Esta tradición que vive, busca y sigue luchando a la par de los olvidados, de los desconectados y marginados merece y clama por ser transmitida, compartida y celebrada
(Pedro Pablo Achondo, en Reflexión y Liberación).- «Hay un sujeto social que recibe y transmite las enseñanzas de los mayores. La continuidad de esa transmisión garantiza la estabilidad de determinada Religión. Si eso se rompe, la Religión entra en crisis» (J.B. Libanio, sj) Esta afirmación lúcida de Libanio me da pie para dar cuenta de un vacío generacional y sus inmensas (y perjudiciales) consecuencias.
No es díficil constatar una brecha generacional entre aquellos que no solo soñaron con el otro mundo posible, sino que también trabajaron -hasta dar la vida- en su construcción; y aquellos jóvenes -y no tanto- que en nuestros días piensan, debaten, discuten, escriben, salen a las calles, son generadores de opinión en las redes sociales, lideran marchas, participan en foros mundiales y viven la vida cotidiana con la sensación de que ahora sí es posible -no sin desencanto y enfado.
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