Los obispos se retratan con la elección del nuevo secretario de la CEE

El final del reinado del último ‘valido’ del cardenal Rouco Varela

Ginés García, obispo de Guadix, podría ser el elegido de la mayoría “franciscana”

El final del reinado del último 'valido' del cardenal Rouco Varela
Martínez Camino

Rouco se resiste a dejar el poder y promueve a uno de los suyos

(José M. Vidal).- Durante 10 años (o más) han sido uña y carne. Mientras Antonio María Rouco Varela fulgía como arzobispo de Madrid y vicepapa español, colocó a su fiel servidor, Juan Antonio Martínez Camino, como su «larga mano» en Añastro, sede de la Conferencia episcopal española.

Ahora, el cardenal de Madrid se queda sin «pantalla» y está buscando desesperadamente los votos suficientes para volver a colocar a uno de los suyos en el puesto de secretario-portavoz de la sala de máquinas de la Iglesia española.

Hombre de poder, acostumbrado a mandar y decidir, Rouco Varela nunca tira la toalla. Y, aunque está al final de su «reinado», quiere seguir gobernando a las puertas de su jubilación e incluso después de ella. Unos dicen que al prelado madrileño le queda un mes de mando y que el Papa aceptaría su renuncia como titular de Madrid antes de Navidades. Otros, que algo más, hasta el mes de marzo del próximo año, como mucho. En todo caso, cinco meses como máximo, porque las elecciones a la presidencia de la CEE están fijadas para la semana del 10 de marzo.

En cualquier caso, el purpurado madrileño está maniobrando a fondo para colocar a uno de sus fieles como sucesor de Martínez Camino en la secretaría y la portavocía del episcopado. Fino estratega, Rouco baraja los nombres de tres eclesiásticos. Dos que suenan desde hace tiempo y un «tapado» de última hora. Los dos primeros son el obispo auxiliar de Getafe, José Rico Pavés, y el vicario general de Oviedo, Jorge Juan Fernández Sangrador.

El primero saltó a la fama desde su puesto de secretario técnico de la comisión episcopal de Doctrina de la Fe, por promover, abierta y públicamente, la condena del teólogo vasco José Antonio Pagola y, en concreto, de su bestseller, «Jesús, aproximación histórica». Lo consiguió en España, pero no en el Vaticano. Y, por lo tanto, se quedó compuesto y sin novia. Aunque, como premio, recibió la mitra.

Asturiano como Mártinez Camino, Jorge Juan Fernández Sangrador es amigo del todavía secretario de la CEE. De hecho, fue él el que lo trajo a Madrid como director de la BAC, para que siguiese sus pasos, hiciese sus armas en la capital y se preparase para sucederlo. El bucle de la estrategia pretendía cerrarse, mandándolo de nuevo a Oviedo y proponiéndolo como auxiliar de Jesús Sanz en Asturias. Pero, en el ínterim, a Roma había llegado la primavera y el Papa Francisco hizo caso omiso de la terna teledirigida desde Añastro y nombró a Juan Antonio Menéndez como auxiliar. De ahí que se antoje difícil hasta para el propio Rouco «resucitar» a Sangrador como secretario general.

Tras la llegada del tsunami Francisco, Rouco se dio cuenta de que sus candidatos a secretario «desentonaban» con los nuevos aires que empezaban a soplar de Roma y afinó su estrategia. Necesitaba un hombre más moderado, de mayor consenso y con una imagen más suave y un perfil de mayor consenso. Ese hombre lo tenía a su lado: Fidel Herraéz, su mano derecha e izquierda en Madrid, el hombre que le gobernó la diócesis.

 

 

Monseñor Herráez puede cosechar apoyos no sólo en el sector conservador, sino también en el moderado. Además, la secretaría del episcopado sería el broche de oro a su carrera y un premio de consolación a su abnegada labor de servicio absoluto al cardenal desde 1995. Primero, como vicario general y, desde 1996, como obispo auxiliar y moderador de la Curia. O eso dicen en la curia madrileña.

Pero poco premio de consolación parece la secretaría general para un prelado que sirvió toda su vida al cardenal, que nunca tuvo diócesis propia y que, de aceptar el puesto de secretario, terminaría su recorrido episcopal sin llegar a obispo titular.

En cualquier caso, Rouco juega con varios tantos a su favor. La primera es que su facción está bien organizada y va a seguir jugando sus bazas a fondo, descubriéndolas en el último momento, para pillar desprevenido al sector moderado, que no se mueve, no tiene un líder claro ni engranajes engrasados en la lucha por el poder.

La otra ventaja de la estrategia del cardenal de Madrid es la inercia. Rouco lleva tantos años ejerciendo el poder y de una manera tan absoluta que acostumbró a los obispos a delegar en él y en sus decisiones todo lo referente a la Conferencia episcopal. Acostumbrados a hacer «lo que diga Rouco», una especie de «mente que piensa por todos», les está costando formar lobby y consensuar un par de candidatos de su cordada. De ahí que, aunque los moderados sean mayoría en el episcopado, hayan llevado casi siempre las de perder.

La gran desventaja de Rouco es que ha dejado de ser el hombre de Roma en España y que los obispos saben que la elección del secretario les va a retratar ante el nuevo inquilino del Vaticano. «Hay hartazgo de Rouco entre muchos obispos y ganas de cambiar las agujas en los raíles de la Iglesia», explica un teólogo que conoce, desde hace años, los intríngulis del episcopado.

¿Están los obispos españoles en sintonía con Francisco y con los nuevos aires que soplan de Roma? La prueba del algodón del «franciscanismo» del episcopado pasa por las ternas a secretario de la Conferencia Episcopal, que elegirá la tarde del día 19 de noviembre la Comisión Permanente en una reunión ad hoc. De entre los candidatos propuestos, la Plenaria elegirá al sucesor de Camino la mañana del día siguiente, 20 de noviembre.

Los candidatos «franciscanos»

Para conseguir ese cambio de fondo y de forma, de imagen, de estilo y de sentido, los obispos (ya sin tutelas madrileñas) pueden optar para secretario por obispos moderados, sencillos, humildes, pastores, que no sean enemigos de los periodistas ni de los medios de comunicación y que transmitan a la opinión pública la imagen de la Iglesia del sí. Obispos que personifiquen a Francisco en España.

Y, aunque no abundan, algunos hay. Entre los posibles candidatos del sector moderado de la Permanente, frente a los presentados por Rouco, figuran, por este orden, el obispo de Guadix-Baza, Ginés García Beltrán; el obispo de Tarazona, Eusebio Hernández, y el obispo de Guadalajara, Atilano Rodríguez. Tres obispos con experiencia, moderados, sencillos, de trato agradable y con capacidad para gestionar la nueva etapa de la Conferencia episcopal.

La Plenaria tendrá que decidir sobre la «vieja canción» que se planeta siempre que hay nueva elección de Secretario general: ¿Se va a seguir manteniendo el cargo de portavoz unido al de secretario general o se van a separar, como se hizo en otras épocas?

Si se opta por separarlos, el secretario tendría que ser un obispo-gestor, admitido por todos, abierto y dispuesto a reactivar el papel de la Conferencia episcopal. Porque, desde Roma, se exige con fuerza la colegialidad. Y el máximo órgano de la colegialidad episcopal en cada país es la Conferencia episcopal. Para ese rol, cualquiera de los tres valdría y lo haría bien.

Los tres son hombres de consenso, de respeto y de moderación. Los tres cuentan, además, con diócesis pequeñas o manejables y cercanas a Madrid, para que las puedan seguir atendiendo adecuadamente. Los tres son obispos-pastores.

En caso de separar la función de secretario de la de portavoz, lo más probable es que los obispos opten por Ginés García como secretario y por José Marí Gil Tamayo, como portavoz y vicesecretario. Otros apuntan para este cargo de portavoz al antiguo jefe de la oficina de información y actual director de Ecclesia, Jesús de las Heras.

En cualquier caso, una elección delicada, significativa y que será mirada con lupa en Roma. Porque, con ella, los obispos se van a retratar ante el Papa, ante sus pares, ante los fieles y ante la opinión pública española. El cargo de secretario general cuenta con mucho relieve interno y, sobre todo externo, por ser el portavoz del episcopado y la cara visible de la Iglesia.

Tras décadas copado por representantes del sector más conservador (en sintonía con lo que había en Roma), es lógico pensar que, ahora, cuando Roma ha virado hacia la primavera, los obispos españoles no se empeñen en continuar en el invierno de lo antiguo. Y, con la elección, van a dejar claro si sus relojes marcan, o no, la hora romana.

Ya no vale acudir a esquemas del pasado ni escudarse en la falsa prudencia o en temores orquestados ante el «vicepapa» español. Entre otras cosas, porque Rouco está de retirada y Francisco quiere una Iglesia de periferia, con obispos «callejeros» y que sepan transmitir la misericordia del Señor.

Lo que no sale en los medios no existe. Está claro, pues, que la elección de la cara visible y mediática de la Conferencia episcopal es una tarea urgente y delicada. Está en juego la imagen pública y publicada de la Iglesia. Ésa que, con el tandem Rouco-Martínez Camino, quedó tan por los suelos, que salía siempre en último lugar en las encuestas de confianza social, a la par de los políticos.

Pronto sabremos si los obispos españoles tocan la misma música y la misma letra que, desde hace seis meses y medio, suena desde Roma. Si es verdad lo que decía el genial Tarancón, que los «obispos españoles tienen tortícolis de tanto mirar a Roma», también ahora habría de notarse. Y se notará. Aunque algunos no lo quieran, en España también florece la primavera de Francisco. Y los obispos lo saben y la mayoría, perdido el miedo, se apunta a ella.

 

 

 

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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