"¿No quedamos en que la auténtica riqueza de la Iglesia son los pobres?"

Antonio Aradillas: «La Mezquita-Catedral de Córdoba no es de la Iglesia, sino del pueblo»

"Ni es justo, ni equitativo, ni saludable, tener que pagar dos veces, una como contribuyente y otra, en calidad de visitante"

Antonio Aradillas: "La Mezquita-Catedral de Córdoba no es de la Iglesia, sino del pueblo"
Mezquita de Córdoba

Todos los bienes intitulados eclesiásticos, inmatriculados o no, pertenecieron y pertenecen al pueblo-pueblo, tanto al llamado "pueblo de Dios", como al que cree, dice y reconocer no serlo

(Antonio Aradillas).- Aterra y escandaliza el banal, burdo y capitalista planteamiento que se está haciendo, y comentando, acerca de la inmatriculación de diversos bienes eclesiásticos, con prevalente mención para el de la mezquita-catedral de Córdoba, con todos los merecimientos declarada «Patrimonio de la Humanidad». La buena intención y el libre y desinteresado afán de servir al pueblo, justifica cualquier reflexión sobre el tema:

Todos los bienes intitulados eclesiásticos, inmatriculados o no, pertenecieron y pertenecen al pueblo-pueblo, tanto al llamado «pueblo de Dios», como al que cree, dice y reconocer no serlo.

En las catedrales, mezquitas, sinagogas, ermitas, santuarios y templos en general, intervino directamente el pueblo, con su devoción, sus medios económicos y su propio trabajo. La fe, el sudor y la sangre de tantos, y de tantas generaciones pasadas y presentes, completaron los milagros de arte, de solidez y solidaridad que comporta la idea de «lugar sagrado».

Y así fue y sucedió desde el principio, cuando, por ejemplo, en las catedrales e iglesias parroquiales tenían cabida, al igual que los actos «religiosos», los cívicos, sociales y culturales como las reuniones de los concejos municipales -hoy ayuntamientos- , representaciones de autos sacramentales, casas de cultura, escueles, universidades o actividades de caridad o beneficencia.

¿Pero qué entidad, u organismo es hoy el auténtico representante del pueblo, «dueño y señor» de de los citados lugares eclesiásticos o religiosos? ¿Acaso lo es, en exclusiva o fundamentalmente, la Iglesia, mediante alguno de sus organismos, organizaciones e entidades u obras canónicas?

¿Les asisten a las autoridades civiles, idénticas, o más, razones para reclamar para sí la representatividad del pueblo, y más en unos tiempos en los que el sistema democrático se hace electoralmente presente y actuante? ¿Se registra en el ordenamiento eclesiástico un sistema parecido, constando que este es de por sí positivamente rechazado, siendo sus obispos, párrocos, vicarios y administradores, nombrados a dedo –«dedocráticamente»– sin intervención alguna del pueblo y, a veces, hasta en contra del mismo?

 

Pero sobre todo, y este es el eje del «escándalo», a la luz del evangelio, de la teología y de la catequesis cristiana ¿no quedamos en que la auténtica riqueza de la Iglesia son los pobres, -hombres, mujeres, y niños-, las personas sencillas y humildes, poco o nada importantes, los que trabajan al límite de sus posibilidades y no tienen un trozo de pan y de cultura que llevarse a la boca? ¿Acaso Iglesia y pobreza no configuran de por sí una sola entidad a los ojos de Dios y de cuantas esperanzas se colocaron fervorosamente en su desarrollo y en su camino hacia la Casa del Padre?

¿Son acaso fiel imagen, símbolo y «otra» Iglesia, solo la que encarnan los obispos, cardenales, párrocos y demás jerarquía, sin que el laicado intervenga activamente de alguna manera en la administración de los bienes aludidos, si no es para rubricar, con la docilidad de su respectivo «amén», lo que otros hicieron, hacen o intentan hacer, con el falaz convencimiento de que los curas también, y por el hecho de serlo, disfrutan a la perfección del carisma de la administración? ¿Es preciso citar ejemplos de caciquismos eclesiásticos, reconocidos canónicamente con las debidas bendiciones e indulgencias?

¿No fueron nombrados -que no elegidos- por la Nunciatura y adláteres, no pocos obispos y párrocos, precisamente para conservar y engrosar tales bienes, con intenciones y procedimientos empresariales, y ya está?

En el caso concreto de Córdoba, ¿a qué obispo se le hubiera ocurrido perder la ocasión de inmatricular a nombre de la Iglesia, la mezquita-catedral, antes o después de hacer sido propietaria la diócesis de la mayoría de las acciones de una de las Cajas de Ahorro más pingües y rentables de Andalucía y del resto del Estado español?

Con benigna interpretación de las leyes, y aún sobre ellas mismas, lo cristiano y evangélicamente legal, es que se reconozca y practique, que estos y otros bienes son, y se les deben, al pueblo-pueblo, a cuyo servicio han de consagrarse, dejando de lado cualquier recoveco o cueva de clericalismo al uso.

¡Por amor de Dios, y consecuentemente, que no les sea necesario a cristianos y a no cristianos, tener que abonar ciertas cantidades de dinero que, con IVA o sin IVA, hay que invertir por acceder a los lugares citados! La vida está muy cara y ni es justo, ni equitativo, ni saludable, tener que pagar dos veces, una como contribuyente y otra, en calidad de visitante o turista…

¿Es explicable la confusión fonética que existe, o pueda existir, entre «poseedor», «poseído» y «poseso», cuando también, y sobre todo, se decide su correcta aplicación cristiana a los bienes de la Iglesia y a su inmatriculación, por legalizadaza que sea?

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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