EL HOMBRE Y LA FE

El satanismo retornó a EEUU en 1983… ¡casi tres siglos después de las brujas de Salem!

El satanismo retornó a EEUU en 1983… ¡casi tres siglos después de las brujas de Salem!
Baphomet, la escultura del Diablo presentada en Detroit. EP

El caso de las brujas de Salem (1692 a 1693) no bastó, escribe Alfredo Serra, este 4 de mayo de 2019, en un largo informe que publica Infobae (El exorcista de Santa Sede: «Emanuela Orlandi fue esclava sexual en el Vaticano»).

Las acusaciones de brujería desatadas por dos adolescentes histéricas, Betty Parris y su prima Abigail Williams, repicaron en otros condados, fueron detenidos ciento cincuenta inocentes, y un año después, dos tribunales condenaron a muerte «por brujería» a diecinueve de los sentados en el banquillo: catorce mujeres y cinco hombres (El exorcista del Vaticano agradece al Papa su apoyo «contra Satanás»).

La ola de demonismo (adoración de belcebú) sólo sirvió, bajo cuerda, para disfrazar odios personales y pugnas económicas (666: cómo descifrar el número del diablo).

Pero también para el arte: Arthur Miller basó en ese caso su luminosa pieza teatral «Las Brujas de Salem»: métafora contra la persecución de presuntos enemigos de los Estados Unidos por el cazabrujas Edgar Hoover, eterno jefe del FBI (Carlos Mancuso, el exorcista argentino de Bergoglio).

Casi tres siglos después, believe it ir not!, en los 80, presidencia de Ronald Reagan -enero de 1981 a enero de 1989-, un episodio ARS (abuso ritual satánico) abrió la puerta del fenómeno llamado «pánico moral» (¿Sabes cómo le salieron cuernos al diablo?).

En 1980, cuando Reagan probaba el sillón del Salón Oval al que estaba a punto de arribar, el psiquiatra canadiense Lawrence Pazder publicó el libro «Michelle recuerda: una historia verídica de satanismo»…, y abrió la jaula del tigre (El Papa alerta contra los «regalos» del diablo: «No sabes qué hay dentro»).

Michelle Smith fue su paciente, su amante, y finalmente su esposa (La idea sobre Dios y la religión de 5 grandes científicos de la historia).

Según Pazder, en 1976, ella fue a su consultorio.

«Sufría una severa depresión -reveló el psiquiatra-, al parecer provocada por un aborto espontáneo».

Optó por el método de regresión hipnótica, muchas veces de resultados falsos o vagos, y lo secundó con una batería de psicofármacos.

Según él, «terapia de memoria recuperada».

Dato no menor: Pazder era un hombre algo más que asomado al ocultismo…
Por fin, su conclusión fue a la medida de su creencia:

«Al parecer, Michelle, de chica, fue obligada a participar en ceremonias secretas por sus padres, Jack y Virginia Proby, entre 1954 y 1955, ¡a sus cinco años!, para adorar a Satanás».

Y no fue todo: el informe juraba que durante ese ritual la niña fue violada muchas veces, vio asesinatos, y fue bañada en sangre y vísceras humanas, «en un aquelarre que duró cincuenta y cinco días, interrumpido por la aparición de Jesucristo, la Virgen María y San Miguel Arcángel».

Una película de terror… con final feliz.

A la medida de un best seller y su recaudación.

Y de pronto, el cóctel «abuso ritual satánico» se sirvió de modo imaginario en todos los bares del país…, compitiendo con el bourbon Kentucky Straight y su majestad el Dry Martini con dos aceitunas.

La ola estaba ya impulsada por un huracán…

La segunda mecha la encendió Geraldo Rivera (Geraldo, el popular presentador televisivo), que mondo, lirondo y con alcance nacional advirtió:

-¡Los Estados Unidos albergan a más de un millón de satanistas!

Desde luego, el sacudón llegó hasta Ronald Reagan, muy votado por las iglesias evangélicas, que oyó voces desesperadas:

-¡El siglo veintiuno llegará con los signos de Apocalipsis!

Había nacido el «Satanic Panic».

Que llegó al delirio. Hacia 1990, las denuncias contra sectas diabólicas -y sucedáneos- superaban el millar.

Entretanto, Pazder, sólo en Italia había cobrado casi un millón y medio de euros por la venta de su libro, además de lo embolsado en su nuevo oficio: ¡asesor en investigaciones de cultos impíos!, trató de reunirse con los altos prelados vaticanos -otro puntapié a favor-, pero el tiro pasó lejos del palo.

Sin embargo, los increíbles testimonios corrieron como pelota en una final del mundo.

Casi no había místico visitado por hombres y mujeres con las caras pintadas de blanco, túnicas hasta los pies, y algunos…, encapuchados, que apuñalaban a un bebé y se embadurnaban con su sangre, y también marcaban a punta de puñal, a chicas adolescentes, dibujando en su vientre una cruz invertida…

El ataque no tardó en recaer sobre la música Metal y la convicción de que sus notas y letras, descifradas, tenían mensajes satánicos subliminales que impulsaban al suicidio.

Tanto, que los jefes de algunas bandas terminaron en los tribunales, aunque nunca hubo pruebas.

Sin embargo, ¿cómo olvidar el caso Pulling?

En 1982, la detective privada Patricia Pulling, residente en Richmond, Virginia, estaba al borde de la locura. Su hijo,Lee Irving Pulling, se mató de un balazo en el pecho con la pistola de su madre.

Una muerte anunciada. El joven mataba animales (conejos de su madre y gatos de los vecinos), y en noches de luna, desnudo, aullaba en el patio de su casa.

La detective desechó lo racional y abrazó la fantasía:

-Mi hijo se pegó un tiro luego de la maldición que le echó un compañero en una partida de «Calabozos y dragones».

Y no paró allí. Fundó una asociación contra los juegos que «son herramientas de sectas satánicas para reclutar cuerpos y almas».

Entre discursos, panfletos, programas de radio y tevé de gran audiencia, logró formar una legión de predicadores electrónicos, periodistas, candidatos a fiscal de distrito, psíquicos fraudulentos, y hasta Jack Chick, el dibujante-fetiche de la extrema derecha religiosa.

La última cruzada sin cruz en las pecheras…

Pero aún faltaba el último e interminable capítulo.

Año: 1983. Escenario: la Guardería McMartin. Un centro de cuidado infantil de Manhattan Beach, Los Ángeles.

De población high, fue fundada y regida por tres generaciones de los McMartin sin una sombra.

Pero de pronto, Judy Johnson, la madre de uno de los niños, acusó al cuidador Ray Buckley:

-¡Violó a mi hijo!

Mecha encendida para la detonación del escándalo. Y con agravante: el acusado era hijo de Peggy McMartin, la administradora, y nieto de Virginia McMartin, fundadora y dueña.

La sospecha, como un denso manto negro, cayó sobre todo el personal.
Según la demandante -que murió por alcoholismo tres años después, y enferma de esquizofrenia paranoide -:

-El cuidador y sus compañeros sodomizaron y torturaron a mi hijo. Excaven alrededor de la casa: está lleno de túneles por los que llevaban a los niños para usarlos en sus rituales.

El juicio contra los McMartin… ¡duró siete años! Uno de los más largos de la historia del país.

Uno de los niños, durante las pruebas, ¡señaló al actor Chuck Norris como uno de los testigos de las ceremonias satánicas!

Resultado: de los 400 infantes, 360 dijeron que Buckley y sus compañeros los violaron y usaron para ceremonias satánicas. Pero ninguno tenía signos de agresión sexual ni de torturas.

Como tres siglos antes, el tam-tam de las brujas de Salem se repetía: aunque sin pruebas, y no se acallaría del todo, hasta pasados casi tres años, en guarderías y centros similares de los cuatro puntos cardinales del país.

Sin pruebas…, pero Ray Buckley pasó siete años entre rejas, la guardería no reabrió, y la demolieron.

La familia perdió hasta el último dólar.

Fue, se dice, el final del «Satanic Panic».

Pero lo que empezó como drama terminó en comedia…, o grotesco.

Año 2015. Hace apenas un rato…

De pronto, en Detroit, en lugar de exhibir una joya de cuatro ruedas digna de la leyenda de sus grandes modelos…, se anunció la presentación de una escultura del Diablo.

La ceremonia, sólo para mayores de 18 años para «una noche de caos, ruido y libertinaje», fue comunicada en secreto, por correo, y previo pago.

La tenían en un lugar secreto. Un edificio industrial junto al río Detroit.
Material: bronce. Altura: 2,95 metros. Peso: una tonelada y media. Descripción: torso de hombre musculoso, patas y cabeza de chivo, barbas, cuernos y alas. En la frente, un pentagrama. En el vientre, el báculo de Asclepio, el dios griego de la medicina. Apunta al cielo con los dedos índice y mayor de la mano derecha. Lo llaman también Baphomet.

Pero el bastonero de la secta, un tal Lucien Greaves, poco sabía de marketing.

¡Intentó presentarlo en un restaurante, pero los comensales -unos cincuenta- lo echaron a pedradas!

Triste fin de fiesta para los entusiastas del Demonio: terminaron gritando ¡Viva Satán! en la esquina de un suburbio.

Y fue inútil buscarle morada propia y fija. Lo rechazaron varios estados, y tras años de litigio, la Corte Suprema de Oklahoma sentenció:

«La Constitución estatal prohíbe el uso de la propiedad del Estado en beneficio de una religión».

Sonó la campana.

Nocaut.

Con los cuernos a otra parte…

Pero esas regresiones en tiempos modernos hacen dudar de la razón.

Más parecen capítulos de un viejo y famoso libro de los años 60: «Historia Natural del Disparate», del escritor norteamericano Bergen Evans.

Un hombre de Ohio.

Como el inmortal Ray Bradbury.

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