Isabel Guerra y Magdalena Lasala, en La Esfera de Los Libros

Los colores de la luz

Dos mujeres debaten sobre la fe y la religión, la idea de Dios, el amor y la belleza...

Los colores de la luz
Los colores de la luz Esfera de los Libros

Las mujeres, en idéntica proporción que los hombres precisan hacerse partícipes de la estampida de colores de la luz que desprende este libro, con la sagrada intención de hacerlo más habitable, convivencial y evangélico

(A. Aradillas).- «En el principio ya existía la luz…» La luz tiene color. Es su fuente. Todos los colores son suyos, es decir, de la luz. Si no fuera por la luz, el color -«la impresión que capta la vista y que es reproducida por los rayos de luz que refleja un cuerpo»- imperarían las tinieblas, y la vida quedaría huérfana de buena parte de sus más reconfortantes, y vivificadoras esencias. «A todo color», «ponerse de mil colores»,» sacar los colores», «de color de rosa» y tantas otras frases habrían de apagarse de las conversaciones humanas y divinas, con lo que difícilmente sería vida de verdad, sobre todo al faltarle la belleza.

«Los colores de la luz- Una vida en busca de la belleza«, es título y subtítulo de uno de los últimos libros -228 pp.- publicado por «La esfera de los libros», del que son autores – en este caso brillante y luminoso, autoras-, Isabel Guerra, pintora, hoy monja cisterciense, conocida entre los profesionales del ramo como «la pintora de la luz», y Magdalena Lasala, novelista, poeta y dramaturga , «Premio de las Letras Aragonesas» el año 2014.

Síntesis luminosa, y fácil y amablemente inteligible del libro, se resume en su contraportada, de la siguiente manera:

«Los colores de la luz» descubre las reflexiones de dos mujeres muy distintas, que comparten inquietudes en torno al mundo en que viven. Una y otra analizan desde la perspectiva de sus propias vidas como mujeres de este tiempo diversos temas relativos a la existencia humana y lo hacen con la sencillez de la amistad y la lucidez de la madurez creativa. Así, ponen el foco de atención sobre cuestiones tan diversas como la diferencia entre la fe y la religión, la idea de Dios, el amor y la belleza, la vivencia de la verdad y la mentira, la condición de crear dentro de la vida monacal o su visión de la Iglesia como institución hoy».

 

 

El índice del libro es así de exacto, rico y refulgente: Vida (encontrar el camino que nos está aguardando). Arte (encontrar la palabra que es creación). Pensamiento (qué color tenga la idea del mundo que soñamos), con su epílogo y anexo titulado «Ciencia y espiritualidad: misticismo».

De entre tantos párrafos en los que la luz -verdad, bondad y belleza- , con nombres femeninos, se hacen deslumbrantemente presentes y activos, le presto atención a este, de la página 208:

«Me entran sudores y escalofríos cuando me interrogan sobre la mujer en la Iglesia actual. Seguramente muchas y muy valiosas de la Iglesia sufren lo que no está escrito (sobre todo, porque lo que se escribe de Iglesia es hecho, casi absolutamente todo, por hombres…Personalmente no podría quejarme del trato que recibo, en general, de aquellos que se considera son la Iglesia, aunque cosas ha habido que «farán fablar a las piedras», en unos para provocarlas y en otros por consentirlas. Los unos y los otros saben, o deberían saber, que los quiero igualmente y ciertas cosas no me han dolido por mí, sino por ellos, que no tienen el valor de dar paso a una Iglesia que adopte más, lo que ya es normal en toda sociedad del primer mundo, y con ello estancan la Iglesia privándola de actualizarse y enriquecerse con la aportación de tantos talentos que se pierden y tantos obreros que no pueden ir a trabajar a la viña que parece cerrarse por cuestiones de género. ¡ Pero qué cantidad de puerilidad en la argumentación de las cuestiones que pueden plantearse para la incorporación de la mujer a la paridad que tiene derecho¡. Pero ¿Quién le da este derecho?»

Las mujeres, en idéntica proporción que los hombres precisan hacerse partícipes de la estampida de colores de la luz que desprende este libro, con la sagrada intención de hacerlo más habitable, convivencial y evangélico. Definir, sentir y practicar la vida como «búsqueda de la belleza por antonomasia», es un ministerio, una vocación y una gracia de Dios.

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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