Miguel E. Hesayne es el obispo emérito de Viedma (Argentina)

Monseñor Hesayne: “Veo a la Argentina sumida en un gravísimo pecado social-eclesial”

“La Iglesia no es para sí misma, es para el mundo que le toca vivir”

Monseñor Hesayne: “Veo a la Argentina sumida en un gravísimo pecado social-eclesial”
Monseñor Hesayne

Si la Iglesia no retoma el dinamismo del Vaticano II, con cambios universales, profundos y rápidos en las estructuras pastorales vigentes, dentro de unos pocos años la mayoría de nuestros templos se habrán convertido en piezas de museo

(Emilio Rodríguez Ascurra).- Quien realiza la afirmación del título es Monseñor Miguel Esteban Hesayne, actualmente Obispo Emérito, a los 87 años. Fue Obispo de Viedma y un defensor de los Derechos Humanos, reconocido en numerosas oportunidades. Considera su compromiso social, que continúa vigente, no como un acto de caridad por quienes lo necesitan, sino una actividad propia de su ministerio sacerdotal.

Rehúsa dar entrevistas, prefiere el silencio, el perfil bajo. Cuando se le propuso esta nota, con motivo del Año Sacerdotal, su respuesta fue: «Desde mi pobreza daré mi testimonio. No puedo negarme a seminaristas». Su humildad, su responsabilidad a la hora de responder a las preguntas y su generosidad, están plasmadas en esta entrevista. Su visión contemporánea de la Iglesia post conciliar resulta impactante, y su agudeza, crítica, pero con ánimo constructivo, lo convierte en un auténtico Pastor, preocupado por sus ovejas.

-¿Cuántos años han pasado desde su Ordenación sacerdotal? ¿Qué lo impulsó a seguir a Cristo?

-Fui ordenado sacerdote el 12 de diciembre de1948. Es decir, llevo 61 años y cuatro meses. El seguimiento a Jesús lo fui clarificando en los años cursados en el Seminario Menor San José de la Plata. Y de modo particular, en conversaciones con mi Director Espiritual.

Con relación al llamado y seguimiento a Jesús, puedo decir que, con los años, no me cabe duda alguna de que Dios, desde toda la eternidad, ha pensado en mí para esta vocación de sacerdote de Jesucristo. Esta gracia de una claridad, a partir de la impensada designación episcopal, es una indecible fuente de entusiasmo y alegría «para servir y dar la vida» a favor de hermanas y hermanos que Jesús me va encomendando para gloria y alabanza de su Nombre.

-¿Cómo ve y siente la realidad argentina?

-La veo sumida en un gravísimo pecado social-eclesial. La muerte de un sólo niño por desnutrición es una noticia trágica en todo tiempo, y en cualquier parte de la tierra. Pero, si ocurre en un país rico, y las muertes se multiplican por miles, a causa de estar mal alimentados desde el seno materno, nos encontramos ante un crimen de lesa humanidad. La Argentina que produce anualmente alimentos para 300 millones de seres humanos es la Argentina en la que la mayoría de sus habitantes están bautizados en la Iglesia Católica. Es la Argentina que se ha volcado a las calles de las ciudades por donde ha pasado el Papa para aclamarlo. Es la Argentina cuyos dirigentes han jurado por los Evangelios, y han sido honrados y condecorados por el Vaticano. Es la Argentina que tuvo la delegación más numerosa de políticos que peregrinaron a Roma para el Jubileo. Es la Argentina cuyos dirigentes -políticos, empresarios, economistas, financistas- son, en notable mayoría, ex-alumnos de colegios y universidades católicas, han «tomado la primera Comunión», han recibido el Sacramento de la Confirmación y se «han casado por la Iglesia». Es la Argentina en la que el Gobierno de turno siempre quiere estar en buenas relaciones con la Iglesia Católica (claro está, entendiendo por Iglesia al Episcopado), y hasta peregrina a la Basílica de Luján…

Esta Argentina, rica, y con una tercera parte de sus habitantes insertos en la miseria, padece una esquizofrenia de espiritualidad cristiana que, a la luz del Concilio Vaticano II, se identifica con el «pecado del dualismo entre Fe y Vida». Debido a esta esquizofrenia social religiosa es que veo a la Argentina, desde hace tiempo, en un gravísimo pecado social-eclesial.

-¿Qué le diría a la Iglesia en la actual coyuntura?

-Que se ponga la Patria al hombro», según la feliz expresión del Cardenal Bergoglio. Para esto, la Iglesia – pastores y fieles – ha de tomar conciencia de su ser y misión, en cuanto «comunidad signo e instrumento del Reino» (Lumen Gentium, Constitución del Concilio Vaticano II 1963-1965).

Desde el fondo de la historia de salvación, Dios salva-libera al género humano, desde dentro de un pueblo. Más aún, cuando suscita a un dirigente, es en vista a que éste, a su vez, suscite a la comunidad, y que esta «comunidad» sirva al pueblo… La Alianza es con el Pueblo, por esto Angelelli, nuestro Obispo mártir, repetía: «si la Iglesia quiere seguir siendo fiel a Jesucristo debe seguir siendo Pueblo».

Para tomar un texto profético, entre muchos, que ilumine la situación socioeconómica y política de caos en el país (ahora con una lucecita de esperanza), la Iglesia en la Argentina ha de escuchar a Dios en Joel (2, 12 y ss.), entre muchos profetas. Este clama en nombre de Dios, la conversión del corazón, y no simples prácticas religiosas; que los pastores convoquen a reunión, que «congreguen al pueblo» a la espera del torrente del Espíritu que transformará a niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, en iluminados y visionarios de un porvenir digno de ser vivido por los seres humanos…

La Iglesia en la Argentina ha de actualizar, en esta decadencia nacional, el encuentro con el Resucitado en el Monte de Galilea, acrecentando su FE en su Señor que, constantemente, la convoca a reunión, y la envía a anunciar la salvación: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos»(Mateo 18, 19).

La Iglesia en la Argentina ha de revivir, día a día, el hecho de Pentecostés, recreándose en comunidades orantes y operantes, comunidades-testigos, empapadas en el Evangelio, animadas por la «energía pascual». Su servicio no puede limitarse a los actos de culto religioso, sino que deben ser comunidades que «sirvan» para regenerar el tejido social del pueblo argentino, fomentando una convivencia fraternal, con solidaridad real, hecha de justicia, equidad, sinceridad, respeto, defensa y promoción de toda la gama de los Derechos Humanos.

La Iglesia en la Argentina ha de recuperar el discipulado y el seguimiento a Jesucristo, como Señor de la Iglesia y de la Historia, a través de una red de comunidades eclesiales. Porque Dios es el que salva, pero no salva sino por Jesucristo, y Jesús salva, por vía ordinaria, mediante la Iglesia, cuando la Iglesia es Comunidad Pascual.

Personalmente, sostengo, desde hace tiempo, que la raíz profunda de la crisis social-político-económica-cultural que la Argentina viene padeciendo, no es simplemente una crisis moral; es una crisis mucho más honda y grave, es una aguda crisis de fe en Jesucristo y su Evangelio, porque ha sido originada por sus dirigentes, en su mayoría, «se dicentes» católicos. Más aún, católicos cumplidores, de misa dominical por una parte, y, por otra, con ideologías y normas de conducta -en lo personal y familiar, en lo profesional, en sus tareas empresariales y gubernamentales – emanadas de doctrinas contrarias al Evangelio del Señor de la Iglesia, y hasta condenadas, en forma explícita, por el Magisterio Eclesial: Neoliberalismo, Doctrina de la Seguridad Nacional… (Puebla 437- 547-549 /// Iglesia en América. N° 56)

La Argentina necesita de una Iglesia que vuelva a tomar conciencia, desde las bases hasta sus pastores, de que es el Nuevo Pueblo elegido. Y este se realiza como tal, en la medida en que es la Comunidad de los creyentes en Jesús, muerto y resucitado (LG), que es la servidora de los hombres y las mujeres de su tiempo (GS), invitándolos a sentarse en primerísima instancia a la «mesa de la Palabra» (DV), para participar luego de la «mesa del Pan del Cielo»(SC).

Misa-Eucaristía, celebrada como punto de partida de un compromiso social-económico-político, con criterios y actitudes evangélicas, asumidos en conciencia personal para proyectarlos en la construcción de la sociedad. Es el efecto transformante de la Eucaristía que enseñan los manuales de teología sacramental, principalmente, después de la Constitución Conciliar Sacra Liturgia.

Quiero ser muy concreto y sincero; no pretendo hacer una crítica barata ni cruel, tampoco aguada. La Iglesia en la Argentina no se ha renovado suficientemente, según las pautas del Concilio Vaticano II. Por esto, ha quedado a mitad de camino con relación a la meta de «volver a las fuentes» que le señaló Juan XXIII, al convocar el Concilio a pesar de Medellín y Puebla y del N° 30 del Documento de Santo Domingo, donde, con una claridad y osadía dignas de una moción fuerte del Espíritu del Resucitado, se afirma:»La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio. Lo toca todo, y a todos, en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismo que hagan presente, cada vez con más claridad, a la Iglesia, en cuanto signo eficaz…»

Los años que tengo, y las ganas de ser fiel a Jesucristo y a su Iglesia, me obligan a manifestar que, si la Iglesia Católica no retoma el dinamismo del Concilio Vaticano II, con cambios universales, profundos y rápidos en las estructuras pastorales vigentes, dentro de unos pocos años la mayoría de nuestros templos se habrán convertido en piezas de museo, y las parroquias jurídicas en un listado nominal de Boletines Diocesanos.

-¿Cómo considera que debe la Iglesia retomar el dinamismo del Concilio Vaticano II?

-Urge una doble actitud pastoral para que la Iglesia, en la Argentina, se deje llevar al empuje de renovación evangélica que impulsó el CV II, exhortando a la Iglesia «a ponerse al día» como servidora. En nuestro caso, el de la sociedad argentina, al nivel de pastores y dirigentes eclesiales, una relectura estudiosa y orante de las Constituciones Conciliares, asumiendo más el espíritu que la letra, para adquirir un lúcido discernimiento de los signos de los tiempos, en fidelidad al Evangelio. De este modo, se generará una permanente disponibilidad al cambio, en vista a transformarse cada parroquia jurídica en una red de comunidades, y cada comunidad viviente en signo e instrumento del Reino, a fin de construir la historia de la salvación a través de la historia personal, familiar, social y barrial. Es preciso salir de un «ecleciocentrismo» para caminar hacia un «reinocentrismo». La Iglesia no es para sí; por el contrario, es para el mundo que le toca vivir, sembrando semillas del Reino en la cotidianidad de la historia humana. Por eso mismo, urge el paso pascual de una Iglesia piramidal a una Iglesia comunional a todo nivel… En el proyecto de Jesús, todos los bautizados somos Iglesia, ya que todos hemos sido llamados por El. Las diferencias son funcionales o ministeriales, es decir secundarias. No somos Iglesia en cuanto individuos, sino en cuanto miembros de una «comunidad», partes del Nuevo Pueblo de Dios. Repito, nadie cuenta más que nadie, porque las diferencias de sexo, raza, condición social, etc., no cuentan frente a la igualdad fundamental de ser llamados a formar la «comunidad de los creyentes en el Resucitado» para ser testigos-miembros de la comunidad-pueblo de Dios (la gran lección que dan los Hechos de los Apóstoles como paradigma del ser y la misión de la Iglesia de Jesucristo).

Al nivel de la feligresía en general, se debe asumir el axioma pastoral de que no «hay vida cristiana sin comunidad». Mediante una insistente catequesis popular, se ha de desterrar de la mayoría de los católicos la mentalidad de Iglesia «supermercado religioso» (se va a pedir una bendición… un sacramento… Se lleva a los niños a la catequesis para que «hagan la primera comunión»). La pertenencia real a la Iglesia Católica es la pertenencia a la Comunidad de quienes creen en el Resucitado.

Urge volver a vivenciar que la Iglesia es «Pueblo» convocado por Jesús… quien muere y resucita para REUNIR a los que estaban dispersos (Jn.11, 32). Urge volver a vivenciar Mateo 18, 19-20 -texto originante de Iglesia de Jesucristo-: «cuando dos o tres se reúnan en mi nombre», yo estaré ahí. Para volver a esta mentalidad de «Iglesia Comunidad de creyentes en Jesús muerto y resucitado» se requiere un largo y urgente proceso de catequesis evangelizadora, que conlleva una perseverante acción pastoral, incluido el cambio de mentalidad de los pastores. En el inconsciente de no pocos pastores y de la feligresía católica en general subsiste la definición de San Belarmino: «La Iglesia, asociación de los fieles creyentes cuya cabeza es el Papa». Este «inconsciente de cristiandad» asoma en cuanto Programa o Movimiento se presenta o se organiza descuidando, de hecho, el sujeto y el objeto de la acción pastoral, es decir: la Iglesia – Pueblo -Comunidad de creyentes en Jesús, muerto y resucitado.

-Muchos otros factores externos entran en conflicto con el anuncio de la Iglesia -comunidad, ¿cómo se debería «hacerles frente»?

-No tengo otra respuesta sino recordarles lo que hizo la Iglesia de los orígenes cristianos frente al Imperio Romano, y cuya síntesis paradigmática encontramos en Hechos 2, 42-47: se reunían para escuchar la Palabra de Dios, se reunían para iluminar la realidad del pueblo, se reunían para celebrar los misterios sacramentales -de modo particular la Eucaristía – a los efectos de fortalecerse con el mismo «Poder de Dios» y, así, ser capaces de compartir la vida recreando nuevas relaciones fraternas.

Hace más de cincuenta años que me empeño en encontrar métodos para formar militantes católicos. Ordenado sacerdote, fui asesor de la Acción Católica y del Movimiento Familiar Cristiano y de Cursillos de Cristiandad… Intenté poner en práctica, siendo párroco en diversas parroquias, cuantos planes de renovación han surgido, antes y después del Concilio, y llego a la conclusión de que todos estos ingentes esfuerzos, como así también los programas de pastoral del Episcopado, caen en una especie de «agujero negro» pastoral. Falta el sujeto y el objeto de una real evangelización: la comunidad pascual. Falta promover o fortalecer la comunidad de Fe en Jesús muerto y resucitado como primerísima instancia de la evangelización cristiana y, a su vez, falta tener a flor de conciencia el objetivo primordial de ésta, que es la Comunión.

¿Qué está pasando? A mi juicio, en la Iglesia no se ha desterrado el «inconsciente de cristiandad». Y entonces, no es una real «nueva» evangelización la que se proyecta, sino que sigue la «vieja», un tanto remozada… maquillada… No se tiene en cuenta la advertencia de Jesús de que a «vino nuevo»… «odres nuevos»… En orden a una real y efectiva «nueva evangelización» hay que atender a la conversión del corazón y al cambio de estructuras en forma simultánea. Las estructuras pastorales que se han ido construyendo durante la «cristiandad» no responden a una Iglesia que debe evangelizar una sociedad de hecho no cristiana, aunque bautizada en su mayoría, y en la que la mayor parte de sus miembros no están catequizados. Hay que evangelizar hasta el mismo concepto de «Iglesia», desterrando «reduccionismos» que esterilizan la acción evangelizadora, como es el caso de reducir la «Iglesia» al episcopado…

Seamos pastoralmente sinceros y honestos. Cuando tenía 18 años leí «La Esencia del Cristianismo», de un teólogo católico alemán, Karl Adam, donde, en forma terminante, afirma que la Iglesia Católica ha venido predicando «un cristianismo sin Cristo». Así nuestras parroquias perdieron su ser de «comunidad de creyentes en Jesús muerto y resucitado» y su «fuerza» evangelizadora, su «energía pascual». De esta manera, han quedado reducidas, en su generalidad, a ser «centros» de culto religioso y de enseñanza moralizadora. Ya no se distinguen por ser comunidades-testigos del Resucitado, lugar de comunión visible, dispuestas a compartir en fraternidad, buscando la «gloria de Dios en que el hombre viva en dignidad» (San Ireneo).

La estructura sencilla y dinámica de la Comunidad Eclesial de Base posibilita la formación, personal y comunitaria a la vez, de los integrantes de una comunidad a medida humana. Cada miembro de ese grupo comunional entra en un proceso de Fe, que es seguimiento a Jesucristo y conversión al Evangelio, a través de la cotidianidad de la vida. Así, va surgiendo un grupo comunitario, discípulo del Resucitado, cuyos criterios y actitudes va sembrando en las estructuras socio-económico-políticas del barrio, del trabajo, la profesión, o la militancia sindical o política. Así, va surgiendo una Iglesia levadura-sal-luz, desde dentro mismo de la sociedad, y se cumple el anhelo de Puebla, que reclama para la evangelización de Latinoamérica, que surjan hombres y mujeres del corazón de la Iglesia al corazón del mundo, y del corazón del mundo hacia la plenitud del Reino.

A medida que la Iglesia, desde cada parroquia, se transforme en una red de Comunidades Eclesiales de Bases (CEBs), se cumplirá el «misterio» de Iglesia de Jesús, que viene de lo Alto, pero que surge de la sociedad humana, transformándola en Pueblo de Dios. Es la Iglesia que escucha, celebra y comparte de modo especial la Eucaristía, con la misma intención con que Jesús la instituyó en la última Cena.

Actualmente, en nuestros templos, en general, se «va a misa» como se sube a un ómnibus, en el cual todos los pasajeros son conducidos hacia una misma dirección sin mirarse, sin dialogar, a fin de «hacer encuentro de familia de Dios». Una Eucaristía que no finaliza en una conversión personal y comunitaria al Evangelio, en un compromiso familiar, socio-económico-político, es una misa inconclusa…Para Jesucristo, lo que cuenta no es solo ir a misa… sino cómo se sale de ésta.

 

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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