Sueñan con salir a la calle sin miedo

Votaciones en Bangui para pasar la página de la guerra

Quedan innumerables desafíos delante, sin olvidar la reconciliación

Votaciones en Bangui para pasar la página de la guerra
UN amujer vota en las elecciones en Bangui

Pienso en los dos millones de centroafricanos que durante los últimos meses se registraron para votar, con la ilusión de encontrar, por fin, su libertad

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(José C. Rodríguez, Bangui).- «No seas tonto y pide que te cambien de equipo electoral». Cuando el pasado día 29 nuestros jefes de la oficina de Naciones Unidas en Bangui nos repartieron en los grupos para observar las elecciones en por todo Bangui, a mí me pusieron en el distrito ocho, reputado como uno de los más peligrosos. Por si se nos había olvidado a dónde íbamos, nos asignaron un coche con el chasis recién reparado después de que hace algunas semanas recibiera varios impactos de bala disparados cuando circulaba por esa parte de la ciudad. De ahí las advertencias de mis compañeros.

«Alguien tiene que ir», pensé al saludar a mis colegas a las seis de la mañana mientras nos daban las últimas instrucciones el día 30 en la oficina: Cyr, un centroafricano con quien iría al fin del mundo, el comandante Assou -de Níger- más Ferdinand, el chófer. A las seis y media ya estábamos en el primer barrio del distrito ocho: Gobongo, y a la puerta de una de sus escuelas cientos de personas hacían cola para poder entrar a votar en las elecciones presidenciales y legislativas.

Alrededor de su recinto, varios cascos azules egipcios de un contingente recién llegado para reforzar la seguridad durante las elecciones, tomaban posiciones en lugares clave para evitar incidentes. Hay que pensar que el pasado 13 de diciembre, durante el referéndum para aprobar la nueva Constitución, en Gobongo y otros barrios de Bangui los extremistas -tanto de la Seleka como de las milicias antibalaka- intentaron abortar los comicios lanzando granadas y disparando contra los electores. Hubo aquel día cinco muertos y veinte heridos. Al bajar del coche, saludé a toda la gente que pude sin prisas y les felicité por el valor que tenían: «Estáis abriendo la puerta para salir de la crisis».

Como nos temíamos, aún no habían llegado los materiales para poder votar. Misma constatación durante una primera vuelta en la que visitamos los once colegios electorales del distrito ocho: sólo en uno de ellos -a las ocho de la mañana- todo había llegado perfectamente y la gente empezaba a votar haciendo colas kilométricas bajo un sol de plomo. Ancianos con bastón a los que los vecinos ayudaban a entrar los primeros, madres con niños a la espalda esperando pacientemente a la sombra de un parasol, jóvenes que hacían bromas o que empezaban a quejarse de la lentitud del proceso.

«Oye, tú blanco, ¿se puede saber qué demonios pasa que la fila no avanza?» No tuve que mirar a ninguna parte. Yo era el único «mundju» (europeo) en toda aquella marea humana, y al llevar un emblema de la ONU entendí que una de las funciones que me tocaba realizar aquella mañana era absorber buena parte de las frustraciones y quejas de la gente.

Cada vez que les escuchaban, pensaba: la mayor parte de estas personas han perdido a seres queridos, las milicias les han destruido sus casas, les han hecho huir hacia los campos de desplazados y vivir en la desesperación, y ahora les ha llegado el día en que pueden elegir a un nuevo gobierno para pasar página. Pensé que muchos de ellos pasarán el día sin comer y por la noche dormirán en un lugar insano y polvoriento, sudando la gota gorda. Tienen todo el derecho del mundo a quejarse.

Con paciencia, hablamos con los presidentes de las mesas electorales e intentamos ayudarles en lo que pudimos. En la mayor parte de los casos, bastó con una llamada a la oficina de la Junta Electoral de su distrito para que a los pocos minutos los materiales que faltaban fueran entregados sin falta. Me llamó la atención que casi todos los agentes electorales y los observadores representantes de los partidos políticos fueran todos ellos chicos y chicas muy jóvenes, a muchos de los cuales hemos formado durante las últimas semanas.

Prácticamente todos ellos pasaron todo el día sin comer y sin salir del aula donde ayudaron a votar a la gente. Primero, comprobaban su identidad y que estuviera en la lista electoral, después le daban las dos papeletas (para las presidenciales y las legislativas) y le dirigían hacia una endeble cabina de cartón para garantizar el secreto del voto, y finalmente el presidente de la mesa les hacía introducir las papeletas en sendas urnas de plástico para finalmente hacerles meter el dedo en un bote de tinta indeleble para evitar posibilidades de fraude de votar dos veces.

A las once de la mañana ya estaban todos votando. Algunas personas salían cantando y dando gritos de alegría mientras enseñaban orgullosos el dedo con la tinta negra que acreditaba que habían votado. «Ya somos libres. Me voy a pasar todo el día bailando«, escuché que decía uno de ellos. Con el poco Sango que puedo hablar, conseguía romper en muchos casos la primera barrera de desconfianza.

Mucha gente piensa que somos los de Naciones Unidas los que hemos organizado las elecciones, cuando no es así: es la Junta Electoral nombrada por el gobierno, a la que la ONU apoya con logística y seguridad. Por todo el barrio, patrullas de los cascos azules más la policía y la gendarmería centroafricanas daban confianza a la gente de que todo estaba en orden. Durante todo el día no escuchamos un solo disparo y no registramos ni un solo incidente de seguridad.

En casi todos los colegios electorales tuvimos que ayudar a los jefes de barrio a comunicarse con los soldados egipcios, ninguno de los cuales hablaba francés. Por ejemplo, hubo que explicarles que si una persona se presenta sin tarjeta de elector pero tiene el recibo, su nombre está en la lista, y un jefe de barrio atestigua ante la mesa electoral que la persona vive en la zona, tiene derecho a votar. Otro problema resuelto.

Cuando tenía cinco minutos libres, aprovechaba para llamar a la sección electoral de la MINUSCA e informar de cómo se desarrollaba todo. Pasamos tres o cuatro veces por todos los colegios electorales. En uno de ellos, una escuela salesiana en el barrio de Galabadja, me detuve a charlar con el padre Agustin Cuevas, un espanol que vive en este lugar, uno de los mas conflictivos de Bangui. Me explicó como el pasado 13 de diciembre dos milicianes les lanzaron sendas granadas al interior para intentar impedir el referendum.

Llegaron las cuatro de la tarde, la hora oficial de cerrar los colegios electorales, y aún había enormes colas de gente que podía votar. Las papeletas comenzaban a escasear y tuvimos que hacer interminables llamadas telefónicas a la Junta Electoral para que trajeran más material para que la gente pudiera ejercer su derecho. Otra vez intentar serenar los ánimos, escuchar y calmar a la gente.

Cuando no tuvimos más remedio que marcharnos, a las seis y media de la tarde, ya noche cerrada, sólo en uno de los colegios electorales todos habían votado y en las mesas empezaban el recuento. Últimas instrucciones: cuando termine todo, son los soldados de la MINUSCA (los cascos azules) los que llevarán las urnas y los resultados a la oficina central de recogida de datos de la Junta Electoral Central. Después supimos que en el resto de los centros de voto, la actividad continuó hasta cerca de la medianoche.

La noche ha sido tranquila. Pienso en los dos millones de centroafricanos que durante los últimos meses se registraron para votar, con la ilusión de encontrar, por fin, su libertad. Aún quedan innumerables desafíos delante, sobre todo cuando se publiquen los resultados, sin olvidar la reconciliación en el país, que llevará muchos años. Esta última noche, muchos habrán soñado con poder salir a la calle sin miedo, lo que no han podido hacer durante los tres últimos años.

Hubo momentos en que senti algo de miedo. Cuando me asaltaba el temor, pensaba en el Papa Francisco que hace un mes se sumergio entre las multitudes de Bangui para alentarlos sin coche blindado y sin chaleco antibalas. «Si el llego a estos barrios, yo tambien», me console pensando.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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