Pido a Dios que me muestre posibles soluciones para poder saciar la sed de tanta gente a quien la sociedad olvidó y a veces hasta la propia Iglesia, que no siempre ha visto la misión universal como un problema común
(L.M. Modino).- En estos días en que se cumple un año de la elección de Francisco he estado reflexionando sobre la llamada continua que él nos hace a estar presentes en las periferias y las dificultades prácticas, reales, para que esto sea así dentro de la estructura eclesial que tenemos, especialmente en territorios de misión.
No es fácil acompañar el día a día de las comunidades en algunas circunstancias y lugares. Digo esto a partir de mi propia experiencia vital, sacerdotal, misionera, de las dificultades que encuentro para llegar a los lugares más lejanos, a las periferias. Desde el mes pasado acompaño las comunidades de dos parroquias diferentes, entre las que hay unos 200 kilómetros de distancia, superando las cincuenta comunidades. En total son más de 35.000 personas, esparcidas en 2500 kilómetros cuadrados, y, la verdad, uno se siente desbordado ante tanta distancia, gente, comunidades…
A esto se une la presión constante que las iglesias, o más bien sectas, pentecostales realizan cada día sobre la gente. Financiadas con dinero estadounidense han conseguido crear una nueva mentalidad en muchos lugares y personas de toda Latinoamérica, instaurando un pensamiento individualista que se hace presente no sólo en la vivencia religiosa, sino también en la vida del día a día. Ayer conversaba con alguien que tiene una empresa y me constataba cómo los empleados que forman parte de estos grupos son totalmente despreocupados con los problemas comunes, de la propia sociedad.
¿Cómo combatir esto? Haciendo un incentivo constante a ver la vida y vivir la fe desde una dimensión comunitaria. Pero para eso necesitamos evangelizadores/as que se hagan presentes en cada comunidad y que sean aceptados/as por la gente como instrumentos de Dios. Constantemente busco caminos que me den la posibilidad de acompañar la vida de la gente, de un modo o de otro, elementos que ayuden a cada persona a sentir la cercanía de un Dios que quiere estar en la vida de cada hombre y mujer. Poco a poco vamos consiguiendo avanzar, dando pasos, mayores o menores, pero significativos.
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