EL HOMBRE Y SU FE

Las monjas están ‘quemadas’ y el Vaticano crea ahora una residencia para las expulsadas por denunciar abusos sexuales

Las monjas están 'quemadas' y el Vaticano crea ahora una residencia para las expulsadas por denunciar abusos sexuales
Monjas católicas ante el Vaticano. PD

Lo identifican en inglés como ‘burnout’, que significa estar ‘quemado’ y es lo que según el suplemento femenino del «L’Osservatore Romano», el diario oficial del Vaticano, afecta como un epidemia a las monjas católicas de todo el mundo.

Y tiene efectos muy nocivos. Uno de ellos, el más evidente, es la drástica caída en el número de religisosas en el mundo.

Esta ‘fuga‘ se debe en parte a sus miserables condiciones laborales y a los abusos sexuales y de poder que sufren a manos de sacerdotes y de sus propias superioras.

No hace mucho, cuando el ‘Donne Chiesa Mondo‘ – de L’Osservatore Romano – todavía estaba dirigido por la ‘rebelde’ Lucetta Scarafifa, la revista desveló las condiciones deplorables que sufren muchas monjas en la Santa Sede, tratadas como auténticas sirvientas por cardenales y obispos.

En otro número, un valiente editorial denunciaba los abusos sexuales de sacerdotes a las religiosas y obligó al papa Francisco a reconocer por primera vez este fenómeno.

La publicación “Women Church World” dedica su edición de febrero al desgaste, trauma y la explotación que las hermanas religiosas han experimentado y cómo la Iglesia se ha percatado que debe modificar sus procedimientos si pretende atraer nuevas vocaciones.

La revista reveló el jueves que el Papa Francisco ha autorizado el establecimiento de una casa especial en Roma para monjas dadas de baja por sus congregaciones, quedándose prácticamente en la calle, ante lo cual algunas han sido obligadas a prostituirse para sobrevivir.

“Hay algunos casos en verdad difíciles, en los que los superiores retuvieron los documentos de identidad de las hermanas que querían dejar el convento, o de quienes fueron expulsadas”, dijo a la revista el cardenal Joao Braz di Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica del Vaticano.

“Hubo casos también en los que ellas se prostituyeron para sustentarse… ¡Se trata de exmonjas!”

“Tenemos a personas heridas de las que necesitamos recuperar su confianza. Debemos cambiar esta actitud de rechazo, la tentación de ignorar a estas personas y decirles ‘ustedes ya no son nuestro problema’”.

“Todo esto debe cambiar totalmente”.

La psicóloga y religiosa australiana Maryanne Lounghry, investigadora del Boston College y la Universidad de Oxford, asegura que cada religiosa debe tener una especie de código de conducta, una carta de acuerdo con el obispo o el párroco para poder decirle: ‘Sabe, trabajé 38 horas esta semana o no puedo trabajar el domingo y vuelvo el lunes, necesito un día libre’.

Un contrato de negociación te hace más fuerte”.

La religiosa australiana cree que también deberían darles ciertos beneficios para invertir en su bienestar, como dos semanas de vacaciones, una paga, una situación de vivienda digna, acceso a Internet o incluso un año sabático después de cinco años trabajando contínuamente.

“Un trabajo seguro durante un año me da paz y tranquilidad, así como saber que no me pueden enviar al otro lado del mundo en ningún momento, o cuándo puedo ir de vacaciones. Sin embargo, si no conozco los límites de mi compromiso, no puedo controlar el estrés. No tener el control de la vida de uno, no poder planear, socava la salud mental. Trabajar en la ambigüedad, sin ciertas reglas, puede hacer que me sienta intimidado, abusado, molestado”.

La Iglesia católica ha visto una persistente caída en el número de monjas en el mundo por el fallecimiento de las hermanas ancianas y la disminución de las mujeres jóvenes que las sustituyen.

Las estadísticas del Vaticano de 2016 muestran que el número de hermanas disminuyó en 10.885 respecto del año previo, a un total de 659.445 a nivel global. Diez años antes, había 753.400 monjas en el mundo, es decir, la Iglesia católica perdió casi 100.000 hermanas en una década.

Las cifras para Europa suelen ser las peores en este aspecto, mientras que en América Latina se mantienen estables y en Asia y África van en ascenso.

La revista ya ha ocupado titulares noticiosos previamente por sus artículos en los que ha expuesto los abusos sexuales de monjas a manos de sacerdotes y las condiciones casi de esclavitud en las que a menudo las hermanas son obligadas a trabajar: sin contratos, y algunas haciendo labores serviles de limpieza para cardenales.

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