Gregorio Delgado del Río

Voces proféticas en el tema de los abusos

"La gente pide otro tipo de evangelización: la de los hechos, la de la vida en coherencia con el Evangelio"

Voces proféticas en el tema de los abusos
Gregorio Delgado del Río

Reformas (hechos) que devuelvan la confianza y la esperanza. Ya han pasado los tiempos en que bastaban las palabras. La credibilidad de la Iglesia (es una evidencia) está bajo mínimos

(Gregorio Delgado del Río).- En el marco de los últimos acontecimientos en la Iglesia en USA (McCarrick y Pensilvania) y de la celebración en Dublín del Encuentro internacional de las familias, han saltado a la opinión ciertas manifestaciones de miembros significados de la Jerarquía católica y de Marie Collins, que, a mi entender, señalan un camino inaplazable (no el único) a recorrer por toda la Iglesia.

Tales voces -a las que podrían agregarse la de tantos y tantos miembros de la comunidad de creyentes y hasta de las sociedades civiles- han de constituir para los responsables del gobierno en la Iglesia un verdadero estímulo para su empeño. En realidad, indican a la CDF y a su cardenal Prefecto un contenido de reformas, sustantivas y procesales, de enorme trascendencia y calado, que pueden imponer, incluso, la revisión de algunos aspectos del Derecho canónico vigente.

Haría muy bien, mons Ladaria, en no rechazarlas sin más. Al contrario, creo que (ya debió iniciar su impulso) ha de propiciar una amplia reflexión sobre ellas y propugnar su conversión en criterios y principios normativos, que estén presentes e informen en lo sucesivo la renovación futura de la respuesta de la Iglesia al tema de los abusos. Comprendo, en cualquier caso, las dificultades reales para recorrer este camino de renovación. Se ha sugerido -creo que con acierto- el recurso a la actividad sinodal. Cuando escribo estas líneas, salta la noticia: el Papa apuesta por la sinodalidad frente a la pederastía: convoca a los Presidentes de los episcopados de toda la Iglesia. Esperemos todos: puede iniciarse a partir de aquí un camino sin retorno, que ponga fin a la situación actual.

Mientras tanto, se trata de crear un ambiente propicio al compromiso, a una respuesta armónica con las exigencias evangélicas, a no mirar nunca más para otro lado y a al entendimiento de lo que está en juego (la propia evangelización). Entenderlo así, facilitará mucho las cosas.

El cardenal O’Malley


El mensaje acusatorio de O’ Malley

Si alguien -aparte del papa Francisco- ha demostrado coraje en esta lucha, ha sido el Arzobispo de Boston, Cardenal Seán P. O’ Malley, Presidente de la Comisión Pontificia para la protección de los menores. Su acción pastoral se ha desarrollado en entornos complicados en materia de abusos (Boston y USA). «Totalmente avergonzado» (ante lo que ha calificado como «atroces fracasos para proteger a los menores y las personas vulnerables»), humillado e indignado, emitió la pertinente y realista Declaración del pasado 16 de agosto de 2018.

En mi opinión, dirige, en la referida Declaración, un claro mensaje a toda la Jerarquía católica (particularmente, a la de la Iglesia en USA), a los responsables del gobierno pastoral en la Iglesia, y, de modo especial, a cuantos rodean a Francisco y le apoyan en su lucha. Mensaje, por otra parte, más que evidente para cualquier observador imparcial de lo que está pasando en la Iglesia en relación a este tema y a sus devastadores efectos. En concreto, dice a quienes quieran escucharlo: «Los católicos y la sociedad civil han perdido la paciencia y la confianza en nosotros».

Sin duda. La gente, el pueblo fiel, el católico mínimamente comprometido, gran parte de la sociedad civil, están cansados y hartos. ¡Cómo es posible -parece decirles- que no se advierta esta situación en la Iglesia (su gravedad y trascendencia) y no se extraigan, por el momento, sus efectos y consecuencias! Lo estamos haciendo tan mal -parece decir- que todos nos están volviendo la espalda. ¡Hay que reaccionar! Ha hablado como quizás nadie hasta ahora, ni siquiera en el entorno de Francisco, se había atrevido a hacerlo y lo ha hecho sin tener pelos en el corazón. ¡Magnífico!

A mi entender (se debe insistir en ello), el ilustre purpurado norteamericano ha pronunciado un rotundo y alto: ¡basta!, cuyo eco debe resonar en el corazón de todos los católicos, incluidas las más altas esferas vaticanas. Como hasta ahora, no se puede seguir. Lo que hay que hacer es inaplazable e imprescindible. Cómo habrá sido de rotundo su grito, que llegó al propio Francisco en Irlanda y parece que se ha comprometido en ello con medidas firmes. ¡Ya veremos!

Quiero pensar, al igual que ilustre purpurado norteamericano, que no debemos perder la esperanza y que podemos cambiar el rumbo y operar una verdadera transformación. Pero, si alguien ha de tomar buena nota de este mensaje, es la propia CDF y su Prefecto, que debería impulsarla. Reformas (hechos) que devuelvan la confianza y la esperanza. Ya han pasado los tiempos en que bastaban las palabras. La credibilidad de la Iglesia (es una evidencia) está bajo mínimos. ¡Y, ojo! Está poniéndose en duda por muchos la credibilidad misma de Francisco. No es cierto que sea suficiente la normativa sustantiva existente ni es suficiente con los procedimientos vigentes.

Es más, el cardenal de Boston ha ofrecido a todos los puntos en los que, en el futuro, se ha de poner el acento al actuar. No le han dolido prendas y ha hablado acusadoramente: «… aún no hemos establecido en referencia a quienes tienen posición de liderazgo en la Iglesia sistemas claros y transparentes de rendición de cuentas y de las consecuencias de los fallos que han permitido que continúen ocurriendo estos crímenes. La Iglesia debe abrazar la conversión espiritual y exigir transparencia legal y responsabilidad pastoral para todos los que llevan a cabo su misión. Esta transformación no se logra fácilmente, pero en todos los aspectos es imprescindible. La forma en que preparamos a los presbíteros, la forma en que ejercemos el liderazgo pastoral y la forma en que cooperamos con las autoridades civiles; todo esto tiene que ser consistentemente mucho mejor de lo que ha sido hasta el momento«. ¡Impecable! Todo un un programa de acción para la DCF y para Francisco.

¡Confesión valiente e indubitada, que era absolutamente necesaria! Ya era hora que alguien, con coraje y autoridad, hablara sin reservas, diese un paso más en la realización de la trasparencia y dijese muchas de las cosas que, en el tema de los abusos, están pasando en la Iglesia. Esto mismo lo hemos venido subrayando (al igual que otros comentaristas) desde hace tiempo. No nos inventábamos absolutamente nada, no queríamos traicionar a nadie ni a nada. Sólo buscábamos servir. Es urgente reaccionar. El papa Francisco ya ha cumplido cinco años al frente de la Iglesia y resta muchísimo por hacer en tema de abusos sexuales del clero y protección de los menores. Resta, entre otras cosas, romper el nudo gordiano de la ocultación. Todo ello hay que emprenderlo ya y ponerlo en marcha, por supuesto, con «la participación de los laicos».

Las reformas inaplazables e imprescindibles (que ya debieron haberse iniciado y realizado), que sugiere el cardenal O’ Malley, son sistemas claros y transparentes de rendición de cuentas, transparencia legal y responsabilidad pastoral, formación de los presbíteros, capacitación para ejercer el liderazgo pastoral (Obispos), forma de cooperación con las autoridades civiles. Reformas sustantivas y procesales inaplazables que la CDF viene obligada a impulsar. Toda una tarea de inmediato futuro. Todo un programa de trabajo que, en algunos aspectos (formación sacerdotes y obispos), exige tiempo, reflexión, debate. ¿A qué espera, cardenal Ladaria?

Unos días después, O’ Malley vuelve a insistir en la importancia esencial de su llamamiento anterior, como si quisiera concienciar aún más todos los responsables pastorales. En efecto, «todos los esfuerzos de evangelización y otras grandes obras dependerán de nuestra capacidad para admitir nuestros propios crímenes y fallos y hacer de la protección de los niños y adultos vulnerables nuestra principal prioridad» . ¡Cierto!

La acción de la Iglesia (por mucho que se disimule) está, en estos momentos, muy debilitada. Hoy por hoy, es muy poco creíble. La gente pide, en todo caso, otro tipo de evangelización: la de los hechos, la del testimonio, la de la vida en coherencia con el Evangelio. Con el ejemplo actual (desprotección de los menores y estructuras proteccionistas para los ocultadores), ¿qué o a quién se pretende evangelizar o engañar? Esto es lo que, en realidad, está en juego.

Monseñor Diarmuid Martin


La exigencia rotunda de Mons Diarmuid Martín

Días antes de la visita de Francisco al Encuentro Mundial de las Familias (Dublin), su Arzobispo, Diarmuid Martín, ha reconocido sin paliativos la situación existente: «no es solo rabia ante el horror de estos abusos, sino rabia por el papel desempeñado por la jerarquía eclesiástica al agravar el sufrimiento de tantos seres». Es más, ha pedido al Papa que se pronuncie sobre la conducta ‘autoritaria, autocrática y autoprotectora’, con la que ha actuado la Iglesia y ha dado lugar a la crisis actual por la que atraviesa. ¡Otra confesión valiente y realista! ¡Profética!

El punto de partida del Arzobispo de Dublín, conocedor del sufrimiento de la Iglesia en Irlanda y de los efectos dolorosos que todavía subsisten, es el reconocimiento de lo ocurrido: el nefasto papel desempeñado por cierta Jerarquía eclesiástica. Esto es, su conducta autoritaria, autocrática y autoprotectora. Juicio que puede hacerse extensivo a la totalidad de la Iglesia. No se ha andado con remilgos. Ha cantado las cuarenta en bastos.

A partir del reconocimiento de la verdad y de la existencia de un «resentimiento profundamente arraigado» contra los líderes de la Iglesia (Obispos, principalmente), que facilitaban el abuso y su protección, concluye: «No basta con pedir perdón. Las estructuras que permiten o facilitan el abuso deben ser aniquiladas, y aniquiladas para siempre». ¡Casi nada! Todos sabemos cuáles son estas estructuras, que han facilitado y permitido el abuso. ¿Aniquilarlas para siempre? Ya veremos. En todo caso, ha puesto el dedo en la llaga. ¡Ojalá se cumpla su deseo! ¿Se atreverá, por fin, Francisco a ello? ¿Contará con el apoyo necesario? Esperemos que así sea.

Marie Collins


Marie Collins: estructuras robustas y sanciones fuertes

La valiente y coherente Marie Collins, gran activista por los derechos de las víctimas y ex Miembro de la Comisión Pontificia para la protección de los menores, ha vuelto a mostrar su coraje y a alzar su voz. También ahora, en el marco de la Conferencia trienal para alentar a la familia católica, ha hablado alto y muy claro. Ha hablado desde su experiencia como víctima y como conocedora de algunos entresijos vaticanos y sus resistencias.

Se atrevió a dirigir a las familias una pregunta (nunca contestada hasta ahora) básica: ¿Por qué el Papa dio un paso atrás y se desistió de la puesta en funcionamiento del Tribunal para exigir cuenta a las obispos, aprobado en el seno del C-9?. En su respuesta está, a mi entender, la explicación del por qué el Vaticano viene funcionando en el tema un tanto al ralentí. ¿Qué se puso sobre la mesa? ¿Con qué se presionó al Papa hasta el extremo de obligarle a desandar el camino emprendido? ¿Qué se pretende salvaguardar a toda costa? Si el obstáculo sigue sin superarse, si el papa Francisco, en consecuencia, no puede ejercer de hecho sus poderes supremos (que los tiene) libremente (c. 331 CIC), entonces estaríamos hablando de una cuestión diferente, pero de una gravedad extrema.

En cualquier caso, la Sra Collins conoce, por experiencia personal y profesional, dónde radica el ‘quid’ de la cuestión. Sabe que el fracaso en la protección de los menores tiene que ver, entre otras cosas, con la existencia de estructuras que protegen a los abusadores y con la no aplicación de sanciones fuertes. El problema está, en mi opinión, bien diagnosticado. Pero ¿cómo se establecen y/o se convierten las estructuras en vigorosas y cómo se establecen sanciones fuertes y, sobre todo, se aplican al caso concreto? Todo esto es harina de otro costal y que, a mi entender, tiene que ver directamente con la posición real del Papa Francisco respecto al control de la Curia romana. Pero, lo que parece obvio es que, al respecto, no se puede continuar con la ambigüedad actual y con una cierta inacción.

Se debe subrayar, a su vez, que la Sra Collins ha vuelto a insistir en su punto de vista: un Tribunal central que juzgue los Obispos encubridores. Lo explica y razona con bastante rigor. Creo que, efectivamente, su opción es preferible a la actualmente vigente. Sin embargo, aún inclinándose por un Tribunal en sentido estricto, son posibles otras formas organizativas no centralizadas en Roma, como hemos explicitado hace tiempo, que ayudarían mucho a recuperar credibilidad.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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