"No cometí abusos de ningún tipo, ni sexuales ni mentales, ni soy líder de secta destructiva alguna"

Miguel Rosendo: «Isaac de Vega, al que quiero mucho, me acusó posiblemente por celos»

"El Opus Dei, una obra bendita de la Iglesia, me mandó una serie de curas que hicieron de agentes secretos"

Miguel Rosendo: "Isaac de Vega, al que quiero mucho, me acusó posiblemente por celos"
Feliciano Miguel Rosendo, en la rueda de prensa

No voy a parar nunca mi obra. Me da igual que se llame Orden y Mandato o de cualquier otra manera, si Dios me bendice con la libertad

(José Manuel Vidal).- Nos cruzamos en la puerta de entrada al salón de la rueda de prensa. Miguel Rosendo se me quedó mirando, sin situarme. A su lado, el sacerdote Eduardo Lostao, le susurró : «Es Jose Manuel Vidal, el periodista de Religión Digital que nos defendió». Entonces, el fundador de Orden y Mandato, Feliciano Miguel Rosendo me abrazó con fuerza y me dijo al oído: «Gracias, muchas gracias», con los ojos humedecidos por las lagrimas.

Y se fue a tomar un café, antes de enfrentarse con la tribu periodística, algunos de cuyos miembros lo condenaron como un sádico y un pervertido sexual, líder de una secta destructiva, sin concederle la más mínima presunción de inocencia.

Está delgado, es más alto de lo que yo pensaba, y se le nota quebrado de tanto sufrimiento, tras haber pasado el calvario de casi cuatro años de prisión preventiva. Todo un viacrucis penitenciario, legal, procesal, familiar, personal y eclesial. Se le nota roto y herido física, pero sobre todo, moral y espiritualmente.

Físicamente, porque pocas personas han tenido que sufrir una prisión provisional de casi cuatro años. Ni los asesinos en serie. Y en la cárcel, algunos se las hicieron pasar de todos los colores. Y, desde ese momento, comenzó a llorar y no dejó de hacerlo a lo largo de los más de 40 minutos que duró su intervención. Un llanto suave y sereno, pero evidente y que contagió a sus familiares, a sus seguidores y a los tres curas que, como siempre, estaban a su lado, para apoyarlo en ese trance.

De hecho, Feliciano Miguel Rosendo reconoció que, a pesar de que su obra nació en una herboristería, «yo voy al médico, porque salí muy mal de la cárcel». De hecho, él no lo dijo, pero sus allegados cuentan que fue agredido en varias ocasiones en el recinto penitenciario. Él sólo contó que «hay llagas en mi cuerpo que nunca se cerrarán».

Y, sin embargo, desde su mentalidad providencialista, Miguel Rosendo vio el dedo de Dios también en la prisión, sobre todo en las personas. Y citó a algunas, como ‘El Chino’, «que no es chino, pero le llaman así, porque se levanta con los ojos pegados, él fue el que secaba mis lágrimas o Rodrigo, que estaba siempre a mi lado, o el director de la cárcel, Don Dionisio, que fue allí como mi padre, o la asistenta social».

O el musulmán que rezaba al mismo tiempo que él, todos los días, en la celda de enfrente. «Los dos arrodillados, él rezando a su Dios y yo al mío, o al mismo, el Breviario. Era hermoso, compartíamos nuestra fe, cada uno desde su celda».

Y la fuerza de la fe, que nunca perdió, fue la que le mantuvo en pié. Porque, con ser fuertes los dolores físicos, agravados por una diabetes, a Miguel Rosendo lo que más le dolió fue el alma ante «las falsedades que se publicaban y se decían sobre mí». Ese tormento era tan duro que «me estaba muriendo y hasta en algún momento se me pasó por la cabeza la tentación de quitarme la vida, que deseché de inmediato, al pensar en mi mujer, mis hijos, mis nietos y toda la gente que me quiere».

Por supuesto, Feliciano Miguel negó los abusos: «No cometí abusos de ningún tipo ni sexuales ni mentales, ni cometí coacciones sobre nadie ni prácticas ufológicas ni comportamientos de líder de una secta destructiva ni manejos turbios de dinero».

Eso sí, le da las gracias al sacerdote Ignacio Oriol y a su hermana, la madre Piedad, porque «nos ayudaron a mí y a mi familia a pagar las deudas y créditos para construir una casa digna para vivienda de las consagradas». Y quiere dejar claro que no fundó Orden y Mandato para hacerse rico ni para quitarle el dinero a la gente. Más aún, no sabe de cuentas ni de dineros para nada. En su obra, lo administraba el tesorero y «en mi casa, mi mujer».

Miguel Rosendo, sus abogados y su mujer

Y Miguel Rosendo fue desmontando una por una todas esas acusaciones que tanto le dolieron. Por lo que dice y por cómo lo dice parece el testimonio de una persona a la que «algunos hombres de Iglesia», como él dice, se la jugaron y le crucificaron en vida.

Reconoce que, por obediencia ciega a la Iglesia, durante muchos años «me obligaron a mantener ocultos mis sentimientos, por ser el fundador de Orden y Mandato». Y cita, como de pasada, a los ‘hombres de Iglesia’ que más le hicieron sufrir. El primero, el capellán de su propia asociación, Isaac Vega, al que acogió cuando quería abandonar la pastoral penitenciaria e, incluso, el sacerdocio. Y lo trató como un hijo y, a menudo, con reverencia sacerdotal hacia el cura ante el que se inclinaba y cuya voluntad cumplía siempre, porque veía en ella la voluntad del Señor.

Sus allegados tachan a Isaac Vega de ser el «gran inductor y el culpable de todos los males de Miguel Rosendo», pero éste ni siquiera para él tiene una mala palabra. Al contrario, «siento un amor muy grande por Isaac de Vega», dijo entre sollozos.

En cambio, el abogado de Miguel Rosendo, Marcos García Montes denunció que «el inductor de todo esto y al que tendremos que exigir responsabilidades en su momento es el sacerdote Isaac Vega».

Reconoce, sin embargo, Miguel Rosendo, que «el Opus Dei, una obra bendita de la Iglesia, me mandó una serie de curas que hicieron de agentes secretos». Entre ellos, el propio Isaac que, tras un tiempo, fue nombrado el capellán oficial de Orden y Mandato y fue uña y carne con el fundador.

Miguel y sus abogados

¿Por qué, después, cambió de opinión y acusó a su ex amigo de todos los delitos imaginables? Según Miguel Rosendo, «posiblemente por celos, porque en la Iglesia no hay mucha juventud ni vocaciones y a mí Dios me las mandaba». Y concluye que, después de tener mucho tiempo para pensar durante sus años de cárcel, llegó a la conclusión de que «algunos hombres de Iglesia tenían interés en deshacer Orden y Mandato»

También le dolió la actitud de monseñor Quinteiro, el actual obispo de Tui-Vigo, y de monseñor Diéguez, el obispo que aprobó su obra, primero como asociación privada y, después, como asociación pública de fieles y, sin embargo, testificó contra él en el juicio. «O probiño está mayor y quizás esté perdiendo la cabeciña», dijo Rosendo, para disculpar al obispo.

Lo que sí le enseñó la cárcel es a dejar de idolatrar a los curas y obispos por el mero hecho de serlo. «Ya me decía un sacerdote de Fátima: ‘Miguel, eres demasiado obediente con los hombres de Iglesia’. Y es cierto que sufrí mucho, porque durante años me quitaron la libertad. Hasta que el también sacerdote Ignacio Oriol me hizo ver que ‘la conciencia está por encima de la obediencia’«.

Por eso confiesa: «Sigo amando a la Iglesia. Me han fallado los obispos y los sacerdotes. Tengo una herida, pero no odio». Al contrario cree que «la Iglesia es una víctima en este caso, como yo, mi familia y mi gente». Y pide encarecidamente que «esto no lleve a la gente a apartarse de ella o a ponerse en contra de la Iglesia».

Miguel Rosendo y monseñor Quinteiro

Y la segunda lección que dice haber aprendido Miguel Rosendo es que «obedecerá siempre a la Iglesia, pero con conciencia, es decir no ciegamente». Y a su madre, la Iglesia, quiere volver a ofrecer su carisma, su «sueño» de ayudar a las familias, sus consagradas que siguen con él y los sacerdotes que continúan apoyándolo.

«No voy a parar nunca mi obra. Me da igual que se llame Orden y Mandato o de cualquier otra manera, si Dios me bendice con la libertad», dijo con su voz entrecortada por los sollozos, mientras se secaba las lágrimas con pañuelos de papel, hasta que su mujer se levantó de la mesa de la rueda de prensa y fue a buscarlo uno de tela.

Porque de Orden y Mandato queda todavía mucho, porque «queda todo lo que queda en el corazón» y «yo tengo muchas ganas de seguir haciendo cosas por Dios, porque su fuerza y su alegría siguen intactas en mi corazón y yo me siento periodista del mensaje de Jesús».

Retomar su sueño pasa por una sentencia judicial civil. El abogado de Rosendo, Marcos García-Montes, se ha mostrado convencido de que la sentencia se conocerá en pocas semanas y confía en que ésta sea «más que favorable, congruente a las pruebas aportadas» durante el juicio. «Esperamos que se haga justicia. No queremos venganza pero tampoco podemos mirar a otro lado y en el juicio se han dado versiones surrealistas», afirmó el letrado.

Concluida la rueda de prensa, Feliciano Miguel Rosendo, que seguía llorando, se levantó, dio las gracias a todos los presentes, pidió a los periodistas que, por favor «no cambien mis palabras, se lo suplico», y despidió a todos con este deseo: «Que Dios los bendiga».

Salí de la rueda de prensa, pensando que, en la Iglesia, la historia se repite: un nuevo inocente ‘crucificado’ por las ansias de poder de clérigos funcionarios. Pero, «si el grano de trigo no muere, no da fruto», como dice el Evangelio.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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