Antonio Aradillas

Jubilaciones, ya

La vejez caracteriza en exclusiva, y con intensidad, fuerza y vigor, a quienes representan a la Iglesia

Jubilaciones, ya
Antonio Aradillas

Prescrita su jubilación a los 75 años de edad, los clérigos y obispos sobrepasan con creces los límites laborales y profesionales normales establecidos por las leyes civiles de España, y del mundo en general

(Antonio Aradillas).- «Jubilación» es la «acción o efecto de jubilar o jubilarse», término con el que se expresa la idea de «disponer, por razón de vejez, largo servicio o imposibilidad, y generalmente con derecho a pensión, el cese de la carrera o destino».

La referencia a los 50 años de la fiesta pública solemne celebrada por los israelitas, con sus generosas perdonanzas, le añade en cristiano a la jubilación carácter y dimensión religiosa. A los pies, y ante la situación en la que queda el jubilado clerical, formulo los siguientes comentarios:

Prescrita su jubilación a los 75 años de edad, los clérigos y obispos sobrepasan con creces los límites laborales y profesionales normales establecidos por las leyes civiles de España, y del mundo en general.

Entre otras, una de las deducciones o consecuencias principales que algunos derivan del hecho, es la de que la práctica o ejercicio eclesiásticos no parecen exigir la plenitud de responsabilidad y de facultades físicas y mentales que otras profesiones u oficios. La aplicación literal de este principio a la celebración de la santa misa, de sacramentos como la confesión, y de la predicación- catequesis- proclamación de la Palabra de Dios, llevaría consigo riesgos muy serios, de cuya actividad y presencia huelga relatar tristes y preocupantes resultados y efectos, entre otros, el de su misma validez.

Por circunstancias diversas, entre otras la acusada e inédita falta de de vocaciones sacerdotales, sin perspectivas optimistas de corrección por ahora, los datos y las experiencias obligan a pensar que la Iglesia jerárquica -sacerdotes, obispos y más- se convierte, o está ya a punto de convertirse, en una gerontocracia integral.

Por supuesto que las personas mayores, por mayores, con su experiencia, sabiduría, conocimientos, mundología y hasta santidad , cuentan con elementos muy sustantivos para seguir gobernando, dirigiendo y sirviendo a la Iglesia con la gracia de Dios y el cortejo de las correspondientes virtudes teologales y cardinales. Pero, por supuesto también, que las lagunas y las deficiencias que la ausencia de juventud genera en la pastoral de la Iglesia pueden ser, y son, ciertamente importantes e irreparables a la luz de la fe y del sentido común.

Es justo y elemental advertir que, tanto psicológica como mentalmente, los años «sacerdotales» son mucho más largos que los vividos en cualquier otra profesión u oficio, por la sencilla razón de que las distancias en relación con el pueblo y su ambiente son más acusadas, y porque los hábitos, los «latines», el incienso, los ornamentos y las formas distintas de ser y de vivir, apartan y alejan del pueblo de manera notoria y, en ocasiones, hasta pretendida y buscada.

La misma definición semántica de «presbítero» entraña, y hace poner en práctica, el concepto, la actividad y la situación de «persona mayor» y de viejo. Así es, lo demandan y lo dan por válido la historia, la vida y la misma gramática .

Ser y ejercer preferentemente de «presbíteros» en el contexto eclesiástico actual, no parece ser atractiva razón para hacer florecer vocaciones sacerdotales, tal y como las matrículas de los seminarios diocesanos lo revelan con sus correspondientes certificaciones.

Son muchos -cristianos o no- a los que les atenaza la tentación de que, así las cosas, tendrán que creer que la Iglesia-Iglesia no podrá ser joven, sino valetudinaria y provecta.

Tal convencimiento insta a muchos a condenar y desterrar comportamientos, lenguaje, símbolos y modos de pensar y de ser, cuyo único pecado -grave para algunos- es nada menos que el de la posible irrupción de la juventud en la Iglesia…

De cuerpo y espíritu, y en las esferas de las responsabilidades jerárquicas, los jóvenes no tienen hoy lugar en la Iglesia, con el añadido de que, al no poder registrarse todavía en su nómina ninguna mujer, el problema se multiplicas y agrava.

Al Espíritu Santo no se le puede forzar a que en las elecciones de los Papas no sean sagradamente contemplados los años que tienen y que representan, aunque de esta ley general hubiera que haber efectuado una meritoria excepción con el bendito jovencísimo Juan XXIII.

Los nombramientos de los obispos, además de la imprescindible participación democrática por parte del pueblo que han de pastorear -Pueblo de Dios, por más señas-, han de contar decisivamente los años.

En el elenco de responsables del poder civil en demarcaciones de diócesis de provincias, de Comunidades Autónomas y del mismo Estado, la vejez caracteriza en exclusiva , y con intensidad, fuerza y vigor, a quienes representan a la Iglesia , como si su verdadero mérito y capacidad se la proporcionaran en exclusiva o fundamentalmente los años.

Es mucho lo que hay que cambiar también en la Iglesia, con acierto y con prisas, sin que las contingencias de equivocación que estas puedan comportar, las cancelen o retrasen indebidamente. Alargar la jubilación todavía más en la Iglesia -sacerdotes, obispos y Papas-, no está en consonancia con lo que demandan los tiempos, que por sí son también «Palabra de Dios».

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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