"Se impone una transformación radical del sistema capitalista"

«La globalización expande la codicia y propaga la corrupción»

Manifiesto de la revista Exodo, que alcazna su número 100

"La globalización expande la codicia y propaga la corrupción"
Exodo número 100

Necesitamos revitalizar una ciudadanía libre, implicativa y participativa

La primera página de Exodo, allá por septiembre de 1989, concentraba toda una declaración de intenciones. La revista nace, decía el editorial de aquel NÚMERO CERO en clara alusión a la experiencia del pueblo hebreo recogida en la Biblia, como una exigencia de la vida misma…, como un desafío a las tramas esclavizadoras…, para poner en crisis ciertas seguridades…, para dar testimonio de lo que se recrea, de aquello que libera, de lo que abre caminos y esperanzas; y se propone denunciar, por el contrario, lo que paraliza, lo que mata, aquello que esclaviza, margina, excluye, divide. Los propósitos de entonces coincidían y coinciden ahora con los que animan el Centro Evangalio y Liberación al que pertenece la revista.

Han pasado 20 años. Quede para otros, sobre todo para los lectores de Éxodo, cuya fidelidad agradecemos, evaluar hasta qué punto se han cumplido aquellos compromisos, cuál ha sido la aportación real de la revista a la hora de fomentar la esperanza y la utopía de una tierra nueva, juzgar la oportunidad y el acierto de los temas elegidos a la vez que se valoran las formas de abordarlos. A nosotros nos toca expresar el mayor de los reconocimientos a quienes han colaborado desinteresadamente en la revista durante estos dos decenios, confirmando una y mil veces que la generosidad no supone merma alguna en la calidad de la contribución.

Hemos llegado al número 100. En éste, como en los noventa y nueve números anteriores, Éxodo trata de afrontar los retos del presente, de estar, en frase del Concilio Vaticano II, muy atenta a los signos de los tiempos. Al fin y al cabo, una constante en su trayectoria ha sido poner la reflexión lo más cerca posible de los hechos, enlazar la perspectiva y la prospectiva, dar publicidad a las actuaciones de quienes, creyentes o no, sostienen nuestra esperanza persistiendo cada día en la brecha.

Este número 100 sale a la luz en una hora y en unas circunstancias inquietantes y compremetedoras a las que se ha bautizado con la palabra crisis seguida de global y planetaria, los dos apellidos que la identifican. La cosa comenzó, al menos eso dicen los expertos, con unas grietas (¿butrones?), fruto de la codicia, que han hecho que el edificio financiero se tambalee y cuyas secuelas se han ido expandiendo como un virus hasta inocular el descontrol, cuando no la parálisis, en el conjunto del sistema económico. Y de aquellas codicias neoliberales han surgido estas miserias: la inseguiridad, la pobreza creciente, la desconfianza, un aumento del paro cada vez más preocupante en nuestro país, el estado del bienestar encausado, y, por encima de todo, el hecho inhumano de que los marginados de este mundo lo son cada vez más, y prácticamente irrecuperables aquellos a los que el sistema capitalista centrifugó hace tiempo. En este contexto, los objetivos del Milenio (erradicar el hambre, etc.) están siendo postergados, diezmada la colaboración con los países ¡en vías de desarrollo! y rebajada injustamente la solidaridad con los empobrecidos del tercer y cuarto mundo.

El apellido global identifica los aspectos expansivos de la crisis, pero alude además a ciertos efectos intensivos que alcanzan a la vida política y social, y que nos hacen vivir, en palabras de J. Vidal-Beneyto, bajo el signo de la perplejidad. Desorientado por la anomia que inficciona los diferentes ámbitos de la vida pública, boquiabierto ante el espectáculo de ese nepotismo rampante que se ha instalado en la vida pública y cuyas mañas adquieren una sofisticación rayana en el descaro, atónito ante el imperio ‘sin complejos’ de la corrupción, huérfano de referencias normativas estables para los comportamientos colectivos, exangüe por la pertinaz sangría de los valores públicos, confuso ante esa especie de juego de ping-pong practicada por partidos políticos más obsesionados por la consecución del poder o por perpetuarse en él que por la búsqueda del bien común, perplejo, en suma, el ciudadano de a pie no logra sustraerse fácilmente a la tentación de convertirse en un pasota de los asuntos públicos, en un egoísta movido únicamente por los intereses de su propio terruño.

Ahora bien, la onda expansiva de la crisis no se limita al ámbito político y socio-cultural. Hace mucho que su detonante, la codicia, expolia los entornos vitales y damnifica el medio ambiente. Sin pretender ser exahustivos, ahí está el cemento de ese urbanismo irracional que invade y asfixia los espacios naturales; la emisión de gases, por su parte, envenena la atmósfera, y provoca que la temperatura del planeta suba cada vez más, con los riesgos consiguientes para una biodiversidad también amenazada por el vertido de sustancias que desequilibran los ecosistemas; la masa de bosque tropical disminuye sin tregua; sumemos a todo lo anterior la amenaza nuclear y otras plagas de las que sólo los humanos somos causa, y podremos concluir hasta dónde llega nuestro olvido de la encomienda bíblica de cuidar la creación y lo fatuos y estúpidos que somos al poner en peligro la supervivencia del planeta.

La globalización derrite las fronteras del mundo, generaliza los bienes, los recursos y los progresos a la vez que expande la codicia y propaga la corrupción, la injusticia, la amenaza, poniendo, en contrapartida, barreras a la consecución del bien común, a la solidaridad, a la implantación universal de los derechos humanos, a la cooperación, a la hospitalidad…. Por otra parte, mientras los responsables de la crisis van saliendo de ella airosos y beneficiados, a las víctimas se las condena a cargar con sus dolorosas consecuencias. Esa es la flagrante contradicción de nuestras modernas sociedades ilustradas: exaltan la libertad, la individualidad y el beneficio hasta tales extremos, que olvidan la igualdad, la justicia y la solidaridad. Una contradicción, no exenta de cinismo, que lleva aparejada una profunda crisis ética, cultural y religiosa. Sí, también las religiones parecen cultivar con tal intensidad el interés de su supervivencia, están tan preocupadas por la subsistencia o incremento de su relevancia política y social, en defender como única verdad lo que cada una considera verdadero, que no es extraño que proliferen los fundamentalismos, el integrismo, la intolerancia, el fanatismo, el rechazo del otro, del diferente, del crítico, del disidente… Algunas instituciones religiosas, y en particular nuestra Iglesia, exigen cada vez más obediencia, reclaman cerrar filas frente a la sociedad global multicultural para mejor defenderse del temido relativismo y practicar el seguidismo de la autoridad por encima del seguimiento del evangelio.

No todo es, sin embargo, tan negro. Están teniendo lugar numerosos e importantes logros en diferentes campos, surgen avances tecnológicos espectaculares en ámbitos como la comunicación, la medicina, la biología, la genética, etc. Y habría que estar ciegos para no percibir las luchas, las conquistas, los empeños y las acciones liberadoras que llevan a cabo muchas presonas, organizaciones y grupos comprometidos con los pobres y oprimidos, ellos sí que son los brotes verdes donde alienta la esperanza. La misma crisis podría convertirse en un kairós, en ocasión propicia para acometer las transformaciones necesarias y abrir caminos hacia otro mundo posible.

ÉXODO quiere manifestar cuáles son sus opciones y sus apuestas, sus compromisos y su horizonte utópico en esta encrucijada.

Ante todo, manifestamos nuestra enérgica protesta contra la terapia de salida a la crisis económico-financiera propuesta por los poderosos de turno empeñados en salvar a los grandes imperios, bancos y empresas a costa de los derechos y las condiciones laborales de los trabajadores. Es injusto que las secuelas de la crisis recaigan sobre los perdedores, mientras que la mayoría de sus promotores vuelven a ser reintegrados a sus puestos y blindadas sus escandalosas remuneraciones. En este sentido, no basta con una operación de cosmética coyuntural, se impone, más bien, una radical transformación del sistema capitalista a fin de recuperar la ética pública de la responsabilidad y de la transparencia, el control democrático de la economía, de los flujos de capital y armamento, implementar la lucha contra la exclusión y favorecer la solidaridad y la hospitalidad con los más débiles como referencia ineludible de una economía humana y, por lo mismo, eminentemente social.

Manifestamos nuestra decidida apuesta por una regeneración de la política que gestione lo publico con la vista puesta en el bien común, y por ahondar en la democracia a nivel local y global. Es preciso y urgente recuperar los valores públicos, la transparencia en el ejercicio del poder, la prioridad del bien común sobre los intereses individualistas, el avance del bienestar y el ineludible compromiso por la justicia y la igualdad. Rechazamos, por tanto, el patente descaro, o el velado cinismo, tanto da, de quienes sostienen que la política es la pura y descarnada lucha por el poder, de igual modo que el sistema democrático es un mero reparto o alternancia del poder entre diversas élites.

Esta exigencia de regeneración radical de la vida política se ha de corresponder con una revitalización de la ciudadanía, auténtico sujeto político y social de la misma. Una ciudadanía libre, implicada, participativa, una ciudadanía que no sólo tolera sino que valora la riqueza que pueden aportar las diferencias, que apuesta por el diálogo entre culturas y entre religiones, defiende a las minorías relegadas y despliega todos sus sensores para detectar y atender oportunamente las causas perdidas.

ÉXODO apuesta resueltamente por la sostenibilidad como dimensión esencial de todos y de cada uno de los dominios en los que se desenvuelve la vida de los seres humanos: la economía, el desarrollo científico-técnico, la configuración de nuestros pueblos y ciudades, la relación con la naturaleza. Este principio de sostenibilidad exige superar la lógica del dominio, de la explotación, tan implantada en el corazón del capitalismo, reclamando, en consecuencia, la limitación del crecimiento expoliador del planeta. El desarrollo científico-técnico, imprescindible para el incremento del bienestar individual y social, ha de armonizarse con el principio del respeto y del cuidado de nuestra común madre tierra y con el consiguiente cambio de actitudes en el uso y disfrute de sus bienes.

Sólo una transformación socio-política de esa envergadura podría poner las bases para una ética intercultural, ecopacifista y feminista en la que primen las relaciones de igualdad, de respeto y de reconocimiento del otro diferente. El pilar de una ética así lo constituye el diálogo crítico y constructivo entre las diferentes culturas, civilizaciones y tradiciones religiosas, y ese mismo pilar será la condición para construir un mundo más justo y solidario. Ese es el proyecto en el que trata de implicarse EXODO, consciente de que un mundo globalizado necesita un conjunto de valores, normas y fines que obliguen globalmente, un proyecto, en suma, de ética mundial, como exige Hans Küng. Y al involucrarse en ese proyecto, nuestra revista desea poner todo el énfasis posible en afirmar que lo primordial de nuestras reivindicaciones lo constituye la autoridad moral de los olvidados de la tierra. EXODO quiere dar voz al silencio de estos olvidados, defender su dignidad frente a los intereses de los supuestos vencedores y a la indecencia de los tranquilamente bien acomodados, apostar por la acogida y la hospitalidad de quienes buscan en nuestro país un futuro más humano.

Por último, aunque no lo menos importante, Éxodo apuesta por la espiritualidad. Creemos que la genuina espiritulidad, que viene de más atrás que las religiones instituidas y apunta más allá de los intereses de éstas, es una dimensión realmente vital del ser humano, ya que le abre a los demás y a la trascendencia, como puso de manifiesto Jesús de Nazaret. Esa condición contradice todo dogmatismo, malcasa con los integrismos fanáticos, se expresa en el diálogo entre las distintas religiones y debería impregnar las deseables relaciones entre la religión y la laicidad, entre la fe y la ciencia.

La espiritualidad constituye, además, el humus de la solidaridad y de la entrega desinteresada a la causa de los más débiles, los pobres, los excluidos, los torturados, los asesinados, los detenidos, los obligados a exiliarse, los oprimidos, las víctimas, en resumidas cuentas, de ésta y de las otras crisis de la historia. En ella encontramos la fuerza liberadora que nos impulsa más allá del conformismo; ella es la que inspira nuestro desacuerdo con la institución eclesiástica cuando se preocupa más por el propio reconocimiento social que por el seguimiento evangélico; y es la misma espiritualidad que nos sitúa en éxodo permanente, empeñados en mostrar que otro mundo es posible, ya que creemos que la tierra se ha revelado gracias a Jesús de Nazaret como el lugar privilegiado para que se cumpla la utopía del Reino de Dios.

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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