A los 95 años de edad. Será incinerado mañana

Fallece Enrique Miret Magdalena

Un incansable buscador de la verdad, un hombre libre

Para algunos, azote de los obispos. Para otros, un hombre de Dios. Para todos, un referente imprescindible

La noticia cayó como un jarro de agua fría en El Líbano. El primero en saberlo fue el padre Ángel, presidente y fundador de Mensajeros de la Paz, por boca de uno de sus hijos. «Enrique Miret Magdalena ha muerto». A los 95 años de edad, en su casa, después de un tiempo en que la enfermedad, sumada a los años, fue ganando la batalla de la vida de este infatigable buscador de la verdad.

Fue un maestro, y a pesar de los años de distancia, un amigo. Un hombre fiel a su fe, y en permanente servicio a los demás. Un lujo para cualquier periodista. Siempre atento y descolgando el teléfono, tenía una respuesta para cualquier pregunta. En su afán por llevar la fe a cualquier rincón de la Tierra, de no esconder lo que debía contar, Miret Magdalena no se cansó jamás de escribir, ni de hablar, ni de dar testimonio.

Para algunos, azote de los obispos. Para otros, un hombre de Dios. Para todos, un referente imprescindible. Presidente durante muchos años de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, fue escritor, teólogo, periodista, químico, marido, padre y abuelo ejemplar. Convencido de que la Iglesia necesita una profunda renovación, sus ojos esperanzados no podrán verla

Su cuerpo ha sido llevado al tanatorio de La Paz (sala tres), donde mañana serán incinerados sus restos a la una de la tarde. El funeral será el viernes, aunque la inmediatez de la noticia ha impedido conocer exactamente cuándo ni dónde. Desde Líbano, el padre Ángel, visiblemente emocionado (Miret era presidente de honor de Mensajeros de la Paz y amigo de décadas), recordaba cómo «todos le queríamos. Yo le quería y le admiraba. De él aprendí a querer más a los hombres y a Dios, a dialogar y a respetar a otras religiones e ideas. Era un hombre bueno».

Juan José Tamayo se enteró por este periodista del fallecimiento de Miret. Una sorpresa, aunque desde hacía tiempo el empeoramiento de su salud se había agudizado. «Es una gran pérdida para la Iglesia. Era un buen hombre, un gran teólogo, un hombre libre». «Un entrañable amigo, un maestro, fue el teólogo seglar más brillante del siglo XX, un adelantado al Concilio Vaticano II», añadió, visiblemente emocionado.

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