Carlos Mario Toro, párroco en San Fermín (Madrid)

Mi vida como un cura

Un sacerdote que trabaja sin horario en un barrio pobre y conflictivo

Mi vida como un cura
Carlos Mario Toro, cura de San Fermín de Madrid

ste cura colombiano, de 49 años, perteneciente a la Fraternidad Misionera Verbum Dei, llegó a España en 1982

La cabaña con techo de uralita está en mitad del parque, junto a unos columpios y un tramo del anillo ciclista de Madrid. Cualquier paseante no avisado creerá que es una caseta para guardar herramientas de jardinería, pero en realidad es la parroquia Madre del Buen Pastor, en cuyo interior, en las misas de los domingos y fiestas de guardar, se meten 150 feligreses como sardinas en lata. A causa de su pequeña capacidad esos días se celebran hasta seis eucaristías.Lo cuenta Miguel Ángel Barroso en Abc.

Está situada en San Fermín, al sur de la capital. Un barrio de aluvión donde llegaron hace décadas inmigrantes españoles (sobre todo extremeños y andaluces) que formaron la colonia; después, extranjeros con papeles, y hoy, indocumentados que se hacinan en pisos patera, en especial suramericanos y gitanos que llegan expulsados de otros países. La Caja Mágica y el tramo 1 del Parque Lineal del Manzanares han contribuido a poner a San Fermín en el mapa, pero no lo han rescatado de su depresión. «En los últimos años se ha incrementado el paro, el fracaso escolar y la delincuencia juvenil. La situación es angustiosa», reconoce Carlos Mario Toro, el párroco.

Este cura colombiano, de 49 años, perteneciente a la Fraternidad Misionera Verbum Dei, llegó a España en 1982 y lleva tres años y medio al frente de Madre del Buen Pastor. Vive en el barrio y se conoce el percal. Profesor de Teología en el seminario de Loeches, en la comarca de Alcalá, se levanta a las cinco y media de la mañana, coge el coche, «callejea» por carreteras secundarias hasta llegar al citado destino, imparte clase, regresa a San Fermín y atiende un montón de frentes: mujeres, niños, ancianos… y gente desesperada, en general, que haberla hayla en una población de 30.000 personas de las que la mitad, aproximadamente, están adscritas a su parroquia.

San Fermín es como un pueblo donde la gente camina por mitad de la calle, compra en pequeños establecimientos (que poco a poco van sucumbiendo) y todo el mundo se conoce. «Es verdad que ahora tenemos metro, un parque bonito… y pistas de tenis», dice una de las mujeres mayores que se reúnen por las tardes en un salón anejo a la mini iglesia para realizar manualidades. «Pero los vecinos de toda la vida estamos perdiendo espacios comunes y cada vez hay más inseguridad».

Sin tiempo para aburrirse

El padre Carlos inicia su ruta vespertina departiendo con estas señoras. «Algunas están viudas y solas; sus hijos se marcharon del barrio hace tiempo. Aquí se entretienen haciendo algo útil para ellas y para los más desfavorecidos, porque parte de los cuadros y las cestas que elaboran los ponen a la venta en un rastrillo». A las seis de la tarde dejan libre el saloncito y llegan Menchu y Yolanda, voluntarias de Cáritas, para ocuparse de personas que recurren al auxilio como último salvavidas. Unos veinticinco por semana. «Los miércoles se pide la documentación (certificado de empadronamiento, DNI, libro de familia…) para evitar la picaresca, ya que hay parejas que acuden por separado para obtener doble ración», comentan. «Les damos un vale que pueden canjear al día siguiente por un paquete de comida.

También, en ocasiones, proporcionamos ropa, libros, gafas… o contribuimos al pago de los recibos del agua o la luz. La mayoría son inmigrantes, pero también hay españoles que no pueden ocultar su vergüenza. En ocasiones se echan a llorar y los citamos en otro momento y lugar. Nos cuentan auténticos dramas». Menchu tuvo que alojar en su casa a tres niños durante unos días; el padre pegaba a la madre, que terminó denunciándolo. No se trata solo de entregar bienes materiales, sino de charlar. De preocuparse. El párroco y los voluntarios se cruzan todos los días con rostros familiares. Saben si su suerte ha cambiado… a mejor o a peor: basta con observar los grupitos de jóvenes dándole a la litrona a cualquier hora del día para concluir que ésa es su ocupación.

«Las necesidades son tan perentorias que hay que buscar recursos extra», confiesa el padre Carlos. «Hemos puesto en marcha un proyecto de alimentos solidarios con los vecinos: algunos humildes, otros pudientes. Colaboran pequeños empresarios a los que liamos para que, a su vez, involucren a otros y echen una mano en lo que puedan».

El periplo continúa en unos locales cercanos a la iglesia donde 130 niños reciben catequesis. Los niños se alborotan con la llegada del cura, que conoce a todos por su nombre; cuando se enteran de que está protagonizando un reportaje, un par de niñas exclaman: «Nosotras también queremos salir en televisión», y se ponen a posar como estrellas de cine. El catequista intenta poner orden. También en esas dependencias se almacenan los comestibles (paquetes de arroz, pasta, conservas, leche…) para los pobres. No pueden ser productos perecederos.

El núcleo Orcasitas-San Fermín está formado por cinco parroquias cuyos titulares se reúnen una vez a la semana. Madre del Buen Pastor está hermanada, especialmente, con la parroquia que toma el nombre del barrio, San Fermín, que tiene su sede en un modesto edificio a la espera del traslado al nuevo que acaba de construirse. En unas estancias mínimas de esta parroquia se desarrolla uno de los proyectos de los que el padre Carlos está más orgulloso, el Centro Educacional del Menor. «Hay vecinos que están perdiendo sus pisos porque no pueden afrontar la hipoteca. No podemos darles dinero para eso, pero sí apoyarles con la alimentación y formación de sus hijos, para que los chicos tengan un futuro y no se dediquen al trapicheo de droga o algo peor».

En un aula de dos por dos metros, Ricardo, joven vecino del barrio, lidia con tres alumnos de tercero de primaria a los que la jornada se les está haciendo un poco larga: tienen más ganas de jugar que de repasar la tabla de multiplicar. «Lo primero son los deberes. Después, clases de refuerzo, en especial Lengua y Matemáticas», comenta. «Algunos chicos no están tan atrasados como parece, pero los problemas en casa afectan su rendimiento». Los voluntarios no son maestros de profesión.

Teresa, por ejemplo, trabaja en un laboratorio de análisis clínicos. A estas horas podría estar descansando en su casa; en cambio, repasa la lección de «cono» (Conocimiento del Medio) con dos niñas de quinto de primaria.

Son las siete de la tarde y el cura enfila hacia la iglesia. A las siete y media hay misa. Un compañero camerunés de su congregación le echa una mano en las celebraciones. «Un día conseguimos meter casi 250 feligreses». Cuesta imaginarlo viendo la casita en la oscuridad del parque. El padre Carlos señala entonces una explanada situada al otro lado del carril bici. «¿Ve ese terreno? Estamos a la espera de que el Ayuntamiento lo recalifique para levantar ahí el nuevo templo. Entonces podremos servir a más gente, hacer más cosas».

De las pintadas con amenazas de muerte al éxito de la labor social

Esa mañana de mediados de la década de 1970 el párroco de Santa Rosalía, en Villa Rosa, Canillas (Madrid), se desayunó con una pintada en uno de los muros de la iglesia: «Muerte a los curas». Hoy, tantos años después, reconoce que pasó miedo. Era víspera de comuniones y las relaciones con la asociación de vecinos estaban realmente tensas en este barrio obrero, de izquierdas y con poco querencia a las sotanas. Las cosas han cambiado y el padre Antonio, 72 años -a tres de la jubilación, si es que los sacerdotes se jubilan alguna vez-, lo único que teme ahora es que el legado de tantos años de sacrificio y penurias económicas no continúe.

«Cuando un seglar me echa en cara que los curas vivimos muy bien, le pregunto: «Entonces, ¿por qué no has elegido tú esta vida tan maravillosa?». Lógicamente no me contesta. Aunque lo que más le sorprende es cuando añado que sí, que he vivido realmente bien desde el punto de vista de la labor social y de la espiritualidad». Llegó a Villa Rosa hace 40 años. Hace 32 fundó la guardería infantil de la parroquia, probablemente el proyecto del que está más orgulloso y del que destaca la labor de las educadoras. Durante este tiempo ha sido pastor de sus feligreses, pero también contable y hasta chapuzas allí donde había una gotera o una persiana rota.

Su jornada laboral empieza a las siete y media de la mañana, cuando la guardería se pone en marcha. Le gusta recibir a los niños y comprobar que todo está bien. A las nueve abre la iglesia y media hora después celebra misa. Luego inicia una actividad que se prolonga hasta la noche: papeleo, reuniones con catequistas, con vecinos, con novios que desean cambiar de estado, con padres que quieren bautizar a sus hijos… Aunque el hogar de ancianos cerró cuando el Ayuntamiento abrió uno, los parroquianos siguen utilizando las viejas instalaciones. Y luego está Cáritas. «Cuando se realiza el reparto me gusta ayudar. Sacamos poco dinero de las colectas porque los vecinos no tienen recursos. La parroquia María Virgen Madre nos ayuda bastante, y yo pido subvenciones a todo bicho viviente. He llamado a tantas puertas que ya casi ni me acuerdo».

La «compra» del mes

Emilia y Josefina, feligresas de toda la vida, bajan al almacén que hay en el sótano de la iglesia para preparar las cestas de Cáritas. Tres paquetes de arroz, uno de lentejas, uno de garbanzos, uno de judías, dos de harina, uno de azúcar, uno de espaguetis, uno de fideos, dos de galletas, uno de café, un bote de cacao, seis briks de leche, una botella de aceite de girasol, dos quesos pequeños, una lata de tomate frito y otra de triturado. Esa es la «compra» del mes para 140 familias de Villa Rosa.

Los suministros llegan a través del Banco de Alimentos y de Cruz Roja, aunque la mayoría son adquiridos por la propia parroquia en un supermercado cercano. «Invertimos unos 15.000 euros al año en esta obra de caridad; nunca llegaríamos a esta cantidad sin la aportación de otras feligresías cercanas», señalan. Ciudadanos ecuatorianos (de forma mayoritaria), colombianos, peruanos, venezolanos, rumanos y ucranianos aguardan su turno. También españoles. Cada vez más. «Vienen familias enteras con niños pequeños».

El padre Antonio ha visto de todo durante estas cuatro décadas. En la época en que la hostilidad hacia él se masticaba en el barrio un policía le confesó que habían estado vigilándolo «por lo que pudiera pasar». La guardería y la iglesia han sufrido robos. «Una vez que nos desvalijaron se publicó la noticia en la sección de Sucesos de ABC», recuerda. Cuando se jubile tendrá que abandonar la casa parroquial que ha sido su hogar este tiempo. Buscará un piso de alquiler o se mudará a casa de unos parientes y dejará su «envidiable» vida de cura. Bueno, no del todo, porque seguirá con sus deberes espirituales.

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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