Habla el "protegido" del cardenal y "policía" de la eficiencia financiera

Danny Casey y George Pell, ¿la «mafia australiana» en el Vaticano?

Casey fue colocado a dedo por Pell y cobra 15.000 euros limpios al mes

Danny Casey y George Pell, ¿la "mafia australiana" en el Vaticano?
Casey (i) y Pell, entrando a un hotel para la comparecencia del cardenal AP

Los curialistas romanos no van a tolerar que un grupo de policías australianos, que ganan salarios exorbitantes, vengan a su casa y les digan que son ladrones

(Cameron Doody).- «Una de las líneas es que tenemos que ser más eficientes… eso es realmente lo que nos han pedido en el Vaticano». Danny Casey -el hombre que articula esas palabras- es el responsable de la gestión de proyectos en la Secretaría de Economía de la Santa Sede, y acaba de conceder una entrevista al periódico The Australian en la que hace balance del historial de su jefe, el cardenal George Pell, tanto en la administración financiera del Vaticano como en materia de respuestas institucionales y personales a víctimas de abusos sexuales que el prelado ha ofrecido hasta el momento.

«[Pell] está allí, claramente, para hacer lo que quiera el papa. Es alguien que hace el trabajo que se le ha encomendado, que escucha a la gente y que está decidido a hacer todo lo que se proponga», dice Casey en este cara-a-cara con el diario australiano.

Alguien en el que papa parece haber perdido confianza, tras el motu proprio que publicó este mismo mes de julio, en el que eliminaba la administración de los bienes de la Santa Sede de entre las competencias de la Secretaría de la Economía. Pero Casey se empeña en sostener que Pell ha logrado importantes avances en lo que a la gestión financiera del Vaticano concierne.

«Creo que el Vaticano mantiene su compromiso [propulsado por Benedicto] con los estándares internacionales», dice el asesor del cardenal australiano. En temas de transparencia y eficiencia, dice Casey, el «ministro» de finanzas vaticano «se asegura de que nuestros estándares están al nivel de los mejores del mundo«.

El gerente de proyectos de la Secretaría de Economía del Vaticano -que además revela a The Australian que dejará su cargo en septiembre de este año– se preocupa, asimismo, por realzar los progresos que él mismo ha logrado en términos de consolidación y homologación de las cuentas, lucha contra el blanqueo, movimiento hacia la inversión estrictamente «ética» y realización de un mayor grado de transparencia y eficiencia en la Santa Sede. Afirma haber encontrado una asombrosa contabilidad paralela cuando llegó a Roma, y celebra haber hecho aflorar activos en el Vaticano por valor de hasta 2 mil millones de euros.

«No somos un negocio, somos autónomos. Es algo diferente. Pero eso no es una excusa para no ser eficientes, para no tener estándares, para no ser rigurosos, para tener activos poco rentables en la hoja de balance que podrían sacar mejor rendimiento en otro sitio», afirma Casey.

Y es que esa «eficiencia» que el contable australiano tanto presume de haber traído al Vaticano –inexorable, despiadada y altamente exigente, como si de un régimen de austeridad se tratara– marca cada palabra que enuncia en esta nueva entrevista a The Australian, además de haberle marcado desde su aterrizaje en el Vaticano, por lo menos para sus «enemigos», como un «hombre de negro».

Más recientemente Francesca Chaouqui, condenada por el Vatileaks 2, ha calificado a Casey y su superior Pell como los dos «mafiosos» australianos. «Los curiales romanos no van a tolerar que un grupo de policías australianos, que ganan salarios exorbitantes, vengan a su casa y les digan que son ladrones», dijo Chaouqui.

La referencia de la que era experta en relaciones públicas y asesora del Vaticano en temas económicos a los sueldos excesivos de Casey y Pell encuentra mayor concreción en documentos filtrados en el escándalo Vatileaks -y publicados en la revista L’Espresso en febrero de 2015- que revelaban que Casey ganaba un sueldo de 15.000 euros al mes, libres de impuestos.

«El monseñor [Pell] quiere lo mejor para su protegido», decía el artículo del semanal italiano, que además señalaba que el hombre de confianza de Pell vivía en un apartamento en la Vía dei Coronari que había sido renovado y amueblado por 90.000 euros y luego alquilado por 2.900 euros al mes.

Danny Casey hace referencia, en su nueva entrevista, a lo que se ha llamado el «choque de culturas» o «conflicto de intereses» que los dos australianos provocaron cuando llegaron al Vaticano, pero afirma que este lenguaje es «insultante» para la mayoría del personal de la Secretaría de la Economía quienes, como italianos, quizás no supieran prepararse para la rigurosa y burocrática «eficiencia» que iban a implementar.

Pero resulta difícil creer la preocupación que Casey expresa por sus compañeros italianos en la oficina de Economía, y particularmente cuando su jefe George Pell, en un artículo que escribió en The Catholic Herald, afirmó que el afán por lograr ciertos «estándares» en la administración financiera es una preocupación particularmente anglosajona, y «no tan importante para la gente de otras culturas, como los italianos».

Pero para realmente entender el grado de oposición que han suscitado Casey, y Pell, en los círculos interiores del Vaticano tenemos que remontarnos aún más atrás, hasta el momento de su nombramiento, e incluso antes.

Nada más llegar al frente del «ministerio» de Economía del Vaticano, ya en julio del 2014, Pell colocó a dedo como asesor a Casey, un hombre de confianza y gerente de la archidiócesis de Sídney bajo su mandato, en una designación que fue ampliamente criticada en aquel momento por la sombra de nepotismo que la rodeó.

Mary McAleese, expresidenta de Irlanda, fue una de las voces influyentes que reprochaba inmediatamente la designación de Casey, alegando en una conferencia en la Universidad de Dublín que su nombramiento fue otro ejemplo más de la «fuerza gravitacional» del «amiguismo machista» contra el cual el Vaticano pretendía, aunque no pudo, luchar.

El mismísimo Pell tuvo que salir en su propia defensa, y en la de Casey, en una entrevista a John L. Allen Jr. en el Boston Globe, cuando este vaticanista le interrogó acerca de los rumores.

«Danny Casey tiene una experiencia excepcional para este cargo que se le ha dado», afirmó Pell, aludiendo a su exitosa organización de la JMJ en Sídney en 2008 y al superávit que la archidiócesis de Sídney manejaba durante sus años de contable en jefe.

«Tienes que tener en las posiciones claves a personas que pueden rendir», continuó Pell al vaticanista del Globe. «De aquí en adelante, usaremos una empresa de cazatalentos para los otros puestos que surjan» -frase que vino a ser una admisión de que los procesos que condujeron a la contratación de su amigo Casey no fueron todo lo transparentes que debieran haber sido.

Y es que, de todas formas, la administración de la archdiócesis de Sídney en los años en los que Casey ejercía de gerente en jefe tampoco fue todo lo óptima que pudiera haber sido, como la Real Comisión australiana sobre las Respuestas Institucionales al Abuso Sexual Infantil descubrió en marzo del 2014.

En primer lugar, había dudas, y las hay todavía -aunque nunca han sido probadas- acerca de posibles sobrecostes en la renovación, con Casey al frente, de la «Domus Australia», un antiguo convento marista ubicado en el centro de Roma que fue convertido por los obispos australianos, en el 2008, en un hotel de 32 habitaciones y «centro de peregrinación».

Pero luego, ante las preguntas del presidente de la Comisión Real, el juez Peter McClellan, en el 2014, Casey admitió que la archidiócesis de Sídney prefirió operar, en sus años como contable en jefe, con beneficios de hasta 43,95 millones de dólares australianos, en el 2013 -y con activos totales de hasta 1.236 millones de dólares- en vez de pagar compensaciones más altas a víctimas de abusos sexuales.

«El estado de estos fondos es tal que sería posible para la Iglesia gastar mucho más dinero en ayudar a las víctimas de lo que ha gastado hasta ahora», dijo McClellan en aquella vista de la Comisión, a lo que Casey respondió, con la analítica frialdad del burócrata: «Sí, siempre hay una oportunidad de redirigir un desembolso existente».

Aun así -con los supervivientes de abusos cometidos en iglesias bajo la supervisión de Pell, en los estados australianos de Victoria y Nueva Gales del Sur, todavía clamando por que se haga justiciaCasey defiende la buena fe con la que su jefe siempre ha obrado. «Siempre se ha compadecido de las víctimas y su causa durante muchos años», dice Casey a The Australian. «Y la historia ha demostrado que el momento en que tuvo la oportunidad [de reunirse con los supervivientes], lo hizo. Siempre ha estado del lado de las víctimas».

De hecho, en la interviú del Australian, Casey va más allá en su defensa del cardenal George Pell, e incluso le disculpa por no haber viajado en persona a la vista de la Real Comisión sobre el abuso sexual infantil en las instituciones australianas en la que fue requerido para testificar. «Todavía no puede someterse a un vuelo de larga duración», comenta Casey respecto a la salud del purpurado. «Yo era una de las personas animándole a tener un chequeo médico regular. Era muy reacio a no viajar: estaba dispuesto a no hacerle caso a los médicos».

Al final, Pell prestó declaración a la Comisión, durante cuatro días, por videoconferencia desde un hotel romano. Comparecencia a la que, pese a que no fuera el interrogatorio que hubieran deseado, asistieron más de una decena de víctimas australianas de abusos sexuales acompañadas por amigos y familiares.

Pese a que Pell se negara a hacer caso a las peticiones de las víctimas de abusos de que dimitiera de su cargo en el Vaticano -porque «eso sería tomado como una admisión de culpa», sostuvo– Casey viene ahora a decir que el punto culminante de toda la semana de comparencias, para el cardenal, fue la reunión que mantuvo con las víctimas durante la tarde del 5 de marzo. «Fue una semana muy dura para muchas personas, y el cardenal diría que el momento más importante para él fue en el que se reunió y habló con los supervivientes que tanto han sufrido», afirma Casey.

Dura ironía de uno de los obispos que más se ha resistido a entender la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia australiana, y mundial, y del hombre que siempre ha sido su «mano derecha». Como Kristina Keneally, la expresidenta del estado de Nueva Gales del Sur, sostuvo recientemente en una tribuna que escribió para el períodico The Guardian: Pell ya es «irrelevante» para los australianos. Lo mismo también podría decirse de Casey, su hombre de confianza durante todos estos años.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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