Fiesta de San Sebastián, patrono de San Cristóbal. "El Señor nos está pidiendo que seamos profetas de la verdad"

Mario Moronta pide experimentar «lo que nos propone el Papa: tener el gusto espiritual de ser pueblo»

"¿Por qué no buscar el compromiso de todos los involucrados para, entonces, hablar de la feria gigante de la caridad?"

Mario Moronta pide experimentar "lo que nos propone el Papa: tener el gusto espiritual de ser pueblo"
Homilía de monseñor Mario Moronta, obispo de San Cristóbal

No se puede seguir usando un falso patrocinio de San Sebastián para amparar y promover actos de tipo materialista y algunos hasta reñidos con la moral nacida del Evangelio

(Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal).- La fiesta de San Sebastián se celebra este año en Domingo, Día del Señor. Las lecturas de hoy nos permiten seguir profundizando en nuestra vida cristiana.

A la vez, la figura del mártir Sebastián, Capitán Valeroso, ayuda a hacer un bonito discernimiento que nos permita fortalecer el testimonio de vida y de fe en nuestra sociedad actual.

La Palabra nos brinda muchas ideas, pero podemos destacar algunas de ellas. En primer lugar, con Pablo, recordamos que «en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común». Ese Espíritu nos regala un conjunto de dones, aunque uno solo es el Señor.

Uno de esos dones es el de la profecía, con el cual se asume la responsabilidad de proclamar la Palabra de de Dios a todos e iluminar la realidad en la que vivimos. El Evangelio de Juan, en segundo lugar, nos presenta la primera de las señales de la Hora de Salvación: el agua transformada en vino nuevo y sabroso. Así comenzó a crecer la fe de los discípulos en el Señor.

Por otro lado, el Profeta anuncia que Dios no callará hasta que rompa la aurora de su justicia. El pueblo es comparado con una tierra-esposa que no es ni abandonada ni devastada. Con el martirio de Sebastián, que sintetiza en su vida el mensaje de la Palabra de Dios hoy, podemos contar a todos las maravillas del señor.

En estos días, al conmemorar el martirio de Sebastián, manifestamos las maravillas de Dios. Son los hechos prodigiosos que hablan de la liberación, la cual brota del amor de Dios.

En esta línea, sin dejar aparte las justas y adecuadas expresiones de cultura, tenemos que insistir que no se puede seguir usando un falso patrocinio de San Sebastián para amparar y promover actos de tipo materialista y algunos hasta reñidos con la moral nacida del Evangelio.

Eso sí, es una ocasión propicia para ver cuáles son las maravillas del Señor hoy en medio de nosotros: la solidaridad de muchas comunidades y personas con los más necesitados y quienes pasan hambre; la atención a los enfermos y el acompañamiento a los ancianatos; la cercanía con los alejados, los que sufren la migración de sus seres queridos; las diversas expresiones de caridad operante.

Por eso, la mejor forma de celebrar a San Sebastián es contando las maravillas del Señor ¿Por qué, en esta línea, no dar un cambio radical a la Feria de San Sebastián y buscar el compromiso de todos los involucrados para, entonces, hablar de la feria gigante de la caridad?

En esta línea, es una oportunidad para conocer que hemos de actuar guiados por el Espíritu. Entre sus dones está la sabiduría. Con ella, que incluye la apertura de mente y de corazón, podremos leer los signos de los tiempos en nuestra ciudad y región.

Uno de esos signos es la urgencia de recuperar y fortalecer la esperanza. Esto es posible pues también hemos recibido el don de la profecía. La profecía no consiste ni en ofender ni en descalificar ni en insultar, sino en anunciar cómo se desarrolla la esperanza y denunciar todo aquello que se le oponga o la frene.

El ejemplo de Sebastián es muy diciente. Pudo haberse doblegado y salvar su vida y carrera militar. Sin embargo, manifestó su opción por Cristo y no dudó en ofrecer su vida. Su martirio se puede traducir como una auténtica profecía.

Hoy, en medio de nosotros, existen ejemplos de profetas: los padres que se dedican a sus hijos y sufren los ataques de quienes quieren arrebatárselos; quienes defienden la la familia y la vida y que son vejados y atacados por los que promueven ideologías deshumanizantes.

También los que promueven la dignidad humana y la auténtica democracia pero que son perseguidos con represión y autoritarismo, prisión y descalificación; los que promueven la solidaridad entre los más pobres, golpeados sobre todo por el hambre y la falta de medicinas, golpeados por la indiferencia de muchos y hasta por la crítica de quienes se consideran superiores… Son profetas incógnitos que, al igual que Sebastián, reciben flechazos martirizantes.

Asimismo el episodio del milagro de las bodas de Caná, con toda su riqueza doctrinal, nos presenta una nueva manera de hacer profecía. Con su primer signo, Jesús no sólo hizo que sus discípulos comenzaran a creer más, sino que dio inicio al anuncio del objetivo de su misión en la historia humana: la salvación de la humanidad.

Quien será capaz de transformar el agua en vino, preanuncia que será capaz de derrotar la oscuridad con su luz y así vencer la muerte con la vida nueva de la liberación redentora.

En las circunstancias actuales, hay una especialísima semejanza a lo que aconteció en aquella fiesta de bodas. Comenzó a faltarles el vino a los nuevos esposos y la celebración se ponía en peligro. Hoy la celebración continua de la vida en nuestra patria se ha ido convirtiendo en tristeza pues falta el vino sabroso de la esperanza. No olvidemos que bíblicamente el vino es símbolo de la esperanza y de la concordia.

El Señor nos está pidiendo a cada uno de nosotros como personas y como instituciones que llenemos las tinajas de agua para que puedan ser transformadas en el vino enriquecido de la salud, de la seguridad ciudadana, de la vida digna, del respeto a la dignidad de todo ser humano…

Jesús, nos pide que seamos nosotros quienes llenemos del agua fresca que brota de nuestras fuentes: la solidaridad, la reconciliación, la fraternidad, el respeto a la institucionalidad, el amor que todo lo puede…

Cuando esas tinajas se llenen, de seguro, volveremos a saborear el vino auténtico símbolo de una mejor calidad de vida, de una sana convivencia, de una justicia que camina de la mano con la libertad…

Pero, lo que no ha permitido llenar de manera continua las tinajas, e incluso le han perforado con agujeros que las vacían rápidamente, es lo denunciado por el profeta y que hemos escuchado en la primera lectura de esta celebración eucarística.

Son aquellas cosas o actitudes que hacen sentir el abandono y la devastación: el «bachaqueo», el contrabando, la especulación, el «matraqueo», el narcotráfico, la trata de personas y el tráfico de menores para la prostitución, la existencia de mafias que quieren controlar la vida y acciones de nuestros ciudadanos, la corrupción galopante…

Pero frente a ello, surge la voz profética de un Dios que se vale de nuestro compromiso para cambiar esa triste realidad. Es lo que nos corresponde hacer a cada uno de nosotros: al convertirnos día a día en el sujeto del cambio que requiere nuestra sociedad, al sentirnos lo que verdaderamente somos, es decir, pueblo, la palabra del Señor se irá manifestando con su total fuerza.

Así pues, romperá la aurora de la justicia, todos podrán verla y seremos «corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de Dios…» Sólo así no te llamarán «abandonada ni a tu tierra devastada». Es experimentar decididamente lo que nos propone el Papa Francisco: tener el gusto espiritual de ser pueblo.

En esta celebración del patrono San Sebastián, vamos a ofrecer los dones del pan y del vino para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo, alimento eucarístico que nos fortalece. Junto a ellos, podremos ofrecer muchos otros dones que vayan en bien de los más necesitados.

Pero hay una ofrenda que no debemos dejar a un lado. La tenemos desde el día del bautismo cuando nos convertimos en ofrendas vivas y agradables a Dios (cf. Rom 12,2).

Hoy nuestra ciudad, linda y llamada a permanecer cordial, requiere que todos nos ofrezcamos como pueblo; sin temor a lo que ello conlleva: es decir, a manifestarnos como gente de honestidad, de fraterna solidaridad, de clara visión, que hacemos respetar nuestra dignidad de hijos de Dios.

Será una excelente contribución, no la única, para colaborar con lo que Venezuela necesita. Cada uno de nosotros, cualquiera que sea su responsabilidad en los diversos compromisos del quehacer, debe sentirse y manifestarse como pueblo.

El ejemplo nos lo dio el mismo Cristo: Él se encarnó y se hizo presente entre nosotros en medio de un pueblo, formando parte de él. Sebastián lo supo hacer en circunstancias muy particulares.

Se identificó con Cristo y, lejos de renunciar a sus principios y doblegarse servilmente ante quien perseguía a sus hermanos, se ofreció como víctima… la Iglesia lo ha reconocido como el hombre fiel a Dios, solidario con sus hermanos y testigo de los valores del Reino de Dios.

A lo largo de la presente celebración, estamos invitados a reafirmar nuestra identidad de cristianos. El es el principio y el fin, el verdaderamente eterno, en quien ponemos nuestra confianza.

Con la intercesión de San Sebastián, podremos hacer lo que hoy la Palabra de Dios nos pide: ser profetas de la Verdad, llenar las tinajas vacías con el agua de la vida para ser transformada en vino de esperanza y levantar el ánimo de nuestra ciudad y sus habitantes, para que se sientan lo que verdaderamente son:

 

 

Plegaria a san Sebastián

«Al terminar la celebración eucarística, queremos presentarte San Sebastián una plegaria. Te pedimos intercedas por nosotros ante Dios Uno y Trino. Cuéntale cómo estamos viviendo hoy en Venezuela y, particularmente en nuestra ciudad de San Cristóbal.

Lamentablemente todavía hay quienes se valen de tu nombre para hacer fiestas ruidosas y alejadas de todos los valores del Evangelio. Ojalá algún día esto pueda cambiar. Nos quejamos de crisis y de tantas cosas, pero no se tiene la disponibilidad para un sacrificio a favor de tantas personas necesitadas: se imponen los criterios materialistas, se alejan los espirituales.

Hay muchas cosas que queremos pedirte: que vuelva la cordialidad a nuestra ciudad, que se reinvente su belleza con criterios humanísticos, que todos podamos vivir en paz, sin zozobras ni miedos.

Ojalá pueda venir pronto el tiempo en el que la gente no tenga que montarse en camiones para movilizarse a sus trabajos y hogares; en que la gente no tenga que hacer largas colas para tanquear gasolina, para conseguir el gas o comprar insumos necesarios.

Que vengan nuevos días donde podamos ver nuestras calles limpias y no como ahora convertidas en botaderos de basura; que llegue el momento en que podamos volver a ver nuestra ciudad con sus calles llenas de gente que camina con seguridad y no como ahora que a determinadas horas se ve desolada y sin nadie que se atreva a caminar.

Que llegue el momento en que sí encontremos farmacias abiertas y no tantas licorerías que hasta altas horas de la noche sí lo están con numerosas personas en sus alrededores y sin hacer colas…

San Sebastián, te pedimos sigas protegiendo a tu ciudad bonita pero manchada por la desidia; sigue bendiciendo a tu ciudad, enrarecida por quienes se dedican a sortilegios y santerismos; sigue siendo el símbolo de una ciudad que de verdad quiere progreso y que ahora se siente golpeada por una crisis deshumanizante que cierra negocios e industrias y hace aumentar la desesperanza.

San Sebastián: fuiste modelo de honestidad y coherencia. No tuviste miedo al opresor ni a perder tu carrera militar, pues para ti lo más importante era Cristo y la caridad para con los hermanos.

Ayúdanos con tu ejemplo e intercesión: que los habitantes de San Cristóbal seamos gente capaz de vivir los valores del Evangelio y manifestar nuestra solidaridad con los más necesitados, nuestra fraternidad con todos sin excepción y donde no haya ni divisiones ni enfrentamientos.

Sé guardián de la paz ciudadana. Háblale a Jesús, aunque Él ya lo sabe, de la cantidad de hermanos nuestros migrantes que pasan por nuestras calles en búsqueda de unas condiciones de vida más digna.

Pídele que no nos falte el don de la acogida y de la atención hacia ellos. Háblale al Señor de tu gente de acá, dispuesta a compartir lo que se tiene, a pesar del egoísmo de no pocos que prefieren enriquecerse subiendo precios y practicando el «bachaqueo».

Pídele por nuestras autoridades: civiles y militares. Ellos se deben a todos y a cada uno, sin excepción y no a parcialidades políticas. Es necesario que les ayudes con tu intercesión y que el Señor toque sus corazones con la gracia de la conversión. Que se imponga la legitimidad de la democracia y no el ansia de poder.

Que quienes se dicen ser dirigentes, cualquiera que sea su ideología, de verdad se preocupen por ser pueblo y por atender las necesidades de la gente. Que no tengan miedo a ser como tú, Capitán valeroso que preferiste el martirio antes que el abandonar la práctica de la fe que encierra esperanza y amor.

Te pedimos por nuestros sacerdotes y laicos comprometidos en la acción evangelizadora. Que no busquemos las apariencias ni nos valgamos de nuestra posición para beneficio propio. Que seamos humildes y cada vez más compenetrados con el pueblo al cual pertenecemos. Que sintamos el gusto espiritual de ser pueblo y demos ejemplo de vida con un testimonio cierto y decidido de caridad en el nombre del Señor.

Ayúdanos con tu intercesión para que nuestra Iglesia sea lo que de verdad debe ser: madre y maestra, capaz de compartir los gozos y las esperanzas, las angustias y los problemas de la gente. Que sea un faro luminoso que haga resplandecer la luz de Cristo el señor.

Gracias por escucharnos y gracias por llevar esta plegaria al Dios Uno y Trino. Eres ejemplo y patrono para todos nosotros. Al celebrarte hoy reiteramos que es una hermosa ocasión para renovar nuestra fe y nuestra adhesión al Dios Uno y Trino, quien merece honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén»


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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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