Los cristianos son acusados de ser el cable de transmisión de una agenda política externa

La brutal persecución religiosa en Vietnam

La brutal persecución religiosa en Vietnam
Los fieles vietnamitas sufren amenazas, torturas, penas de prisión e incluso muertes bajo custodia policial. EP

La etnia de los Hmong, procedente de China, emigró hacia el norte de Vietnam, Laos y Birmania durante el siglo XIX, tras el fracaso de su levantamiento contra la dinastía imperial de los Qing. Originalmente animistas, muchos se convirtieron al protestantismo en la década de los ochenta, tras escuchar la FEBC, una radio de un pastor cristiano californiano emitida en su lengua y propagada desde una estación de Manila. Alrededor del 50% del millón de Hmong que vive en Vietnam, es hoy cristiano.

Bajo la sospecha de que la religión cristiana es el cable de transmisión de una agenda política externa contraria a los intereses nacionales –la información proporcionada hace cientos de años por los misioneros católicos le fue muy útil a los colonialistas–, el Estado ha orquestado una brutal persecución religiosa.

El Comité de Derechos Humanos de Vietnam (VCHR), con sede en París, presentó en marzo del 2019 un informe a las Naciones Unidas sobre el periodo 2002-2017 donde constató: amenazas, coacción, tortura, penas de prisión e incluso muertes bajo custodia policial. El cuerpo del anciano Ka lo confirma.

En 1993, el año que abrazó el apostolado, las autoridades le cazaron por primera vez haciendo proselitismo cristiano. «Me vieron mientras intentaba convencer a una familia de Hmong tradicionalistas de un pueblo de Lao Cai», relata Ka, que fue condenado a seis meses de cárcel por ello. Durante ese tiempo, fue obligado a trabajar forzosamente en el campo, donde intentó un día darse a la fuga. «Me escondí en un bosque, pero me encontraron una hora después gimiendo de miedo entre unos arbustos», afirma.

El hombre es extremadamente gráfico. Se levanta y simula las patadas que le dieron, «como si fuera un balón de fútbol», mientras finge muecas de dolor. A Ka le dejaron inconsciente y con una costilla rota.

En otra ocasión que fue condenado a año y medio por lo mismo, un funcionario cabalgó encima de él y le rompió la rodilla derecha. «Fue muy humillante», asegura.

Ka se salta algunos años de su vida y comienza a relatar los incidentes de principios de mayo de 2011, cuando 10.000 cristianos Hmong se concentraron a 10 kilómetros de su choza.

Desde entonces, ningún extranjero ha ido a preguntarle qué pasó. Ka se había mudado una década antes a este distrito de Muong Nhe como una última baza para encontrar la paz espiritual. En la provincia de Lao Cai había pasado demasiadas penurias.

«No fue muy acertada la decisión», reconoce dibujando una sonrisa sincera en los labios.

Su difunto padre, colaboracionista durante la colonización francesa y herencia por la cual fue siempre humillado y discriminado, había pisado este terreno en compañía de sus colegas galos, y decía que era un sitio maravilloso. El fiel Ka debió llevarse un buen susto cuando sus clanes desafiaron a Vietnam y buscaron proclamar un reino indepen­diente.

Fue una de las mayores crisis internas recientes del país y duró tres días, hasta su supresión violenta por parte de los cuerpos de seguridad nacionales. En la explanada del pueblo de Huoi Khon que se llenó de Biblias y oraciones, uniformes para un nuevo ejército y sacos llenos de billetes para financiar el eventual nuevo Estado, ya sólo quedan pedazos de tela y un silencio sepulcral. Ocurrió tres meses después de que a Ka la policía le rompiera los dientes. Y él, supuestamente, no pudo ir porque tenía fiebre.

Autor

Pablo Santos

Experto en información religiosa

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