Antonio Aradillas

Monseñor Guerra Campos y «la tumba amada»

"Fue el sentir mayoritario del episcopado español"

Monseñor Guerra Campos y "la tumba amada"
Antonio Aradillas

"Cementerio" -en griego "dormidero" -, es por definición lugar de paz, de reconciliación sempiterna, de resurrección y de vida

(Antonio Aradillas).- ¡Qué roma visón de futuro, poco previsor, falto de confianza y reconocimiento del Espíritu Santo y de la realidad de la vida, caracterizó en aquella ocasión a Mons. don José Guerra Campos, obispo de Cuenca y ex procurador en las Cortes de Franco, al menos en cuanto se refiere a las relaciones Iglesia-Estado, una de sus principales tareas episcopales y referencias históricas de mayor relevancia¡.

Una prueba más, concluyente y «sobrenatural», de que la Iglesia fue «piedra de escándalo», sobre todo en sus altas esferas jerárquicas, en las que actuó como vector «oficial», teológica y canónicamente, el citado Mons., una de las personas de mayor prestancia y relieve en el episcopologio del Régimen, y más desde la perspectiva del cambio.

Me apresto aquí y ahora, a dejar constancia explícita de que, en realidad, el cambio que se anhelaba, y que todavía en parte se sigue anhelando, no se identifica con una opción política concreta, sino con la serie de acontecimientos y circunstancias que han configurado la sociedad española en los últimos tiempos, en los que la Iglesia fue su protagonista, o tuvo un papel tan importante, en la reestructuración y asentamiento de las fuerzas sociales, políticas, educativas, económicas, etc.

En la página 60 de mi libro «La Iglesia en el cambio», publicado por «Plaza y Janés» en enero del 1986, narro que, en «en una homilía pronunciada por Mons. Guerra Campo, de una misa de difuntos organizada por la lugartenencia de la Guardia de Franco de Cuenca, el obispo hizo referencia a la tumba del Jefe del Estado con estas palabras:

«Es notorio que el Valle de los Caídos no es tan solo una tumba amada; es un manantial de donde irradia sentido religioso de la vida, esperanza recobrada, fe viva. Es notorio- así la afirman muchos que lo han comprobado-, que muchos en contacto con esa tumba se vuelven al Cristo, que habían abandonado hace muchos años, acudiendo a los sacramentos amoroso de la santa Iglesia. Es indudable que la Iglesia anota, y tiene que anotar, con respetuosa admiración, esta manifestación del Espíritu».

La «tumba amada del Valle de los Caídos», «un manantial de donde irradia el sentido religioso de la vida», «esperanza recobrada y fe viva»,… en lenguaje pastoral y aproximadamente «infalible», oficioso y «oficial», en parte del laicado y de la clerecía, es y será referencia obligada en la construcción y emisión de cualquier juicio con el que se intente afrontar, con honradez y prudencia, determinantes problemas en la historia de la Iglesia y del mundo, siempre, pero más en los últimos tiempos.

Y vaya por delante, -que «por» y «para» eso es historia la historia-, que la proclama apocalíptica y seudo profética, del señor obispo de Cuenca, ex procurador en Cortes y ex Secretario de la Conferencia Episcopal Española, no fue exclusiva de un convencido aspirante a «cruzado impertérrito por el Reino de Dios». Fue el sentir mayoritario del episcopado español, pese a tan serias advertencias del papa Pablo VI, sobre todo en el contexto del concilio Vaticano II y de la feliz y «atrevida» interpretación esperanzadora de la «Asamblea Conjunta» entre sacerdotes y obispos, que al menos desveló y configuro una aspiración de Iglesia medianamente cristina y evangélica.

El camino a recorrer dentro y fuera de la Iglesia, es todavía largo en España y fuera de España. Obispos «franquistas» no faltan. Sobran. Y su presencia, actividad y noticias así lo delatan con naturalidad, frecuencia y hasta con la desesperanza de que, pese a las aspiraciones, afanes y buenas intenciones del papa Francisco, el aparato clerical-curial obstaculiza, y obstaculizará más aguerridamente, los mejores propósitos de reforma y refundación, sin ahorrarse medios, métodos, sistemas y argucias que ronden y aún sobrepasen impunemente fronteras humanas y divinas.

«En el nombre de Dios» se cometieron -y pueden cometerse-, y además hasta indulgenciadas, fechorías impensables, siempre en beneficio de unos cuantos privilegiados y, consecuentemente, en contra de los pobres, quienes en términos eclesiales son bastantes más que aquellos cuyas cuentas corrientes están en negativo, ya canceladas o irreversiblemente exhaustas.

Ojalá que cuanto antes se impongan el sentido común, el deseo de la reconciliación verdadera y constructiva, la buena voluntad de los partidos políticos y la contemplación y estudio de las dramáticas lecciones ya recibidas, y recordadas en el complejo del Valle de los Caídos, y se hallen fórmulas coherentes y certeras que contribuyan a la construcción de la paz, de la comprensión y de la feliz convivencia cívico-religiosa.

«Cementerio» -en griego «dormidero» -, es por definición lugar de paz, de reconciliación sempiterna, de resurrección y de vida. Y es que, en esto, como en todo, no bastaría con haber sido creyentes; hay que ser, y seguir siendo, «creíbles».

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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