"Manuela Carmena tiene sentido común para gobernar Madrid, es honrada y consecuente"

Daniel Sánchez Barbero: «Romero no es un santo tradicional, sino moderno; un santo justiciero»

"Los cristianos tenemos que proyectar en la vida nuestra fe"

Siempre que Casaldáliga nos visitaba en El Salvador, hacíamos un homenaje precioso a Romero

(José Manuel Vidal).- Daniel Sánchez Barbero es un cura misionero que ha estado más de veinte años en El Salvador, desde los años inmediatamente posteriores al asesinato de Monseñor Romero. Acaba de regresar de la beatificación del santo de América, y nos va a contar cómo ha vivido esta experiencia.

Hablaremos de los sacerdotes de allí, que se consideran todos discípulos de Rutilio Grande; de cuando de Romero no se podía hablar mucho y de los organismos que ahora trabajan por preservar su memoria y ejemplo. También de España, en donde la Iglesia empieza a involucrarse en la transformación social, al contacto con el pueblo, como quiere Francisco. Sánchez Barbero, desde su compromiso con el Círculo de Espiritualidad de Podemos.

¿Qué ha significado para ti ver elevado a los altares oficiales a Romero?

La alegría ha sido estar con la gente en cuyos rostros se manifiesta el espíritu de Monseñor Romero. Ya todo el pueblo le consideraba santo, pero ha sido muy especial la oficialización. Lo bueno ha sido encontrarme con tanta gente, con tanta pastoral, con tanta Iglesia comprometida.

¿Cuántos años estuviste viviendo allí?

Desde el 83, veinticinco. Hasta el 2006. Los años siguientes he ido por meses.

Estuviste en la época más convulsa.

Toda la guerra, sí. Me tocó lo duro. Había comenzado en el 81.

¿Tuviste problemas con las autoridades? Con la derecha, imagino.

Sí, pero allí todo el mundo los tiene. Es normal. El que se compromete socialmente, ya está señalado. Hay que saber sobrevivir.

Pero me contabas que estuviste hasta impedido.

Lógicamente. A mí me tocó lo de las repoblaciones y era durante la guerra.

¿Qué es lo de las repoblaciones?

La gente que estaba en los refugios (el de Mesa Grande, por ejemplo, en Honduras; también en los seminarios había muchos refugiados) volvía a sus terrenos de origen con nuestra ayuda, desde las parroquias. Estando todo militarizado, claro, por la guerra, yo tenía que pasar hasta cuatro retenes militares para poder atender a la gente, acceder a las repoblaciones. Iba con todos los papeles certificados por el arzobispo, pero aún así pasar por los retenes era de fuerza mayor. La gente de las repoblaciones eran familiares de los que estaban en las guerrillas. Por eso los militares no les querían: sabían que apoyaban las guerrillas. Fueron años difíciles, hasta el 89, que fue la última ofensiva.

¿Estuviste en la parroquia de Rutilio Grande?

Sí, seis meses. Yo iba para apoyar, durante dos años, un proyecto de niños de la calle, y le dije al arzobispo que no podía tener parroquia. La parroquia la tengo en Madrid, en Vallecas. Pero me pidió por favor que fuera allí medio año, a Rutilio. Luego me vine a España, porque estaba mi hermana enferma, pero fue muy bonito.

¿Sigue viva la memoria de Rutilio?

Sigue muy viva. No sólo en la comunidad que lleva su nombre, sino que en otras es la principal inspiración. Incluso para grupos de desarrollo y promoción que no son de Iglesia. Su semilla está en todas partes.

¿Le van a beatificar?

Allí siempre se dice que no hay Romero sin Rutilio, y el Papa no se va a olvidar. Yo creo que sí.

¿Tanto influyó Rutilio en Romero?

Primero, porque eran muy amigos. Pero al margen del aprecio, Romero admiraba a Rutilio porque era el más preparado que había en la diócesis. Era rector del seminario, educaba a los sacerdotes. Vino a Bélgica, a hacerse la licenciatura en Lovaina. Después estuvo en Ecuador… Entonces, todo el proyecto de Medellín y de Vaticano II, que se concretó en América, Rutilio Grande lo comprendió como nadie. Cuando ya pasó a El Salvador, ya era alguien fundamental.

¿La muerte de Rutilio fue la que hizo cambiar a Romero?

Le hizo implicarse más. Por ejemplo, cuando los periodistas le preguntaban si era cierto que se convirtió con la muerte de Rutilio, él dijo aquello de «lo cierto es que vi más claro». Tuvo que ser un cambio brutal. J. Cortina dice que, aquella noche que estuvieron ante el cadáver de Rutilio, Romero no paró de llorar. «¿Qué te han hecho, Rutilio?». También dijo que, hasta que no se aclarase lo de la muerte de Rutilio, él no iba a participar en nada oficial con el gobierno. Y lo cumplió, y es cuando se fue comprometiendo más.

Después llegaron sus gestos proféticos, como el de la misa única, en contra del nuncio y de todos los obispos, con las comunidades, los sacerdotes y las religiosas. No sé si ahí, el compromiso de Romero, que iba en la línea del de Rutilio, superó al de Rutilio.

¿Ese compromiso le llevó a la muerte?

Sí, pero él lo sabía. Tenía claro que para eso estaba. No tenia miedo. Él no iba a abandonar a su pueblo en ninguna circunstancia. «Si me matan, ya resucitaré», decía siempre.

Fue un profeta y un abanderado de la justicia: si le mataron, fue porque denunciaba desde el lado de los oprimidos.

Por supuesto. Yo considero que, por eso, es un santo de hoy. No es el santo tradicional, es un profeta del Vaticano II, un activista político.

Hace unos años sería impensable hablar de un santo con estas cualidades nuevas. De hecho, a nivel de jerarquía se le quiso tapar. Ni se le nombraba.

Tengo en mi cuarto una acuarela que me hizo una pintora a partir de las fotografías que yo tengo de la tumba donde estaba antes Romero. Recuerdo que siempre estaba llena de flores, de gente y de velas. De tanta gente que iba, hubo que taparlo y lo metieron abajo, en la cripta. Lo escondieron en un rincón y a la gente le pareció una barbaridad. Tantas quejas hubo, que volvieron a cambiarle, ¡y no sé cuántas otras veces le han cambiado ya! Ahora está en un sitio digno pero pretendieron cerrarle, pretendieron que no se pudiera acceder a él.

Entonces, en ese sentido su beatificación es significativa. ¿Se corresponde con la nueva vía de la Iglesia?

Claro. La beatificación de Romero, la introducción de la de Hélder Câmara y todos los reconocimientos que van por ese camino.

¿Se empiezan a reconocer los que hasta ahora eran los «heterodoxos»?

Exacto: es gracias a Francisco. Hasta ahora, eran los herejes. La lógica de este Papa, que retoma la línea del Vaticano II, les considera líderes religiosos incluso para las otras Iglesias, no sólo la católica. Hay muchos pastores que le reconocen. Romero ha superado el círculo de lo católico y este Papa, que es muy ecuménico y populista, lo sabe, aunque la jerarquía no lo reconozca.

¿Por qué se quiere domesticar su figura? ¿Hay un intento, por parte de la jerarquía, de suprimir las aristas de Romero; hacer que no sea tan político y justiciero?

Todos intentamos domesticarlo todo, para no temerlo. «¡Romero es nuestro!», se dice. Y, bueno, será de todos. La Iglesia nunca ha querido que le quiten a Romero, porque lo politizarían. ¡Si Romero puede ser de todo el mundo! Abanderando la libertad.

Si de alguien fue primero, fue del pueblo, porque ha sido el que ha defendido su memoria hasta ahora, mientras la Iglesia oficial no quería saber nada de él.

De hecho, a todos los que promovíamos su memoria nos tenían apartados. De Romero no se podía hablar mucho. Ahora, me alegro mucho de que existan todos estos grupos: la Fundación Romero, el Comité Monseñor Romero de El Salvador… Instituciones populares que mantienen muy bien su memoria y su enseñanza. A la luz de los cambios en la actualidad, su vida es un ejemplo universal. No sólo en El Salvador, sino en todo el mundo.

San Romero de América, que decía Casaldáliga. De toda América…

Toda. Casaldáliga, aunque aquí a España no venía, iba todos los años a El Salvador, mientras la guerra. Nos veíamos siempre, en la parroquia. Y ese poema es tan bonito… Cuando él venía, siempre teníamos que hacerle un homenaje a Romero. Casaldáliga siempre lo recordaba, y nos animaba mucho. ¡Es que hasta los pastores de la Iglesia bautista han dedicado actos a Romero! Me acuerdo de su cuadro de Romero, muy grande y muy bonito. Celebrar a Monseñor Romero siempre implica flores y corridos (que son canciones) que le dedican… Sin embargo, en la Iglesia oficial apenas había cantos. Para oírlas había que ir a las liturgias paralelas: las vigilias populares, que eran increíbles.

¿Siguen funcionando paralelamente esas dos Iglesias?


Sí, pero se acaban encontrando… Yo, por ejemplo, he estado de párroco oficial en tres parroquias, pero estaba con los otros. Por eso, para gastos oficiales y tal, no me podían decir que no, aunque quisieran. Siempre hay trasvase.

¿Por qué es el pueblo el que recuerda fundamentalmente a Romero? ¿Por qué le hizo santo desde siempre?

Cuando yo le preguntaba a la gente quién es Monseñor Romero, respondían que un profeta, porque dijo la verdad defendiendo a los pobres. Estuvo cerca del pueblo, ¿cómo no van a quererle! Para ellos, yo de verdad creo que es la expresión de la fe en Jesús. Por ejemplo, Medardo Gómez, el obispo luterano, siempre lo dice: «Monseñor Romero me ha ayudado a conocer más a Jesús, y el Evangelio me ha ayudado más a conocer a Monseñor Romero». Es muy bonito.

¿Esa memoria ha penetrado también en el clero de la jerarquía salvadoreña?

Ay, yo no sé. Ahora todos son romeristas, pero no sé si profundamente. En la beatificación hemos estado miles y miles, pero sólo unos cuantos han acompañado, como él, a las comunidades. Otros cuantos, han apoyado un poquito, y otros cuantos habían estado en contra… Ahora, como ya es santo, todos estamos de su parte… Pero eso no funciona así. Lo que falta, para mí, es que lo pongamos en práctica. La enseñanza de Romero es muy grande y hay que seguir su ejemplo. Renovó, me atrevo a decir, la Doctrina Social de la Iglesia. Acompañando como Iglesia a las organizaciones populares en lo que él llamaba «pastoral de acompañamiento». Es posible, en ese sentido, que nos vayamos abriendo a Romero más y más.

¿A la primavera de Francisco le está costando entrar en El Salvador?

No, porque Monseñor Romero es una puerta muy bonita por la que Francisco ha entrado. Es un pueblo auténticamente creyente y su organización, más que católica, es eclesial, ecuménica. Romero, en El Salvador, está por todas partes. No sólo en una plaquita que diga que ahí estuvo. Lo que antes eran paredes ahora, que ya es oficial, son carteles.

¿La UCA, Ellacuría… también siguen ahí?

Sí. Tenían mucha fuerza porque estaban muy unidos a Romero: Ellacuría, J. Sobrino… Se apoyaban muchísimo.

¿Romero transformaba pastoralmente los conceptos intelectuales que venían de la UCA?

En cierta manera, él tenía a Ellacuría y a Jon Sobrino de asesores. Jon Sobrino fue el que le hizo, por ejemplo, Honoris Causa en Bélgica. Pero Sobrino siempre dice que les superaba a todos en su cercanía a las víctimas. Siempre un montón de gente le pedía cosas, y él la escuchaba. A las madres de los desaparecidos, a los presos de no sé qué… La gente le sentía muy cerca. Por eso en los dibujos siempre sale rodeado de gente y por eso, ciertamente, está resucitando en los salvadoreños. La gente tiene su ánimo; tiene un deseo de trabajar por el cambio y hacer una sociedad nueva. Esa es la enseñanza y la alegría de Romero.

¿Será santo pronto, entonces?

Creo que sí. El Papa está empeñado y la gente, pidiéndolo. Da igual que haya o no milagro, se trata de una aclamación. «¡Han hecho beato a un santo!,» dice la gente. Desde siempre.

¿Cuántos años llevas en España, desde que volviste?

Seis, o por ahí.

Estás de párroco en un barrio popular de Vallecas. ¿También ves que en España esté calando la primavera de Francisco?

Yo creo que está calando, pero poco a poco. La jerarquía tiene un poco de resistencia. Lo del Papa Francisco es demasiado nuevo, aunque es el Evangelio: ¡no está nuevo! Pero el Vaticano II no se aplicó mucho y nos acostumbramos a otra cosa. Al clero y a los obispos les ha pillado con el pie cambiado. La gente sencilla sí que lo nota: les alegra entenderle. Sólo falta que la jerarquía acompañe en esto a la gente, desde el Evangelio. No estamos acostumbramos a que la gente participe, y para ayudarla tenemos que renovarnos nosotros.

¿Pero los curas jóvenes van a ser capaces de hacer ese cambio de chip?

No sé. Lo veo un poco difícil.

Han sido educados para ser funcionarios…

Aunque ya sabes que lo de la conversión… que todo es posible para Dios…, creo que tendríamos que ayudarles un poco. A ver cómo lo hacemos. Tenemos que convertirnos todos, no sólo los jóvenes, pero es verdad que a ellos va a resultarles más difícil. El problema que yo veo es el que ha dicho el Papa: el clericalismo. Somos muy clericales. ¡Es un problemón! Porque mientras no llegue el desclericalizador que la desclericalice… las costumbre va a seguir ahí.

¿Haría falta una especie de curso de actualización para toda esta gente? Que pasaran por el instituto de pastoral, no sé. Como se hizo después del Concilio.

Exacto. Hace falta una puesta al día. Hay que permitir lo que hasta ahora no, y hacerles sencillez y humildad. Porque, encima de lo muy clericales que somos, pensamos que tenemos toda la verdad. Nuestra cuadrícula está demasiado clara: tenemos que tener más humildad. Dejar hablar a la gente y caminar juntos. Cuando Pagola habla de hacer el Evangelio entre todos, se basa en esto.

Tenemos que caminar mucho. Nosotros, en ese sentido, estamos haciendo animación bíblica: un blog para acercar a ella, etc, con Paco Soto.

Paco Soto es un sacerdote de Granada, compañero tuyo en El Salvador.

Exacto. Nos parece que tenemos que hacer este trabajo desde la Palabra de Dios, aunque sea despacito.

¿Pero sois capaces los curas de creer a fondo perdido en los laicos? De corresponsabilizarles de verdad.

Nos cuesta. Porque hemos sido educados clericalmente: el cura es el que manda y el que lo sabe todo. Tampoco es nada nuevo: es del Vaticano II. Pero nos sigue costando. Habrá que comenzar desde la base. Construir el Evangelio desde abajo, aunque sea poco a poco.

Es que vocaciones no hay.

Vamos al barranco. Si no hubiera laicos, esto sería un suicidio. Con el Papa Francisco, por lo menos, hay alivio: se empieza a construir algo. La Iglesia de Jesús está surgiendo desde abajo, desde los laicos. No sé, yo soy de la media botella llena. Pero estamos educados de otra forma y nos va a costar. La Iglesia humilde del Vaticano II sigue sin estar construida.

¿Por qué te llaman ‘el cura de Podemos’?

Eso se le ocurrió al de Vida Nueva, cuando le mandé una carta. Es una tontería, pero bueno. Lo que pasa es que yo estoy en el Círculo de Espiritualidad. Este domingo tenemos reunión y, después, el día 4 de julio, hacemos un retiro. Es curioso porque no sólo somos católicos: hay de otras confesiones y agnósticos y ateos que quieren profundizar. Hay una unión humanista muy fuerte. Un retiro todo el día, ¡hoy por hoy! Pues sí.

¿Vais a rezar de verdad?

Claro. Es un concepto novedoso el del Círculo. Pero «se puede». Aunque no sabemos si Podemos lo va a asumir. Yo creo que sí, porque están muy empeñados en este área en la que los otros partidos nunca se han metido. Que lo espiritual sea algo, además de profundo, motivador de cambio social, es una cosa nueva. Y Podemos, por lo menos, no ha dicho que no como el resto.

¿Por qué hay miedo a Podemos? ¿Se ha fomentado desde la derecha?

Cambia la cuestión, pero es lo mismo que decíamos antes: Podemos asusta porque es nuevo. Han hecho toda una propaganda para que asuste. Dicen que son los que van a desestabilizar, y la población les teme, por ignorancia. Tampoco saben lo que es el Círculo de Espiritualidad. Cuando hablo de él con algunos curas, se asustan.

Suena a diablo.

Con cueros y rabo y de todo. ¡Una cosa que es ridícula!

 

 

Y no digamos a los obispos…

Todavía no he podido hablar de esto con el arzobispo, pero ya hablaremos.

¿Cómo está la Iglesia de Madrid? ¿Estamos en cambio o seguimos sin dejar la etapa de Rouco? ¿Se están intentando ensamblar las distintas sensibilidades, en vez de restar?

Espero que sí. Ya he dicho antes que tengo esperanza y con Osoro creo que sí se puede. Él ha dicho que todos podemos participar y ojalá se ponga en práctica. No sé cuándo va a comenzar, pero sí que me gustaría hablar con él sobre este punto.

¿Sobre el plan de pastoral?

Sí, también. Era uno de los tres puntos que yo tenía en la carta que le escribí. Lo del plan pastoral, lo de la Biblia -aquí en la diócesis no hay animación bíblica organizada, como sí en Vitoria o Barcelona…-y lo de la espiritualidad. Asunto que no es que sea ecuménico, sino ‘macroecuménico’. Como los trabajos de Casaldáliga. Creo que tenemos ahora que estar ahí presentes. Antes de las religiones, está la espiritualidad, que es lo fundamental. Tenemos que estar ahí. En la diócesis de Madrid, espero que vayamos dando pasos. De momento no lo estoy viendo… Vamos a esperar.

No sólo en casos concretos, sino en general, la Iglesia debería estar atenta a todos estos movimientos que están naciendo, que vienen del pueblo.

Claro, por eso estoy yo ahí. Hay que aportar un poco. Al menos estar presente, escuchar, poner atención, sintonizar. Porque ahí hay gente muy interesante y buena que tiene un deseo muy grande de hacer sociedad de forma nueva, relacionando la fe con la transformación política.

Es lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia.

No es ninguna cosa del otro mundo, pero hay que ponerlo en práctica. Se deja como doctrina, como teoría… pues qué bien, pero idealizándola no sirve para nada. El problema viene con el cómo ponerla en práctica.

Claro. A ti te han criticado por eso, por tomar esa opción.

Sí. Un batacazo.

¿Mucho?

Bah, estoy curado de espanto. Yo ya vengo muy criticado. Todos los años de guerra y posguerra en El Salvador… Fíjate tú: uno se acostumbra.

Una de las cosas que busca Podemos es que la carga de la crisis no recaiga sólo en los empobrecidos. Eso es también una reivindicación de la Iglesia en el último documento de la Conferencia Episcopal, La Iglesia servidora de los pobres. ¿Es un deber?

Claro. Es el deber básico de la Doctrina Social de la Iglesia. Tenemos que ser responsables y promover esa igualdad en la práctica. También me parece importante que al cristiano se le ayude a crecer. A comprometerse. Si no proyectamos nuestra fe en la sociedad, no seremos útiles, por mucho que nos hayamos educado en el cristianismo. Los cristianos debemos proyectar nuestra fe en la vida social y en la política. Es la doctrina de Cristo, no estoy diciendo nada nuevo. En este sentido, Monseñor Romero es un auténtico ejemplo. Es un modelo a seguir muy bonito. Si le tenemos de referencia, nos ayudará.

¿Te ilusiona la idea de tener como alcaldesa a Manuela Carmena?

Sí, la he estado escuchando y es una maravilla. Con sentido común, que es el menos común de los sentidos, inteligente, honrada y consecuente. Dice las cosas claras. La he leído con José Mujica: son parecidos, yo creo. Él ha dicho que el mundo ni se divide por razas ni por sexos sino por comprometidos y no comprometidos. Eso se puede pasar a los cristianos y aplicárnoslo… Si queremos poner en práctica el Reino de Dios, tiene que haber un compromiso, una acción.

Claro, también haría falta una educación de los laicos que no hemos hecho. Hay mucha gente en las comunidades cristianas que sí está formada pero, en general, falta educación en las parroquias. Una educación básica en la escritura, por ejemplo. Este año nosotros hemos empezado la introducción al Antiguo Testamento, porque nadie quería hincarle el diente. También hace falta formar en Doctrina Social de la Iglesia… no hay, ni para laicos ni para curas. Deberíamos tener más humildad y empezar a formarnos a fondo, ayudándonos los unos a los otros. Es lo que pienso hablar con el arzobispo cuando pueda verle.

Suerte con el encuentro. Ha sido un placer, muchas gracias.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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