"No parecen sensatas, eclesiales, y mucho menos, evangélicas"

Las «bodas de obispos» están de más

"No garantizan ningún grado de indisolubilidad y felicidad verdaderamente sagrada"

Las "bodas de obispos" están de más
Un cura celebra una misa nupcial

Los casados/as por los obispos, no lo están más y mejor a los ojos de Dios y a los de la Iglesia, que quienes lo fueran por el párroco

(Antonio Aradillas).- De entre las diversas «lecturas», versiones e interpretaciones que pudieran aplicárseles al título de este artículo, en el caso de que hubiera sido «Bodas de Obispos», me hubiera tenido que dar santas y apresuradas prisas en destacar, para tranquilidad de muchos y muchas, que no se trata de que también a los obispos de la Iglesia católica se les hayan ya abierto las puertas matrimoniales de este sacramento. En otras Iglesias, tan Iglesias como la católica, ya se dio tal paso, sin que este obstaculizara su capacidad de respuesta de salvación religiosa. En la misma Iglesia católica, la historia testifica que obispos -y sacerdotes- casados, llega a ser lo normal, sin extrañar para nada la insistencia del apóstol san Pablo de que el obispo casado habría de esposarse con una sola mujer.

Mi referencia en esta ocasión, canónico- social y litúrgica, se centra únicamente en el hecho de las bodas de los laicos presididas -«celebradas», por «el obispo del lugar» y, en casos concretos excepcionales, por otros de mayor «graduación» eclesiástica, como arzobispos y aún cardenales.

El índice de bodas «celebradas» por los señores obispos fue, y es todavía, notablemente alto y apenas si es preciso apuntar algunas de las causas principales que lo «justifican», como son los cargos políticos, situaciones sociales privilegiadas, amistades, -en niveles idénticos o similares de autoridad y prestigio-, favores recibidos o por recibir, tanto personales como institucionales, y hasta necios y desedificantes argumentos de «ejemplaridad religiosa» y sacramental, en unos tiempos en los que el número de bodas «por lo civil», se equipara, y aún supera, a las celebradas «por» o «en» la Iglesia».

Y es que hay que reconocer que el obispo -los obispos- prestan y son portadores de relevancia no solo religiosa sino civil o social, si bien en tal relación es ocioso reseñar que los casados/as por los obispos, no lo están más y mejor a los ojos de Dios y a los de la Iglesia, que quienes lo fueran por el párroco o el coadjutor de la demarcación correspondiente. Los obispos «oficiantes» de las bodas no son garantía ni de felicidad ni de indisolubilidad, matrimoniales. Lo sé de muy buena tinta. Aún más, tal y como están todavía las cosas, y así lo informan los medios de comunicación social, precisamente tales «bodas de obispos» no son las más duraderas, si bien quedaría siempre la solución de su «repetición» por la misma Iglesia, con otra pareja, gracias a los procedimientos no siempre morales, ni legítimos, aunque canónicamente perfectos, de las llamadas «anulaciones» -nulidades-, tramitadas por burócratas eclesiásticos y curiales, con los asesores y emolumentos debidamente establecidos, con tasas o sin ellas.

 

Difícilmente los obispos recusan participar en las bodas a las que nos referimos, y menos cuando determinados signos externos proporcionan la posibilidad de que sus atuendos y títulos pontificales, constituirán lectura y pasatiempo para los, y las, que han de estar al día, informados en las revistas y espacios televisivos, conocidos como «prensa del corazón». Los obispos son también devotos el papel «couché», aunque no lo parezca, o lo disimulen.

Con el grado profesional meritorio en estas cuestiones, yo mismo en cierta ocasión me sentí obligado a ejercer «funciones episcopales», en el caso de un compañero periodista, que habría de contraer el sacramento. Hijo del gobernador civil de cierta provincia, compuesta por dos diócesis, con dos respectivos obispos, ante las serias dudas político-paternales de optar por uno o por otro, tan «enojoso» problema familiar, social y eclesiástico se resolvió recabando mi presencia en calidad de compañero de trabajo y, a la vez, de sacerdote amigo, con lo que ninguna de las dos curias episcopales pudieran sentirse preteridas, ni molestos sus respectivos titulares. En el recuerdo de muchos perdura el caso esperpéntico de la boda de la hija de un presidente del Gobierno de España, acaparada -sí, acaparada- para sí, nada menos que por todo un cardenal, a la vez presidente de la Conferencia Episcopal Española.

Con tantos ministerios pastorales y sacramentarios que han de atender los obispos y vicarios diocesanos, constituirse también en «casamenteros», no parece sensato, eclesial, y mucho menos, en fiable connivencia con el evangelio, volviendo a repetir que quede bien claro que la presencia episcopal, por muchos paramentos, ritos, signos misteriosos y mágicos, como el báculo y la mitra de que litúrgicamente hagan el uso oportuno, están de más y no garantizan grado alguna de indisolubilidad y felicidad verdaderamente sagrada.

Poco a poco se conocerán casos en los que los mismos obispos recusen presidir la celebración sacramental, desaconsejando su celebración «por» o «en» la Iglesia, aunque no dejen de haberse hecho presentes, como una persona más, en la posterior fiesta familiar o social. Aconsejar una boda «por lo civil», en determinados casos, es tarea y ministerio también episcopal.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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