La tensión entre la familia y las autoridades marcó una jornada para la historia

Lo que no se vio de la exhumación y el traslado de los restos de Franco

Lo que no se vio de la exhumación y el traslado de los restos de Franco
Los familiares de Franco portan a hombros el cuerpo del ex jefe del Estado. EP

La exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos y su posterior traslado al cementerio de Mingorrubio ha copado portadas de diarios y la programación de las televisiones nacionales. Tanto es así que TVE llevó a cabo un importante despliegue técnico para emitir la señal institucional de este momento histórico a la que se engancharon el resto de canales generalistas. El día dejó momentos de máxima tensión y de crispación. Fue mucho lo que no se vio.

A las 12:54 se abrían las puertas de la basílica y asomaba el féretro original de Franco, portado en hombros por sus directos descendientes –entre ellos, sus nietos Cristóbal, Francis y Jaime, y su bisnieto Luis Alfonso de Borbón–. Las dos horas y media que estuvieron encerrados todos, Ejecutivo y familia, en el interior, fue el resultado de un forcejeo intenso e intermitente. Especialmente bajo la doble carpa techada azul que protegía la tumba de Franco y bajo la que sus nietos exigieron que no hubiera ningún cambio de ataúd, por muy deteriorado que estuviera aquel con el que su abuelo fue inhumado en 1975.

Los 22 familiares de Franco habían atravesado la cancela del Valle de los Caídos unos minutos antes de lo previsto. Tres minibuses les habían recogido en distintos puntos de Madrid y les habían conducido, protegidos policialmente, hasta Cuelgamuros. Poco antes de las 10:30, la comitiva llegaba a la explanada, donde era recibida por el prior, Santiago Cantera.

Francis Franco, el nieto varón mayor del general, el que en todo este tiempo dio de batalla judicial y administrativa, portaba en sus manos una bandera plegada. La enseña con el Águila de San Juan. La que había desplegado, con la ayuda de su empleada del hogar, en la fachada de su domicilio, para solaz de los medios, a primera hora de la mañana. Pero los Franco sabían que no podrían utilizarla para cubrir el féretro de su abuelo. Se lo había advertido el Ejecutivo los días anteriores, a través del interlocutor designado por Pedro Sánchez, Félix Bolaños, el secretario general de la Presidencia del Gobierno, el hombre encargado de la coordinación de todo el dispositivo. La familia no pudo entrar al templo con su bandera. No se le permitió. La Guardia Civil se quedó con ella y la colocó en uno de los coches que luego servirían de comitiva.

Desprovistos de la enseña, los descendientes de Franco penetraron en la basílica. Para entonces, lo habían hecho ya los tres representantes del Ejecutivo: la ministra de Justicia en funciones, Dolores Delgado, en su condición de notaria mayor del Reino, el propio Bolaños y Antonio Hidalgo, subsecretario del Ministerio de la Presidencia. En todo momento se repetiría esa pauta: la familia, por un lado, el Ejecutivo, por otro. Separados también estaban en el interior, en el crucero. Y en la doble carpa azul que rodeaba la sepultura del dictador. El propósito era evitar que la tensión se desbordase.

A ese espacio reservado y protegido solo pudieron acceder, por parte de la Administración, Delgado, Bolaños, Hidalgo y el director general de Registros y Notariado, Pedro Garrido. Por parte de la familia, solo dos de los nietos, Cristóbal y Merry Martínez-Bordiú. A ellos había que sumar el tanatopractor Humberto Sepúlveda, dueño de la funeraria Alba, los operarios, y un forense del Instituto Anatómico como director técnico de los trabajos de exhumación. Los dispositivos móviles habían sido requisados a la entrada. Nadie podía obtener ni imágenes ni sonidos.

Hubo que romper las losas aledañas a la enorme losa de granito bajo la cual yacía Franco. Utilizar la radial. Introducir dos gatos hidráulicos (no los cuatro previstos) para levantar la piedra de 1.500 kilos de peso y 20 centímetros de grosor. Colar unos rodillos para hacerla deslizar.

A las 11:43, llegaba un mensaje a los periodistas. Se había podido retirar la losa «sin incidencias». El whatsapp lo había escrito el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver. Él no estaba dentro de la basílica. Aguardaba fuera, pero el exterior y el interior estaban conectados por un cordón umbilical. Un walkie talkie. Bolaños utilizaba el transmisor-receptor de radio para comunicar con su equipo y también con Oliver, a quien iba trasladando los principales pasos de la operación. Con Moncloa comunicaba a través de un gabinete telegráfico –una línea telefónica segura– instalado en la basílica.

Con la lápida apartada, quedaba al descubierto, en la fosa, el féretro de Franco. El aspecto era mejor en los laterales y la tapa, pero en cuanto descendió, el funerario Humberto Sepúlveda comprobó que el ataúd no se podía subir. No resistiría. La madera estaba descolada y el fondo muy deteriorado por efecto de la humedad. La sepultura estaba recubierta por plomo y hormigón, y había ayudado a una mejor conservación, pero el paso de los años había dañado los materiales.

Merry leyó entonces el reglamento mortuorio para acusar al Gobierno de profanar la tumba de su abuelo. Fue entonces cuando dijo: «¡Que la maldición de desenterrar a un muerto caiga sobre vosotros!». Ninguno de los tres representantes del Ejecutivo replicó. Delgado describía después la escena, en la Cadena SER, como «muy oficial, muy institucional», sin querer hablar de «tensión».

La familia se negó en redondo a cambiar de ataúd, pese a que se había previsto uno nuevo. Quería que su abuelo saliera de la basílica con el mismo féretro de madera de 1975. Siguió un pequeño revuelo y las autoridades propusieron alzar la caja hasta el pavimento para decidir entonces si podría resistir el camino hasta el exterior. Entonces se amarró el ataúd a un tablón, para evitar que la tapa inferior quebrara. Se subió a la superficie con unas cuerdas, se verificó que, con cuidado, podría aguantar y se le puso encima un cubreataúd marrón que, como la plancha de madera, había previsto la funeraria. En ningún momento se abrió el féretro. Ninguno vio la estructura de zinc interna, tampoco los restos de Franco.

No hubo honores militares ni bandera nacional, a pesar de lo que dicta la ley. Pero el féretro sí fue cubierto, a petición de sus descendientes y con la autorización del Ejecutivo, con el escudo del Ducado de Franco que incorpora la Cruz Laureada de San Fernando, la máxima condecoración militar. Junto al estandarte, una corona de laurel adornada con la inscripción ‘Tu familia’ y dos lazos en forma de flor con los colores rojo y amarillo de la bandera, y con ella, un ramo de flores rematado con lazos también con los colores de la enseña nacional. Los Franco querían simular las cinco rosas de las que habla el ‘Cara al sol’, el himno de la Falange, según explicó el letrado de la familia, Luis Felipe Utrera-Molina.

Los nietos y bisnietos bajaron el féretro hasta el coche fúnebre, que ya esperaba a las puertas. El prior bendijo de nuevo los restos del ex jefe del Estado y sus deudos se santiguaron. «¡Viva España!», «¡viva Franco!», gritaron. El Gobierno no descarta abrir un expediente sancionador si considerase que se pudo incumplir la Ley de Memoria Histórica en algún momento.

En la parte superior de la escalinata, con rictus serio, observaban la escena Delgado, Bolaños e Hidalgo. «Todo estaba calculado al milímetro, hasta esa escenificación –aseguraban en el Gobierno–. Nosotros, separados de ellos, en otro plano».

Gran parte de la comitiva partió por tierra hasta Mingorrubio. También el subsecretario Antonio Hidalgo y el prior. Pero Francis Franco y el letrado de la familia, junto con Delgado, Bolaños y Oliver, se dirigieron hacia el aparcamiento donde estaba estacionado, desde las 11 de la mañana, uno de los dos Super Puma del 402 Escuadrón del Ala 48 del Ejército del Aire, el tipo de nave aérea que se utiliza para transportar autoridades.

Las cámaras captaron a Francis apuntando en su libreta, también sumergido en lo que parecía una discusión con el secretario general de la Presidencia. No era una bronca, explicaban en el entorno de este. Hablaban de cuestiones de intendencia, y la interlocución entre ambos, frecuente en las últimas semanas, se canalizó de forma «educada y normal».

Los operarios tardaron en anclar el féretro al helicóptero. Después penetraron en él Francis y Utrera, que se colocaron en los asientos individuales situados en la parte izquierda de la nave, junto a la ventanilla. En el pasillo se ubicó el ataúd. A la derecha de este, en la primera fila, la más próxima a la cabina de la tripulación, se sentaron Bolaños y la ministra. Esta, junto a la ventanilla derecha del Super Puma. Detrás de ambos, el escolta de la titular de Justicia y el secretario de Estado de Comunicación. A la izquierda del ex jefe del Estado, los Franco, y a su derecha, el Gobierno. La ubicación no era casual. Francis quería evitar todo contacto y diálogo con Delgado. No deseaba dirigirle la palabra. Y no charlaron durante el vuelo de 15 minutos. Por eso se decidió romper el protocolo y situar a la derecha del nieto varón mayor, al otro lado del pasillo, a Bolaños, y no a la ministra, pese a que tiene mayor rango institucional. Delgado confesaba en la SER que no había entablado conversación. «Le aseguro que me he abstraído de cualquier comentario. Estábamos viviendo un momento histórico».

El último momento de tensión se produjo ya en Mingorrubio, donde la comitiva llegó cerca de las tres de la tarde. Allí también operaba la prohibición de uso de móviles y cámaras, pero algunos familiares querían hacer uso de esos dispositivos. Se produjeron empujones y gritos de más con la Policía, y Francis espetó al agente un «usted no manda aquí, el que manda aquí es él», señalando al secretario general de la Presidencia, a Félix Bolaños, con quien la relación ha sido cordial en estas semanas, dentro del enfrentamiento a cara de perro con el Gobierno. Este recordó que estaba prohibido grabar.

En el panteón se ofició una misa concelebrada por el prior y el sacerdote Ramón Tejero. Entonces la familia sí desplegó la bandera con el Águila de San Juan sobre el féretro. El Gobierno no puso objeciones, puesto que era un espacio privado. Reinhumado el cuerpo del general, la Policía, gracias a un detector a distancia de metales, captó una señal que le llevó a pensar que Francis guardaba un boli cámara que pudo haber registrado parte de la ceremonia y se lo intentaron requisar, pero él no se dejó y los representantes del Ejecutivo ya se habían marchado. El último en hacerlo había sido Bolaños y antes había dejado el lugar la ministra. Fueron unos minutos retenidos y eso encolerizó a la familia, que defendía su derecho a tomar imágenes.

El Gobierno sostiene que nunca pensó en «humillar» a los Franco. Sí pretendió que la Ley de Memoria Histórica se respetase a rajatabla, pero sin caer en un trato denigrante con la familia. Los Franco, sin embargo, protestaron airadamente. Se quejaron del «impúdico circo mediático» montado alrededor de la exhumación, pensado para obtener «rédito electoral» del PSOE, y acusaron al Ejecutivo de «profanación». Francis, no obstante, reconocía que Delgado «se había portado muy dignamente». «Como todos nosotros, y no ha tenido por que haber ningún tipo de roce».

En el Gobierno había satisfacción plena. Todo había ido sobre ruedas, según lo previsto, sin ningún contratiempo. Calculado todo «al milímetro». Se había desplegado, a ojos de todo el mundo, un acto «sobrio, institucional», en el que sobre todo «lo importante» es el hecho: que Francisco Franco ya no está en el Valle de los Caídos.

Pedro Sánchez logra, a una semana del arranque de la campaña, un galón fundamental: una promesa cumplida. Y no una cualquiera, sino la de mayor calado simbólico desde su llegada al poder. La que pudo ejecutar, tras una larga batalla judicial, 16 meses después.

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