A buena parte del pueblo de Dios no le convencen las razones arzobispales

La ‘exclaustración’ de La Almudena por el ‘caso Franco’

Por motivos estrictamente políticos, la catedral madrileña corre el riesgo de profanarse, es decir, de "excatedralizarse"

La 'exclaustración' de La Almudena por el 'caso Franco'
Catedral de La Almudena

El franquismo como tal, y quienes, obispos o no, libre y conscientemente lo representaron, sirvieron y vivieron de él, no fueron cristianos. Revitalizarlo de alguna manera en los tiempos actuales "franciscanos", sería una insensatez y una herejía

(Antonio Aradillas).- Por extensión al tema que hoy nos preocupa, «exclaustración» significa «abandono autorizado u ordenado por un superior de la obligación de vivir en una congregación religiosa». Intensificando el sentido y la superficie de la definición canónica, conviene advertir que «catedral» o «iglesia principal, generalmente de grandes dimensiones, que es sede de una diócesis», en su propia etimología, integra la idea de que desde ella oficialmente adoctrinan los obispos al pueblo de Dios». Cátedra, enseñanza, palabra de Dios, ejemplo de vida, testimonio, religión, santo evangelio y su exposición, sucesión apostólica, sínodo y tantos otros elementos y conceptos eclesiales, esenciales la mayoría de ellos, se dan cita en las catedrales, como otros tantos signos-sacramentos de la salvadora verdad de la Iglesia. En el organigrama de esta, no hay algo tan sacrosanto como la catedral.

En las mismas catedrales emerge el dato de que fueron obra del pueblo. En su construcción, además de ayudas «oficiales» normalmente de carácter feudal, es al pueblo-pueblo, a sus artesanos y artistas, con sus propias manos o su colaboración en dinero, a quienes es obligado atribuirles la construcción y conservación de estos templos. La de La Almudena de Madrid también es, ejemplo de ello.

Y ahora resulta que por motivos estrictamente políticos, la catedral madrileña corre el riesgo de profanarse, es decir, de «excatedralizarse», o «exclaustrarse», que tanto uno como otro término son válidos para definir lo que algunos pretender hacer de tan sagrado lugar, convertida en panteón para el cadáver del Generalísimo Franco, cuyo nombre campea en el listado universal de los dictadores de los últimos tiempos. De entre sus actividades destaca, como no podía ser de otra manera, facilitar, estimular y «nacionalizar» el catolicismo, en las áreas hispanas y hasta sus últimas consecuencias, con el consentimiento y bendiciones gregarios del episcopado y de multitud de fieles.

En el complejo religioso de La Almudena no es pastoralmente aceptable que reposen los restos de un dictador, sobre todo con los criterios reformados y reformadores del Concilio Vaticano II, que él mismo y sus políticos, civiles y religiosos, rechazaron, con invocaciones al de Trento y a otros, ya periclitados, entre las brumas de la teología medieval, aún con firmas y asentimientos de Romanos Pontífices y de Santos Padres de Nuestra Santa Madre la Iglesia.

A buena parte del pueblo de Dios no le convencen las razones arzobispales diocesanas de que «no se puede negar la inhumación de los restos de un fiel cristiano». en unos tiempos en los que «ser» es bastante más que «parecer» o «aparentar», aunque les hagan dudar de tal convencimiento las entradas y salidas catedralicias «bajo palio», el incienso y la mirra y titulares tales como el de «enviado por Dios». Tampoco sirve en cristiano, aunque lo avalen leyes humanas, el argumento de que el derecho de propiedad de las tumbas en la cripta catedralicia asistirá siempre a los familiares, para disponer a discreción de sus espacios funerarios… Propiedad, privilegio e Iglesia no se constituirán jamás en lecciones de religiosidad, de biblia y de evangelio.

Lo que los administradores curiales denominan «limosna» por la adquisición de la propiedad de una -cuatro-, tumbas, equivalía en los tiempos de su «compra», nada menos que a unos 150.00 euros de hoy, lo que automáticamente suponía la marginación de la mayoría, dado que, aún después de muertos, los ricos habrían de disfrutar de mayores posibilidades de salvación eterna que los pobres, puesto que, según tradiciones pías, aquellos cuyos cuerpos se depositaran más cerca del altar habrían de ser prestamente merecedores de los disfrutes eternales del cielo, a tenor de las frágiles y crédulas orientaciones catequísticas que nos eran, y nos son, impartidas…

Quiera Dios que, por fin, se impongan los criterios de la sensatez y del santo evangelio, y que La Almudena no se «excatedralice», convertida para muchos en meta de peregrinajes y de añoranzas político-religiosas franquistas, sin que lleguen a faltar todavía alguna que otra bendición diocesana. El franquismo como tal, y quienes, obispos o no, libre y conscientemente lo representaron, sirvieron y vivieron de él, no fueron cristianos. Revitalizarlo de alguna manera en los tiempos actuales «franciscanos», sería una insensatez y una herejía. La catedral, y su complejo, es catedral, y a tal nombre y actividad tan sagrada, el prefijo negativo «ex» la profana y le roba la elemental religiosidad a la que tiene derecho y de la que es acreedora.

Y, por favor, que un problema de tanta gravedad e importancia como este, no se intente resolver con la intervención de los representantes de los dos poderes -civil y religioso- con paños calientes», a base de cambalaches opacos y de concesiones «nom sanctas» y siempre al servicio del pueblo de Dios y del otro, que también es de Dios.

¡De los pactos y componendas censurables, más o menos comerciales, líbranos Señor¡

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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