Misa del arzobispo electo de Rabat en la parroquia de San Antón

Cristóbal López: «Llamadme Cristóbal, portador de Cristo, mejor que monseñor»

"A poco que nos dejemos y colaboremos, Dios hace maravillas en nosotros"

Cristóbal López: "Llamadme Cristóbal, portador de Cristo, mejor que monseñor"
Cristóbal López, celebrando en San Antón

"Ésta es una parroquia con vida y llena de gente, en una noche de frío. Algo extraordinario"

(José M. Vidal).- Dentro de mes y medio, Cristóbal López dejará de ser Don Cristóbal, el inspector de la provincia salesiana de María Auxiliadora, para convertirse en monseñor Cristóbal López, arzobispo de Rabat. Como buen salesiano, lo vive «con mucha paz y mucha ilusión, porque hay que ver la vida en positivo». Sin ceder a vanaglorias: «Llamadme Cristóbal, portador de Cristo, mejor que monseñor». Y sin pensar en ascensos: «No hay nada mayor que ser hijo de Dios».

Así lo proclamó ayer, antes y después de celebrar la eucaristía en la iglesia madrileña del Padre Ángel, en honor de San Juan Bosco, del que dijo es «mi padre, mi maestro, mi amigo, que me inspira, me enseña, me alienta, me protege y me ayuda».

El nuevo obispo electo de Rabat desprende estilo salesiano por los cuatro costados. En su sencillez y cercanía, en su estilo didáctico, en su hablar fluido, claro y directo y hasta en su forma franca de dirigirse a los fieles, que llenaban San Antón.

Como era preceptivo, Cristóbal López glosó la figura de Don Bosco, «un gran educador, que inició el sistema preventivo», un «gran organizador, que inició la formación profesional», un gran constructor de colegios e iglesias, un gran fundador de los salesianos y de las salesianas, asi como un gran escritor.

«Una noche a la semana se la pasaba sin dormir, para poder escribir», explicó Don Cristóbal. De hecho, de su pluma salieron decenas de libros, sobre todo divulgativos, para los jóvenes y para la gente más sencilla. Hasta redactó una obra sobre el sistema métrico decimal, que se impuso en su tiempo.

A pesar de sus numerosas actividades, a pesar de sus extraordinarias cualidades y de haber hecho milagros «tanto de vivo como después de muerto», no fue santo por eso. «Al revés, porque fue santo y vivió santamente, hizo lo que hizo«, explica el prelado electo.

Y es que, a su juicio, Don Bosco «hizo de la vida una oración, puso a Dios en el centro y lo convirtió en la razón de su existir». ¿Cómo? «Supo ver el rostro de Cristo en cada joven pobre y abandonado que encontraba y se tomó en serio el Evangelio».

Frente a los que dicen que los santos son inimitables, Cristóbal López reivindicó una santidad para todos. Porque «todos somos elegidos de Dios» y «Don Bosco debe servirnos como estímulo, para que también nosotros seamos santos». Porque «a poco que nos dejemos y colaboremos, Dios hace maravillas en nosotros».

El caso es dejarse «tocar por el amor de Dios», porque «cuando Él te toca, no tienes más remedio que compartir su amor con los demás». Porque «el amor de Dios no es recíproco (te amo, para que me ames), sino transitivo (te amo para que ames a los demás)». Y, como decía Charles de Foucauld, «desde el momento que creí que Dios existía, no tuve más remedio que vivir para Él».

Y se despidió de la gente, encantado de haber celebrado en San Antón. «Ésta es una parroquia con vida y llena de gente, en una noche de frío. Algo extraordinario», decía. Y bromeaba con los monaguillos sintecho: «Vestidos así, de rojo, hacéis la competencia a los cardenales». Y se fue, entre sonrisas, a prepararse a su consagración, que tendrá lugar el próximo día 10 de marzo en Rabat, cuyo celebrant principal será el cardenal de Barcelona, Juan José Omella.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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