El predicador del Papa llama a "devolver a la predicación su puesto noble en la Iglesia"

Raniero Cantalamessa: «Francisco es un hombre libre y, por eso, es terrible»

"Cuando no hablamos con amor, las palabras se transforman en piedras que hieren"

Raniero Cantalamessa: "Francisco es un hombre libre y, por eso, es terrible"
Raniero Cantalamessa, junto a Carlos Osoro San Dámaso

El principal aliado del Maligno es 'el espíritu del aire', es decir, el espíritu del mundo, lo políticamente correcto

(José M. Vidal).- Es el Gran Predicador, el predicador por antonomasia de la Iglesia católica y, por lo tanto, del Papa Francisco y de sus dos predecesores. El padre Raniero Cantalamessa lleva en el puesto de predicador de la Casa Pontificia nada menos que 39 años. Algo tendrá el agua, cuando es bendecida por los últimos tres Papas. Y, de hecho, ayer lo demostró en el salón de actos del seminario de Madrid.

Máxima expectación por escuchar al predicador por antonomasia. El enorme salón de actos del seminario de Madrid, a rebosar. Estaba llena incluso la tribuna. El fraile capuchino, muy querido y muy conocido, intervino en la jornada académica ‘El Espíritu Santo, alma de la Misión’, organizado por la Cátedra de Misionología de la Facultad de Teología San Dámaso (UESD) y por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas.

Invitado especial, para conmemorar el X aniversario de la Cátedra de Misionología, en una celebración, presidida por el cardenal Osoro y en la que, junto al padre Cantalamessa, intervinieron, desde la mesa presidencial, el rector de la UESD, Javier Prades, y el director de las OMP y de la citada cátedra, Anastasio Gil.

Tras el saludo de bienvenida del rector Prades, intervino el director de las OMP, para presentar al conferenciante. «La presencia del padre Raniero no sólo es un privilegio, sino un regalo de Dios». Porque es un hombre «ungido». De hecho, «nació en 1934, pero, como ven ustedes, no aparenta su edad», bromeó Anastasio Gil.

Recordó que, además de predicador de la Casa Pontificia, es un gran teólogo y un excelente comunicador, que mantuvo un programa de televisión sobre el Evangelio del domingo durante más de dos décadas. ¿Su secreto? «Que atiende a una pequeña comunidad de monjas de clausura». Quizás, por eso y «aunque sea una herejía, creo que el Espíritu Santo habla a través de su voz».

Con su larga barba cana y su voz redonda y susurrante, Cantalamessa atrae. Además, acostumbrado como está a hablar en público, sabe qué entonación dar a sus palabras en cada momento, amén de gesticular (sobre todo, con la mano derecha) continua y adecuadamente, como buen italiano. Más de tres cuartos de hora de conferencia, que la gente escuchó con silencio religioso y con sensación de saber a poco.

El predicador comenzó su disertación, metiéndose al público en el bolsillo con una broma un tanto pía: «¿Quieren saber por qué llevo 39 años de predicador del Papa? Porque los tres Papas son santos y sabios y pensaron que éste es el lugar en el que menos daño puedo hacer a la Iglesia».

Metido en harina, Cantalamessa comenzó su disertación, subrayando la importancia del medio, para transmitir la Buena Noticia de Jesús. Porque, como decía McLuhan, «el medio es el mensaje» y «el medio primordial en la transmisión de la Palabra de Dios es la voz, la encargada de transmitir el soplo del Espíritu».

¿Cómo hacer presente al Espíritu Santo en la evangelización?, se pregunto el conferenciante. Y respondió con dos salidas: la oración y la rectitud de intención. Para que baje el soplo del Espíritu, «la oración es primordial e infalible». Tanto la personal como la comunitaria, que también se necesita. Porque «el Espíritu Santo prefiere una comunidad que ora con sus diferentes carismas».

Esta actitud orante puede toparse con dos peligros: «La inercia, pereza o falta de celo apostólico y el activismo febril y vacío». Para evitar este último peligro, Cantalamessa asegura que hay que tener siempre muy presente que «después de haber rezado, se hacen las mismas cosas en menos de la mitad del tiempo». Y comparó el activismo con los bomberos que acuden raudos a apagar un incendio y, cuando llegan, se dan cuenta de que sus tanques de agua están vacíos.

Desde este clima de oración, «la evangelización necesita auténtico espíritu profético, que es el único que puede sacudir al mundo de hoy». Porque «el alma de la Evangelización es la profecía y, de la oración, se saca el espíritu profético», al «ponerse de rodillas y preguntar a Dios qué es lo que quiere decir». Y Dios siempre responde, aunque sólo sea con «una pequeña luz» que ilumina al predicador.

Además de la oración, la evangelización exige rectitud de intención, porque «una acción vale para Dios lo que vale la intención del que la hace». Y es que «el porqué se predica es casi tan importante como el qué se predica». Y, a veces, «hay evangelizadores que evangelizan por vanidad o por pura vanagloria». Y el propio Cantalamessa reconoció que, también él, se ve sometido, a veces, a esa tentación.

Esta pureza de intenciones se plasma en dos direcciones: En la humildad y en el amor. Para escenificar la humildad contrapuso a los constructores de la Torre de Babel (un gran templo), que buscaban su propia gloria, con el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés, con unos discípulos que sólo buscaban proclamar las maravillas del Señor.

A su juicio, la humildad conduce a la libertad y a la capacidad profética. Y puso como ejemplo de ello a Francisco. «Francisco es un hombre libre y, por eso, es terrible. Es un hombre que tiene la libertad del Espíritu».

A la humildad hay que sumarle el amor en la predicación, que, a veces, puede estar contaminada por la falta de amor, porque «se puede anunciar la Buena Nueva por proselitismo o por acelerar la Historia». A su juicio, «el alma del Evangelio es el amor y el Evangelio del amor sólo se puede anunciar por amor y, cuando no hablamos con amor, las palabras se transforman en piedras que hieren».

Además, se nota inmediatamente al predicador que ama, porque «sólo se habla con entusiasmo de lo que se está enamorado» y, de ahí que, según Cantalamessa, «para ser evangelizadores hay que ser profetas y poetas». Y citó a Kierkegaard y su parábola del Gran Héroe. «Para hablar del Héroe Jesús se necesitan predicadores enamorados, poetas y genios de la admiración, que hablen con el corazón», explicó.

Tras la teoría, Cantalamessa hizo un ejercicio (del que suelen escapar los grandes teóricos) de concreción de su mensaje. En varias direcciones y con autocrítica. Primero, reconoció que los católicos estamos acostumbrados a los grupos-estufas y a pescar en pecera. «Los católicos estamos más preparados para apacentar a las ovejas del redil que para salir a pescar a los alejados», dijo.

También reconoció que, a diferencia de las Iglesia protestantes, donde «la predicación lo es todo», en la católica «no se reserva a los mejores para la predicación». Y ésa es, a su juicio, una debilidad actual de la Iglesia. «Tenemos que devolver su puesto noble en la Iglesia al oficio de la predicación». Como pedían ya grandes teólogos como De Lubac o Von Balthasar o los Santos Padre, como Agustín o Basilio.

Por eso, Cantalamessa pidió que los teólogos y los clérigos mejor formados no se encierren en sus gabinetes, sino que salgan a los púlpitos modernos a predicar. «Necesitamos una teología menos elitista, menos escolástica, menos académica y más espiritual».

Y para concluir más en lo concreto su intervención, el Padre Raniero pidió la unción del Espíritu para todos los presentes. Porque aseguró que, si se pide con fe, el Espíritu responde. Y contó un caso personal suyo. Una vez que, cansado y agotado, tenía que dar una conferencia internacional en Jerusalén y en inglés. Llegó al salón de actos tan desechó que pensó que no sería capaz de pronunciar una sola palabra en inglés. Allí mismo, ante el auditorio expectante, oró un momento al Padre celestial, le pidió su unción y, al instante, desapareció el cansancio y volvió a recordar todo lo que sabe de inglés.

«Pido esta tarde que el Señor encuentre la manera de que regresemos a nuestras casas con la unción del Espíritu. Amén». A mi lado unas monjas ‘Hijas del amor misericordioso’ parecían arrobadas. Y la ovación para Cantalamessa fluyó atronadora.

En la sesión de preguntas, le plantearon la cuestión del Maligno y de su presencia en la sociedad actual. Y Cantalamessa no se arrugó ni ante este tema políticamente incorrecto. «El Maligno actúa habitualmente a través de la posesión, pero también a través de sus aliados. Su principal aliado es ‘el espíritu del aire’, es decir, el espíritu del mundo, lo políticamente correcto, lo que todo el mundo hace y dice».

Este ‘espíritu del aire’ «pasa a través de los medios de comunicación» y, por eso, «la gente se avergüenza de actuar en contra de lo que hacen todos. Por ejemplo, la vergüenza para no ir a la iglesia o «la actitud ante la sexualidad, que transforma el amor en simple posesión».

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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