Andrés Ortíz-Osés

La democracia cómplice

"La democracia es la fratria o hermandad del hombre, en un contexto de intrigante connotación femenina"

La democracia cómplice
Andrés Ortíz Osés

Ser cómplices significa que estamos implicados la derecha y la izquierda, el arriba y el abajo, viejos y jóvenes, buenos con malos, ricos con pobres, listos con tontos, creyentes e increyentes, sanos y enfermos, blancos y negros, humanos y extrahumanos

(Andrés Ortíz-Osés).- Solo la complicidad puede salvarnos (AOO). Cómplice quiere decir implicado o enlazado, enredado y cogido. De la física a la política todo está entrelazado con todo, todo está en relación con todo lo demás, todo es cómplice de todo.E

En el caso de la democracia, cuyo poder debe estar compartido, la complicidad debe ser la clave política, pues es un poder coimplicado por todos, aunque por unos más que por otros, según su grado de responsabilidad y poderío. Complicidad dice pues en este contexto composibilidad o compatibilidad, y más profundamente compasibilidad.

La democracia es cómplice de todo porque en ella todos están implicados y, por tanto, resultan cómplices en más o en menos. En la física todo está implicado con todo, mientras que en la política todos son cómplices de los demás, en mayor o menor medida.

Ser cómplices significa que estamos implicados la derecha y la izquierda, el arriba y el abajo, viejos y jóvenes, buenos con malos, ricos con pobres, listos con tontos, creyentes e increyentes, sanos y enfermos, blancos y negros, humanos y extrahumanos. Y viceversa, aunque algunos traten de desimplicarse a corto plazo para su autosuficiencia.

Yo hablaría de una complicidad fratriarcal a modo de hermanamiento en nuestra común realidad, de aquí que resultemos cómplices de nuestro mundo. Tenemos una responsabilidad personal y una complicidad interpersonal y aún transpersonal, por cuanto estamos atados al mismo origen vital y destino mortal, contaminados por los mismos problemas, a través de una coexistencia obligada en el mismo barco de la humanidad, flotando en un espacio inmenso y en un tiempo indefinido.

Incluso nuestro propio Dios resulta un Dios implicado en nuestra realidad mundana y cósmica, como muestra el cristianismo, y por ello se trata de un Dios cómplice, cómplice del mundo y su deriva humana y transhumana (nada que ver con el viejo Dios desimplicado).

La democracia es una política cómplice, y en ella somos cómplices de lo bueno y lo malo, de lo positivo y lo negativo, hasta ciertos límites humanos y extrahumanos. En la democracia todos estamos implicados, porque representa una mayoría que respeta a una minoría, a través de un consenso humanitario.

La democracia es la fratria o hermandad del hombre, en un contexto de intrigante connotación femenina. En efecto, la fratria o hermandad democrática es el fruto de la complicidad de la matria y de la patria, de la igualdad matrial y de la libertad patrial. El demócrata es el hijo del viejo padre y de la vieja madre, reconvertido en hermano cómplice de la hermandad universal democrática, ya no el antiguo patriota o matriota, sino el nuevo fratriota o confratriota.

La democracia como fratria emerge implícitamente en la fratría filosófica de Sócrates en Grecia, se reafirma explícitamente con la confratría de Jesús y su fraternidad, y culmina en la hermandad ilustrada bajo la diosa razón. Pero esa razón debe ser una razón afectiva y coimplicativa de todos, una razón fratriarcal de connotación femenina, una hermandad que recupera no tanto un feminismo agresivo sino un «femenismo» agregativo en una democracia del cómplice o implicado.

Como apunta M.Yourcenar, se trataría de traspasar de los viejos amores a una nueva complicidad, una nueva complicidad cuyo símbolo emergente es la fratria: la complicidad fratriarcal.

Sin una tal complicidad, la democracia se hace negativamente cómplice de no serlo, de no ser democrática, de no compartir y repartir el poder, de desimplicarse o no coimplicarse con todo el personal que representa, especialmente con los más vulnerados o vulnerables.

Vivencias y convivencias 26

Según san Agustín la virtud es el orden del amor (ordo amoris): el amor en orden.

La persona como capax amandi: capaz de amar.

El ideal del fratriarcado requiere fratrías abiertas y no cofradías cerradas, hermandades y no mafias, partidos políticos y no enteros ideológicos, familias y no clanes, empresas y no clientelismo.

En Ortega el corazón es una máquina de preferencias: la maquinación axiológica.

El corazón es el alma afectiva: el alma es el corazón reflexivo.

En ciertas liturgias conviene entornar los ojos: para no ver lo que se celebra en nuestro entorno en el nombre del Dios.

Al ocurrente se le ocurren cosas: al concurrente le ocurren cosas.

Se nos cruzan los cables: cómo hacer que salte la chispa y no el plomo o aplomo.

No quiero sentar cátedra: quiero ser como la mujer (mobile).

La realidad influye sobre la realidad: especialmente a través del hombre.

En su visita el amigo deja un reguero de paz y sosiego: una estela de felicidad.

La felicidad es esencialmente afectiva (Von Hildebrand).

Un tiempo de oro y un espacio de plata: terso como una patena.

Los árboles rugosos, la tierra descarnada y el agua en las acequias.

Saberme tierra: aceptar ser tierra (J.Cortines): andrógeos.

El joven es tiempo, tempero y temporal: el viejo es espacio y despacio.

Autobiografía sucinta: Tardienta y Zaragoza me evocan el realismo existencial (la infancia y la vejez); Huesca y Comillas el irrealismo (escolástico); Roma, Innsbruck y Deusto el sobrerealismo (cultural).

El mundo es la conjunción de simetría y disimetría, ser y devenir, esencia y existencia, forma y materia.

El aforismo no es una frase hecha sino rehecha: implicación y no reducción, comprensión y compresión.

Don Quijote y Sancho Panza: la melopea y el cachondeo español.

Mala es la incompetencia desaforada: peor es la incompetencia aforada.

En China encarcelan a un estudiante por copiar: en España lo hubieran laureado.

Los niños solo quieren jugar: los mayores juzgar.

El clérigo no debe ser clerical, sino creíble.

Sin ideales no se debe vivir: de ideales no se puede vivir.

No soy un idealista: solo quiero que me dejen morir en paz.

Ser complementario: positivo y crítico, bueno (con el bien) y malo (con el mal).

Necesitamos alguien que nos soporte: que nos dé un soporte.

Lo que llamamos un hombre de carácter no es un hombre de carácter: es un hombre de temperamento.

Cuidado con buscar afuera: no sea que no te encuentres.

El hombre es grande por buscar y pequeño por encontrar.

Yo no evoluciono, yo soy; yo no busco, encuentro: esta es la presunción de Picasso.

Para leer todos los artículos de este autor, pinche aquí.


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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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