El Papa confirma que la comparación que hizo en su viaje a España con los días de la Segunda República no fue una improvisación
El libro-entrevista con Benedicto XVI del periodista alemán Peter Seewald, ‘Luz del mundo’ (Herder), fue presentado ayer en el Vaticano entre una enorme expectación por las filtraciones que lo han precedido. La sonada apertura al uso del preservativo ha acaparado la atención, pero el libro está repleto de puntos de interés. Desde la óptica española, hay un par de respuestas con enjundia.Lo cuenta Iñigo Domínguez en El Correo.
Por un lado, el Papa confirma que la comparación que hizo en su viaje a España con los días de la Segunda República no fue una improvisación, pues repite tal cual la misma polémica idea. Dice: «España es un país de contrastes dramáticos. Pensemos en el contraste entre la República de la década de 1930 y Franco, o en la dramática lucha actual entre la secularidad radical y la fe decidida».
La alusión inicial a esa cuestión molestó al Gobierno español y movió al portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, a negar que el Papa hubiera querido establecer un paralelismo entre la persecución que sufrió la Iglesia en aquella década y la situación actual. El cardenal Antonio María Rouco volvió a negar el lunes, en el discurso inaugural de la asamblea plenaria del episcopado, que Ratzinger equiparase ambos momentos históricos.
Pero además destaca de forma inesperada que es un país «que hoy como ayer se encuentra en un gran proceso histórico, que cuenta además con una pluralidad de culturas que se encuentran, por ejemplo los vascos y los catalanes».
Es una mención curiosa, pues no era necesaria, pero el Papa ha querido subrayar esa diferencia. No es un aspecto secundario en una situación como la que vive la Iglesia vasca, donde los nombramientos de los obispos de San Sebastián y Bilbao han causado tantas fricciones, y que está enmarcada en la tensión tradicional con el grueso de la Conferencia Episcopal.
Ratzinger, que es bávaro y conoce la importancia de la identidad del territorio, parece sensible a estos aspectos. Si bien en otro pasaje del libro, hablando de las fuerzas centrífugas de la Iglesia, opina que «la tendencia hacia las Iglesias nacionales es un anacronismo en la sociedad globalizada». «Una Iglesia no crece en la medida en que se atrinchera a nivel nacional, se separa y se encierra en un determinado sector cultural y lo absolutiza, sino que necesita unidad», apunta.

