"No a los faroles de calle y oscuridad en casa"

¿Y después de las marchas por la familia en México?

"Las marchas ahora deben ir a largo plazo para tender puentes y tejer lazos solidarios"

¿Y después de las marchas por la familia en México?
Manifestación pro familia en México

Cada familia, como actor social, tiene la capacidad y el derecho de intervenir políticamente en la cosa pública

(Guillermo Gazanini, corresponsal en México).- El sábado 10 de septiembre, millones de ciudadanos marcharon en favor de la familia contra las políticas que pretenden el virtual desmantelamiento de la institución del matrimonio y en repudio a los atentados contra el derecho exclusivo de los padres para educar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones. Al concluir cada manifestación fueron leídos sendos posicionamientos en defensa de la institución familiar y el rechazo de proyectos de ley para reconocer constitucional y civilmente las uniones del mismo sexo como si fueran matrimonios.

Representantes de la comunidad LGBT y activistas a favor del matrimonio igualitario habían llamado a foros de discusión para advertir del presunto socavamiento del Estado laico. El miércoles 7 y jueves 8 de septiembre, legisladores, académicos y miembros de iglesias reclamaron la urgencia para detener, según ellos, el resurgimiento del «fundamentalismo» católico por el apoyo de la Iglesia al Frente Nacional por la Familia.

La comunidad LGBT anunció protestas a las afueras de Catedral metropolitana a la par de la misa dominical celebrada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera. Exigían su «destitución» siempre bajo propagandas mediáticas para recoger «miles de firmas» en plataformas virtuales. En el delirio de la ultraizquierda y su búsqueda subrepticia de culpables, medios y especialistas advirtieron de oscuros intereses de la ultraderecha católica y grupos oscuros moviendo los hilos de las marchas contra el estado laico mexicano.

Según la cifra rebasó el millón de personas en 75 ciudades; si bien la Conferencia del Episcopado Mexicano apoyó moralmente las movilizaciones convocadas por el Frente Nacional por la Familia, la jugada fue hecha para desvanecerse como organizadores directos e involucrar más el peso de la sociedad civil capaz de incidir en libertad ciudadana sin amenazas pseudolegales contra ministros de culto.

Las Arquidiócesis de México y de San Luis Potosí dejaron en la libertad a sus fieles para responder a la convocatoria o bien unirse a jornadas de reflexión y oración. Otros, como los Arzobispos de Monterrey y Puebla, acompañados de sus obispos auxiliares, así como el Obispo de Cuernavaca, salieron a las calles sin más referencia que discretos pectorales; sin embargo, algunos medios empecinados en la controversia y desinformación dijeron que los obispos habían encabezado las manifestaciones junto a políticos panistas.

Las lecciones del 10 de septiembre dan lugar a reflexiones que no pueden pasarse por alto. En primer lugar, es de reconocerse que ninguna de las marchas uso y se colgó del nombre de la Iglesia católica o culminaron en celebraciones religiosas, cosa contraria a los de la comunidad LGBT que denostó y ridiculizó símbolos religiosos contra el sentimiento de millones que profesan la fe cristiana durante su pingüe demostración en el Zócalo, entrampando sus frustradas denuncias contra un prelado de la Iglesia sin participación directa en las marchas.

En segundo lugar, el poder de convocatoria del Frente Nacional por las Familias no puede ser garantía para echar campanas a vuelo. Las marchas ahora deben ir a largo plazo para tender puentes y tejer lazos solidarios. El primer compromiso viene desde cada familia para reconstruir a la maltrecha primera comunidad y pequeña sociedad abatida por agentes externos desafortunadamente por elementos internos sucumbiendo a los delirios de la posmodernidad.

He conocido familias bien posicionadas de la clase media urbana. Familias devotas, de misa dominical y comunión semanal. Sin embargo, algunas de ellas imbuidas más en la parafernalia que en el testimonio de vida. A mis oídos llegan casos dramáticos y angustiantes de dolor y abuso, de esposas que viven en casas-prisión o los hijos en el extremo, arrinconados y al borde del suicidio por la presión maníaca de sus padres. La casa es hostal y no comunidad de convivencia; padres y madres ausentes dejando que factores externos eduquen a los hijos. En víspera de las marchas, una tétrica foto se hizo viral en las redes: Padres aniquilados por la heroína, inconscientes en el auto, tenían a su pequeño abandonado, víctima colateral del mal del siglo. Una imagen icónica del mal sobre la familia.

En el otro extremo están las familias víctima del mercantilismo, destrozadas por la miseria, madres solteras sin apoyos, hijos de indígenas maltratados, niños indigentes sosteniendo a criminales. El mayor azote de la familia es la pobreza e indiferencia del sistema legal y sociedad incapaz de la elemental solidaridad para solventar las necesidades mínimas de seres humanos en situación lamentable.

Después de las marchas, el problema subsistirá. Y es oportunidad para hacer las cosas en orden para valorar y, en justicia, dar a cada cual lo que le corresponde. Nuestro sistema político y legal empieza al revés siempre. Queremos ordeñar la vaca sin tenerla aún. La familia es importante porque tiene un aporte social concreto para salir del estado de descomposición en el que estamos.

Para los laicistas rancios, esos que se rasgan las vestiduras y ven en todos lados al clero político, es lección fundamental para abrir sus conciencias, deponer sus armas y ver en México más laicidad que anticlericalismo y conspiraciones; reconocer el patrimonio de la institución matrimonial y familia, así como las nuevas realidades sin ser apantallados por relumbrones multicolores. Abrir nuestro limitado horizonte y poner en la mesa de la creatividad jurídica lo que hemos dejado de hacer por la familia, fortalecer los derechos de los niños y su interés superior, reformar el sistema de adopciones y procurar un adecuado sistema educativo basado en lo que es común: los valores universales.

Cada familia, como actor social, tiene la capacidad y el derecho de intervenir políticamente en la cosa pública. Si las marchas logran esta visión más de futuro y menos de encono, el gran aporte para México sería el nacimiento de la justa «política familiar» para la transformación de la sociedad. Es cierto que las instituciones están en crisis. Los embates provienen de la manipulación desmedida y el pragmatismo de grupos que provocan enfrentamientos al sostener velados beneficios, inclusive por la manipulación que hacen de personas LGBT bienintencionadas o de católicos sinceros.

¿Qué sigue después de las marchas? Lo más lógico esperar agresiones, cerrazones, ofensas, conspiraciones y cruzadas para amedrentar, pero hay confianza de un llamado a la mesura para cimentar puentes en lugar de engallamientos y ofensas. La primera consecuencia es que no seamos faroles de la calle y oscuridad de la casa. Que el compromiso concreto no sea por echar abajo la iniciativa impopular sino que la familia sea la institución capaz de remodelar la sociedad, recinto de paz y lugar para educar en la tolerancia, el respeto y pluralidad empezando por quienes las integran. La familia vigoriza en beneficio de las varias formas de convivencia y es vehículo de salvación en medio de pragmatismos y utilitarismos de la posmodernidad.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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