Pedro Langa

Natividad de san Juan Bautista

"Con excepción de la Virgen María, el Bautista es el único santo del que la liturgia celebra el nacimiento"

Natividad de san Juan Bautista
Pedro Langa

Pedir que Dios sea con nosotros propicio es tanto como impetrar que nuestro corazón se vista de la luz que siempre irradió san Juan el Bautista

(Pedro Langa).- No siempre los ciclos litúrgicos registran coincidencia dominical con la natividad de san Juan Bautista, que, por otra parte, es solemnidad, pero años hay en que suena la flauta, y uno, la verdad, quisiera aprovechar esa circunstancia dentro del Ciclo B. Con excepción de la Virgen María, el Bautista es el único santo del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace porque está íntimamente vinculado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De hecho, desde el vientre materno Juan es el precursor de Jesús: el ángel anuncia a María su concepción prodigiosa como señal de que «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo.

En realidad, los cuatro Evangelios destacan al Bautista como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, al Consagrado del Señor. Será, de hecho, Jesús mismo quien hable de Juan con estas palabras: «Este es de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino ante ti. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mt 11,10-11).

Zacarías, el padre de Juan y esposo de Isabel, pariente de María, era sacerdote del culto del Antiguo Testamento. Él no creyó de inmediato en el anuncio de una paternidad tan inesperada, y por eso quedó mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al que él y su esposa dieron el nombre indicado por Dios, es decir, Juan, que significa «el Señor da la gracia».

Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión de su hijo: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77). Todo esto se hizo realidad treinta años más tarde, cuando Juan comenzó a bautizar en el río Jordán, llamando al pueblo a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de Judea. Por esto fue llamado «Bautista», es decir, «Bautizador» (cf. Mt 3,1-6).

Cuando un día Jesús mismo, desde Nazaret, fue a ser bautizado, Juan al principio se negó, pero luego aceptó, y vio al Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre celestial que lo proclamaba su Hijo (cf. Mt 3,13-17). Pero la misión del Bautista aún no estaba cumplida: poco tiempo después, se le pidió que precediera a Jesús también en la muerte cruenta: Juan fue decapitado en la cárcel del rey Herodes, la famosa Fortaleza de Maqueronte, ubicada al este del Mar Muerto y a unos 25 km al sudeste de la desembocadura del río Jordán, y así dio testimonio pleno del Cordero de Dios, al que antes había reconocido y señalado públicamente.

Juan el Bautista fue llamado, como todos los grandes personajes del Antiguo Testamento, a la vocación profética, en su caso la de Precursor (pródromos) del Señor. Por eso la sagrada Liturgia le aplica las palabras de Isaías: «El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre» (Is 49,1). Estas palabras de Isaías se refieren, en plenitud, a Cristo, pero, por reflejo, también se pueden aplicar, y muy atinadamente por cierto, a esta gran figura bíblica que está entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el gran ejército de profetas y justos de Israel, Juan el Bautista fue puesto por la Providencia inmediatamente antes del Mesías, para preparar delante de él el camino con la predicación y con el testimonio de su vida.

Ambos, Mesías y Precursor, nacieron gracias a una intervención especial de Dios: el primero nace de la Virgen; el segundo, de una mujer anciana y estéril. Desde el seno materno Juan anuncia a Aquel que revelará al mundo la iniciativa de amor de Dios. Las palabras de Isaías, por otra parte, las repite a su manera el salmista: «Desde el seno de mi madre me llamaste» (Salmo responsorial). Incluso las podemos hacer nuestras, ya que Dios nos conoció y amó antes aún que nuestros ojos pudieran contemplar las maravillas de la creación. Todo hombre al nacer recibe un nombre humano. Pero antes aún, posee un nombre divino: el nombre con el cual Dios Padre lo conoce y lo ama desde siempre y para siempre. Eso vale para todos, sin excluir a nadie. Ningún hombre es anónimo para Dios. Todos tienen su ADN divino. Todos tienen igual valor a sus ojos: todos son diversos, pero iguales; todos están llamados a ser hijos en el Hijo.

«Juan es su nombre» (Lc 1,63). A sus parientes todos, sorprendidos al oír esta salida de Isabel, la madre del niño, Zacarías confirma el nombre de su hijo escribiéndolo en una tablilla. Dios mismo, a través de su ángel, había indicado ese nombre, que en hebreo significa «Dios es favorable». Y es favorable al hombre: quiere su vida, su salvación; favorable a su pueblo: quiere convertirlo en una bendición para todas las naciones de la tierra; y favorable a la humanidad: guía su camino hacia la tierra donde reinan la paz y la justicia. Todo esto entraña ese nombre: Juan.

San Juan Bautista, Precursor del Señor y su bien timbrada voz, aquella voz que gritaba en el desierto, es, además, modelo puesto por Dios para todos los que se preparan a recibir a su Hijo el Mesías. Es modelo perenne de fidelidad a Dios y a su ley. Él preparó a Cristo el camino con el testimonio de su palabra y de su vida. Todo un reclamo para que lo imitemos con dócil y confiada generosidad.

Asimismo es, sobre todo, modelo de fe. Siguiendo las huellas del gran profeta Elías, para escuchar mejor la palabra del único Señor de su vida, lo deja todo y se retira al desierto, desde donde dirigirá la invitación a preparar el camino del Señor (cf. Mt 3,3 y paralelos). Es igualmente modelo de humildad, porque a cuantos lo consideran no sólo un profeta, sino incluso el Mesías, les responde en seguida: «Yo no soy quien pensáis, sino que viene detrás de mí uno a quien no merezco desatarle las sandalias» (Hch 13,25). Y es, en fin, modelo de coherencia y valentía para defender la verdad, por la que está dispuesto a pagar personalmente hasta la cárcel y la muerte.

En esta época de vorágine colectiva, de tanto culto a la mentira, de tanta persecución a los cristianos dispersos por el mundo, emerge la austera figura de Juan como ejemplo de fidelidad al Evangelio. «Su testimonio -llegó a decir san Juan Pablo II durante sus visita a Kiev–debe servir de ejemplo y acicate para los cristianos del tercer milenio». Algo parecido a lo que suele decir el papa Francisco con su recurrente llamada a los hijos de la Iglesia en este siglo XXI, sobre todo cuando, a la vista de tanto ataque del Maligno a la cristiandad sufrida, insiste en su fórmula favorita del Ecumenismo de la sangre:

«En la escuela de Cristo, no os dejéis engañar por espejismos de felicidad barata. Seguid el camino de Cristo: ciertamente, Cristo es exigente, pero puede haceros gustar el sentido pleno de la vida y la paz del corazón. Educadlos con amor y dadles un buen ejemplo de coherencia con los principios que enseñáis. Y vosotros, los que tenéis responsabilidades educativas y sociales, sentíos comprometidos a promover siempre el desarrollo integral de la persona humana, cultivando en los jóvenes un profundo sentido de justicia y solidaridad con los más débiles». Buena ocasión, esta de la natividad de san Juan Bautista, para asumir su llamada a convertirnos, a testimoniar a Cristo y anunciarlo a tiempo y a destiempo.


Es su figura una de las más celebradas en la tradición litúrgica bizantina. Al igual que con Cristo y María, se celebra su concepción (23 septiembre), nacimiento (24 junio) y martirio (29 agosto). Se celebra también el redescubrimiento de las reliquias (la cabeza) de Juan, a la misma vez que cada martes la liturgia lo conmemora de modo especial. Las celebraciones de la concepción, nacimiento y muerte ponen al Bautista en paralelo a Cristo y a la Madre de Dios, y esto se refleja en la iconografía: la «Déisis» es el icono de los dos grandes intercesores, María y Juan, ante Jesús representado como el rey sentado en el trono de gloria, que tiene a la derecha «la reina vestida con un manto de oro variopinto» y a la izquierda al Precursor, el ángel que le prepara el camino y que lo anuncia y lo señala como «el cordero de Dios».

Sus títulos están siempre relacionados con Cristo: «Lámpara de la luz, rayo que manifiesta el sol, mensajero del Dios Verbo, paraninfo del Esposo». Diversas veces los textos litúrgicos lo llaman «óptimo hijo y ciudadano del desierto», mientras la tradición monástica de Oriente y de Occidente tendrá siempre una gran estima por el Bautista en su dimensión de soledad y ascesis en el desierto. El papel que los textos dan a Juan es el de intercesor junto a Cristo, voz que lo anuncia, ángel que lo precede y que le prepara el camino; por esto también con mucha frecuencia la iconografía del Bautista lo presenta con las alas de ángel. Diversos troparios ponen en paralelismo, con una finalidad claramente cristológica, el nacimiento del Bautista y el nacimiento de Cristo, nacimiento de la Voz y nacimiento del Verbo.

En el iconostasio hay tres puertas, la más importante se llama «la puerta del zar». Por ella puede pasar solo el sacerdote durante el servicio. En ella están pintados los cuatro evangelistas y la Anunciación, y sobre ella se representa la Última Cena. Otras dos, en las que están pintados los arcángeles, las usan diáconos y otros clérigos.

El iconostasio completo tiene cinco filas de iconos, aunque las iglesias pequeñas pueden tener tres o incluso una. La tercera se llama déesis: es la más importante porque sus figuras rezan por el perdón de todos los pecadores. En el centro de la déesis está colocado el icono del Cristo en Majestad (Pantocrator), a ambas partes del cual se sitúan la Virgen y san Juan Bautista. Haga él que Dios nos sea favorable. Pedir que Dios sea con nosotros propicio es tanto como impetrar que nuestro corazón se vista de la luz que siempre irradió san Juan el Bautista.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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