El misionero escolapio lleva 15 años en Nepal, donde vivió el terremoto

Padre José Alfaro: «Procuro no tener lo que los pobres no tienen»

Mensajeros de la Paz ayuda al religioso en su proyecto de abrir escuelas rurales

Padre José Alfaro: "Procuro no tener lo que los pobres no tienen"
El Padre Alfaro muestra su mapa de Nepal

(Lucía López Alonso, en El Mundo).- «Ya hay templos y carreteras reconstruidos, pero van muy lentamente», explica el Padre José Alfaro sobre la recuperación de Nepal, tras el terremoto de la primavera de 2015. Aprovecha su paso por Madrid para explicar a los técnicos de Mensajeros de la Paz (la ONG fundada y presidida por el Padre Ángel) cómo se están desarrollando los proyectos a los que Mensajeros destinó ayuda el curso pasado: cinco escuelas en el norte de la India, en la zona de West Bengal.

Y es que el Padre Alfaro, que lleva como misionero en Nepal más de 15 años, pasa la mayoría del año en India, por dificultades de visado en Nepal. Los 365 días en las periferias, en cualquier caso. Y lo cuenta con rotundidad: «Voy afuera. No ayudo dentro de la ciudad. En el mundo rural es donde está la necesidad».

Su vocación son los pobres. Acompañar la pobreza cuando es sinónimo de alegría, pero también cuando se confunde con la miseria. Y pobre vive, en su montaña nepalí, cuando le dejan. «Procuro no tener lo que los pobres no tienen», declara el religioso. No tener paredes si no son de tierra. No tener otra dieta que arroz con hierbas. No tener el colchón que les falta a sus vecinos. «No necesito mucho, con mis amigas las ratas», bromea. Quizá esa pobreza cotidiana le haya dado certeza a sus causas.

La más especial de sus causas, su misión personal como calasancio en India y Nepal, fue desde el principio «llenar de escuelas la jungla». Un sueño que ha ido haciendo realidad con tiempo y trabajo, y ayudas como la de Cáritas, que colabora con el Padre Alfaro en Naga, y ahora la Fundación Mensajeros de la Paz.

La entidad, que lleva desde finales de 2015 centrada en la ayuda a los refugiados en las fronteras de Europa, no olvida Nepal y tiene claro que va a continuar este año apoyando los proyectos del Padre Alfaro también en las escuelas de Sikkim.

«Destiné 14.000 euros de la ayuda de Mensajeros a cada escuelita. En este momento son cinco las que tengo funcionando en Sikkim, West Bengal, en el Norte de la India», detalla Alfaro con toda naturalidad. Como si hubiera sido fácil abrir escuelas donde no hay siquiera caminos adecuados.

Nepal: las tres armas secretas del forastero

La policía de Sikkim dice que el Padre Alfaro es el forastero que más veces ha entrado en el lugar. «Es mi refugio cuando tengo que permanecer fuera de Nepal, pero mi hogar son esas montañas». Nepal es la segunda nación más rica en agua, pero no tiene electricidad. En la ciudad, la gente hace cola para obtener un poco de petróleo para sus desplazamientos. Y es un hecho: «El terremoto no ha acabado. Aún se oyen gritos en las montañas. Todavía la tierra tiembla«.

Impermeable al miedo, el Padre Alfaro tiene hoy 79 años y todavía se juntan brillos en sus ojos cuando habla de su misión. «Me quisieron mandar a Kerala, en el suroeste de India. Ya había conocido la montaña cuando llegué y vi el bonito paisaje, la calma, el turismo. Me asusté de pensar que tendría que vivir así de bien».

Su superior, en la orden de los calasancios, aceptó su propuesta de volverse para siempre a la montaña, pero le advirtió de que no embarcara a los demás en su aventura. «No me pidas ni un mango», recuerda el Padre Alfaro que le dijo. Eso de llenar de escuelas la jungla se quedaría en un sueño, pues el religioso sólo recibió, a partir de entonces, cien dólares mensuales de la congregación.

Sin embargo, logró lo imposible. Abrió escuelas viviendo en la misma pobreza que los demás, y ahora sus proyectos siguen creciendo gracias a colaboraciones como la de Mensajeros de la Paz, y a las tres armas secretas del Padre Alfaro.

«Para ganarme a los niños, un arma muy fácil de manejar: tengo 400 globos que me dieron los de Manos Unidas», dice. Y continúa: «Para los abuelos, medicinas, que les dan mucha alegría. Y cuando tengo que enfrentarme a las preguntas de la policía… canto el himno nacional de Nepal«. Y entonces a los oficiales les gusta comprobar que el forastero sabe cantar en su idioma. Y puede que desconfíen menos de todas sus escuelas y sus otras causas en medio de la montaña.

«Un día me apuntaron con un fusil y no me pidieron dinero: me pidieron la escuela», cuenta. Pero sabe que todas esas dificultades han hecho su lucha más fuerte, y también más extensa. Despliega sus mapas de Nepal y West Bengal, y le pone nombre a cada parte: Kathmandu, Inerva, Changling, Chinchu, Sadabkari, Parasan; Yuksom, Mirik, Maparani, Lolay, Pringtam, Chiboo.

Allí volverá dentro de nada, a seguir recorriendo por su propio pie lugares pobres e inaccesibles que necesitan que alguien crea en ellos. «No me fío ni de curas ni de monjas», explica. «Siempre intento descubrir las carencias de cada lugar por mí mismo». Y sólo así, conociendo, ayuda de verdad.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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