El Arzobispo de Morelia pide oraciones para acabar con violencia

El sacerdote Miguel Gerardo Flores Hernández, hallado sin vida en México

El cuerpo "se encontraba amarrado de pies y manos y en avanzado estado de putrefacción"

El sacerdote Miguel Gerardo Flores Hernández, hallado sin vida en México
El Arzobispo de Morelia pide oraciones para acabar con violencia

Cinco años después, la violencia continúa y parece no dar cuartel. La Iglesia católica ha emprendido pastorales concretas de atención a las víctimas activando apostolados de atención y escucha

(Guillermo Gazanini, corresponsal en México).- Este sábado 25 de agosto, llegó a su fin la búsqueda emprendida para la localización del padre Miguel Gerardo Flores Hernández quien, el 18 de agosto, desapareció sin rastro alguno.

Como se había reportado a través del Centro Católico Multimedial, se precedió a denunciar la ausencia del sacerdote el día 21 por lo que, según las autoridades, se procedió a la búsqueda incluso por medios aéreos; embargo, no obstante el arzobispado de Morelia había solicitado oraciones por la pronta y segura aparición del sacerdote, desde la tarde de este 25 de agosto se había notificado su localización sin vida.

El comunicado indica que el lugar del hallazgo se dio en Nueva Italia, municipio de Múgica, Michoacán. Algunos medios de comunicación del Estado indicaron que en un predio de la citada localidad fue encontrado «el cuerpo de una persona… que se encontraba amarrado de pies y manos y en avanzado estado de putrefacción, el cual posteriormente fue identificado como Miguel Gerardo Flores.

El Estado de Michoacán ha registrado un creciente número de presbíteros asesinados. De acuerdo con el Centro Católico Multimedial, las primeras cinco entidades con el mayor número de homicidios cometidos contra sacerdotes y agentes de evangelización son Ciudad de México (10 casos); Guerrero (10 casos); Veracruz (8 casos); Chihuahua (7 casos) y Michoacán (6 casos).

 

 

Por lo que hace al último Estado, los nombres de los presbíteros asesinados, en un recuento desde 1990, son los siguientes:

*Abelardo Espinoza Aguilera (1993), de la diócesis de Apatzingán;
*Miguel Marzán Arriola (1995), de la diócesis de Apatzingán;
*Gerardo Manuel Miranda Ávalos (2008), de la diócesis de Zamora;
*Víctor Manuel Diosdado Ríos (2012), de la diócesis de Apatzingán;
*José Alfredo López Guillén (2016), de la Arquidiócesis de Morelia;
*Miguel Gerardo Flores Hernández (2018), de la diócesis de Zamora.

Destaca igualmente un sacerdote desaparecido, padre Santiago Álvarez Figueroa, de quien nada se sabe desde 2012. Pertenecía a la diócesis de Zamora.

La región de tierra caliente, Michoacán, ha sido de especial atención por la desmedida violencia y ataques sufridos en contra de la población que ha soportado amagos, secuestros, desplazamientos y homicidios sin que las autoridades hayan acertado en los métodos para conseguir una presencia efectiva que fortalezca el estado de derecho y erradique el vacío institucional.

Como se recordará, desde el inicio de la década, el III Obispo de Apatzingán, hoy emérito, Mons. Miguel Patiño Velázquez, denunció el quebrantamiento del poder público al decir que Michoacán era estado fallido. La famosa Carta Pastoral «Hagamos de Michoacán un Estado de Derecho», del 15 de octubre de 2013, denunciaba con energía: » Nuestro pueblo de Michoacán tiene años sufriendo las injusticias del crimen organizado, que se han recrudecido en los últimos meses. Han aumentado los levantones, los secuestros, los asesinatos, el cobro de cuotas se ha generalizado y familias enteras han tenido que emigrar por el miedo y la inseguridad que se está viviendo. En los últimos días se está obligando a líderes sociales y a las personas en general para que firmen y pidan que el Ejército y los federales se vayan de Michoacán, y a los comisariados ejidales se les ha amenazado para que vayan ante el Congreso de la Unión a hacer la misma petición».

Posteriormente, a través de una Carta Pastoral, fechada el 15 de enero de 2014, el prelado exigía parar a la «máquina asesina» que estaba diezmando la vida de los michoacanos. A la vez exponía el descrédito en el que habían caído ejército y gobierno «porque en lugar de perseguir a los criminales han agredido a las personas que se defienden de ellos». Y preguntaba: «¿No han comprendido que nos encontramos en un «Estado de necesidad?»

 

 

La publicación de la carta de octubre del obispo emérito de Apatzingán y dos actos más enardecieron a los grupos rivales y políticos mismos: la entronización de la Virgen María, Reina de la Paz, el 31 de octubre de 2013, donde se rogó por una vida pacífica y libre de violencia y una homilía del 3 de noviembre del mismo año donde el prelado invitó a los fieles a entregar el nombre de los difuntos caídos entre los que se encuentran algunos sacerdotes diocesanos.

Algunos informativos magnificaron estas notas y para el lunes 4 de noviembre se habló de un presunto ataque frustrado contra el obispo quien sería custodiado en instalaciones militares, noticia también detonada por la ocupación del puerto de Lázaro Cárdenas por fuerzas armadas y federales a fin de asestar un golpe contundente al corazón financiero del crimen.

Por ese mismo tiempo, la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de su presidencia y secretaría general, expresó su solidaridad al prelado, además de la publicación de una carta de los obispos de la provincia eclesiástica de Acapulco, encabezados por Mons. Carlos Garfias Merlos, en previsión de que lo que estaba ocurriendo en Michoacán podía estar extendiéndose hacia Guerrero, en ese momento embestidos por el paso de los huracanes Manuel e Ingrid.

Cinco años después, la violencia continúa y parece no dar cuartel. La Iglesia católica ha emprendido pastorales concretas de atención a las víctimas activando apostolados de atención y escucha impulsados por el Arzobispo Carlos Garfias Merlos. Actualmente, en el territorio michoacano, hay siete centros de escucha y de atención a las víctimas de las violencias.

La desafortunada muerte del padre Flores Hernández confirma nuestra penosa realidad. En palabras del director del Centro Católico Multimedial, el paulino Omar Sotelo, cuando se agrede, desaparece o ejecuta a un sacerdote, se introduce «un elemento de desestabilización» en la sociedad. En este sexenio, la paz es la gran ausente de muchas regiones y localidades. En algunas de ellas, un sacerdote dejó de existir dejando que miedo y terror tomaran una reprobable carta de ciudadanía. Para el sacerdocio católico en México ha sido una tragedia: En los últimos seis años, 25 presbíteros perdieron la vida.

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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