El psicoterapeuta presenta '¿Qué hace el mando de la tele en el frigo?' (Khaf)

Fernando Tobías: «Vivimos una cultura con déficit de atención, muy superficial»

"Necesitamos aprender a parar, para no petar. Y bajar de revoluciones"

Fernando Tobías: "Vivimos una cultura con déficit de atención, muy superficial"
Fernando Tobías, en los estudios de RD RD

Necesitamos parar: o aprendemos a parar y a conjugar el verbo parar: yo paro, tú paras, él para..., o acabaremos conjugando otro verbo: el verbo "petar"

(Jesús Bastante).- «Nos pasamos la vida en unos mundos virtuales, que al final no existen, llamados pasado y futuro», afirma Fernando Tobías, autor de la nueva propuesta de la editorial Khaf, «¿Qué hace el mando de la tele en el frigo?». Por eso viene a ser más importante que nunca la práctica de lo que en inglés llaman ‘mindfulness’, que Tobías describe como la de «estar consciente de lo que estás haciendo mientras lo estás haciendo, con una actitud de apertura y de no-juicio».

 

Hoy nos acompaña Fernando Tobías. Vamos a hablar de un libro, pero también de conceptos que, a veces, suenan raros al común de los mortales. Además, en inglés: mindfulness… ¿Qué es eso del mindfulness?

Es algo muy sencillo. Traduciéndolo al román paladino va de estar consciente de lo que estás haciendo mientras lo estás haciendo, con una actitud de apertura y de no-juicio.

De no estar despistado con la vida y ser consciente de lo que estás haciendo y del mundo que te rodea.

«Mientras» lo estás haciendo. Si estás charlando, como ahora tú y yo, mindfulness sería un estado de conciencia de estar, de verdad, los dos «solo» charlando.

Y no estar pensando en el móvil, ni en cuánto tiempo llevamos porque después tengo que hacer «x»…

Exacto, que es como solemos estar: estoy haciendo una cosa pero pensando en un error que cometí; «a este le dije tal». O que a las tres tengo que llamar a mi madre para no sé qué, etc. Y nos pasamos la vida en unos mundos virtuales, que al final no existen, llamados pasado y futuro. Y poco en lo que viene siendo el presente.

Comentábamos antes, cuando llegaste: «ese río cruzaremos, cruzaremos ese puente». Has escrito un libro con Khaf. Es un libro aunque está maquetado de una manera muy original. Cuando me llegó, pregunté: ¿qué es esto? ¿por qué me lo mandan? Pensaba que era la típica guía-regalo de Edelvives. Pero le eché un ojo y supe que es otra cosa.

«¿Qué hace el mando de la tele en el frigo?» se titula el libro. La portada es muy significativa: el típico hombre de nuestra edad que con tantas cosas en la cabeza se le olvida dónde ha dejado el mando o dónde tiene el móvil que, además, está en silencio para no molestar, y se llama y no se encuentra. Que se pregunta: «¿Dónde habré dejado las gafas?» Y resulta que las tiene en la cabeza.

O estar preocupado buscando el móvil mientras estás hablando por él, que esto le ha pasado a más de uno y más de dos.

 

Cuéntanos un poco qué ejemplos son los más paradigmáticos para entender lo que nos quieres contar.

Llevo años en la universidad, en las empresas y en los colegios trabajando con los profesores, y he observado un amplio rango de seres humanos. No cuál es la razón -esto ya sería para investigarlo- pero el que más se repite, el despiste más normal es el de las personas que han metido cosas inverosímiles dentro del frigorífico. Y dentro de esas cosas inverosímiles la que más se repite es el mando de la tele. Pero le siguen de cerca el móvil, el cristasol y el KH7. Le ha pasado a más de una persona. Y las llaves del coche, la cartera con dinero…

¿Es una cuestión de despiste, de distracción? No sé si es lo mismo, porque una persona puede tener un despiste en un momento dado, ser desorganizada. Pero si es una persona distraída, ese no mirar a los ojos cuando estás en una conversación, ese no estar pendiente, no focalizar a la otra persona en el diálogo o en lo que estés haciendo, en el momento en que lo estés haciendo, sí que parece más grave.

Correcto. Pero a lo que hace alusión ese tipo de ejemplos es a cómo vamos por la vida. Vamos -y esto lo asume el 99% de la población- en automático, y mientras estás haciendo una cosa tu mente está haciendo otra. Como al final le pones más atención a eso que estás rumiando en tu cabeza y haces las cosas en automático porque supuestamente las sabes hacer, aparecen los lapsus, los despistes; acabas metiendo el móvil en el frigorífico porque tu cabeza, mientras estabas recogiendo la cocina, estaba en otra parte.

O como cuando conducimos, -que es un ejemplo paradigmático- llegamos a casa y la pregunta que se hace la mayoría es «¿cómo he llegado?». Esto asusta.

Yo recuerdo una vez que a mitad del camino hacia el trabajo me daba cuenta que estaba despierto y ya empezaba a funcionar. Me pregunté cómo narices había llegado desde Parla hasta Villaverde. Y la respuesta es: en coche y en modo automático. Muy peligroso.

Hay gente que ha ido en moto al trabajo con su casco y salen de trabajar, cogen el caso en la mano, se suben al autobús y se van a casa. Cuando llegan, se dan cuenta de que se han dejado la moto. Así que imagínate cómo vamos.

Yo me acabo de comprar un coche y todavía no he vendido el viejo. Es un follón, porque un día cojo uno y al siguiente el otro.

¿Qué nos falta en este mundo para sufrir este déficit de atención? Para que no seamos capaces de centrarnos en las cosas que son las importantes y en las que tendríamos que estar en ese momento.

Y luego, estamos hablando de centrar la atención en algo y no quedarte en lo accesorio. Pero también somos seres relacionales que podemos hacer varias cosas a la vez y supuestamente hacerlas bien, sin que eso signifique no estemos centrados. ¿O no se puede?

Pues como dijo Jack «el destripador»: vayamos por partes.

 

Te hecho preguntas típicas de un libro de mindfulness como este.

Total.

A la pregunta de qué nos falta, el verbo que me ha venido según has hecho la pregunta es «parar». Necesitamos parar: o aprendemos a parar y a conjugar el verbo parar: yo paro, tú paras, él para…, o acabaremos conjugando otro verbo: el verbo «petar». ¿Te suena?: yo peto, tú petas, él peta…

Necesitamos «aprender a parar, para no petar». Y bajar de revoluciones. ¿Que a veces es necesario ir a 150 km/h en un adelantamiento? Sí. Pero también a veces necesitas ir a 10km/h. Si solo sabes ir a 150, te vas a estrellar más tarde o más temprano. Necesitamos ser conscientes de a qué velocidad vamos y tener acceso a poder reducir. Porque de estar todo el día forzando el motor a más de su capacidad, llegará un momento en que lo vas a gripar. Y eso nos está pasando: aparecen los trastornos psicosomáticos, el insomnio y el «no soy capaz de desconectar del trabajo» o «me meto en la cama y estoy dándole vueltas a la reunión de mañana»… Entonces el sistema digestivo somatiza o el colon se vuelve irritable, etc. Nos está pasando a la mayoría de la población, por eso necesitamos aprender a parar; a conectar y a desconectar.

Y respecto a la trampa de la «supuesta» multitarea, hay que decir que es falso: no estás haciendo dos cosas a la vez. El cerebro sólo puede hacer dos cosas a la vez cuando están totalmente mecanizadas, como comer chicle y pasear. Como el cerebro no tiene que gastar atención, hay realmente una multitarea.

Entonces, lo otro otro son cambios atencionales. Y eso no debe ser bueno para el cerebro, a largo plazo.

No es que no sea bueno, es que implica un mayor gasto energético. Hay un ejemplo para esto: el de las personas que se dedican a la traducción simultánea en las conferencias, los intérpretes. Están escuchando un idioma y lo tienen que entender rápidamente, traducir al nuevo idioma y verbalizarlo. Pero además, seguir la información del ponente en el primer idioma. No pueden dejar de hacerlo. Están traduciendo como máximo, habitualmente, treinta minutos. Y luego se cambian y entra un compañero, porque eso requiere un esfuerzo continuo muy alto. No todo requiere en la vida tanto esfuerzo.

¿Te ha tocado cocinar varios platos a la vez?

Sí.

Eso son cambios atencionales y hay que saber hacerlos en al vida. Y es funcional. Pero muchas cosas en la vida, como ahora estamos tú y yo, implican monotarea. Y la monotarea se está convirtiendo en una especie en vías de extinción en nuestra cultura.

Si yo te estoy escuchando, supuestamente, y digo: «disculpa un momento, que cojo el móvil», primero, te acabo de abandonar, porque mi cerebro se tiene que empezar a vaciar de la conversación que tenía contigo para llenarse de la que está entrando en un correo electrónico. Luego, suelto esta información en el cerebro y éste tiene que recuperar la información de la conversación que teníamos. Habitualmente, cada interrupción cuesta un 85% de información perdida.

O sea, que en el mundo actual estamos generando una sociedad de cerebros maleducados.

De alguna manera, sí. Y no solo maleducados: ineficientes. ¿Cuántas veces llegas a un sitio y piensas «¿qué estaba haciendo yo?»… Eso ocurre porque estás saltando de una cosa a otra y no estás permitiendo al cerebro hacer su trabajo, que es procesar información y almacenarla. Porque estás picoteando. ¿Se puede picotear? Sí, pero la consecuencia es que todo es más superficial.

 

Esto en lugar de una entrevista está pareciendo el diván del psicólogo. Creo que voy a tener que pagarte cuando terminemos.

Luego te doy una tarjeta.

Me siento muy reflejado, lamentablemente; pero es así.

¿Qué se puede hacer para ir cambiando esta actitud que, una vez dentro de ti, supongo que se convierte, también, en una rutina? No sé si decir que es una como una especie de droga, de adicción.

Hay una adicción. La dopamina es un neurotransmisor súper potente y muy funcional en su dosis ajustada. Es muy interesante ver cómo, cuando estás constantemente cambiando de información y de actividad y cada cosa es nueva -dado que la tecnología de hoy te lo permite- vas recibiendo continuamente en el cerebro chutes de dopamina. Eso es una cosa genial, pero puede ser adictivo y llega un momento que las personas, y los niños especialmente, no saben aburrirse y, si no están haciendo algo, lo pasan mal.

Yo soy de Logroño y cuando le decía a mi madre:
-«mamá, me aburro» –
-Pues te compras un burro, hijo- decía ella. Y te buscabas la vida.

Pero la tecnología está aquí y ha marcado un punto de inflexión en la historia de la humanidad. Podemos tener un teléfono «supuestamente inteligente» en la mano con acceso de toda la información del planeta. Y como no aprendamos a gestionar eso de una manera lúcida, puede generar adicción.

Respecto a la pregunta que me hacías, lo primero es darnos cuenta de lo que estamos haciendo y de los efectos que está teniendo. Toca tomar conciencia de la realidad, y cuando lo haces, y eliges hacer algo, toca aprender a pararse.

En el día es importante hacer pausas a modo de «kit-kat», de pararse con ejercicios y prácticas muy sencillas, que menciono en el libro, y que son más antiguas que la tos. Porque no hemos inventado nada: mindfulness es un envoltorio hecho por los norteamericanos, pero no dice nada nuevo, salvo que el apoyo de la neurociencia ha sido fundamental para demostrar a las empresas que esto realmente merece la pena, porque hay beneficios que se han medido científicamente.

Convencer a las empresas de que es beneficioso, que invertir en esto genera resultados también.

Sí, pero estamos hablando de lo esencial de la vida, que es aprender a ser consciente y ser capaz de parar, de bajar de revoluciones y de adiestrar tu atención.

Los clásicos, y nuestros místicos cristianos también, nos han hablado de lo esencial siempre. La diferencia es que ahora es más necesario que nunca: entre la tecnología, que papá y mamá llegan cansados a casa y no tienen energías para poner límites y educar a los hijos, que ponen un poco de tele basura porque quieren desconectar… Todo eso nos ha metido en una especie de rueda de hamster de tal forma que resulta una heroicidad bajarse de ella.

¿Hasta qué punto «esta rueda» es «esta fábrica»?

Sí, hay intereses creados, y lobbies, empresas y personajes a quienes les interesa que sigamos en la rueda, porque somos más manipulables. Esta es la paradoja con toda la información de la que disponemos.

 

Vivimos en una sociedad hiperinformada donde curiosamente la gente toma decisiones y opiniones muy extremistas, sin tomar en cuenta los matices. Se supone que cuanta más información tengas, más puedes poner peros a las cosas y más puedes entender al otro.

Pues es todo lo contrario. Necesitamos realizar «el acto heroico» de, conscientemente, bajar a voluntad de esa rueda y pensar qué estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y con qué consecuencias. Preguntarnos ¿esto es lo que realmente quiero hacer con mi vida? ¿Estoy dedicando tiempo y energía a lo esencial, o estoy malgastándolo desde la tecnología mal usada a cosas que no me aportan nada? Si no te paras, el tsunami en el que estamos metidos a la gran mayoría nos va a llevar a petar.

¿Hay «grupos multifuncionales anónimos» -perdón por la broma- de apoyo para personas que llegan a un punto límite? Porque, aunque a todos nos pasa un poco, debe de haber, como en todo, situaciones extremas en las que ya no sabes ni quién eres.

De hecho asociaciones muy importantes, como «Proyecto hombre», están trabajando ya con la adicción a la tecnología.

Son adicciones. Y con los juegos on-line hay adolescentes enganchados y que están en tratamiento. Pero sin llegar a ese extremo, vete a cualquier restaurante y observa cuántas familias, o chavales, están cada uno con su móvil. Y no están conversando o lo están haciendo a través de un chat, cuando están físicamente al lado.

Hay un estudio de California, muy interesante, que se hizo con chicas preadolescentes que a base de abusar de la tecnología estaban perdiendo la capacidad de reconocer las emociones del lenguaje no verbal en el otro. ¿Qué pasa, que si no me pones un emoticono de «triste» no me entero de tu estado de ánimo? Esto no puede ser. Por ahí no vamos bien.

Mindfulness viene a recordarnos qué estamos haciendo y las consecuencias de lo que estamos haciendo. Te lo comentaba antes -ahora que vas a ser papá- qué les estamos trasladando a los pequeños.

Sí, y nos asustamos mucho. El domingo pasado estábamos desayunando al lado de casa y apareció un señor con un niño muy pequeño en el carrito -supongo que iría a hacer la compra en el bar donde estábamos- y el niño tenía un móvil puesto con Pepa Pig en una plataforma, para que no se aburriera. El paseo del domingo para el niño era ir mirando el móvil. Y el padre sin hacerle caso, por otro lado. Nosotros nos miramos como diciendo: «no haremos esto».

Estamos cayendo un poco en eso.

Da un poco de miedo, si te soy sincero.

Sí, lo da. Yo estoy en la universidad y, como te decía, en los colegios. Sin entrar en el jardín del TDAH, -que es un jardín muy complejo- me gusta esta conclusión de uno de los principales expertos en el tema, Russell Barkley: más que hablar de trastorno TDAH, él habla ya de cultura TDAH. Estamos en una cultura…

Con déficit de atención, que no se centra.

Sí. El otro día escuchaba un vídeo de Gegorio Luri, que es un pedagogo importante en España, que decía: «nuestros hijos nos van a juzgar por cómo hayamos sido capaces de educarles a manejar su atención». Y añadía: «el nuevo coeficiente intelectual va a ser el manejo de la atención». Porque de la infinita información que existe, como no seas capaz de seleccionar la información relevante -que en el libro lo llamo atención eficiente- en cada instante, y depositar ahí continuamente la atención, vas a estar perdido.

El ejemplo que pongo a veces es el del desayuno en un hotel de cinco estrellas, o cuatro. Esas estanterías llenas de mil cosas, que empiezas a salivar y te lo quieres comer todo… Algún día puedes hacer un exceso, pero llega un momento que aprendes a seleccionar y renunciar al resto.

Para hablar de eso se utiliza el término de «infoxicación», exceso de información. Si vives infoxicado, a tu cerebro no le da tiempo a procesar toda esa información de una manera que te nutra. Por eso picoteamos mucho superficialmente, pero nos quedamos con poco; muchos twitt pero: ¿qué análisis hay? ¿Cuánto profundizas? ¿Cuánto retienes? ¿Con cuánto te has alimentado de aquello?. Si no hacemos nada, la inercia – y hay intereses creados, como bien decías- es a que esto vaya a más.

Hay que tener el cerebro entrenado, y para ilustrarlo utilizo la metáfora de un joystick: en la corteza prefrontal hemos nacido de serie con un joystick, y necesitamos saber cómo funciona mínimamente para dirigir nuestra atención a voluntad. También hacia el mundo interior de las emociones, cuando lo necesitamos.

No todo va a ser hacia afuera. Hay momentos que el cuerpo me dice: «¿qué me está pasando?», «he discutido», »no sé qué hacer con mi vida», «he tenido una ruptura sentimental», «mi padre ha fallecido»… Hay momentos en los que la vida te pide pararte y mirar hacia adentro.

 

En este mundo de inmediatez en el que estamos metidos, cuando hay algo que te puede derrumbar, de repente todas las aparentes seguridades se derrumban con más facilidad. También supongo que los tejidos familiares, sociales, de amistades están un poco más diluidos. Pero es interesante saber que eso funciona así, porque las redes de apoyo también se van rompiendo.

Y cuando estás fastidiado, o un poco de bajón porque la vida te ha dado un golpe, si no tienes en quien apoyarte porque no has forjado unas amistades de verdad -más allá de tener seguidores en las redes sociales- y no tienes un mínimo de sostén en ti mismo, las consecuencias de golpe pueden ser muy distintas.

Estamos viendo gente muy sola y muy desesperada por la calle.

Hay una frase de una norteamericana que viene a decir que estamos hiperconectados y solos. Es una paradoja: mucha conexión, mucho mensajito y por dentro hay una sensación de soledad.

Hace nada ha salido el vídeo de un ex-jugador de baloncesto americano que grabó su despedida antes de suicidarse. Una persona que lo había tenido todo y que no había sido capaz de gestionar un enfado con un familiar y, lamentablemente, las pistas que igual estaba dejando durante los meses anteriores en la red nadie supo verlas.

O que nadie atendió porque, a lo mejor, a su vez estaba liado con otra cosa. Yo creo que tomar conciencia de todo esto es necesario. Y mandar también el mensaje, para mí esperanzador, de que hay algo que se puede hacer. Resumiéndolo, y este es el mensaje del libro, es algo como: «Yo nunca he corrido, pero quiero correr la San Silvestre este año». Bueno. En ese caso, existe un plan de entrenamiento, unos conocimientos de cómo se prepara, que es bueno que lo sepas, y luego toca ponerte las zapatillas y salir a correr.

Si tú entrenas -a veces hace falta ayuda- a gestionar la tensión, el estrés y las emociones, irás por la vida con herramientas y competencias para gestionar toda esa realidad que ha llegado para quedarse. La diferencia en la vida, resumiendo, es: ¿tengo herramientas para gestionarlo? o ¿no las tengo, y entonces me quedo sobrepasado por ello?

Con la diferencia de que puedes elegir, en un momento dado, correr o no correr porque es una actividad. Pero vivir es una exigencia.

Y todos los días amanece y todos los días el sol se pone. Lo que tú hagas y cómo lo vivas, con la actitud que tú encares la vida depende de ti, y esa libertad no te la puede arrebatar nadie.

Mindfulness busca desarrollar unas herramientas a través del entrenamiento de la atención y desarrollar una actitud de apertura y de no-juicio, para estar de verdad inmersos en cada momento en lo que hay. Y eso aplica a lo interpersonal, lo intrapersonal y a la relación con la trascencencia.

 

Tenía un cura amigo que, cuando en mis tiempos de jovencito quería cambiar el mundo, me decía siempre lo mismo: «vamos a cambiar el mundo a partir de ahora, pero como tú formas partes del mundo, empieza mirándote a ti mismo y así empezarás a cambiarlo, ¡pero no me corras!». Porque al final nos olvidamos un poco de nosotros mismos.

Y hace falta tener un sano egoísmo de auto-cuidado. Como cuando vas en el avión y el azafato o la azafata te explica las medidas de seguridad y dice: «cuando salga la mascarilla de la despresurización de la cabina, póntela tú primero y luego ayude a los demás». Pero no te líes a ayudar al prójimo sin tener oxígeno tú.

Que intelectualmente, a veces no lo terminas de coger porque piensas: «cómo no voy a ayudar a este, que está peor que yo» Pero es verdad, si tú no estás bien, no vas a poder ayudar a nadie. Y no es egoísmo.

Llámalo sano egoísmo o auto-cuidado, pero la caridad o la compasión ha de pasar por uno mismo primero. Como psicoterapeuta he visto muchas veces en consulta a personas -religiosas o no- que han dedicado su vida a ayudar al otro y, sin darse cuenta, buscan ayudar al otro para no tener que ocuparse de sí mismas. Y «qué bien me va a quedar irme al tercer mundo o al cuarto a ayudar al otro»… Pero muchas veces lo que hay es un mecanismo de fondo de huida: «ya me ocupo de lo tuyo, así no tengo que hacerme cuatro o cinco preguntas que me incomodan y que no sé responderme».

Primero toca construirse; ser, para darse. Pero -insisto- implica primero «ser». No ir a gorronear al otro para que a través de ti, yo sea yo.

Un placer, Fernando. Me quedaría un buen rato, pero creo que entonces sí que tendría que empezar a pagarte la sesión.

«¿Qué hace el mando de la tele en el frigo? Atención deficiente en la era de las distracciones. Primer libro de mindfulness con humor y con rigor». Damos fe. Editado por Khaf, como siempre, de forma maravillosa. No hay dos iguales.

Ha sido un lujo colaborar con ellos para darle vida al libro, porque han hecho algo realmente distinto y especial, que era lo que buscaba.

Y que también está teniendo resultado por lo que hemos ido viendo, no solo en ventas sino también en presencia, en participación y en colaboración.

Fernando Tobías Moreno. Hasta siempre.

Hasta la próxima.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído