El Papa reitera la necesidad de acoger a los que sufren “mirándoles a los ojos”

Francisco: “Dios no viene a darnos una lección sobre el dolor, sino a asumir nuestra condición humana”

“Si el mal es contagioso, lo es también el bien”, subraya Bergoglio en el Angelus

Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Es necesario que abunde en nosotros cada vez más el bien. Dejémonos contagiar por el bien, y contagiemos el bien

(Jesús Bastante).- Una plaza de San Pedro absolutamente abarrotada volvió a escuchar las palabras del Papa Francisco en el Angelus, en el que Bergoglio volvió a reiterar el llamamiento a la misericordia lanzado ante los nuevos cardenales. «Dios no viene a darnos una lección sobre el dolor, sino a asumir nuestra condición humana», apuntó el Papa.

«Jesús es el que combate y vence el mal allá donde lo encuentre«, comenzó Francisco ante decenas de miles de fieles, muchos de ellos llegados de todo el mundo para acompañar a los nuevos cardenales. Como a estos, el Papa recordó el «ejemplo emblemático» del encuentro de Jesús con el leproso.

«Una enfermedad contagiosa y sin piedad, que desfigura a la persona y que era símbolo de impureza. El leproso tenía que estar fuera de los centros habitados y hacer notoria su presencia a los viandantes. Era marginado de la comunidad civil y religiosa. Era un muerto ambulante». Frente a ello, Bergoglio subrayó la «respuesta de Jesús», que «reacciona con una actitud profunda de su alma: la compasión. Compasión es una palabra muy profunda, significa sufrir con el otro.«

«Jesús se acerca a él, tocándolo. Esto es muy importante. Jesús tiende la mano, lo tocó, y la lepra desapareció de él, y fue purificado». Y es que «la misericordia de Dios supera toda barrera, y la mano de Jesús toca al leproso. El no se queda a una distancia de seguridad, y no actúa a través de intermediarios, se expone directamente al contagio del mal. Y así nuestro mal se convierte en el lugar de contacto».

«Jesús toma nuestra humanidad enferma, y nosotros tomamos de él su humanidad sana y resanadora. Esto sucede cada vez que recibimos los sacramentos. El Señor nos da su gracia. Pensemos especialmente en el sacramento de la reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado», añadió el Pontífice.

Frente al mal, «Dios no viene a darnos una lección sobre el dolor, no viene siquiera a eliminar el sufrimiento del mundo o la muerte». Viene «a asumir el peso de nuestra condición humana hasta el fondo. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo, asumiéndolos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios».

Por ello, concluyó el Papa, «si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús estamos llamados a convertirnos, unidos a él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser imitadores de Cristo frente a un pobre o enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo a los ojos, y tocarlo, abrazarlo».

«A menudo he pedido a las personas que ayudan a los demás que lo hagan mirando a las personas, de no tener miedo de tocarlos. Que el gesto de ayuda también sea un gesto de comunicación. También nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos», añadió, preguntando a los fieles: «Vosotros, cuando ayudáis a los demás, ¿los miráis a los ojos? ¿Los acogéis sin miedo de tocarlos? ¿Los acogéis con ternura? Pensad en esto. ¿Cómo ayudáis, con ternura o cercanía?«

«Si el mal es contagioso, lo es también el bien. Es necesario que abunde en nosotros cada vez más el bien. Dejémonos contagiar por el bien, y contagiemos el bien», finalizó.

 

Palabras del Papa antes del rezo del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos dias!
en estos domingos el evangelista Marcos nos está contando la acción de Jesús contra todo tipo de mal, a favor de los sufrientes en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores…  Él se presenta como aquel que combate y vence el mal en cualquiera lo encuentre. En el Evangelio de hoy (cfr Mc 1,40-45) ésta su lucha enfrenta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa y despiadada, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados y advertir de su presencia a los pasantes. Estaba marginado de las comunidades civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.
El episodio de la curación del leproso se desarrolla en tres breves pasajes: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús, las consecuencias de la curación prodigiosa.  El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «si quieres, puedes purificarme» (v. 40). Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su alma: la compasión, que significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por aquel hombre, acercándose a él y tocándolo.  Este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó … y en seguida la lepra desapareció y quedó purificado» (v. 41).
La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensamos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.
Una vez más el Evangelio nos muestra qué cosa hace Dios frente a nuestro mal: no viene a «dar una lección» sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a llevarlo hasta el fondo, para librarnos de manera radical y definitiva. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.
Hoy, a nosotros, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a convertirnos, unidos a Él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser «imitadores de Cristo» (cfr 1 Cor 11,1) frente a un pobre o a un enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión. Si el mal es contagioso, también lo es el bien. Por lo tanto, es necesario que abunde en nosotros, cada vez más, el bien. Dejémonos contagiar por el bien y  ¡contagiemos el bien!

Saludos después del Ángelus dominical

Después de rezar el ángelus, el Papa Francisco dirigió ante todo su deseo de serenidad y paz a todos los hombres y mujeres de Extremo Oriente y de diversas partes del mundo que se preparan a celebrar el año nuevo lunar.
Como explicó el mismo Pontífice, estas festividades les ofrecen la feliz ocasión de redescubrir y de vivir de modo intenso la fraternidad, que es  vínculo precioso de la vida familiar y cimiento de la vida social. Y manifestó su deseo de que este regreso anual a las raíces de la persona y de la familia ayude a esos pueblos a construir una sociedad en la que se entrelazan relaciones interpersonales orientadas al respeto, a la justicia y a la caridad.
Además, el Papa Bergoglio saludó a los fieles romanos y peregrinos, especialmente a quienes viajaron a Roma para asistir al Consistorio y para acompañar a los nuevos Cardenales y agradeció la presencia de las delegaciones oficiales de diversos países que han querido estar presentes en este evento.
De los demás grupos presentes en la Plaza de San Pedro que también recibieron el saludo del Santo Padre destacamos los peregrinos procedentes de San Sebastián, Campo de Criptana, Orense, Pontevedra e Ferrol; los estudiantes de Campo Valongo y Oporto, en Portugal, y los procedentes de París, así como los miembros del Foro de las Instituciones Cristianas de Eslovaquia; los fieles holandeses de Buren; los militares estadounidenses procedentes de Alemania y las comunidades de venezolanos residentes en Italia.
Por último, al saludar a los jóvenes de diversas localidades italianas, muchos de ellos grupos escolares y de catequesis el Pontífice los animó a ser testigos gozosos y valerosos de Jesús en la vida de cada día.
Y tras desear a todos feliz domingo, el Santo Padre, como es costumbre, pidió a todos que por favor no se olviden de rezar por él, a lo que añadió su clásico «¡buen almuerzo y hasta la vista»!

 

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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