Rufo González Pérez

El silencio de los obispos sobre el celibato (V)

"También son Iglesia los que creen honradamente que Dios no pide tal celibato"

El silencio de los obispos sobre el celibato (V)
Rufo González

Si no se deja persuadir de la ley, “se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado”. Ahí está todo el corazón del legalismo clerical. “Desgraciado”, dice. ¿Le habrá retirado su amor, su gracia, el Padre?

(Rufo González Pérez).- Otro párrafo, nominado “llamamiento doloroso” (n. 86 de Sacerd. Caelib.), resulta falso e hipócrita. Se llama “santa Iglesia de Dios” a los partidarios de la ley celibataria. Estos se sienten “apenados, deshonrados, turbados” por los sacerdotes que libremente deciden desistir de la promesa celibataria. No creen aceptable que quienes creyeron buena y factible la continencia perfecta por el Reino de Dios en un tiempo y circunstancia determinados, cambien hoy, dada su evolución espiritual, y la vean nociva para su personalidad humana.

No aceptan la petición en conciencia ante Dios de querer ejercer el ministerio sin celibato, “ciertamente no exigido por la naturaleza misma del sacerdocio” (Vat. II, PO 16). Y sabiendo, además, lo que el mismo Pablo VI escribe en la misma encíclica:

«el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6)» (Enc. Sacerdotalis caelibatus, n. 5).

Este es el párrafo desafortunado:

“Oh si supiesen estos sacerdotes cuánta pena, cuánto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral” (Sacerd. Caelib. 86).

Deberían los dirigentes eclesiales aplicarse la reflexión por la ley

“Cuánta pena, cuánto deshonor, cuánta turbación proporciona a la santa Iglesia de Dios” esta ley. La Iglesia no son sólo los dirigentes partidarios del celibato unido legalmente al ministerio. También son Iglesia los que creen honradamente que Dios no pide tal celibato. Estos sufren más que nadie. La ley ha sido vestida de tanta “solemnidad y belleza”, la han amarrado tanto, que hasta han pretendido hacer creer que en ella está la santidad sacerdotal. Pero no han tenido en cuenta que el Espíritu habita también en quienes en experiencia de gracia descubren que el celibato no era para ellos y que Dios no les obliga a mantener una promesa inhumana. Es una incomprensión eclesial terrible, un callejón absurdo. Dios no abandona a nadie. Su Espíritu ha suscitado en el mundo entero asociaciones (ASCE y Moceop en España) que ayudan a ver que las cosas no son como dicen los documentos oficiales. No hay “peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura”. Fuera del celibato hay vida cristiana, hay comunidades, hay ministerios. ¡El Espíritu les habita!

Solicitud hacia sacerdotes jóvenes (n. 87): nueva falsedad del sistema

«… La Iglesia quiere que, especialmente en estos casos, se tienten todos los medios persuasivos, con el fin de inducir al hermano vacilante a la calma, a la confianza, al arrepentimiento, a la recuperación, y sólo cuando el caso ya no presenta solución alguna posible, se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado» (Sacerd. Caelib. 87).

¡Vaya tratamiento pastoral! Autorizar el ministerio al casado no es “solución ninguna”. Si no se deja persuadir de la ley, “se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado”. Ahí está todo el corazón del legalismo clerical. “Desgraciado”, dice. ¿Le habrá retirado su amor, su gracia, el Padre?

La concesión de las dispensas (n. 88): ¡hasta dónde llega el amor de la Iglesia!

«Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio, pero presenta alguna disposición seria y buena para vivir cristianamente como seglar, la Sede Apostólica, estudiadas todas las circunstancias, de acuerdo con el ordinario o superior, dejando que al dolor venza el amor, concede a veces la dispensa pedida, no sin acompañarla con la imposición de obras de piedad y de reparación, a fin de que quede en el hijo desgraciado, mas siempre querido, un signo saludable del dolor maternal de la Iglesia y un recuerdo más vivo de la común necesidad de la divina misericordia» (Sacerd. Caelib. 88).

Contradicción con la revelación

¿Cómo puede este texto mirar honradamente los derechos humanos, el Evangelio, el amor de Jesús, el Reino del Padre? “Concede a veces la dispensa”, pero con penitencia incluida. ¡Qué amor tan gratuito! Ni al hijo pródigo, que viene a la casa del Padre urgido por la necesidad material, se le ocurrió a Jesús tratarle así. Lean despacio: “Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio…”. La inmensa mayoría son recuperables para el sacerdocio. Como sacerdotes son más ejemplares que otros muchos que son tolerados por ser célibes, pero su vida está apegada al poder, al dinero, a la apariencia… La autoridad eclesial no quiere reconocerlo. Sólo importa el celibato. Si humanamente no pueden cargar con él, los cree “irrecuperables para el sacerdocio”. La contradicción con la revelación no puede ser más clara:

“si no se pueden contener, que se casen, pues es mejor casarse que abrasarse… El que se casa con su compañera hace bien… El dirigente (episcopos: obispo) tiene que ser fiel a su única mujer… Tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad. Uno que no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de una asamblea (“ecclesia”) de Dios?” (1Cor 7, 9. 36; 1Tim 3, 2.4-5).

Sigue la falsedad sistemática: disciplina de “estímulo y aviso” (n. 89)

Actualmente nadie duda de que la ética es tan evolutiva como la historia humana. Las concreciones de los principio generales varían. Hoy no puede sostenerse que la disciplina sobre celibato y ministerio eclesial, que en una época se consideró éticamente correcta, siga siendo:

– “severa y misericordiosa al mismo tiempo;

– inspirada siempre en justicia y en verdad, en suma prudencia y discreción;

-contribuye a confirmar a los buenos sacerdotes en el propósito de una vida pura y santa;

– sirve de aviso a los aspirantes al sacerdocio, para que… avancen hacia el altar con pleno conocimiento, con supremo desinterés, con arrojo de correspondencia a la gracia divina y a la voluntad de Cristo y de la Iglesia” (Sacerd. Caelib.89).

“La Iglesia no perdería a tantos sacerdotes valiosos”

Así lo reconocía hace unos años el monje benedictino alemán, Anselm Grün, en una entrevista a un periódico argentino:

«-No obstante estas dificultades, ¿usted propone que el celibato sea opcional?

-Sí. Me parece más honesto que existan los dos modelos. Yo he acompañado a sacerdotes maravillosos que al juntarse con una mujer tuvieron que dejar su sacerdocio. Mi principal argumento es que sería más sincero, porque hay algunos sacerdotes que viven en dos planos. Los sacerdotes deberían poder elegir entre dos formas: aquellos que quieren contraer matrimonio y los que quieren ser célibes… Si hoy la Iglesia diera al sacerdote la posibilidad de estar casado, no perdería a tantos sacerdotes valiosos. Esto sería más transparente (Anselm Grün. Entrevista de Silvina Premat en La Nación. Buenos Aires. 26 abril 2006).»

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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