"Busquemos que esta tierra siga siendo tierra de hospitalidad", clama Francisco

El Papa denuncia en Iquique “las nuevas formas de explotación” contra los migrantes y los pobres

“Estemos atentos a la precarización del trabajo, a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias”

El Papa denuncia en Iquique “las nuevas formas de explotación” contra los migrantes y los pobres
Francisco, durante su homilía RD

Francisco pidió "estar atentos, y reconocer a aquellos que tienen la vida aguada, que han perdido o les han robado las razones para celebrar, los tristes de corazón. No tengamos miedo de alzar nuestra voces para decir, 'no tienen vino'"

(Jesús Bastante).- «El Evangelio es una continua apelación a la alegría«. En su último momento en Chile, el Papa Francisco dirigió, desde Iquique, un llamamiento a «ser parte del milagro» de Jesús, y hacerlo posible con los hermanos, especialmente con los más pobres.

En la tierra de la inmigración, Bergoglio denunció «las nuevas formas de explotación», desde la precarización del trabajo a las injusticias que algunos cometen contra los sin papeles. «Estemos atentos a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias», clamó.

Quien no ha estado nunca no puede comprenderlo. Iquique es una ciudad mágica, situada entre el desierto y el Pacífico. Cuando llueve, cosa que produce muy raramente, las casas se manchan del barro procedente del viento mojado de Atacama. La caída desde la montaña de arena hasta el mar haría las delicias de los amantes del esquí, aunque jamás haya pasado por allí la nieve. Sus habitantes son cálidos y amables. Un pueblo de acogida y de frontera: de sus 200.000 habitantes casi un 20% son inmigrantes. El mejor rincón para despedirse de Chile y dirigirse a Perú.

 

 

Iquique recibió al Papa con mucho calor. Unas 80.000 personas esperaban, desde primera hora de la mañana, en el Campus Lobito. Se notaba a Francisco fatigado, tal vez por el calor, tal vez por el viaje que se va haciendo largo. El Evangelio, de las Bodas de Caná, fue portado en procesión por representantes de los pueblos originarios de Chile.

«Este fue el primero de los signos de Jesús», recordó Francisco. «Ni más ni menos que en una fiesta, no podría ser de otra forma, porque el Evangelio es una continua apelación a la alegría», recalcó el Pontífice. Una alegría «que se contagia de generación en generación, y de la cual somos herederos«. Una alegría que se hace especialmente presente en el norte de Chile y sus pueblos originarios. «Esta zona es un santuario de piedad y espiritualidad popular».

«Porque no es una fiesta que queda encerrada dentro del templo, sino que ustedes logran vestir de fiesta a todo el poblado», agradeció el Papa. «Saben vestir de fiesta la presencia de Dios, y así llegan a engendrar actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad»

Los chilenos que, con su alegría, consiguen que «el desierto parezca un vergel, y esta tierra, abrazada por el desierto más seco del mundo, logra vestirse de fiesta». En Caná, fue la Virgen la que estuvo atenta a todo lo que pasaba a su alrededor. «No se queda quieta, y logra darse cuenta de que en la fiesta, en la alegría compartida, algo estaba pasando, que estaba por aguar la fiesta. Y acercándose a su hijo, lo único que la escuchamos decir: ‘No tienen vino'».

 

 

«Así María anda por nuestros poblados, calles, hospitales (…). Y les dice a los que sirven: ‘Hagan todo lo que él les diga’. Una mujer de pocas palabras, pero bien concretas», sintetizó el Papa. Y es en ese hacer lo que él dice «se desata el primer milagro de Jesús». Un milagro compartido, pues «Cristo vino a este mundo no para hacer una obra solo, sino que el milagro lo hace con todos nosotros. Para ser la cabeza de un cuerpo cuyas células vivas, libres y activas, somos nosotros. Así hace el milagro Jesús: con nosotros«.

«Cada uno de nosotros puede comenzar el milagro. Es más: cada uno de nosotros está invitado a ser parte del milagro para otros», subrayó Francisco. Para construir los sueños. «Iquique es tierra de sueños: eso significa el nombre en aymara», recordó el Papa, apuntando que se trata de «una tierra que ha sabido albergar a gente de distintos pueblos y culturas. Gente que ha tenido que dejar a los suyos marcharse, en la esperanza de un futuro mejor pero cargados de mochilas con miedo e incertidumbre por lo que vendrá».

Un ejemplo de «la grandeza de hombres y mujeres, de familias enteras que no se dan por vencidas y se abren paso buscando vida», que «tienen que dejar su vida porque no tienen lo necesario para vivir», y recorren desiertos, como la Familia de Nazaret, «para salvar su vida».

«Busquemos que esta tierra siga siendo tierra de hospitalidad», pidió el Papa. «Una hospitalidad festiva, porque no hay alegría cristiana cuando se cierran puerta, cuando se hace sentir a los demás que sobran o no tienen lugar entre nosotros».

Así, Francisco pidió «estar atentos, y reconocer a aquellos que tienen la vida aguada, que han perdido o les han robado las razones para celebrar, los tristes de corazón. No tengamos miedo de alzar nuestra voces para decir, ‘no tienen vino'». Es, ni más ni menos, que «el clamor del pobre, que tiene forma de oración y ensancha el corazón«, y que «nos enseña a esta atentos a todas formas de injusticia y a las nuevas formas de explotación».

 

 

«Estemos atentos a la precarización del trabajo que destruye vidas y hogares; a los que se aprovechan de la irregularidad de muchos migrantes porque no conocen el idioma o no tienen sus papeles en regla; a la falta de techo, tierra y trabajo de tantas familias, y como María digamos ‘No tienen vino'», clamó el Papa.

«Aportemos lo que tengamos, por poco que parezca», no tengamos miedo de dar una mano, «que nuestra solidaridad y nuestro compromiso con la justicia sean parte del baile o la canción que hoy podamos entonarle a nuestro señor». «Aprovechemos para aprender y dejarnos impregnar por los valores, la sabiduría y la fe que los migrantes traen consigo«, pidió.

«No nos privemos de todo lo bueno que tienen para aportar. Y después, dejemos que Jesús termine el milagro, transformando nuestras comunidades y corazones en signo vivo de su presencia, que es alegre y festiva, porque hemos experimentado que Dios está con nosotros, porque hemos aprendido a hospedarlo en medio de nuestro corazón», culminó, instando a «transmitir todo lo bueno que hay de nuestra cultura originaria, para que el que viene encuentre y dé sabiduría«.

 

 

Al término de la celebración, y tras recibir un báculo de los pueblos originarios, Francisco dirigió sus últimas palabras. «Estas palabras tienen algo de despedida», señaló el Papa, quien agradeció a la presidenta Bachelet y a todos los organizadores «que pudiéramos disfrutar de este tiempo de encuentro».

Gracias, especialmente, al «trabajo abnegado y silencioso de más de 20.000 voluntarios», y a los que «de muchas formas acompañaron este peregrinar». «Estamos invitados a cuidar y defender a esta patria grande, que encuentra su belleza en el rostro cuneiforme de sus pueblos», concluyó .

«Qué más puedo desearles que decir al señor: mira la fe de tu pueblo, regálale unidad y paz», finalizó Francisco, quien agradeció la presencia «de tantos peregrinos de los pueblos hermanos de Bolivia y Perú… y no se pongan celosos, especialmente de los argentinos, que son mi patria. Gracias a mis hermanos argentinosq ue me acompañaron en Santiago, Temuco y aquí en Iquique».

 

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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