Rouco, "hundido" después de que el Nuncio le comunicara que el Papa aceptó su renuncia

«No me pueden despedir así. Mi hoja de servicios a la Iglesia merece otra cosa»

Lo que más le duele en la hora del adiós es no saber quién va a ser su sucesor

En cualquier caso, la próxima semana el Vaticano comunicará al Gobierno el nombre del sucesor del cardenal de Madrid y, entonces, es probable que termine filtrándose a algún medio. Por ahora, la Iglesia española contiene la respiración

(José Manuel Vidal).- Indignado e incómodo, el cardenal Rouco Varela no daba crédito a lo que estaba pasando. En su fuero interno pensaba: «No me pueden despedir así. Mi hoja de servicios a la Iglesia merece otra cosa». Tuvo que hacer gala de todo su autocontrol ante el Nuncio, aunque en su mente martilleaba sin cesar una idea: Roma estaba cometiendo una gran injusticia con él. En el fondo y en la forma.

Un sudor frío comenzó a recorrer su frente. Y eso que la tarde del 26 de julio hacía un calor de muerte en la calle Pío XII de Madrid, sede de la Nunciatura de la Santa Sede. En el interior del despacho del Nuncio Fratini, sin embargo, el ambiente era apacible. Los gruesos muros del palacete no dejan pasar el calor y el jardín que lo rodea lo mantiene fresco incluso en el fragor del verano madrileño.

Rouco no acababa de creérselo. Y, además, se sentía humillado. El día 25 había estado en Compostela, presenciando en primera fila, como eclesiástico de mayor rango, la primera ofrenda del nuevo Rey, Felipe VI, al Apóstol. Allí, todo el mundo sabía que estaba de salida, pero seguía conservando su aura de poder. En todos los corrillos clericales compostelanos se hablaba de él y de su «secreto» para permanecer en el puesto de arzobispo de Madrid tres años después de haber cumplido los 75 y con un Papa que no es de su cuerda.

Agasajado cordialmente por unos, temido por otros, el cardenal se fue esa misma noche con su sobrino, monseñor Carrasco Rouco, a pernoctar al obispado de Lugo. Y allí recibió, al día siguiente, la llamada del Nuncio de Su Santidad: «Eminencia, tengo que verlo mañana sin falta en la sede de Nunciatura. Tengo que darle una noticia en persona». Ni Rouco preguntó de qué se trataba ni el Nuncio se lo adelantó.

Durante el viaje de Lugo a Madrid no paró de darle vueltas a la llamada del Nuncio. ¿Qué cosa tan importante tendría que comunicarle monseñor Fratini, para hacerle regresar a Madrid a toda prisa? Y repasó asuntos eclesiásticos graves. Podía ser algún caso de pederastia apunto de estallar. O el traslado urgente de algún obispo. O que el representante papal quisiese saber su opinión sobre el caso Pujol. O que Roma quisiese conocer su parecer sobre el sucesor del cardenal Sistach en Barcelona. O que hubiesen llegado al Vaticano rumores sobre el calamitoso estado de las cuentas del arzobispado de Madrid…

Ni por asomo se puso en la tesitura de que el Nuncio le fuese a comunicar que el Papa aceptaba su renuncia. Primero, porque no suele ser el procedimiento habitual. Normalmente, cuando un cardenalazo pasa a la reserva, Roma le comunica con mucha antelación el día en que se va a hacer pública la aceptación de su renuncia, así como el nombre de su sucesor. Esa era la praxis, al menos hasta ahora. Pero ya se sabe que, con Francisco, las cosas han cambiado tanto en tan poco tiempo…

Y como no se lo esperaba, salió de Nunciatura todavía más dolido. Como un basilisco. Y así sigue: tremendamente herido y enfadado con el mundo. Los que le han visto estos días aseguran que «casi llora por las esquinas» y que, en privado, no hace más que lamentarse. Repite al que quiere oírle casi lo mismo que le dijo al Nuncio: «Con lo bien que estoy de salud, puedo seguir. Hace una semana que estuve en Roma y nadie me dijo nada. Y, ahora, me lo sueltan a través del Nuncio. Con Benedicto XVI no habría pasado».

En su entorno, que cada vez presenta más grietas, aseguran que «cuando se lo dijo el Nuncio, se pilló un rebote monumental y, ahora, está afectadísimo. No quiere irse. No acepta la idea de tener que dejar el cargo y pasar a ser emérito«. Su enfado es tal que, a algunos llegó a decirles que, venga quien venga, él se va a quedar en Madrid. Más aún, amenaza con permanecer en el propio palacio de San Justo, residencia de los arzobispos madrileños: «Haremos un piso abajo para el que venga y yo me quedaré arriba, en mi casa de siempre».

Para demostrar que está en buena forma y que la archidiócesis sigue funcionando a pleno rendimiento, el cardenal ha llenado de grandes actos su agenda hasta octubre: el 6 de agosto preside, en Compostela, la conmemoración del 25 aniversario de la JMJ de 1989; del 18 al 21 de septiembre Madrid acoge las II Jornadas Sociales Católicas Europeas; el 27 de septiembre la beatificación de monseñor Álvaro del Portillo, sucesor de Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei; y hasta tiene programado ya para el día 7 de octubre el comienzo de la visita pastoral a la vicaría V de la diócesis madrileña.

Pero no por ésas. De ahí que su indignación se acreciente, cuando se para a pensar en la forma en que le comunicaron la aceptación de la renuncia: haciéndolo regresar a toda prisa de su tierra y por boca de un hombre que, hasta ahora, había sido una especie de subalterno para él. El emperador humillado. El vicepapa español despedido por un simple nuncio, al que siempre tuvo controlado y mantuvo sin mando real en el episcopado.

Hombre de poder, acostumbrado a dirigir los hilos de la política eclesiástica española durante más de dos décadas, Rouco se siente, por vez primera, impotente y sin apenas capacidad de maniobra. Pero fiel a sí mismo, no ha parado de buscar explicaciones a la llamada del Nuncio. De entrada, está tan enfadado con monseñor Fratini que hasta le echa la culpa de que el Papa le haya aceptado la renuncia así, de repente y sin previo aviso.

Por otra parte, su indignación subió de tono, cuando la noticia se filtró a los medios y el miércoles 30 de julio, tan sólo tres días después de que se lo comunicase el Nuncio, el diario La Razón publicaba el siguiente titular: El Papa acepta la renuncia de Rouco Varela al frente de Madrid.

Le dolía especialmente que fuese ese diario, por ser el periódico «de cabecera» del cardenal Cañizares, su eventual sucesor. En su entorno más próximo se apresuraron a atribuir al prefecto del Culto la maniobra de la filtración de la noticia. Para quemarlo como eventual sucesor. Pero Rouco no terminó de creérselo. Conoce muy bien al ministro de la liturgia del Papa (desde los tiempos en que eran íntimos amigos) y sabe que no maneja los tiempos ni los medios ni quiere echar más leña al fuego de la sucesión. Le basta con esperar desde la distancia romana.

Por eso, al poco tiempo, el cardenal se decantó por la hipótesis de que el filtrador haya sido el propio Nuncio, tras haber recibido órdenes de Roma, con el objetivo de que el cardenal de Madrid no fuese alargando cada vez más (y con todo tipo de artimañas) la fecha de su adiós.

Cobra, pues, cuerpo, la hipótesis de que el prefecto de Obispos, cardenal Ouellet, harto de las triquiñuelas de Rouco, mandó al Nuncio que le comunicase la noticia al cardenal antes de hacerla oficialmente pública. Dado que la renuncia de un obispo se acepta sólo en el momento en que el boletín de la Santa Sede la hace pública, el cardenal canadiense encargado de obispos quiso tener un pequeño detalle con el purpurado madrileño. Para que vaya preparando lo mejor que pueda su salida, que sería anunciada públicamente a finales de agosto o principios de septiembre.

La fecha propuesta por Roma era el 28 de agosto, pero Rouco pidió, por favor, que se retrasase hasta el día 8 de septiembre, porque la primera semana de ese mes es la que dedica, desde hace años, a sus vacaciones alemanas.

En cualquier caso, fiel a sí mismo, Rouco sigue devanándose los sesos en busca de posibles estrategias que retrasen la fecha fatal de su retirada. Ya lo consiguió hace unos meses. En efecto, el pasado mes de diciembre el ministro del Interior, Jorge Fernández, miembro de la Obra y muy conectado con los «asuntos romanos», anunciaba a un reducido grupo de civiles y eclesiásticos: «Cañizares viene a Madrid para Navidades». Pero la maquinaria rouquiana se puso en marcha y consiguió retrasar la fecha de su jubilación.

Otros aseguran, sin embargo, que la verdadera razón del retraso en la aceptación de la renuncia está en la poca claridad de la situación real económico-financiera en la que está sumida la archidiócesis madrileña desde hace muchos años.

En cualquier caso, en esta ocasión, Rouco sabe que ya no tiene margen de maniobra y que ya no puede «enredar» en Roma. De ahí que, según cuentan en Madrid, ha optado por el victimismo y por la indignación. Está indignado con el representante del Papa en España («¿Quién es el Nuncio para decirme algo así?») y se hace la víctima con los últimos fieles que le quedan: «Ya ha llegado mi hora…Me tengo que ir…¿Quién vendrá ahora?».
Una cuaterna de nombres

Porque otra de las cosas que más le duele a Rouco en la hora del adiós es no saber quién va a ser su sucesor. Considera ese hecho como «una patada» de Roma. Sabe, eso sí, que no será ninguno de los tres nombres que él propuso: Fidel Herráez, su fiel obispo auxiliar; Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla, y Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo. Los tres están descartados para la sucesión, porque no figuran en la terna enviada por el Nuncio a Roma.

Una terna que, en este caso concreto, es cuaterna. Es decir, está integrada por cuatro nombres: Antonio Cañizares, Carlos Osoro, Juan Del Rio y Ricardo Blázquez. De entre ellos, saldrá el próximo arzobispo de Madrid.

Aunque ninguno de ellos sabe nada, en estos momentos y después de muchos dimes y diretes, el candidato con más probabilidades es el cardenal Cañizares. Don Antonio le pidió al Papa regresar a España. Y Francisco, al parecer, le contestó: «Volverás a España, pero no te digo ni cuándo ni a dónde«.

Por otra parte, es de los pocos prefectos de dicasterio que no ha sido confirmado en su cargo. Más aún, en Roma aseguran que Cañizares sabe ya quién le va a suceder al frente de Culto divino y disciplina de los sacramentos. Un dicasterio que va a ser redimensionado en la nueva configuración curial del Papa Francisco.

Conociendo al Papa Francisco, no se puede excluir, sin embargo, que se salte ternas y cuaternas, y opte por un outsider. Para escenificar a fondo el cambio de ruta de la Iglesia española y su adecuación a los nuevos vientos romanos. En ese caso, ganaría muchos enteros la figura del arzobispo gallego y secretario de la Congregación para la Vida Religiosa, Fray José Rodríguez Carballo. El orensano tiene experiencia de gobierno, no en vano fue el ministro general de los franciscanos, dotes pastorales y sintonía profunda con el Papa. Podría ser el «tapado».

En cualquier caso, la próxima semana el Vaticano comunicará al Gobierno el nombre del sucesor del cardenal de Madrid y, entonces, es probable que termine filtrándose a algún medio. Por ahora, la Iglesia española contiene la respiración. El nombramiento será decisivo de cara al viraje que tiene que hacer para adecuarse a la primavera de Francisco. Y a marchas forzadas. Porque, hasta ahora, está siendo una de las Iglesias más renuentes a poner su reloj a la hora romana, sujetada en la anterior etapa y en el anterior modelo eclesial por el emperador, como llaman a Rouco en algunos círculos clericales.

La sucesión de Rouco mantendrá, pues, a la Iglesia española en standby en el mes de agosto. Se va el cardenal Cisneros, sin poder alargar más su reinado y sin haber podido nombrar a su sucesor. Un adiós triste para el vicepapa español. Sic transit.

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Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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