"Es tiempo de una actitud de respeto", insiste el salesiano tuyuka del Río Negro

Justino Sarmento Rezende: «Mi gran miedo es que los indígenas se queden fuera de las discusiones del Sínodo»

Sobre los sacerdotes casados: "No habría ningún problema. Estamos tardando mucho"

Justino Sarmento Rezende: "Mi gran miedo es que los indígenas se queden fuera de las discusiones del Sínodo"
El sacerdote indígena Justino Sarmento Rezende RD

Mi padre fue catequista durante 36 años, que era más sacerdote que yo, en oración, espiritualidad, convivencia. Mi madre le ayudaba, rezaba con la comunidad, celebraba el culto

(Luis Miguel Modino, corresponsal en Brasil).- La convocatoria del Sínodo de los Obispos sobre la Pan Amazonia está provocando muchas opiniones en las últimas semanas. Alguien que sin duda puede ayudarnos a entender un poco más sobre la evangelización de los pueblos indígenas es el padre Justino Sarmento Rezende, salesiano indígena nacido en la región del Alto Río Negro, en plena Amazonia brasileña.

No podemos olvidar que el objetivo principal del Sínodo, en palabras del propio Papa Francisco, es «identificar nuevos caminos para la evangelización de aquella parte del Pueblo de Dios, especialmente los indígenas, muchas veces olvidados y sin perspectiva de un futuro sereno». Desde ahí, las palabras de alguien que ve esta realidad desde su experiencia de 24 años como ministro ordenado y como indígena y estudioso del mundo indígena amazónico, pueden ayudar a encontrar pistas para este momento histórico.

Para el padre Justino, el Sínodo es el momento de oficializar un trabajo de inculturación de muchos misioneros y misioneras a lo largo de muchos años, pero que siempre estuvo » al margen de la opción preferencial de la Iglesia». Es tiempo de ayudar a entender que en la misión en regiones específicamente indígenas, necesita de «una actitud de respeto, de diálogo, de conversar, de comprensión de las culturas, historias anteriores, de las iniciativas con poco suceso, que son grandes lecciones para poder hacer las cosas de forma diferente».

Él mismo reconoce que no es fácil entrar en una dinámica de inculturación, inclusive para quien es indígena y sacerdote, aunque eso no puede ser impedimento para continuar soñando y confrontándose con quien llega de otras latitudes, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos y laicas, y no quiere entender la nueva realidad en la que se encuentra.

En esta entrevista también es abordada una cuestión cada vez más presente y que muchos no dudan que será tratada en el Sínodo, como es la ordenación de hombres casados, algo que él ve posible y necesario. En ese sentido, coloca como ejemplo a su propio padre, quien «fue catequista durante 36 años, que era más sacerdote que yo, en oración, espiritualidad, convivencia, mi madre le ayudaba, rezaba con la comunidad, celebraba el culto».

¿Qué es lo que puede suponer este Sínodo para la Región y la Iglesia de la Pan Amazonia?

Pienso que no es una iniciativa nueva, pues los misioneros y misioneras desde hace varias décadas vienen haciendo ese trabajo de inculturación como Iglesia indígena, pero era necesario oficializarlo, pues se quedaba en el anonimato, al margen de la opción preferencial de la Iglesia.

Fueron cosas que se quedaron el papel, como algo que no quedó muy claro para nosotros que intentamos buscar ese nuevo perfil de la Iglesia en América, entre los pueblos indígenas. También las conferencias episcopales no han dado la importancia que merece. En Brasil, el Consejo Indigenista Misionero (CIMI) tiene una línea pastoral que va más hacia el lado político, lo que también está bien, pero en la cuestión de la evangelización, de la catequesis, es algo que debe mejorar.

Está claro que necesita estar en primera línea en la lucha contra los poderes nacionales, pero por otro lado la Iglesia necesita asumir líneas pastorales más definidas y sin miedo, implicar a los agentes de pastoral, principalmente los sacerdotes, que deben tener claro, cuando van a regiones específicamente indígenas, una actitud de respeto, de diálogo, de conversar, de comprensión de las culturas, historias anteriores, de las iniciativas con poco suceso, que son grandes lecciones para poder hacer las cosas de forma diferente.

Veo que este Sínodo que el Papa está convocando debe suscitar en muchos obispos mucho miedo también, pues es algo muy grande a ser pensado como Iglesia universal, aunque para quien está haciendo ese trabajo es una motivación adicional.

Tenemos que llevar a cabo trabajos iniciales o por lo menos establecer algunos principios que deben ser trabajados, aunque es necesario saber quien va a trabajar eso, pues debe ser encaminado para organismos nacionales, como la Conferencia de los Religiosos o de los Obispos, y mi gran miedo es que los indígenas se queden fuera de esas discusiones, que se dirigen directamente para ellos.

Al final, quien acaba discutiendo sobre esos temas son religiosos, sacerdotes, obispos que trabajan con los indígenas y que a veces «piensan que entienden» sobre los indígenas y acaban erigiéndose en portavoces de los indígenas, en cuanto en el mundo de hoy aquí en la Amazonia, sabemos que existen organismos oficiales que pueden pronunciarse sobre algunos temas referentes a los pueblos indígenas.

Para hablar sobre la ecología humana, sobre ecología en sentido amplio hay grandes coordinadoras indígenas que pueden establecer un diálogo. Por eso, mi gran pregunta es ¿dónde entran los indígenas para discutir esos temas? Por lo menos antes del Sínodo, pues en el Sínodo quien va a discutir son los obispos, y que yo sepa no hay muchos obispos indígenas.

Habla sobre la necesidad de inculturación, aspecto en el que en algunas diócesis se han dado. ¿Cuáles son los pasos que todavía deben ser dados en ese camino de la inculturación?

La cuestión de la inculturación, desde mi punto de vista, tiene caminos diferentes. Una cosa es aquello que un misionero no indígena intenta hacer, que es la cuestión del diálogo, del respeto, de implicación de los indígenas en el proceso evangelizador, de organización, de catequesis, de hacer inserción, por menor que sea, en las celebraciones, en la liturgia.

Otra cosa es cuando nosotros, yo soy indígena y tengo 24 años de sacerdocio, tenemos la enorme voluntad de hacer las cosas de modo diferente, de traer para dentro de la parroquia e innovar ciertas cosas. Yo como indígena tuyuka, mi primer destino pastoral fue en la Parroquia de Iauareté, quería celebrar la misa en lengua tukano, cantar músicas con ritmos de nuestras danzas tradicionales, con posturas corporales, danzas en las celebraciones, rituales celebrativos indígenas, pero fui criticado. Primero por los propios hermanos sacerdotes y después por los propios indígenas, que comparaban la evangelización anterior y aquel modo de celebrar.

Hubo un conflicto, pues uno piensa que según nuestros estudios y sueños vamos a revolucionar, pero el pueblo está en otro nivel de vivencia, de comprensión. En mi caso fue así, tenía ideas, pues había acabado de estudiar Misionología en São Paulo, con teólogos latinoamericanos de la línea de la Teología de la Liberación y quería hacer las cosas diferentes.

Eso me llevaba a hablar de la educación indígena, de la valorización de la cultura en los cursos. Después cuando fui estudiando, mis formadores dijeron que si quería comenzar por la liturgia era el campo más duro que hay dentro de la Iglesia, por lo que si quería avanzar más tenía que ir en la línea de la catequesis, de la formación, desde donde podría llegar a hacer también celebraciones.

Esa es una realidad que veo, pero tiene que haber gente que sueñe con eso. Si no hubiese una actitud interior de hacer las cosas diferentes, no se va a avanzar. Veo que no todos nosotros, los sacerdotes indígenas, tenemos esa voluntad. Actualmente somos seis sacerdotes salesianos indígenas del Alto Río Negro y entre nosotros no hay una unidad para pensar en esas cosas, sobre el rostro indígena de la Iglesia.

En primer lugar porque estamos diseminados, pero tenemos que ser un grupo que piense eso con el pueblo, con nuestros sabios, con quienes no hay facilidad para el diálogo, pues ellos nos ven como sacerdotes y no tanto como parientes. Por eso es importante que nosotros, sacerdotes indígenas, tengamos dominio sobre los ritos de bendición, como hacer las curas, conocer como funcionan nuestras teologías y creencias. A partir de ahí es desde donde podemos dialogar.

El objetivo principal del Sínodo según el Papa Francisco es buscar nuevos caminos de evangelización para los pueblos indígenas. A pesar de las dificultades que se han dado a lo largo de la historia, ¿las palabras del Papa no pueden ser un motivo a más para retomar esa tentativa de inculturación, viendo que él en algunos de sus viajes a América Latina ha introducido algún elemento indígena dentro de las celebraciones?

La Iglesia, como Iglesia jerárquica es muy cerrada para esas situaciones, que se convierten en marginales. Lejos del control de las diócesis se puede hacer lo que uno cree, por lo que, con mucha rebeldía, decía que teníamos que hacerlo porque creíamos que eso era bueno para nosotros. No es el obispo o la Conferencia de los Obispos, quien tiene que decirnos lo que es válido, hasta cuando vamos a quedarnos esperando que uno u otro reconozca. A no ser que digamos que la Iglesia es nuestra, pero no es nuestra.

El Papa dijo en su discurso que los indígenas muchas veces fueron poco valorados, pero ¿quién fue quien no doy valor? Son los propios obispos y sacerdotes. Por ejemplo, en nuestra diócesis de São Gabriel da Cachoeira, hubo un tiempo en que las Asambleas de Pastoral tuve que pelearme con algunos sacerdotes, diciendo que si ellos no creían que allí existían pueblos indígenas, era mejor no ir a la diócesis.

Llegar con un modelo de Iglesia del Sur de Brasil y decir que en Barcelos y Santa Isabel del Río Negro no existen indios, muestra que detrás de esa afirmación ellos no querían asumir esa realidad. Hasta llegué a decir al obispo, Don Edson Damian, que cuando acogía a un sacerdote, le podría presentar las prioridades antes de que venga.

Decir que la primera prioridad es la inculturación del Evangelio, presentándole todas ellas y preguntando si cree que va a conseguir acompañar esa caminada de la diócesis. En esa tentativa de ser Iglesia hermana, mandan un sacerdote y no funciona, pues no hay continuidad, ya que sabe que es alguien temporal.

Por eso, cuando la Iglesia habla de prioridades, ella misma debe comenzar. El propio Papa tiene que un día, allá en Roma, dejar que los propios indígenas puedan mostrar, para quien está allí, sus oraciones, sus danzas, para que el mundo vea que realmente existen indígenas y que nuestros obispos lo vean, pues sino se va a quedar en el discurso, el Sínodo puede quedarse en el discurso. Acabo el Sínodo y ¿cuáles son los obispos que tienen perfil para eso?

En esa visibilidad de los pueblos indígenas que señala, ¿puede ayudar el viaje del Papa Francisco a Puerto Maldonado, Perú, en enero?

Claro que puede dar visibilidad. Para mí sería necesario que él fuese un día a una diócesis indígena para mostrar que está dando todo el apoyo a las cuestiones indígenas. No sólo un pequeño momento para un diálogo.

Muchas veces no consigo ni discutir mucho cuando salen esos temas, pues ¿quién va a hacer las cosas, en quién va a delegar eso la Iglesia, en las diócesis, quiénes son los obispos que se fijan en las cuestiones indígenas que están por ahí diseminados, ya que muchos no se preocupan con los pueblos y culturas indígenas? Son pocos los obispos a quienes les gustan los pueblos indígenas, que están con ellos. Sé que es difícil dejar la propia cultura para ponerse a la altura de otro pueblo, implicarse.

No todos los sacerdotes y misioneros tienen una preparación específica para trabajar con los pueblos indígenas. Hay algunas congregaciones, formaciones a nivel nacional, pero es poca cosa para llegar a la comprensión de las diferencias existentes y que van a ser cada vez más complicadas, porque con esas cuestiones de la aparición de las Iglesias evangélicas, que también son críticas, con muchos indígenas que desde los movimientos indígenas son críticos con la historia de la evangelización en América, con muchos indígenas estudiando en universidades.

Por eso, que los obispos y sacerdotes dialoguen con esos indígenas, que tienen formación y que tienen una visión crítica sobre nuestra presencia y acciones, es cada vez más un desafío para los agentes pastorales.

¿No sucede que tenemos miedo de prepararnos, que pensamos que podemos llegar y hacer las cosas de cualquier manera, que todavía tenemos ese aire de superioridad propio de la cultura occidental sobre las culturas indígenas?

La Iglesia, las congregaciones, son occidentales y occidentalizan nuestra mentalidad. Por eso, cómo modificar eso es un desafío. Nosotros, indígenas, cuando somos padres, religiosos y religiosas, ¿cómo conseguimos desvincular esa occidentalidad? No lo conseguimos, pues estamos muy unidos a la estructura disciplinar. Una de las cosas que decía a mis parientes indígenas religiosos es que si somos muy disciplinados, para la vida interior de la congregación será algo bueno, pero nosotros iremos quedando con un vacío.

Cuando tienen lugar asambleas de nuestros parientes, si no entramos allí para estar con ellos, para saber como pasan las cosas, entender su discurso, nos quedamos fuera de esa realidad. Me imagino a los sacerdotes jóvenes que ya no conocieron las generaciones más antiguas. Yo tengo 56 años y conocí a mis abuelos que hacían danzas, discursos y todavía participo cuando voy en la comunidad de San Pedro, en el Río Tiquié, y sé como funciona. Pero la mayoría de nosotros, indígenas, tiene miedo de todo eso, pues en su mente, si van a esas cosas se sienten fuera, como si alguien les estuviese controlando.

Por eso, les decía que si no consiguen ser más rebeldes, ellos van a ser buenos monaguillos dentro de la institución, que es lo que pasa, pues no tenemos personas que piensen, analicen, evalúen las pastorales que hacemos. Tenemos recelo de escribir, pero es necesario escribir, pues lo que cada uno hace es lo que queda.

Para mí el Sínodo ya fue celebrado dentro de mi historia personal, desde que empecé a entender, a partir del documento de Medellín y Puebla, donde se decía que la Iglesia presente entre los indígenas tenía que ser diferente. Yo asumí eso personalmente, pues para mí no tenía sentido ser padre indígena y no hacer las cosas diferentes.

Usted hizo la traducción de la misa en lengua tukano, para ser usada en el Triángulo Tukano, una de las regiones la diócesis de São Gabriel da Cachoeira. Cuando viví en esa región, a pesar de las dificultades para hablar la lengua, varias veces recé, o intenté rezar misa en tukano, lo que la gente agradecía. Frente a eso, otros padres indígenas, no hacen esas tentativas. ¿No cree que ese intento de rezar misa en las lenguas indígenas es algo que ayuda? ¿Por qué eso es algo en lo que casi no se ha avanzado?

Desde mi primera misa hice eso, fui mejorando, pero se hace algo poco dialogal, por lo que sería necesario mejorar todavía más. Algunos factores que muchos indígenas no asumen es porque no saben leer, son analfabetos de su lengua y no se esfuerzan para leer.

Dom Edson me dijo alguna vez si podría celebrar misa, para filmar y mandar para la Conferencia de los Obispos de Brasil. Le respondí que el texto estaba ahí y si no tenía padres indígenas. Hay que entrenar, es algo que es fruto del esfuerzo. Yo entrenaba, llamaba a los catequistas y les preguntaba si era comprensible. Falta esfuerzo personal. No sucede por falta de interés, no lo quieren hacer. Alguno aislado lo intenta.

Lo que la gente valora es el esfuerzo de quien lo intenta. Lo importante es el esfuerzo personal, como algunos antiguos salesianos que aprendieron la lengua. Por eso reflexiono con nuestros jóvenes, pero sería necesario más encuentros para incentivarles para poner en práctica. Igualmente con las religiosas, pues tenemos muchas hermanas indígenas, pero que tienen poca expresión. Podrían hacer cantos en lengua tukano, piratapuia. Yo intenté hacer, aunque no soy músico, tal como entendía que debía pasar el mensaje. Aunque después paré cuando cambié de ambiente. Pero tengo ganas de hacerlo, es algo que me gusta.

Esos intentos, esos esfuerzos personales, es lo que provoca los cambios. En principio, quien lo hace no recibe un reconocimiento y a veces es criticado, pero los cambios tienen lugar a partir de la rebeldía de algunos.

Eso es lo que hoy falta mucho, pero tendría que ser una rebeldía grupal. Yo soñaba mucho con que si fuésemos más padres indígenas íbamos a revolucionar el Río Negro. Espero que un día hagamos eso.

Antes hablaba de esos padres que llegan de otras regiones con una mentalidad diferente, con un modo diferente de entender la liturgia y la Iglesia y, sobre todo, con pocas ganas de inculturación. ¿No sería mejor trabajar en las comunidades en la formación de catequistas que conocen la cultura, para que hagan un trabajo de evangelización más profundo y que la caminada de la Iglesia de la Amazonia no dependa tanto del padre que llega, que muchas veces está poco tiempo y se va?

Esa es una realidad. Hice algunas críticas a la experiencia de las Iglesia hermanas diciendo que muchas veces esas personas que vienen por dos o tres años, ellos vienen como salvadores. Hay catequistas de varios años que tienen una caminada de fe, celebración, catequesis. Sería necesario más que una formación, una organización de contenidos, de contribuciones que nosotros indígenas podemos ofrecer a la Iglesia.

Es algo que comenzamos, pero que necesitaría continuar. Yo siempre pensé y le decía a Don Edson Damian que para que eso caminase era necesario alguien a quien le guste hacer eso con las comunidades. Alguien que vaya, escuche, avance, organice, sistematice los textos, las catequesis. Formar equipos junto con algún asesor, que pueda ayudar en un nivel de reflexión.

En ese trabajo evangelizador hay algunos obispos, todavía pocos, que en la Amazonia defienden que esos catequistas o diáconos permanentes podrían presidir la celebración eucarística. ¿Cómo sería eso visto, a partir de su conocimiento, por los propios indígenas?

Es algo sobre lo que ya se han hablado Don Erwin Kräutler y el Cardenal Claudio Hummes, viendo la Amazonia como una especie de laboratorio para la ordenación de hombres casados.

Conversando con matrimonios en las comunidades del interior de la diócesis de São Gabriel da Cachoeria, algunas mujeres decían a sus maridos que si fuesen ordenados, ellas se separarían. Ante eso respondía que esa era una experiencia nueva, que ella formaría parte de la familia del sacerdote e iría ayudar directamente. Es algo que debe ser bien explicado, y una vez bien explicado, creo que no supondría mucho problema por parte de los indígenas.

En ese sentido muchos evangélicos nos cuestionan a los padres el por qué no nos casamos, pues sería algo bueno. Al mismo tiempo, en algunos encuentros de padres hay quienes preguntan por qué nosotros, padres indígenas, no discutimos sobre eso. Creo que si los obispos avanzasen sobre eso, sería muy bueno para nuestros hombres casados que desde hace mucho tiempo están comprometidos con la vida de la comunidad.

Cuando pienso en eso, pienso en mi padre, que fue catequista durante 36 años, que era más sacerdote que yo, en oración, espiritualidad, convivencia, mi madre le ayudaba, rezaba con la comunidad, celebraba el culto. Es un ejemplo entre tantos hombres casados que conozco en el Río Negro. No habría ningún problema, lo mismo que en la cuestión del diaconado permanente, algo por lo que se podría comenzar, pero estamos tardando mucho. Ya se anunció hace dos años, pero no sé si estamos dando pasos.

Es verdad que los pasos dados hasta ahora son muy pequeños. En una entrevista reciente, Don Pedro Conti, obispo de Macapá, decía que estaba dispuesto a comenzar esas experiencias en su diócesis y que sólo esperaba el permiso del Papa Francisco. Ya hay obispos que están dispuestos a dar ese paso, ante situaciones concretas de comunidades que sólo tienen misa una vez por año.

Si hubiese un lugar donde eso sea iniciado, y seguro que hay otros obispos que piensan lo mismo, otros también vamos a tratar sobre eso. Siempre tuve oportunidad para hablar sobre eso con los obispos. El año pasado hubo en encuentro en Brasilia con personas que trabajan con los pueblos indígenas, donde un «apixana» indígena, que sería el tipo de candidato para ser ordenado diácono y sacerdote, decía a los obispos, entre ellos el Cardenal Claudio Hummes, que los pastores hacen cuatro meses de curso y se convierten en pastores, después hacen otro curso de unos meses y son obispos y él ya era catequista desde hace 40 años y todavía no era ni diácono, ni padre, que creía que iba a morir siendo catequista.

Ahí le dije al Cardenal Hummes que si estaba oyendo, que lo que él estaba queriendo decir es que la Iglesia estaba muy atrasada, lo que está reivindicando es la ordenación de casados. A eso me respondió que entendía lo que estaba diciendo, pero que teníamos que hablar sobre eso. La mentalidad de algunos se está abriendo poco a poco, se tiene que abrir, pero no es algo que se lleve a cabo de un día para otro.

¿El Sínodo puede ser una buena oportunidad para discutir sobre eso?

Tenemos que provocar para que ellos piensen en eso. Por eso, digo que los casados, nuestros líderes de las comunidades, nosotros padres, deberíamos hacer esa preparación para escuchar a quien es casado sobre esos temas, saber lo que ellos piensan sobre eso, lo que los obispos piensan, lo que los padres indígenas piensan sobre esa posibilidad.

Sería el primero en apoyar que hombres casados de nuestra Amazonia tuviesen esa posibilidad de ser ordenados. Para eso sería necesario trabajar para concienciar a las comunidades, pero tengo en mi mente la idea de que eso puede ser una propuesta a ser discutida. Es necesario discutir sobre una Iglesia amazónica con rostro indígena.

Tenemos que convencernos de que la Iglesia indígena tiene que ser diferente y que introducir ese rostro indígena dentro de la Iglesia católica va a ayudarnos a descubrir una serie de valores que estaban presentes en las primeras comunidades cristianas y que poco a poco se fueron perdiendo. Podría ser una vuelta a los orígenes, lo que siempre renueva y da vida a la propia Iglesia.

Efectivamente. Por eso es una esperanza que nosotros indígenas, padres, laicos, podamos decir como organizarnos a nivel ministerial. En las actividades evangelizadoras existen muchas experiencias, pero son muy regionalizadas y se trata de universalizar, de tener unos principios a nivel amazónico sobre como trabajar, avanzar. A eso puede ayudar la reflexión de la Teología india y participando de algunos encuentros veo que los indígenas laicos y laicas puedan marcar grandes diferencias en todo lo referente a la Teología india. Es sobre todo esto que se va a discutir.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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