Adrián y Wilson, acribillados a balazos

Asesinados dos defensores de los derechos de los emigrantes

"Por la memoria de nuestros compañeros no permitiremos que su sangre sea derramada en vano"

Asesinados dos defensores de los derechos de los emigrantes
La bestia y los emigrantes mexicanos

Por el camino del migrante, hay personas como ellos, solidarias, empáticas, cariñosas, entregadas al otro, a su hermano

El domingo 23 de noviembre, aproximadamente a las 17:30 horas, en el municipio de Tequixquiac, Estado de México, fueron asesinados después de llegar de dar de comer en las vías, dos defensores de derechos humanos de migrantes. Adrián, quien desde hace más de seis años brindaba ayuda humanitaria a las personas migrantes en tránsito por México en el zona de Tequixquiac y Huehuetoca, y Wilson, migrante de origen hondureño regularizado en México por visa humanitaria al ser testigo en una denuncia contra el crimen organizado que opera en la zona.

Estos hechos representan un caso muy grave de ataque a defensores de derechos humanos de migrantes. Es la primera vez que en México ocurren amenazas de muerte y hostigamiento de grupos delincuenciales que controlan la ruta migratoria de centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos llegan al extremo al privar de la vida humana a dos personas que enfocaban su labor diariamente en el apoyo a las personas migrantes.

El actuar de las bandas criminales en el corredor migratorio Lechería-Huehuetoca-Tequixquiac-Apaxco-Bojay han sido denunciadas pública y penalmente de manera constante desde hace varios años por diversos organismos de derechos humanos ante instancias municipales, estatales y federales sin que se haya realizado una estrategia real y efectiva por parte del estado mexicano para lograr detener la ola de abusos, delitos y violaciones a derechos humanos de las que son objeto las personas migrantes y el grave riesgo que corren defensores, defensoras, voluntarias, voluntarios y personas de la sociedad civil que brindan ayuda humanitaria en la zona y en todo el país.

La muerte de Adrián y Wilson, desgraciadamente, cristaliza la omisión del Estado para generar condiciones para que las personas defensoras puedan realizar su labor sin arriesgar su vida. Labor que es fundamental debido a que las personas migrantes en tránsito por nuestro país se encuentran en un total estado de vulnerabilidad e indefensión derivada de la política migratoria mexicana que no cuenta con una estrategia de atención hacía esta población con una visión de respeto a los derechos humanos. Por lo tanto exigimos que las autoridades resuelvan el caso de manera inmediata y brinden seguridad a las personas migrantes, defensores, voluntarios y sociedad civil que brinda ayuda humanitaria en la zona.

Adrián, de 39 años, nació y vivía en Tequixquiac, Estado de México, un municipio en el que cruzan las vías del tren de carga que transporta a miles de migrantes que arriesgan su vida para poder llegar al «sueño americano» y brindar a su familia un futuro más digno. Trabajó algunos años en el tren y ahí se dio cuenta de lo dura que es la travesía y decidió, hace poco más de 6 años dedicar gran parte de su vida a brindar ayuda humanitaria a sus hermanos migrantes, «mis niños migrantes» como les decía.

Adrián no es una persona con dinero, su familia vive en una casa humilde, muy bonita, colorida y con muchas plantas que su madre cuida todos los días; montaba vals de XV años para mantenerse y junto con su dinero y el apoyo de su familia y amigos, todos los días en la mañana y en la noche llevaba al basurero municipal de Tequixquiac (un espacio donde el tren cambia de vía y baja la velocidad) café, a veces pan, a veces arroz y frijoles, a veces tortas para las y los migrantes que esperaban en este espacio descampado poder subirse a la bestia que los llevaría a su destino.

Adrián era una persona conocida en el pueblo por su personalidad desinhibida, el cabello largo y pintado de rubio, su facilidad de palabra y su don de gente. En su camino saludaba, en cualquier lugar por el que se paraba alguien le daba una sonrisa. Todos sabían que se dedicaba ayudar a los migrantes. Gracias a que se llevaba bien con todos -incluyendo paramédicos y algunos patrulleros-cuando un migrante estaba enfermo, se había herido o necesitaba algo, podía llamarles y pedirles que los curaran o los llevaran al hospital.

Le partía el alma ver mujeres y niños en las vías. Cuando por fin pudo comprar una camioneta «chocolate» y llevarla al municipio, en días de mucha lluvia o mucho frío iba al basurero y los subía para que esperaran ahí hasta que mejorara el clima pues en este espacio de las vías del tren sólo hay pequeños campamentitos improvisados por los migrantes con plásticos y piedras que les ayudaban a guarecerse.

Adrián pertenece a la comunidad LGBT y hace poco más de dos años conoció a Wilson de 29 años de nacionalidad hondureña que iba camino al norte y como muchos, que ven el camino demasiado complicado decidió quedarse en México.

Wilson era un hombre alto, flaco, callado al principio pero muy atento de lo que pasaba, un buen conductor de la camioneta que a veces estaba a punto de quedarse atascada en el fango del camino de terracería que lleva al basurero y que tuvo que desarrollar esas habilidades porque la lluvia no detenía la misión de esta pareja. Ir a dar comida a las vías.

Wilson tenía contacto con su familia pero hace muchos años que no los veía, ¿cómo arriesgarse a salir del país e ir a Honduras con el riesgo de que en el camino de regreso te maten, te asalten o te deporten? Trabajaba en el mismo municipio, hacia labores de chalan. Al consolidar su relación con Adrián sabía que ayudar a los migrantes sería su forma de vida.

Los dos hacían un buen equipo, Wilson era práctico, reaccionaba rápido, bajaba ollas,prendía fogatas, llenaba botellas de agua junto a las vías del tren, Adrián era más cariñoso, platicaba más, revisaba si la gente venía enferma, si estaba herida.
Traían su botiquín en una bolsa de tela, algunas gasas, alcohol, guantes, algodón, alguna aspirina. Lo que podían, para lo que les fuera alcanzando; aprendieron a curar pies agrietados de tanto caminar y lo hacían sin pena, sin preocupación, hábilmente.

Por el camino del migrante, hay personas como ellos, solidarias, empáticas, cariñosas, entregadas al otro, a su hermano que es vulnerable, que se quitan los zapatos cuando ven alguien que ya no puede caminar. Pero también hay bandas del crimen organizado, coludidas con las autoridades, bien estructuradas que cuentan con sus halcones que van vigilando el camino, que van viendo a quien pueden asaltar, secuestrar, amenazar.

Tequixquiac no es un espacio libre de esto. Al igual que todo el corredor migratorio, cada vez más, el crimen organizado se hacía presente: camionetas sospechosas, todos los días historias de asaltos, de extorsiones. Esa realidad se fue insertando en el trabajo cotidiano de Adrián y Wilson; aprendieron a vivir con eso, a estar con los ojos bien abiertos, comenzaron a tejer redes con organizaciones de la sociedad civil que les fueron explicando cuándo hay una violación a derechos humanos y cuál era el teléfono de la comisión estatal para que fuera a levantar una queja. En las vías no puedes sólo dar de comer, la ola de abusos te hace involucrarte en denuncias, en pequeños acompañamientos.

Adrián y Wilson fueron siempre buenos compañeros de trabajo, se comunicaban constantemente, apoyaron de manera directa y constante el trabajo del comedor y albergue San José en Huehuetoca desde su creación hasta su cierre. Daban entrevistas a los medios de comunicación denunciando las condiciones en que los migrantes se encontraban, fortalecieron sus capacidades para hacer cabildeo político en el municipio para que hubiera patrullas dando una vuelta de vez en cuando por el basurero. Pero la respuesta del Estado, siempre fue ineficiente, nunca fue suficiente.

En febrero de 2014, un grupo de maras intentó asaltar a 20 migrantes que estaban en el basurero. Los migrantes se hartaron, se armaron de valor y se defendieron, retuvieron a uno de ellos, lo entregaron a la policía que lo dejó libre antes de llegar al MP, se les fugó de la patrulla, dijeron.

Antes de esto, cuando lo tenían retenido, una camioneta les disparó, corrieron y se escondieron tras la camioneta de Adrián y Wilson y la camioneta que los agredió se fue. Estos hechos fueron denunciados antes las autoridades y Wilson se presentó como testigo denunciando a las bandas del crimen organizado y explicando qué había pasado ese día. La denuncia se hizo frente a SEIDO, la CODHEM tenía también conocimiento del caso. Wilson obtuvo hace 20 días su visa humanitaria precisamente por eso, por fin tenía papeles.

Las amenazas se incrementaron, entre marzo y abril Adrián y Wilson tuvieron que bajar su perfil, dejar de ir a las vías, lo cual los tenía angustiados todos los días «¿qué estarán comiendo?, seguro tienen frío»…Cuando las cosas se tranquilizaron regresaron a sus labor de ayuda humanitaria, más atentos, pero sin dejar de trabajar, no podía ser de otra forma, ellos no iban a abandonar a sus hermanos. Las camionetas sospechosas pasaban de vez en cuando, los coyotes, los halcones haciéndose pasar por migrantes. Se pidió apoyo desde el Colectivo Ustedes Somos Nosotros a la presidencia municipal, le mostramos nuestra preocupación, dijeron que se harían cargo, que habría una patrulla acompañándoles, pero este apoyo nunca fue constante.

El domingo 23 de noviembre, Wilson y Adrián junto con un grupo de voluntarios fueron a las vías a dar de comer, como todos los días. Los jóvenes se retiraron y ellos fueron a casa de la madre de Adrián, como siempre, tenían una relación sumamente cercana. Estacionaron el coche donde siempre, a 20 pasos de la casa frente a una casa deshabitada; saludaron a la madre y se quedaron unos minutos en el coche, platicando. Eran aproximadamente las 17:50 hrs. cuando se escucharon balazos, la familia salió corriendo, vieron a dos o tres tipos a pie que huían por un callejón y se perdían, sabían perfectamente lo que estaban haciendo, por donde salir, todo.

Adrián recibió tres disparos, uno en la sien, otro en el corazón y otro en la pierna, murió inmediatamente en el asiento del copiloto. Wilson recibió 5 disparos, en la barbilla, el corazón, el pulmón, el estómago y la mano, la ambulancia alcanzó a llegar por él pero murió a las 3:30 am del día siguiente en el hospital de especialidades de Zumpango. Los doctores explicaron que les dispararon a quemarropa, sabían lo que hacían, iban a matarlos.

La escena del crimen, ya no se encuentra acordonada, hay vidrios rotos en el piso, dos impactos de bala en la casa deshabitada, unas gotas de sangre en el suelo, el MP de homicidios en Cuautitlán decía, hasta el lunes 24 de noviembre, que no tenían línea de investigación ¿a poco si es peligrosa esa zona? Preguntaron…ahora resulta que las autoridades no saben que las bandas delincuenciales que matan, asaltan y secuestran migrantes actúan impunemente en el Estado de México.

El cuerpo de Adrián fue entregado a su familia el lunes 24, fue velado y ayer en la tarde enterrado entre lágrimas y una sensación de dolor e impotencia inconmensurable. El cuerpo de Wilson sigue en el SEMEFO de Zumpango, esperando su repatriación, ahí, sólo.

Adrián y Wilson no debieron morir. Las autoridades en todos sus niveles saben cuál es la situación de la zona y no han querido actuar, no han dado seguridad a los migrantes ni a los defensores, son responsables de estas muertes por omisión.
Adrián y Wilson no debieron morir. Cumplían la función de un estado que abandona a su población mexicana y a la extranjera que cruza nuestro país buscando un futuro mejor para sus familias; salvaron vidas, permitieron que la gente no sólo comiera sino que se sintiera querida, apreciada.

Adrián y Wilson no debieron morir; como tampoco debieron morir los miles de migrantes sin rostro y sin nombre, como los 72 migrantes encontrados en San Fernando, como los cientos que son buscados por sus madres.

Adrián y Wilson no debieron morir; como tampoco debieron desaparecer los más de 20 mil desde que empezó la guerra contra el narco, como los 43 estudiantes de Ayotzinapa, como los que luchan por defender lo suyo, su tierra, su bosque, su agua, su comunidad.

Hoy, perdimos a dos defensores, a dos amigos queridísimos, entrañables. Hoy dos madres y dos padres perdieron a sus hijos, hermanas y hermanos, abuelos, tíos, sobrinos perdieron a su familia. Hoy los migrantes perdieron dos manos llenas de cariño

Hoy, este dolor llueve rabia, intensamente, lo sentimos así, cerquita, de frente.
Hoy decimos ya basta de impunidad, de violencia, de omisión, de complicidad, no vamos a permitir que esto siga sucediendo, estamos hartos, estamos cansados y exigimos al Estado que haga lo que le corresponda; no más, no menos, simplemente lo que le corresponde. Porque no vamos a aguantar más; por la memoria de nuestros compañeros no permitiremos que su sangre sea derramada en vano.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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