LAS MEMECES DEL INDEPENDETISMO EN CATALUÑA

Iglesia en Cataluña: la secta amarilla formada por curas, monjes, monjas y obispos separatistas

Iglesia en Cataluña: la secta amarilla formada por curas, monjes, monjas y obispos separatistas
El obispo Xavier Novell y las monjas Lucía Caram y Teresa Forcades. EP

Obispos, curas, monjes y monjas amparan y bendicen los delirios separatistas en Cataluña, apoyan las iniciativas más xenófobas e insolidarias y adoctrinan contra España a sus feligreses (Mitin de Torra en un monasterio con la abadesa aplaudiendo a rabiar).

Lo detallaba ya hace bastantes meses, con todo lujo de detalles, el siempre preciso Pablo Planas en un reportaje de LD (Los monjes de Montserrat rezan por los golpistas que pasarán ‘su segunda Navidad en la cárcel’).

Comenzaba Planas trayendo a la palesta al párroco de la localidad tarraconense de Vilarrodona, quien oficiaba misa mientras un grupo de voluntarios hacía el recuento del simulacro de referéndum del 1-O (Un párroco catalán cuelga del campanario la bandera de los piratas turcos islamistas).

A la vista de todos los feligreses, que puestos en pie cantaban dirigidos por el sacerdote, vaciaban las urnas y separaban las papeletas (¡Con la Iglesia hemos topado!: El Obispado de Gerona cede un espacio para homenajear a los golpistas presos).

La votación se había llevado a cabo en la misma iglesia y todos, fieles y votantes, participaban de una misma comunión: la independencia de una Cataluña que será cristiana o no será, según dejó sentado Josep Torras i Bages, obispo de Vich entre 1899 y 1916 y precursor del catalanismo católico tradicionalista.

Muchas iglesias sirvieron de colegio electoral para el referéndum ilegal, y no sólo en la Cataluña interior.

La mayoría del envejecido clero regional milita en el nacionalismo más recalcitrante y excluyente (Abadesas, prioras y monjas catalanas lanzan un manifiesto en apoyo del independentismo catalán).

Curas y monjas forman parte de una estructura siempre dispuesta a dar cobertura al separatismo y encastada en el poder político en Cataluña a través de la otra religión oficial, el pujolismo.

«Crist i Catalunya», CC, fue el primer «partido» del constructor de la «nación» catalana.

Mediados de los cincuenta, catequesis y catalanismo en el mismo paquete. Años después, el 17 de noviembre del 74, Pujol fundaba Convergencia en el monasterio benedictino de Montserrat, centro espiritual y político de un movimiento con vocación totalitaria.

Es el precedente de la conversión de numerosos recintos católicos de Cataluña en sedes de las entidades separatistas y los Comités de Defensa de la República (CDR). Algunos párrocos equidistantes se lavan las manos y atribuyen la estelada del campanario a la juventud del pueblo.

La mayoría, en cambio, asume con orgullo la sustitución de la cruz por el pabellón separatista y cede de manera natural las instalaciones de la iglesia a los grupos juveniles de las organizaciones políticas.
El prototipo de sacerdote catalán

Josep Taberner, el párroco ambulante de Pals, Bagur y Regencós, en la Costa Brava, fue uno de los protagonistas del verano político catalán al trascender que había «pactado» con el CDR de la zona el «alquiler» de las fachadas de las iglesias para colocar propaganda separatista y lazos amarillos.

Taberner encarna el prototipo actual de cura catalán, entrado en años, heterodoxo en materia espiritual, partidario de la ordenación de las mujeres, contrario al celibato, liberal en materia sexual y fanático nacionalista.

Plegarias separatistas

El juicio en el Tribunal Supremo, donde se procesa estos días a los Jordis y los exconsejeros golpistas, los ha radicalizado.

Montserrat dio el pistoletazo de salida a un nuevo género litúrgico, las misas amarillas, sermones y plegarias convertidos en mítines, imágenes profanadas con lazos amarillos, ofrendas y peregrinaciones.

«Al llegar a esta hora vespertina, rogamos por el restablecimiento del gobierno catalán y por la libertad de los consejeros elegidos democráticamente. Roguemos al Señor: Señor ten piedad, Cristo ten piedad. Para que ningún gobierno maltrate la dignidad de las personas y respete siempre sus derechos. Roguemos al Señor: Señor ten piedad, Cristo ten piedad».

De ese tenor son los oficios de vísperas en el cenobio benedictino.

La pugna «espiritual» de Torra y Junqueras

Montserrat irradia doctrina, de modo que las misas amarillas se han convertido en un plaga jaleada por el nuevo presidente de la Generalidad, Quim Torra, católico practicante y orgulloso que ha llevado el pujolismo un paso más allá.

En poco más de cien días de vicariato, el representante de Puigdemont ya se ha retratado con el abad de Montserrat, la mayoría de los obispos catalanes, las monjas de Vallbona y decenas de párrocos. Disputa con Oriol Junqueras el puesto de «mossèn del procés», absolutamente entregados ambos a la pura gestualidad espiritual en cartas desde la cárcel y cartas a los catalanes.

La monja «enamorada» de Mas

El aspecto más folklórico de la comunión entre clero y catalanismo es el de las monjas Teresa Forcades y Lucía Caram. La primera ha desaparecido del primer plano tras unos años de activismo mediático en contra de las farmacéuticas y a favor de la república catalana. Intentó sin éxito el salto a la política.

Caram, en cambio, se aferra a la notoriedad mediática y es una furibunda crítica de España y la Corona, siempre en primera línea para apoyar la causa separatista, se declaró en TV3 «enamorada» de Artur Mas.

España, una idea herética

A diferencia de otros religiosos como el sacerdote Custodio Ballester, apartado de su parroquia en Hospitalet de Llobregat por el cardenal Omella bajo el cargo de mostrarse pública y abiertamente partidario de la unidad de España, Caram no corre riesgo alguno por mostrar sus beligerantes opiniones políticas. Ella es una celebridad, monja argentina muy amiga de nacionalistas tan influyentes como la editorialista de La Vanguardia y TV3 Pilar Rahola y el exalcalde de Barcelona, Xavier Trias, religiosa de cabecera de la familia Tous de Manresa.

La unidad de España es una idea herética en la iglesia catalana, cuyos obispos se han expresado a favor de la ruptura por activa y por pasiva en las últimas dos décadas. La inmersión lingüística, el gran pilar de la construcción separatista, se ha impuesto no sólo con la bendición sino con el impulso del clero catalán, igual que el adoctrinamiento escolar. Mientras caía en picado la asistencia a misa, aumentaba la influencia de la iglesia regional en la administración de Cataluña.

Como en el País Vasco, los obispos catalanes han sido los primeros abanderados del nacionalismo más radical. En mayo del año pasado y de cara al referéndum ilegal, los prelados de la «Conferencia Episcopal Tarraconense» emitían un comunicado que no dejaba lugar a dudas. Se reclamaban «herederos de la larga tradición de nuestros predecesores, que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña, y al mismo tiempo nos sentimos urgidos a reclamar de todos los ciudadanos el espíritu de pacto y de entendimiento que conforma nuestro talante más característico». Y abogaban por el golpe de Estado del 1-O:

«Conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura».

La Conferencia Episcopal Tarraconense fue creada en 1969 y está formada por los obispos activos y eméritos de las provincias eclesiales de Barcelona y Tarragona. Preside el organismo el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, y entre sus miembros destacan el titular de Barcelona, Juan José Omella; el obispo de la Seo de Urgell y copríncipe de Andorra, Joan Enric Vives; el de Vich, Romà Casanova; el de Gerona, Francesc Pardo; y el de Solsona, Xavier Novell.

Todos ellos han dado más que sobradas muestras de fe catalanista. El de Tarragona, Jaume Pujol, rogó a la Virgen de Montserrat por la «afirmación nacional» de Cataluña, el de Solsona, Xavier Novell (1969), es un independentista «de piedra picada» y de canónicos sermones a favor del separatismo, mientras que Juan José Omella, el cardenal arzobispo de Barcelona, se ha revelado como gran continuador de la obra separatista del arzobispo emérito Lluís Martínez Sistach.

A pesar de la bronca que le metió Carles Puigdemont en la Sagrada Familia tres días después de los atentados del 17-A por tratarle como «autoridad autonómica», el cardenal Omella trató de frenar el 155 al ofrecerse como mediador entre el Gobierno de Rajoy y el «Govern» de Puigdemont a instancias de Oriol Junqueras.

El Vaticano prohibió expresamente la participación de Omella en cualquier contacto político alusivo al caso catalán. El papa Francisco no quería tener nada que ver con los nacionalistas catalanes, una causa xenófoba y populista a tenor de sus aliados italianos.

Omella trasladó la negativa vaticana a Junqueras pero mantuvo fluidas sus relaciones con el separatismo. Su interlocutor preferente ahora es Quim Torra, que nada tiene que ver en materia espiritual con su antecesor ni con el tibio Artur Mas en materia religiosa.
Ni el caso de la Casa de Santiago ni el de los Maristas han provocado la más mínima reacción pública por parte del arzobispado de Barcelona o de la «Conferencia Episcopal Tarraconense»

La representación de la Iglesia en Cataluña está por la república y ha echado de los templos a los feligreses no nacionalistas.

El nacionalismo controla la enseñanza, los medios y la Fe. De ahí que el escándalo de los abusos sexuales en Cataluña sea una cuestión menor para los medios afectos a la causa separatista que todo lo abarca. Ni el caso de la Casa de Santiago ni el de los Maristas han provocado la más mínima reacción pública por parte del arzobispado de Barcelona o de la «Conferencia Episcopal Tarraconense».

El «procés» lo tapa todo, de modo que la la cúpula de la Iglesia en Cataluña no se ha visto obligada a dar ningún tipo de explicación por las denuncias de pederastia y abusos sexuales.

La obediencia nacionalista aporta un tupido velo sobre los casos de abusos. El clero catalán bendice a los CDR y no lo hacen para evitar que la CUP convierta la catedral de Barcelona en un mercado ecologista, sino de buen fe.

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