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    José María Martín Patino prepara un libro sobre Tarancón

    «Los obispos deben entenderse con la sociedad civil, no con el Parlamento»

    «Antes los políticos no estaban tan enamorados del poder»

    Redacción 
    24 Abr 2011 - 10:27 CET
    Archivado en: España | Real Oviedo | Real Sociedad | Vicente del Bosque

    Veo preocupación en algunos obispos por hallar un partido que los defienda. Tienen derecho a defender sus ideas, pero deberían darse cuenta de que no pueden mandar sobre la sociedad civil

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    José María Martín Patino, Premio Castilla y León de los Valores Humanos 2010

    José María Martín Patino, Premio Castilla y León de los Valores Humanos 2010

    Con 86 años recién cumplidos, José María Martín Patino camina a buen paso por el parque del Retiro en una tarde fría y ventosa. Vestido con un abrigo azul marino y tocado con un gorro de piel que compró hace cuarenta años en Moscú, parece un jubilado con dificultades para dar algún contenido a su jornada. La impresión es falsa. Lo entrevista César Coca en El Correo.

    A Martín Patino, presidente desde su creación de la Fundación Encuentro -dedicada a analizar la realidad social española-, no le sobra el tiempo. Ni es un jubilado más: durante décadas ha sido una de las personas más influyentes de este país, aunque él lo niegue. En su despacho se han tejido y destejido acuerdos de gran calado; hubo quien buscó su ayuda para nombrar ministros y quien la pretendió para progresar; y repasando su biografía cuesta encontrar algún episodio relevante de la historia reciente de España en el que no aparezca, siempre discreto, siempre en la sombra.

    Estos días escribe un extenso libro sobre el cardenal Tarancón, de quien fue ayudante y amigo. En una conversación que comienza en su despacho y termina seis horas más tarde junto al estanque del parque madrileño, va desgranando su vida y sus ideas, sin ocultar su ansiedad ante lo que el futuro nos depare: «A mí me han llamado ‘el impaciente’. Estudié para ser profesor y escribir, y me ha tocado ser organizador, así que siempre he estado preocupado por si saldría bien lo que organizaba». Sigue estándolo: desde hace 40 años duerme cuatro o cinco horas diarias y con ayuda de barbitúricos. Como la noche es larga, aprovecha las horas restantes para trabajar. Ya lo hacía siendo niño.

    – Nació en Lumbrales, un pequeño pueblo de Salamanca, hijo de maestros. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia?
    – Fui el tercero de seis hermanos. Mis padres eran ultracatólicos y en mi casa solo se leían cosas verdaderamente integristas, como ‘El Siglo Futuro’, que editaban los Nocedal. A mí, un día me sorprendió mi padre leyendo ‘Jeromín’, que publicaba el periódico católico ‘El Debate’, y me dio un coscorrón. Éramos de misa y rosario cada día, y no se aceptaba el ocio. En casa no se podía estar un momento parado sin leer un libro. A los 8 años había leído a Calderón y a Lope, por obligación, claro. Y, por supuesto, literatura religiosa.

    – ¿Cómo pasó la guerra?
    – Cuando empezó, ya vivíamos en Salamanca. Me examiné de Ingreso el mismo día que comenzó la guerra. Recuerdo las manifestaciones políticas cada vez que el Ejército de Franco tomaba una ciudad, el mensaje de la España imperial que se transmitía... Mi padre dirigía un hospital de sangre adonde iban muchos marroquíes heridos y fundó también un comedor de caridad, aunque cuando se notó el hambre de verdad fue en la postguerra, con el racionamiento.

    – ¿No vivió combates?
    – Prácticamente el único tiro que oí fue uno que me alcanzó a mí y me destrozó el hombro, en 1938. El falangista que disparó se defendió en un juicio posterior diciendo que perseguía a un comunista. Eso era un atenuante.

    – ¿Y la religión? ¿Cómo se vivía en la guerra y los primeros años de la postguerra?
    – El obispo de Salamanca, Plá y Deniel, había cedido el palacio arzobispal a Franco y a las once, cada mañana, había un cambio de guardia allí mismo, junto a la catedral. A veces desfilaba también la Legión Cóndor. Había una influencia muy grande de la cultura alemana. A los 14 años, yo llevaba en la solapa una esvástica que me habían regalado, y no sabía lo que significaba. Y en cuanto a la religión, había una inflación de actos de todo tipo y en todas partes: misiones, consagraciones, ofrendas… Algo que no respondía a la realidad. En 1950, en una pastoral, Tarancón escribió que todo aquello había sido una mentira.
     
    Entró en la Compañía de Jesús a los 17 años «sin pensarlo mucho». Quiso estudiar Medicina, convencido de que era la mejor forma de servir a los demás. Pero un jesuita le hizo ver que podría hacerlo mejor si se unía a ellos. Luego estudió Filosofía Eclesiástica en Comillas y Filosofía Clásica en Salamanca, antes de irse a Fráncfort a cursar Teología y a Roma a doctorarse.

    – Mi padre vaticinó que no iba a durar en la Compañía más allá de unos días, y mi madre -que, muchos años después fue quien enseñó a leer a Vicente del Bosque, el seleccionador de fútbol- lo sintió porque de todos los hermanos era el que más ayudaba en casa. Estudié en Comillas y Salamanca por iniciativa propia, pero a Fráncfort me enviaron mis superiores. Había un gran entusiasmo entonces por Alemania, y luego estaba el tema de la emigración.

    – ¿Se relacionó mucho con los emigrantes españoles?
    – Tanto que tenía fama de dedicarme solo a eso porque me pasaba el día resolviendo problemas administrativos de los emigrantes y estudiaba de noche. Fráncfort fue uno de los primeros destinos de los españoles que salían al extranjero a trabajar. En mi primera Navidad allí, compré unos kilos de turrón y unas botellas de coñac y organicé una celebración en una parroquia. Aparecieron 500 españoles. Así arrancó mi contacto con ellos. Luego, cada domingo hacía una misa y cocinábamos una paella y comíamos todos. Fue como empecé a comprender lo que de verdad había sido la guerra. Toda aquella gente había salido de España por hambre. Buena gente, buenos trabajadores. Los alemanes me lo dijeron muchas veces.

    – ¿Y en Roma?
    – Allí fue distinto. Fui dos años para hacer el doctorado y al final estuve seis por el Concilio. Participé en él, en la comisión de Liturgia.
     
    Al terminar el Concilio, regresó a España. Corrían los años sesenta y había gente que hablaba ya con naturalidad de reconciliación. Tiempo atrás lo había dicho Carrillo, aunque de eso no se enteró casi nadie en el interior del país. Pero después lo escribió también Tarancón y en ambientes oficiales causó perplejidad. Martín Patino pertenecía al bando de los vencedores, el que el franquismo denominaba de los «auténticos españoles», pero pronto se dio cuenta de que era un error diferenciar entre buenos y malos según se declararan o no católicos. Una persona clave en esa nueva forma de ver las cosas fue Ruiz Giménez: «Nunca he conocido un español con su categoría. Un santo, y un gran político que no triunfó». La otra fue Tarancón.

    – ¿Cómo conoció al cardenal?
    – Al regresar a España, en Comillas me encargaron la dirección de la revista ‘Sal Terrae‘. Preferían que hiciera eso antes que dar clases, por si decía cosas raras aprendidas fuera. Así descubrí que los textos que escribía tenían un lector especial: Tarancón, que entonces era obispo de Oviedo. Un día, me llamó y, tras una larga conversación, me pidió que le ayudara a corregir sus textos para documentar las citas, porque él las escribía de memoria y había que encontrar la fuente exacta. Luego, cuando lo nombraron presidente de la Comisión de Liturgia, me hizo director del secretariado de la misma.

    – ¿Cómo era de cerca?
    – Era como un secante, se quedaba con todo lo que oía. Cuando llevaba meses con él, descubrí que no leía las fotocopias con artículos y recortes que le dejaba. Se justificaba, divertido, diciendo que no veía bien, así que comencé a organizarle un comedor de teólogos y políticos. Recuerdo que le llevé a todos, o casi todos, para que hablaran.

    – ¿El episodio de más tensión en esos años fue el ‘caso Añoveros’?
    – Fue el más aparatoso, sin duda. Añoveros no le contó a Tarancón que estaba preparando el texto que se iba a leer en las parroquias, pero nosotros sabíamos que algo iba a suceder. Lo cierto es que Añoveros no dijo nada escandaloso y en los dos días siguientes apenas pasó nada. Pero el miércoles la alcaldesa de Bilbao habló con Franco y con Arias y éste consideró aquello una traición. La cosa fue engordando en los medios, Añoveros estaba arrestado en su casa y yo tuve que negociar una salida con Pío Cabanillas, que estaba interesado en que se resolviera sin más ruido.

    – ¿Se sintieron muy presionados por el Gobierno?
    – En general, era una situación surrealista. Los lunes, yo me pasaba por el Ministerio para ver las multas que iban a poner por las homilías del domingo. Era un ejercicio de cinismo que un policía dijera que una homilía no respetaba la sacralidad de una misa. Me iba a comer con un alto cargo del Ministerio y así conseguí rebajar muchas multas. Lo de Añoveros fue peor, una verdadera torpeza del Gobierno. Arias era muy poco inteligente. Con Carrero Blanco nunca supimos muy bien de qué iban sus amenazas.

    – ¿Y las amenazas de la extrema derecha?
    – Las famosas pintadas y los gritos de ‘Tarancón, al paredón’ fueron tras una manifestación por el asesinato de un policía. Estábamos en París, y nos llamó Martín Descalzo para contárnoslo. A la vuelta, nos pusieron escolta. No sé si era necesario, pero de esa forma el Gobierno se enteraba de todo lo que hacíamos y los lugares a los que íbamos.
     
    Franco murió y una semana después el cardenal Tarancón celebró la misa de coronación del Rey Juan Carlos. La célebre homilía, un documento histórico en el que la Iglesia hizo una apuesta pública por la democracia y la separación del Estado, fue escrita por Martín Patino a partir de un guión del cardenal. Era el punto de arranque de la Transición y el trabajo se acumulaba.

    – ¿Hubo mucha tensión en la Iglesia en los meses siguientes?
    – Al día siguiente de ser nombrado Suárez, Alfonso Osorio, que luego fue su vicepresidente, llamó para que convenciéramos a algunas personas de que debían aceptar un Ministerio. Fraga y Areilza no querían estar en un Gobierno que consideraban de muy poco nivel y presionaban para que otros tampoco formaran parte del mismo. Fraga me dijo aquel día que era imposible que Suárez formara Gobierno.

    – ¿Con quiénes se llevaba mejor?
    – Traté mucho con Pío Cabanillas, y con Joaquín Garrigues. También me llevaba bien con Fraga, un hombre honesto aunque comparto pocas cosas con él, y tuve una gran amistad con Alzaga, Herrero, Cisneros, Fernández Ordóñez…

    – Pero Fernández Ordóñez puso en marcha la Ley de Divorcio, que tanto molestó a la Iglesia…
    – A cierta Iglesia, sí. En el fondo, muchos estábamos de acuerdo. En un Estado aconfesional tiene que haber divorcio. Pero Juan Pablo II se enfadó con Tarancón por aquello. En cuanto a lo que preguntaba, mi relación con Fernández Ordóñez no se deterioró por eso. También me llevaba bien con Carrillo. Estuve con él cuando vino a España con aquella peluca. Martín Villa, que era ministro del Interior, me decía: ‘No lo cuentes, que no está aquí’.

    – ¿Y Arzalluz? Creo que no se llevan bien, pese a compartir orden…
    – Es un enemigo mío y no sé muy bien la razón, porque apenas hemos llegado a hablar. Hace un tiempo, salió una entrevista que me hicieron y me atribuía una frase sobre él que no reconozco como mía y que le molestó. Arzalluz ‘heredó’ mi parroquia en Fráncfort y aquello enseguida se deshizo porque la gente dejó de ir. Se pasaba el día hablando de los vascos… y apenas había vascos entre los emigrantes. De verdad que no entiendo su enemistad. Yo siempre he estado muy inclinado a entender los nacionalismos. Por eso me han dado más premios en Cataluña que en Madrid.

    – El cardenal Tarancón hizo gestiones para que a usted lo nombraran obispo. ¿Se sintió decepcionado por no serlo?
    – En absoluto. Lo había pensado ante el Señor e incluso lo consulté con algún amigo de confianza y estaba seguro de que la mitra recortaría mis libertades para el futuro. Quería seguir siendo yo y deduje que no tenía vocación de obispo. Así que me sentí muy liberado por no serlo.

    Un viento frío bate el Retiro. Martín Patino sonríe para las fotos y se sube a una barca, recordando que hasta tiempos recientes lo hacía con frecuencia, «aunque nunca vestido con abrigo y con un gorro». Sus recuerdos sobre la Transición se encadenan, aportando anécdotas que arrojan luz sobre algunos episodios.

    – ¿Qué diferencia a la actual generación de políticos de la que hizo la Transición?
    – En general, aquellos no estaban tan enamorados del poder. A mí no me gusta mucho la figura del político profesional. Hace treinta años, eran gentes que se sabían ganar la vida bien al margen de la política. Ahora hacen lo posible por no perder el poder. Se trata de ganar las elecciones como sea, y no se habla de los problemas reales, se habla de personas. Se atacan, se critican… y eso es todo. Desacreditar al adversario para llegar al poder es una equivocación.

    – Muchos españoles ven a los políticos como un grave problema.
    – Hay gente de categoría, pero poca. Algunos discursos en el Parlamento son vergonzosos. Y en ese tema concreto me parece peor lo que hace la oposición. El problema, a diferencia de décadas atrás, es que se piensa que la democracia funciona y la mayoría se dedica a ver cómo se sientan en el poder.

    – ¿Tiene arreglo este país cada vez más insolidario y cainita?
    – El título VIII de la Constitución está lleno de imperfecciones porque no se pudo prever la lucha de competencias que iba a haber entre autonomías y Gobierno central. Se dice ahora que el Estado de las Autonomías es caro. Bueno, la democracia lo es. Otra cosa es la absurda duplicación de burocracias o que un Gobierno autonómico se niegue a cumplir la ley.

    – Tarancón rechazó la idea de fomentar un partido con el ideario de la Iglesia. Ahora se vuelve a hablar de ello.
    – Veo preocupación en algunos obispos por hallar un partido que los defienda. Tienen derecho a defender sus ideas, pero deberían darse cuenta de que no pueden mandar sobre la sociedad civil. Eso ya no se acepta a estas alturas.

    – ¿Y lo pretenden?
    – Pretender que la Iglesia se entienda con el poder legislativo es una barbaridad. Con quien debe entenderse es con la sociedad. Un obispo no puede hablar con desdén de un político o un presidente. En 1931, los obispos hicieron una pastoral conjunta pidiendo que se respetara la autoridad republicana. Eso no lo recuerdan los obispos de hoy.

    José María Martín Patino

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    Jesús Bastante

    Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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