"No dices a la gente lo que quiere escuchar, sino lo que necesita oír"

Mandianes: «Leerte, escucharte, querido Papa, es como ver el mundo tamizado con una seda de amor»

"Tu predicación deja constancia de lo que ocurre a un habitante del mundo de hoy que espera contra toda esperanza"

Mandianes: "Leerte, escucharte, querido Papa, es como ver el mundo tamizado con una seda de amor"
Francisco, rodeado de niños

(Manuel Mandianes).- Querido Papa Francisco, tu atención se centra, con la fuerza de la fe que te mueve, en el mundo en que vives; lo sistemático del racismo, del egoísmo, del individualismo. La atmósfera política de conspiración, de mafias, te enoja y exaspera.

Tu pasión es traer a la primera plana de la actualidad esas historias de perdedores, marginados, olvidados y borradas de la sociedad para que su sufrimiento sea reconocido; para que cada una de ellas sea un interrogante, una pregunta continua para la humanidad, especialmente para los poderosos responsables del mundo. Tu predicación, ambiciosa, diáfana y audaz, del Evangelio se afianza en las ansiedades, angustias, contradicciones y egoísmo del mundo actual, y busca siempre la esencia, «una forma de hacer visible el rastro de lo invisible». Tu predicación deja constancia de lo que ocurre a un habitante del mundo de hoy que espera contra toda esperanza. Por eso es aplaudida por millones de creyentes, agnósticos y ateos.

Hablas desde dentro del Evangelio estando dentro del mundo, sabiendo que la palabra es un monumento impreciso y frágil. Cada uno de tus tranquilos y sosegados sermones oculta un volcán de emociones, atravesado por las zozobras de la humanidad, por las fuerzas oscuras que la mueven.

Mojas la pluma en la vida cotidiana, en lo que te pasa y en lo que pasa a la gente que camina por los caminos de la vida; en los recuerdos que brincan en tu memoria, en el dolor de la gente y en el amor de Dios. Tu lenguaje, lleno de ironía, sátira, poesía, despojado de plúmbeas teologías pero lleno de esencia teológica y de contenidos tradicionales saturados con toques del momento concreto, del aquí y ahora, es insobornable e inconfundible; en él se unen el cielo y la tierra.

En tu predicación, los protagonistas son las personas y su dolor, sujetos del amor de Dios.   Lo conviertes todo en vehiculo del amor a Dios y del amor de Dios. Con tu habitual estilo, abordas las dudas de fe del creyente, reconoces que la línea entre la creencia y la duda, la culpa y el arrepentimiento, la redención y el masoquismo, los dilemas religiosos y la angustia existencial, es delicada, finísima.

 

Tus discursos, serones, audiencias son como células cerebrales que reproducen, a modo de espejo, la conducta y la emoción del que te escucha. Prevés y respondes en función de lo que el otro necesita porque estás en enorme sincronización con las necesidades de la gente de hoy. Leerte, escucharte, querido Papa Francisco, es como ver el mundo tamizado con una seda de amor y comprensión, como visionar con mística devoción aún lo más detestable del mundo en el que estamos inmersos. Cada viaje, cada situación densa, te transforma, te fortalece.

No disimulas la tensión en momentos y situaciones delicadas, fruto de tu demoledora sinceridad y de tu pasión interior que te han convertido en una estrella de los medios de comunicación. Tus pequeños gestos, rayando a la ingenuidad, surten efecto porque muestran una conexión espontánea e inmediata con la gente.

No te sometes a las tendencias sino que buscas estar de acuerdo contigo mismo y con el Evangelio. No dices a la gente lo que quiere escuchar sino lo que necesita oir, no buscas que te den la razón sino cambiar los corazones. Tus palabras, claras y hasta divertidas (cuando te es posible), de una manera universalmente comprensible, ni paradójica ni aproximada, a veces rayando lo políticamente incorrecto, se convierten en diamantes que brillan y estallan en millones de bocas que, como el eco, se van repitiendo miles de veces por todos y en todas partes. Hay una fuerza en ti que nada ni nadie puede detenerla. No.

La Iglesia no puede dejar de lado la interacción de las redes con las instituciones, con ella misma. Internet permite a la Iglesia poner en marcha proyectos hasta ahora impensables. Se está dando una pugna sin cuartel entre las instituciones jerárquicas, un tipo especial de red, y la sociedad de las redes. En Internet, las plataformas competidoras se encuentran tan sólo a un clic de distancia. Cuando construimos un mundo cajón y lo sentimos amenazado, nos sentimos al borde del abismo porque ese mundo esa jaula es un mundo sin fe. Una de las razones de la ineficacia de las instituciones puede ser la pérdida de legitimidad tal como son porque siguen siendo como eran a pesar de los cambos del mundo.

La equivocación y el fracaso han sido muchas veces ocasión de grandes cosas. Sabes que los referentes perfectos son imposibles entre los humanos. Sabes, y así actúas, que el conflicto como el error, tal vez no sea necesario pero es inevitable a la existencia humano. Muchos jerarcas de la Iglesia aún no se dieron cuenta, tal vez por eso quieren hacer la guerra dentro de la Iglesia, que el actual sistema está en decadencia y que las nuevas generaciones buscan otras salidas en la política, en la ciencia y también en la Iglesia.

Para unos las cosas van demasiado despacio, otros están asustados de lo rápido que van las cosas, y a algunos la vida no les dura lo suficiente para rumiar, una y otra vez, las nimiedades de toda una vida. Decepcionan a millones de católicos porque tratan de convencerlos de que no hagan lo que están convencidos de que deben hacer valiéndose de mañas y artimañas que, seguramente, no han aprendido estudiando el Evangelio». No entienden que las mentalidades han cambiado y que la manera de hablar de Dios también debe de cambiar. Sus fijaciones conceptuales no les dejan admitir que la esencia está en el accidente, el detalle.

 

¿Qué les pasa, Papa Francisco? A ellos no les pasa nada; es el resto del mundo el que se equivoca, el que está mal; no creen en la verdad de las cosas sino que las cosas son verdad porque las creen ellos: Tal vez el miedo a que aquel mundo en el que creyeron y por el que lucharon deje de existir olvidando que no hay que luchar por aquel mundo sino por hacer presente a Jesús en el mundo.

Tal vez hayan olvidado que el mundo no es nada sino aquel por quien luchamos. Tal vez tengan más aprecio y apego a la letra, a un orden meticuloso y exacto, y al poder que al espíritu de la letra. Tal vez les falte confianza; y miren con desprecio el deterioro y el derrumbamiento que lleva consigo el paso del tiempo. Tal vez les domine alguna pasión más fuerte que su inteligencia y que su juicio. O sencillamente, tal vez consideren Palabra de Dios el orden establecido durante siglos de práctica y de experiencia.

Muchos se revelan porque los haces descender a un lugar de sí mismos que ni siquiera sabían que existiera. Tal vez lo único que buscan es cerrar la puerta de su casa y que les dejen en paz pero «su desesperanza destroza su inocencia». En realidad, casi siempre que alguien dice que lo hace y dice porque es sincero consigo mismo y con los demás, casi siempre lo dice y lo hace para ocultar lo que de verdad importa y le está preocupando y para calmar las tensiones y las pasiones del corazón. «Las pasiones ocultas se nutren de la vida de las personas y se esconden dentro de ella». El problema de esos guerreros es más psicológico que teológico. Tendrían que revisarse en profundidad y, hasta cierto punto, desprogramarse, tarea harto difícil.

Querido Papa Francisco, casi nunca sabemos a ciencia cierta lo que nos ocurre o que nos ha ocurrido, ¡cuanto más lo que ocurre o ha ocurrido a los demás! Cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Por mucho que hagamos, nunca sabremos lo que es ser otra persona. Tú buscas que cada uno encuentre esa persona que lleva dentro de sí mismo que quiere ser libre.

«La historia no es el telón de fondo sino el escenario». Las cosas ocurren como ocurren y no tienen vuelta de hoja pero no se puede olvidar que los hechos son, en principio, consecuencias de otros hechos. En vez de sentirte avergonzado, repugnado y enfurecido, conviertes la vida en una desgarradora aventura de valentía y fortaleza. No tienes miedo de equivocarte. La mayor equivocación es no hacer nada por miedo a equivocarse.

Debe de ser muy doloroso sentirse traicionado y sentirse herido en el amor propio por gente que se decía amiga. Tú sobrevives porque eres una persona soberana que se alegra con las cosas sencillas, aceptas la realidad de la vida y nutres tus inquietudes en la soledad de tu castillo interior.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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