"Durante su etapa de Zumarraga enviaba fichas y denuncias a Roma de sacerdotes de su diócesis"

Arregui: «Munilla exigió que se me impusiera el veto para no poder predicar ni enseñar»

"Pido un pequeño espacio en la Iglesia, también para mi error, en el caso de que esté equivocado"

Arregui: "Munilla exigió que se me impusiera el veto para no poder predicar ni enseñar"
José Arregui, franciscano sin hábito

"En la Iglesia debería haber más margen de tolerancia que en cualquier grupo político, y aquí ocurre a la inversa"

Abrumado por el eco que están teniendo sus palabras, Joxe Arregi (Azpeitia, 1952), no rebaja ni un ápice las acusaciones vertidas hacia el obispo de Donostia, José Ignacio Munilla, convencido de que tras él se oculta «una oscura trama» que ha provocado su abandono de la orden religiosa. «No hay ninguna duda de que durante su etapa de párroco en Zumarraga enviaba fichas y denuncias a Roma de sacerdotes de su diócesis. Es innegable que él intervino, por ejemplo, en el caso Pagola», asegura Arregi, que mantuvo hasta cuatro conversaciones personales con el propio obispo, encuentros que sólo permitieron evidenciar el abismo que media entre ambos a la hora de vivir la fe. Lo entrevista Jorge Napal en Noticias de Gipuzkoa.

¿Duerme estos días más tranquilo?

Por un lado siento un efecto de liberación, aunque estos días son un poco agobiantes porque recibo llamadas a todas horas, y además está la presión de los medios. Quiero que pasen estos primeros días para dedicarme a lo mío.

No está acostumbrado a prodigarse de este modo…

No, afortunadamente (sonríe).

En todo caso, ¿se siente más libre?

Sí, en la medida que puedo hacer cualquier declaración al no pertenecer a la comunidad franciscana. Además, me siento más libre respecto a la institución eclesial diocesana.

¿Se habría quedado en la orden «plantando cara» si no fuera porque con ello creaba problemas añadidos a sus amigos franciscanos?

Desde luego que si la provincia franciscana del País Vasco hubiese tenido más margen para situarse en libertad frente al obispo, no hubiese tenido dificultad para seguir. Es más, mi voluntad habría sido continuar.

En otras palabras, ¿sus hermanos han tenido que plegarse ante las directrices marcadas por el obispo?

Sí, no han tenido más remedio que hacerlo. Creo que tenían incluso la intención de hacer un gesto de cierto plante, exigiendo que las medidas contra mi persona las tomara el propio obispo y no se las hiciera adoptar a ellos, pero eso no podía tener recorrido.

Desde el Obispado han dicho esta semana, tras conocerse su intención de abandonar la orden, que no tienen nada que decir. Remitían el caso a sus superiores…

No creo que los superiores franciscanos tengan mucho que decir puesto que, aunque todavía no he firmado los papeles, ya no estoy vinculado a la orden. Ellos ahora no tienen una responsabilidad sobre mí.

¿Ha tenido ocasión de hablar directamente con Munilla en los últimos meses?

Lo hemos hecho en cuatro ocasiones desde el mes de febrero. Una en Arantzazu y otras tres en el Obispado de San Sebastián. Él lo quiso, y yo también lo quería. Acordamos mantener conversaciones sobre toda clase de temas teológicos, eclesiales y morales. El problema es que las conversaciones no se desarrollaron como hubiese deseado, y las dimos por concluidas.

¿No fue posible el entendimiento?

Lo grave no es que tengamos maneras divergentes de pensar. Lo grave es que no tengamos los mismos criterios en base a los cuales seguir hablando. Si para él la palabra última y el único criterio es la formulación literal del catecismo de la Iglesia católica, ya no se puede seguir hablado. Para mí, es una forma cultural e histórica de expresar la fe cristiana, pero no es la fe cristiana como tal. ¿Fe o interpretación de la fe? Chocábamos siempre en ese punto, lo mismo hablando del dogma cristológico que del aborto. Enseguida vimos el uno y el otro que no podíamos avanzar, y a partir de ahí él concluyó que yo me situaba fuera de la fe católica. Por eso exigió que se me impusiera el veto para no poder predicar ni enseñar.

¿Qué le diría ahora si le tuviera delante?

Le diría, José Ignacio (siempre le tutea), tenemos posturas divergentes pero pido un pequeño espacio en la Iglesia, también para mi error, en el caso de que esté equivocado.

¿Su Iglesia y la del obispo Munilla no comulgan?

(Sonríe). Me parece muy normal, e incluso deseable, que haya disenso. Que haya espacio para la divergencia es un indicio de salud institucional. Incluso que existan contradicciones, pero siempre desde un reconocimiento mutuo.

¿Un reconocimiento que no ha existido?

No. El poder no lo puede detentar y monopolizar sólo un sector, como es el caso. El sector oficial representado por el obispo Munilla es un instrumento de otro proyecto eclesial vigente hoy en día en la Iglesia católica, muy fuerte en el Estado español. Un sector que detenta todos los resortes del poder, en el que los márgenes de tolerancia para el disenso son estrechos, por no decir nulos. En la Iglesia debería haber más margen de tolerancia que en cualquier grupo político, y aquí ocurre a la inversa.

Dentro de ese estrecho margen de maniobra usted ha nadado a contracorriente. ¿Por qué se ha convertido en un insumiso?

El término insumiso no se utiliza en el ámbito eclesial pero, en cierta forma, es así. No entiendo la obediencia como sumisión y acatamiento de voluntades y órdenes que vienen de arriba sin más, sino como una búsqueda de aquello que nos parece lo mejor. Eso es la voluntad de Dios. Es precisa una actitud crítica, y hacen falta espacios donde uno exprese libremente su postura.

En su desencuentro con el obispo Munilla ha habido muchos claroscuros en los últimos meses. ¿Quién falta a la verdad?

(Sonríe) El 17 de junio escribí una carta en la que decía que no me iba a callar. Y lo hice para denunciar los movimientos de Munilla exigiendo a mi superior que adoptara las medidas de silenciamiento total hacia mi persona. Desde ese momento no podía ni enseñar, ni predicar ni escribir. Fue entonces cuando rompí el voto de silencio de un año que había hecho a petición de monseñor Uriarte. Rompí ese silencio, puesto que las condiciones que lo justificaban ya no existían, para denunciar incluso que el obispo había propuesto que me mandaran a América.

Pero hay hermanos suyos de la orden que recelan de ese supuesto destierro, y aseguran que son unas palabras sacadas fuera de contexto…

Nunca he dicho que hubiera una orden expresa del obispo. Nunca he hablado de destierro. Lo que sí dijo el obispo, y de eso doy fe, es que propuso y sugirió que me mandaran a América a trabajar con los pobres. Eso son palabras textuales. El obispado dijo después que mi escrito contenía graves falsedades, pero es tan cierto como que dijo que yo era «agua sucia que lo contaminaba todo».

Le acusó al obispo de esconder en su ordenador una carpeta, con el nombre de «Mafia», que contenía «maniobras eclesiales» turbias y fichas de algunos de sus compañeros de presbiterio. ¿Tiene algún modo de demostrar todo ello?

Era un rumor extendido en la diócesis, y no dije nada nuevo que no supieran muchísimos sacerdotes, laicos y religiosos de la diócesis. Que existió una carpeta con el nombre de Mafia cuando Munilla era párroco de Zumarraga lo ha reconocido él mismo. Me lo reconoció a mí.

¿A usted?

Sí, cómo no. Me dijo que él tenía una carpeta llamada Mafia, pero confesó que no tenía ninguna relevancia, que era simplemente una libreta de direcciones de gente con la que iba a cenar. Después ha dado otras versiones… En todo caso, más allá del contenido, no hay ninguna duda de que durante su etapa de Zumarraga enviaba fichas y denuncias a Roma de sacerdotes de su diócesis. Es innegable la trama en la que él intervino, por ejemplo, en el caso Pagola.

¿En qué medida Munilla pudo forzar a retirar el libro del teólogo José Antonio Pagola sobre Jesús?

En la media que denunció la publicación y se encargó de dar difusión a esa denuncia. El nombramiento de Munilla es producto directo de esa trama oscura.

¿Qué tipo de trama?

Llamémosle plan o diseño premeditado que viene de tiempo atrás. El plan consiste en implantar en la dirección de las diócesis vascas una línea totalmente distinta a la vigente desde el Concilio Vaticano II. Es un diseño de remodelación para cambiar las líneas pastorales y eclesiásticas de las diócesis vascas, un cambio que viene ya desde tiempos de Ángel Suquía, pero que experimentó un nuevo impulso desde que Rouco Varela se convirtió en presidente de la Conferencia Episcopal Española…

Y en ese contexto llega Munilla.

En todo el proceso ha habido intervenciones que no se han aclarado nunca. Pocos meses antes de que llegara el relevo, monseñor Uriarte declaró a su presbiterio que Munilla no iba a ser su sucesor… En esa pugna entre Uriarte y algunos contactos en Roma ganó Rouco, que tiene mayores influencias. Aquí los obispos no vienen nombrados por el Espíritu Santo sino a través de una serie de estrategias que no se han aclarado nunca.

¿Hace una lectura política de todo ello?

Sin duda. Con Munilla se lleva a cabo una nueva línea eclesial y pastoral, también con planteamientos políticos de fondo. Son muy conocidas las palabras que dijo Rouco el verano pasado. Uriarte pronunciaba una homilía en la misa de homenaje a los curas y religiosos asesinados por el franquismo. Después de aquella homilía, Rouco declaró lo siguiente: «Ésta será la última cagadita de Uriarte». Poco antes había declarado que nunca más iba a haber un obispo nacionalista en el País Vasco. No es lo más importante, pero también ha existido, sin duda, esa dimensión política.

¿Qué opina del nombramiento de Mario Iceta como obispo de Bilbao?

Es quien cierra el círculo del plan de Rouco. Se cierra así toda una línea de acción pastoral y de presencia eclesial en esta sociedad para dar paso a un modelo de Iglesia restauracionista, ultraconservadora y bastante fundamentalista en la lectura de la Biblia y en su doctrina teológica. Iceta es una persona de trato afable pero que, sin embargo, responde a ese mismo modelo.

¿El nuevo mapa de la Iglesia vasca está trazado a imagen y semejanza del cardenal Rouco Varela?

Sin ninguna duda. Pero no está sólo él, algunos hablan del grupo de Toledo, y no es una casualidad que Munilla haya estudiado allí, en el centro de estudios teológicos más integrista del Estado español.

¿Qué opina sobre la decisión que podría haber tomado el Vaticano de crear una provincia eclesiástica vasca, que aglutinaría a las diócesis de Bilbao, Donostia y Vitoria?

Es una reivindicación muy antigua que siempre había sido rechazada por responder a intereses políticos. Resulta que ahora querrán decir que los nuevos obispos hacen mucho más por la provincia eclesiástica, éstos que no son nacionalistas frente a aquellos que sí lo eran. Ése es el discurso dominante, una maniobra más. En todo caso, si se crea lo celebraré.

 

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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