeres!

Prelados y curas tienen la oportunidad de dedicar sus homilías del domingo al tema

¡Señores obispos, rompan sus homilías y solidarícense con las mujeres!
Manifstación contra la sentencia de La Manada

Hablar, pedir perdón, salir a las calles y mezclarse con las protestas de las mujeres. Si no lo hacen...Alguien les pedirá cuentas...y se quedarán sin rebaño

(José M. Vidal).-Crece la indignación social ante la sentencia de La Manada. Las calles hierven. No se habla de otra cosa en las plazas y en las casas de todo el país. Los medios amplifican el caso, que se ha convertido para ellos, en monotema. Fluyen los posicionamientos desde todos los ámbitos sociales, menos uno: el eclesial.

Los fieles de la Iglesia están tan indignados como los demás ciudadanos y asisten, entre resignados e indignados, al silencio de sus pastores. Nadie se explica el porqué la jerarquía eclesiástica, pasadas más de 24 horas de la sentencia, sigue callando y sin aportar una palabra de aliento y solidaridad con las mujeres, humilladas por una sentencia y por un voto particular que, encima, huele a catolicismo rancio, patriarcal y machista, de un juez que, al parecer, pertenece al Opus Dei o está muy próximo. Aunque el director de comunicación de la Obra en España asegura a RD que ese dato «no consta» ni respecto al juez ni a su familia.

Calla la Conferencia episcopal, que se ha quedado muda. Callan los cardenales, arzobispos y obispos, tanto a nivel colectivo como individual. Ni un sólo obispos español se ha pronunciado hasta ahora. Sólo han hablado públicamente dos monjas, un cura y un obispo: Sor Patricia, una carmelita descalza de Hondarribia, Sor Lucía Caram, el Padre Ángel y el arzobispo de Tánger.

Las monjas, valientes y atentas a los signos de los tiempos desde su clausura. El Padre Ángel, siempre en primera línea, no soporta el «hecho repugnante de ‘La Manada’ que abusa de una mujer indefensa» ni «una sentencia, que parece un nuevo abuso contra la víctima». Pero, como siempre, se queda con lo bueno, con la parte positiva, con la reacción de la gente. «Me conmueve, me alegra y me conforta la cantidad de gente que, desde el minuto uno, ha salido a la calle, para protestar y solidarizarse con la víctima. Hay esperanza. Está sociedad no está tan enferma como algunos dicen».

El obispo es también el de siempre, el profeta, Santiago Agrelo, el obispo gallego, que sirve a la archidiócesis de Tánger y, desde allí, huele a oveja y siente con la gente, porque vive entre ella. Y, sin buscar protagonismo, simplemente porque le sale del alma, escribió, ya ayer, en su twitter este mensaje: «La manada abusó sexualmente de una mujer indefensa. Me pregunto si la sentencia de la APN no representa un nuevo abuso contra esa misma mujer. Esa mujer, que un día se vio desvalida ante la fuerza física, hoy se habrá sentido más desvalida aún frente a la fuerza de la ley».

 

 

Un obispo que, sin pretenderlo, simplemente porque juega en otra liga (la del Papa Francisco) deja en evidencia a sus tan prudentes colegas españoles. Pero no con la sana prudencia del sabio, sino con la prudencia miedosa del pastor que huye, cuando viene el lobo de las complicaciones y de las dificultades de la vida.

Y por su falsa prudencia y su miedo, la imagen de la institución sigue cayendo en picado. Porque, éstas cosas la gente no las olvida, se quedan grabadas: ¿Dónde estaban los obispos, cuando la sentencia de La Manada? En sus cosas. En lo cómodo, en lo tibio, en el sexo de los ángeles.

Es como si viviesen en otra realidad y en otra galaxia. ¿No sufren ni padecen? ¿No tienen hermanas, sobrinas, amigas, tías…? ¿No escuchan los informativos? ¿No ven el clamor de sus ovejas? ¿No escuchan el grito de su pueblo?

Y eso que el Papa Francisco les conmina a estar siempre con el pueblo, «unas veces delante, otras en medio y otras, detrás». Pues parece que nuestros obispos no le hacen ni caso. Van a su bola. No pastorean delante (y callan, enmudecidos). No van en medio, para compadecerse con el pueblo y compartir sus penas y alegrías. Y, por supuesto, huyen de ir en la cola. Ellos son los del báculo y la mitra, los que han sido elegidos para ir los primeros y marcar el rumbo, siempre poseedores de la verdad…

 

 

Ingenuos, desconectados de la realidad, viven en otro planeta y no se dan cuenta de que están vaciando las iglesias de mujeres y de jóvenes. Y sin mujeres ni jóvenes, la institución agoniza. Y los obispos, tan panchos, con su rollo de siempre. Hasta que algún día Alguien les pida cuentas…

Sé que no se debe generalizar y que, entre los obispos, como en cualquier otro colectivo, hay de todo: buenos, malos y regulares. Su gran defecto es el miedo disfrazado de prudencia, el ‘siempre se hizo así’ y el ‘qué dirán mis compañeros, si me pronuncio’. Y por eso callan y dejan a la institución afónica y sin voz. Y la convierten, a los ojos de la gente, en una institución sin entrañas de misericordia, que no se moja, que no toma partido, que no defiende a los pobres, a los jóvenes o a las mujeres.

¿Qué hizo la Iglesia por defender a la juventud en paro, obligada a salir al extranjero a buscar el trabajo que aquí se le niega, sin posibilidad de independizarse ni de fundar una familia? ¿Qué hizo por nuestros jóvenes a los que se les está robando el futuro? Y, ahora, dice que sin jóvenes no hay futuro y que quiere volver a seducirlos. ¿Cómo? Los jóvenes sólo creerán en la Iglesia si, en vez de predicar, da trigo. Es decir, si denuncia su situación en documentos, homilías y pastorales. Si ejerce toda su capacidad de presión, que es mucha, para ayudarlos. Y si sale a la calle (como salió en contra de la aprobación del matrimonio homosexual) con ellos, a su lado, bendiciendo sus justas reivindicaciones.

Vana esperanza. Los obispos no lo hicieron ni lo harán. No entra en sus esquemas. Y, como tienen respuestas para todo, incluso llegarán a decir, desde su engreída autosuficiencia: «No somos activistas políticos».

Tampoco las mujeres se sienten protegidas por los obispos. Al contrario. Hace años que hay una estampida femenina silenciosa de los templos. La Iglesia no responde a las expectativas femeninas. En sus cuadros dirigentes sólo encuentran condenas y admoniciones preñadas de machismo y de rancio patriarcalismo religioso.

Curas y obispos tienen, sin embargo, una preciosa oportunidad de revertir la situación este mismo fin de semana. Sólo tienen que dedicar todas sus homilías de las misas del sábado y del domingo en todas las parroquias del país, incluidas las catedrales, a solidarizarse con las mujeres, a ponerse de su lado, a defender su dignidad, a pedirles perdón por el falso moralismo sexual que impregnó la moral sexual eclesial.

Como aquel precepto que obligaba a la mujer a dar el «débito conyugal» a su marido siempre y en cualquier circunstancia. Bajo pena de pecado. Y no hace tantos años de eso. Nuestra madres y abuelas fueron educadas en esa tesitura.

Rompan sus esquemas. Ya sé que este fin de semana se celebra el V domingo de Pascua. Y que toca el Evangelio de Juan 15, 1-8 sobre la vid y los sarmientos. Ya sabemos que Cristo es la vid y nosotros los sarmientos. Pero hay, hoy, sarmientos de esa vid heridos, cortados, doblados, humillados, podados, arrancados de cuajo. Hablen de eso. Rompan las homilías preparadas. Conecten con la vida, que va por otro lado. Atentos, como deben estar, a los signos de los tiempos.

Que los obispos pidan perdón humildemente, porque de aquellos polvos viene estos lodos de La Manada, y, además, que pasen a la acción. Que salgan a las calles, que se mezclen con las protestas de las mujeres en las plazas y calles españolas. Abrirían los telediarios. Marcarían tendencia. Dejarían claro, una vez por todas, que están con el Papa Francisco y, lo que es más importante, con el Evangelio de Jesús. No harán nada, dice mi experiencia pesimista. No perdamos la esperanza, contesta mi ilusión por ver, también en España, una Iglesia hospital de campaña, con unos pastores-servidores y no príncipes-señores.

Si no lo hacen…Alguien les pedirá cuentas…y se quedarán sin rebaño.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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