Antonio Aradillas

Franco y la Iglesia (y II)

"Señor arzobispo de Madrid es posible que no resulte procedente la inhumación de los restos de ... Franco en el complejo de La Almudena"

Franco y la Iglesia (y II)
Antonio Aradillas

Cuarenta años son muchos años, vividos -malvividos- sin libertad, y expuestos a represalias y a los métodos propios y específicos de las dictaduras, y más de las ejercidas "en el nombre de Dios" y con toda clase de anatemas para esta vida y para la otra

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(Antonio Aradillas).- Pero Dios, que por naturaleza «es bueno, clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad», tanto con los fervorosamente inscritos en los listados del Nacional Catolicismo -«azules»-, como con los desafectos -«rojos», y enrolados en el misterioso «contubernio judeo-masónico», fue abriendo atajos de esperanza a quienes apenas si les quedaba alguna leve posibilidad de encontrarla. Cuarenta años son muchos años, vividos -malvividos- sin libertad, y expuestos a represalias y a los métodos propios y específicos de las dictaduras, y más de las ejercidas «en el nombre de Dios» y con toda clase de anatemas para esta vida y para la otra.

El «Vía Crucis» seguido, tanto personal como colectivamente, por algunos «rojos», no fué más que eso: un «Vía Crucis» pero de los de antes, en los que la estación número 15, de la Resurrección del Señor, aún no se registraba, y ni siquiera podían vislumbrarse en lontananza rasgos de su imagen, y menos, cristiana.

Vaya por delante que la entonces llamada «Dirección Central de Acción Católica», en los años anteriores a su total desmantelamiento – hombres y mujeres-, en sus esferas nacionales, diocesanas y aún parroquiales, inspiradora de sus «movimientos» profesionales respectivos, se distinguió por su capacidad evangelizadora de renovación eclesial, que incluía la desmatrimonialización -el divorcio era pecado-, de la Iglesia, del poder político, o este, de ella. Publicaciones como «Tú», «Signo» y «Ecclessia» fueron testigos de padecer en la carne de sus propias páginas y en la de sus redactores, censuras y suspensiones feroces.

El Cardenal Vidal y Barraquel, desde sus exilios, levantaba de vez en cuando la voz, aunque provocara conflictos diplomáticos. En uno de sus testos-denuncias, fechado el 18 de noviembre de 1940, pregona que «Casi todos los actos de propaganda los inician con misas de campaña, de las que se ha hecho un verdadero abuso. Manifestaciones externas de culto, que más que actos de afirmación religiosa, tal vez constituyan una reacción política contra el laicismo perseguidor de antes, con lo cual será muy efímero el fruto religioso que se consiga y, en cambio, se corre el peligro de acabar de hacer odiosa la religión a los indiferentes y partidarios de la situación anterior… Da pena de cómo los obispos se prestan a hacer una religión patriótica a base de misas de campaña, «Te Deums», etc… Las tan de moda peregrinaciones al Pilar, más que formar al pueblo en la verdadera piedad, tienden a hacer ambiente de hispanidad. Los que se precian de intelectuales no se sentirán muy inclinados a tomar la religión por cosa muy seria…Eso, aparte de mal efecto que ha de causar a los millares y millares de elementos de la pasada situación, que si momentáneamente han sido sojuzgados por la fuerza, conservan dentro de sí su antigua ideología».

Algún que otro obispo, como el de Calahorra, Mons. García Martínez, con su «Carta Pastoral sobre el nazismo», Mons. Pildain, obispo de Canarias y su sucesor, Mons. Infantes Florido, obispos vascos -«caso Añoveros»-, Cardenal Tarancón y su Auxiliar Mons. Alberto Iniesta y las frustradas Asambleas Cristianas de Vallecas… levantaron de vez en cuando la voz, cuyos ecos eran prestamente acallados y desautorizados no solo por la censura civil, sino por los «autorizados adoctrinamientos» oficiales de obispos y arzobispos con puestos políticos en el Congreso de los Diputados, como Mons. Guerra Campos y Mons. Cantero Cuadrado, quien en su día, a la muerte de Franco, llegara a ser miembro del Consejo de Regencia.

La «cárcel concordataria» de Zamora y las referencias a las homilías de las misas predicadas por los sacerdotes desafectos al Régimen, multadas con los 20.000 duros ya establecidos reglamentariamente, y con permiso, al menos tácito y consentidor, de la correspondiente autoridad eclesiástica, completaron la capacidad de protesta y contestación que caracterizó a unos pocos.

Es de justicia dejar clara constancia de que, el hecho de mayor relieve anti-Régimen fue el de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes celebrada en Madrid en los primeros días de septiembre de 1971, que acogía las aportaciones de reuniones múltiples de todas las diócesis en las que había sido discutida una amplia encuesta dirigida al clero de todo el país, y a la que había contestado el 80 por ciento de este colectivo. En ella los sacerdotes rechazaron mayoritariamente el Concordato vigente, la presencia y participación de miembros de la jerarquía en los órganos de Gobierno, de representación política otorgada desde el Poder, a la vez que se discutieron las capellanías y asesorías religiosas de organismos oficiales y se criticaron determinadas posturas del Gobierno en relación con los derechos humanos en la sociedad española, rechazándose la proposición que propugnaba el sentido positivo y providencial de la «sociedad civil-católica… El texto de la proposición 34, de la primera ponencia, refería literalmente que «Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso, y su palabra no está ya en nosotros (I Joa. 1, 10). Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón, porque nosotros no supimos a su tiempo ser «verdaderos ministros de la reconciliación» en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos».

Como añadidura significativa del «fervoroso» panorama nacional-católico de los 40 años de la indisoluble vigencia del contubernio Iglesia-Estado, no me resigno a dejar de reseñar que, por ejemplo, unos 200 «Cristos» y «Vírgenes» ostentan desde entonces cargos honoríficos militares y municipales, como «alcaldes- alcaldesas a perpetuidad», medallas de oro, llaves de la ciudad y bastones de mando»…¿Hay quién dé más y con mayores y más pingües rentabilidades humanas y divinales?

Por favor, señor arzobispo de Madrid, Cardenal don Carlos Osoro, piense que, así las cosas, es posible que no resulte procedente la inhumación de los restos -reliquias, de los para muchos todavía san Francisco Franco, en el complejo de La Almudena. No olvide que en uno de los lienzos de la vetusta muralla intervino nada menos que el Cid Campeador en el redescubrimiento de la imagen de la Santísima Virgen María portadora de tan devota y madrileñísima advocación para los de uno y otro bando…

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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