"La institución desperdició a uno de sus mejores 'espadas' periodísticos"

Antonio Aradillas, el cura-periodista que nunca dejó de luchar ni de soñar

El arzobispo Celso Morga rehabilitó públicamente al sacerdote y le ofreció vivienda en Badajoz

Antonio Aradillas, el cura-periodista que nunca dejó de luchar ni de soñar
Antonio Aradillas

Siempre se mantuvo fiel al Evangelio y al Vaticano II. Por eso, llegada la primavera de Francisco no tuvo que cambiar de chaqueta

(José M. Vidal).- Antonio Aradillas (Segura de León, 1928) es cura de profesión (más que de vocación, como le gusta decir). Un cura como la copa de un pino. Plenamente identificado con el Concilio y con su espíritu, al que se mantuvo fiel en la época dorada del postconcilio y en la más gris e invernal de la involución wojtyliana.

Un cura siempre fiel a sus principios y a su conciencia. En las duras y en las maduras. Cuando, allá por los años 60-70 era una referencia eclesial. Primero, como consiliario de la Acción Católica de Mujeres y, después, como periodista del diario Pueblo (dirigido por Emilio Romero). O cuando le expulsaron del cargo de consiliario, al igual que a toda la cúpula nacional y diocesana de Acción Católica, a instancias del Gobierno de Franco y con la anuencia de monseñor Casimiro Morcillo.

Dedicado desde entonces, en cuerpo y alma, a las tareas de informador religioso, se codeó y compitió (muchas veces, con ventaja) con las ‘vacas sagradas’ del periodismo religioso, como José Luis Martín Descalzo o José María Javierre. Quizás, porque desde la trinchera del diario Pueblo, sin dependencias orgánicas eclesiásticas, podía desempeñar su labor con mayor libertad.

Los obispos, entonces, le buscaban y mimaban, por la importancia que tenía vehicular sus mensajes a través de un periódico como Pueblo, que llegó a tirar 300.000 ejemplares y a mandar en la información nacional. Sumamente querido en la redacción, donde le llamaban ‘cura’, se codeó con grandes periodistas, como José María García, Raúl Cancio, Miguel Ors, Luis Romasanta, Raúl del Pozo, Juan Luis Cebrián…y tanto otros. Casó a muchos de ellos, bautizó a sus hijos y era, para todos, la única presencia eclesial bienvenida.

Desde esa plataforma tan visible, Antonio nunca dejó de ser cura y buscaba en toda su información que la Iglesia saliese favorecida. Eso sí, la Iglesia del Vaticano II, no la de la jerarquía residual alineada todavía con el franquismo.

Cura-periodista siempre libre y valiente, ejerció la parresía por carácter, por convicción («un seguidor de Jesús tiene que ser siempre un rebelde») y porque nunca dependió económicamente de la institución ni nunca buscó cargos, ascensos y prebendas.

Esa libertad e independencia le llevó a ser olvidado por la Iglesia, que, cuando desapareció el diario Pueblo, lo dejó perderse en el ostracismo. Como suele hacer a menudo, la institución desperdició a uno de sus mejores ‘espadas’ periodísticos, simplemente porque era libre e independiente. Y quizás para justificar su conciencia, la jerarquía lo etiquetó y lo tachó de ‘hereje’. Y acusar a Aradillas de herejía es como acusar de lo mismo al Concilio Vaticano II. «Es que los obispos pensábamos que tú eras malo, malísimo», llegó a decirle un prelado extremeño muchos años después.

Tras una larga temporada en la que, sin dejar nunca de ejercer como cura, se refugió, al lado del desaparecido José María Íñigo, en labores profesionales laicas. Y siguió aumentando su enorme cultura, que abarca muchos ámbitos. Por ejemplo, tiene una memoria prodigiosa y sabe muchísimo de etimologías. En el viaje, nos explicaba como el prefijo árabe ‘seg’ significa fortaleza, como en el caso de Segovia o de su propio pueblo, Segura, presidido por su elegante castillo. O el prefijo ‘ar’, que significa agua, como en Aragón, Aranda o su propio apellido Aradillas.

Hace 10 años lo recuperamos, desde Religion Digital, para las labores informativas propiamente religiosas. Con una presencia constante y una enorme repercusión.

A sus 90 años, sigue tan lúcido y valiente como siempre. Quizás porque nunca dejó de luchar y de soñar. Y siempre se mantuvo fiel al Evangelio y al Vaticano II. Por eso, llegada la primavera de Francisco no tuvo que cambiar de chaqueta. Le pilló donde siempre estuvo: en una iglesia samaritana, abierta y evangélica.

La Iglesia española le debe mucho, pero nunca se lo ha reconocido. O sólo a medias. Porque a la institución eclesiástica siempre le ha costado horrores eliminar de la frente de los suyos los ‘sambenitos’ de los malintencionados o de los envidiosos. Y, hasta hace poco, Aradillas seguía cargando con el de ‘hereje’.

Su caso me hace pensar en el pasaje del Evangelio en el que Jesús de Nazaret se dirige a Jerusalén en estos términos: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella!» (Mt. 23, 37). La Iglesia, como Jerusalén, sigue esa misma dinámica con los profetas, como Aradillas, porque dejan sus vergüenzas al aire y le exigen coherencia evangélica.

El pasado viernes, su precioso pueblo de Segura de León, en la Serranía de Aracena, con su espléndido castillo y su imponente iglesia, le rindieron homenaje. Organizado por el alcalde, Lorenzo Molina, en colaboración con Religion Digital, de cuyo desarrollo da buena cuenta, en crónica publicada en RD, su buen amigo y ex compañero Luis Romasanta.

Por mi parte, subrayar sólo tres cosas. Primero, me sorprendió que, en una época en la que prima el catolicismo vergonzante, el presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, que presidió el acto, junto al arzobispo de Mérida-Badajoz, Celso Morga, se declarase abierta y públicamente católico, alabase al cura Aradillas, al arzobispo titular de la archidiócesis y, sobre todo, la labor social, cultural y religiosa de la Iglesia.

En segundo lugar, es de agradecer la presencia de monseñor Morga, que, en pocos años, se ha ganado la estima del pueblo y de las autoridades por su cercanía y su sencillez. El prelado rehabilitó públicamente al cura Aradillas, presumió de que, a pesar de haber vivido casi siempre en Madrid, sigue estando incardinado en su archidiócesis, y le ofreció casa y trabajo por si algún día quisiese volver. Iglesia de brazos abiertos y que, por fin, reconoce la valía de uno de sus más ilustres curas. Vale más tarde…

Y, por último, dejar constancia del cariño que le brindó su pueblo (en un salón de actos abarrotado) al cura Aradillas, que, emocionado, pronunció un discurso valiente como siempre, agradecido y lleno de guiños al pasado. Nos hizo aplaudirle en varias ocasiones y hasta reírnos en otras tantas. ¡Antonio, eres un crack, la gente te quiere y RD está orgullosa de ti! Entonces…

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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